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Por Lope de Vega
Entre estas cinco llagas,
¡oh Cristo soberano!,
y al son de las corrientes
comenzaré mi llanto.
¿Cómo estáis desa suerte,
decid, Cordero casto,
pues naciendo tan limpio
de sangre estáis manchado?
La piel divina os quitan
las sacrílegas manos,
no digo de los hombres,
pues fueron mis pecados.
Aquella blanca niña
tan virgen en el parto
como antes y después,
más pura que el sol clara,
parió vuestra hermosura
de sólo catorce años
en un pesebre humilde
como a Cordero manso.
Y desde el mismo día
siempre os está mirando,
vertiendo por el hombre
la sangre que os ha dado.
Jesús de María,
Cordero santo,
pues miro vuestra sangre,
mirad mi llanto.
Bien sé, pastor divino,
que estáis subido en alto,
para llamar con silbos
tan perdido ganado.
Ya os digo, pastor mío,
ya voy a vuestro pasto,
que como vos os dais
ningún pastor se ha dado.
Pelícano amoroso,
con sangre estáis llamando,
que corre a toda prisa
de pies, costado y manos,
esclavo vuestro soy:
ponedme vuestros clavos,
quitadlos, vida mía,
descansaréis los brazos.
¡Ay de los que se visten
las telas y brocados,
estando vos desnudo
en un desierto campo!
¡Ay de aquellos que beben
en cristales nevados
vinos de aromas llenos,
gustos y precios varios!,
cuando hiel y vinagre
les ponen por regalo
en una amarga esponja
a vuestros dulces labios.
¡Ay de aquellos que ponen
en plática de manos
las sangrientas venganzas
de injurias y de agravios!,
estando vos, Dios mío,
al Padre soberano
por vuestros enemigos
con dulce voz rogando.
Jesús de María,
Cordero santo,
pues miro vuestra sangre,
mirad mi llanto.
¿Qué piedra o bronce duro,
qué acero, jaspe o mármol,
qué basilisco fiero
os puede estar mirando
sin destilar el alma
por los ojos turbados,
como quien es la culpa,
en amoroso llanto?
Tenedme, Señor mío,
mirad que me desmayo;
mas ¡ay!, que estás asido
con esos fuertes clavos.
Nadie tendrá disculpa,
diciendo que cerrado
halló jamás el cielo,
si el cielo va buscando.
Pues vos con tantas puertas
en pies, costado y manos,
estáis a todas horas
llamando y aun rogando.
¡Ay, si los clavos vuestros,
para llegarme tanto,
clavaron a vos mismo
mi corazón ingrato!
¡Ay, si vuestra corona,
por este breve rato,
pasara a mi cabeza
y os diera algún descanso!
¡Ay, si me deshicieran
esos divinos rayos
en fuego de amor vuestro,
aunque por vos me abraso!
Jesús de María,
Cordero santo,
pues miro vuestra sangre,
mirad mi llanto.
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