Por Vicente Botella Cubells, o.p.
Hace cinco semanas la Iglesia universal emprendía, una vez más, el camino hacia la Pascua y nos invitaba a vivirla intensamente. El grito de Jesús en las primeras frases del evangelio de Mc: "El Reino de Dios está cerca; convertíos y creed la Buena Nueva" era la consigna que, asociada al signo de la ceniza que intentaba visibilizarla, recibíamos a la hora de avanzar por este nuevo itinerario... ¿Nuevo? ¿Cuántas cuaresmas y semanas santas habremos celebrado ya? La repetición llama a la rutina y convoca al hastío. La tentación de la indiferencia puede hacerse muy grande en la Cuaresma, en esta Semana Santa del 2002. ¿La sentimos?
No sé si, alguna vez, nos hemos parado a pensar en el alcance de una de las enseñanzas primeras que aprendimos: "la Cuaresma es el camino hacia la Pascua, un tiempo de preparación para la fiesta más importante de los cristianos". Vayamos despacio y analicemos el contenido de esa frase, de esa enseñanza elemental.
¡Cuaresma, el camino hacia la Pascua! ¿No percibís que, en tan pocas palabras, hay una reiteración, una redundancia, casi un pleonasmo? Cuaresma es el camino, el misterio pascual es la meta. Para los cristianos, el camino es Cristo; y el avance por ese camino, la forma de identificarse con Él. Pues bien, según esto la Cuaresma y la Semana Santa son camino, seguimiento. Expresado de otro modo: es Cristo mismo en su estado más puro; es Cristo como metodología, como santo y seña, como estilo, como forma de vida. Pero la frase que estamos analizando no termina ahí. Ese camino posee una dirección, indica una meta: el camino cuaresmal, que es Cristo, lleva hacia la Pascua, hacia la Vida Nueva, hacia el Reino. Y ese Reino, esa Pascua también es Cristo. El tiempo cuaresmal, por tanto, nos conduce hacia Cristo a través de Cristo. La Cuaresma, por consiguiente, está habitada por una gran densidad cristológica que explicita el meollo del evangelio. La Cuaresma y más aún la Semana Santa son, en definitiva, desbordamiento crístico.
Si este tiempo litúrgico señala hacia Cristo, a través de Cristo, y la comunidad eclesial acepta dicha indicación, es porque la comunidad eclesial halla su identidad en Cristo. Y en efecto, la Iglesia ha nacido de la convocatoria del Cristo camino (del hombre Jesús), confirmada y plenificada por el Espíritu en el triunfo del Cristo resucitado, del Cristo pascual. Y ese nacimiento, que es nacimiento de lo alto, ha re-vestido a la comunidad de Cristo: la ha incorporado a Cristo (es decir, la ha hecho cuerpo de Cristo); la ha con-figurado con Cristo (es decir, le ha dado la figura, la forma de Cristo); en suma, la ha cristificado. De ahí que la Iglesia, como explica Lucas en el libro de los Hechos, sea, al igual que Cristo, el Camino. En este sentido, la Iglesia también es metodología cristiana, itinerario que conduce a Cristo desde el interior de Cristo mismo; eso sí, sin que ello implique la supresión de la distancia entre Cristo y la Iglesia, o entre la Iglesia y el Reino. En términos más exactos, la Iglesia es sacramento de Cristo y del Reino... Y lo predicado de la Iglesia en su conjunto vale igualmente para cada cristiano.
El cristiano es otro Cristo, configurado, incorporado y revestido de Cristo. El Bautismo es el gesto ritual que expresa esta verdadera cristificación del creyente por la que se convierte en hijo de Dios en el Hijo de Dios, Jesucristo ("mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios pues ¡lo somos!"); una conversión cristificadora llamada a desarrollarse y a completarse ("Queridos ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos..."). El bautismo, pues, es un tema Pascual y, por eso, atravesará transversalmente, de parte a parte, el tiempo cuaresmal hasta la noche santa de la Vigilia de la Resurrección en la que seremos conminados a renovarlo.
A la luz de estas últimas consideraciones cabe ampliar, para hacer más ajustada la presentación, el sentido de este tiempo litúrgico. La Cuaresma y la Semana Santa, que son desbordamiento crístico, serán, al mismo tiempo, desbordamiento eclesial y cristiano. Dicho de otra manera, la Cuaresma no es únicamente el viaje de la comunidad a través de Cristo hacia Cristo, sino, además, el viaje de la Iglesia hacia la Iglesia a través de la Iglesia, y un sendero cristiano hacia el cristiano, por medio de lo cristiano. Un movimiento, pues, que persigue enraizar más profundamente a la comunidad y a cada cristiano en aquello que son en virtud de Jesucristo. De forma telegráfica: la Cuaresma es Cristo, la Cuaresma es la Iglesia, la Cuaresma es cada cristiano en su identidad bautismal y eclesial. Por tanto, comprometerse en el ejercicio cuaresmal es re-plantearse el todo de la vida cristiana y eclesial a la luz de su sentido y de su método: Cristo, camino, verdad y vida. Y hacerlo desde la implicación personal y social más absoluta. Caminar hacia la Pascua también es caminar hacia uno mismo y hacia la comunidad de la fe.
A la consigna genérica cuaresmal se le juntan una serie de claves o de criterios que, pedagógicamente, la explicitan y la desmenuzan. De acuerdo con lo que estamos comentando, si la consigna primera es crística, eclesial y cristiana, las claves y los criterios cuaresmales serán también: crísticos, eclesiales y cristianos y, lógicamente, expresarán lo mejor de Cristo, de la Iglesia y del cristiano. Descuellan tres claves: oración, ayuno y limosna. Se trata de tres criterios bíblicos tradicionales; tres criterios que traducen actitudes centrales de la existencia de Jesús y, por consiguiente, de la Iglesia y el cristiano. Tres criterios, en definitiva, evangélicos. Jesús vive su humanidad sustentado en dos pilares: su Padre y el proyecto de su Padre (el Reino) (la filiación y la fraternidad).
Ser persona humana, de acuerdo al proyecto de Dios manifestado en Jesús implica, entendámoslo correctamente, un des-centramiento, un ex-centricismo; porque lo que personaliza a Jesús y le humaniza son las relaciones con el Padre y con los otros (el ser hijo y hermano). Pues bien, los criterios cuaresmales de la oración, el ayuno y la limosna hay que leerlos a la luz de la filiación y la fraternidad: la oración y la limosna reforzadas por el ayuno ratifican el estilo humano de Dios en Jesús: el desprendimiento, la abstención de uno mismo, el descentramiento en favor de la unión con Dios-Padre (oración = filiación), y del compartir (la entrega, el servicio) sobre todo con los que sufren (limosna = fraternidad). El doble mandato del amor a Dios y al prójimo, que se nos va a poner de relieve en esta Semana Santa, va en la misma línea y confirma la coherencia evangélica que reclama el tiempo cuaresmal en cuanto camino hacia Cristo por Cristo.
Este viaje cuaresmal hacia Cristo, hacia nosotros, hacia la Iglesia siempre es nuevo. Se repite cada año, pero tiene, al mismo tiempo, un tenor genuino porque actualiza en el presente la identidad eclesial y cristiana, recreándola, expresando su dinamismo interno hacia una verdad nunca plenamente alcanzada. De ahí que la Cuaresma, además, tenga un tono penitencial. No hay re-novación que no implique cambio. La conversión, por tanto, forma parte del itinerario cuaresmal. Una conversión que está al servicio del abrazo de la verdad crística, eclesial y cristiana. Una conversión que, en cuanto superación del pecado y de la ruptura que conlleva con Dios, con la Iglesia y con uno mismo, deberá ir acompañada de una reconciliación con Dios, con los hermanos y con uno mismo.
De ahí que estos días sean, según san Pablo (en la 2 carta a los Corintios), "un tiempo favorable, un tiempo de gracia y de salvación". Si antes recordábamos que toda la Cuaresma es un camino destinado a la renovación del bautismo de cada cristiano y de la comunidad, ahora tocaría añadir que la Semana Santa es el momento más propicio para celebrar la reconciliación de cada cristiano y de toda la comunidad a causa de su infidelidad a la identidad bautismal y pascual. No olvidemos que la cuaresma bautismal y la cuaresma penitencial constituyen la doble vertiente que la liturgia y la catequesis cristiana nos han presentado y nos presentan de este singular tiempo en el que nos hemos introducido. ¿No es una hermosa manera de concluir la Cuaresma y celebrar el Triduo Pascual del 2002?