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Por José Luis Martín Descalzo
1. Semana santa, junto a Cristo
Durante estos días, cuando hablo con amigos cristianos, les encuentro a todos como tristes, nostálgicos, llenos de añoranzas de otros tiempos que les parecían mejores. Me dicen: La Semana Santa de ahora ya no es la de antes. Se ha profanado todo. Se ha diluido todo. La mayoría de mis amigos aprovechan estos días para irse de vacaciones. Abres los periódicos y todo son anuncios invitándote a hacer turismo, a ir a tal o cual playa para tomar los primeros soles del año. Las carteleras de los cines anuncian la misma violencia o la misma pornografía de las otras semanas. En la televisión ya ni se nota la Semana Santa.
Y después de hacerme esta triste enumeración, añaden: A veces se siente uno solo, se pregunta si no seremos nosotros los idiotas que no nos aprovechamos de estas vacaciones. Y si tú no te lo preguntas, te empujan a hacerlo tus hijos, que quieren irse al extranjero, o a una montaña, como todos sus amigos. Uno termina pensando si esto de ser cristiano no será ser un bicho raro.
Yo entiendo muy bien esta queja de muchos cristianos, porque a veces yo he sentido lo mismo. Pero entonces me pregunto si Cristo no sentiría también algo parecido. En estos días de su pasión Él sí que se sintió solo. Él sí que tuvo que sentirse bicho raro, redimiendo a unos hombres, que ni se lo merecían ni se lo iban a agradecer. Si Cristo hubiera sido tan cobarde como nosotros somos, habría tirado la toalla. Habría dicho: Que se rediman ellos. Pero aguantó. Y subió a la cruz en la soledad más absoluta.
Por eso yo quisiera decir que no se dejen contagiar por el pesimismo. Que no se pregunten lo que hacen los demás. Que no se angustien por las películas que ponen en los cines. Que se pregunten más bien por la película que ellos van a vivir estos días en su corazón. Al fin y al cabo, lo que a Cristo le interesa no es la compañía de la bambolla de las calles. Él cuenta con la compañía de los corazones. Y seguro que en su balance de esta Semana Santa, él no va a contar el número de personas que desfilaron en las procesiones, sino el número de creyentes que le acompañaron desde el corazón. Cada uno de nosotros es responsable de su propia alma. Que la de usted, amigo, no se vaya estos días de vacaciones.
2. Religiosidad popular
Serán muchos los que durante la Semana Santa huyan a las playas o se dediquen a hacer turismo. Pero no serán pocos los que acudan a las procesiones, a las representaciones de la pasión, a los oficios en las iglesias. Y esto lo harán en parte por sincera devoción personal y también en parte por tradición, porque la Semana Santa española «siempre ha sido así». Y vale la pena preguntarse por el valor de estas tradiciones. Porque antiguamente muchos veían en estas expresiones externas lo mejor de nuestra religiosidad española. Y, en cambio, ahora otros las miran con una pinta de desprecio, como si fueran puro folklore o, incluso, como si de superstición se tratara.
¿Cuál es la visión que la Iglesia de hoy tiene de estas formas de religiosidad popular? ¿Cómo las valora? ¿Como algo a extinguir, o como algo que debe conservarse, tal vez mejorándolo? Efectivamente, durante las últimas décadas ha habido una fuerte discusión entre los pastoralistas sobre el valor religioso de las formas tradicionales de celebrar la Semana Santa española. Mientras algunos veían en ellas el modo más profundo de impregnar de clima espiritual estas jornadas, otros veían en nuestras procesiones tradicionales, en muchas antiguas tradiciones de los pueblos españoles, puros recuerdos folklóricos cuando no desviados.
¿En qué se basaba esta crítica? En primer lugar, en ciertos evidentes defectos de nuestras celebraciones. Había, es cierto, procesiones en las que lo externo, lo puramente tradicional, primaba sobre lo religioso. Había cofradías cuyos miembros se acordaban de su Cristo o de su Virgen sólo durante las horas de la procesión del Viernes Santo, para olvidarlos luego durante el resto del año.
Esta crítica tenía buena parte de razón. ¿De qué sirve una asociación a la pasión de Cristo que no transforma la vida del que la realiza? ¿De qué vale el simple sentimentalismo si, después de llorar con Cristo dolorido, el mundo sigue igual y no sabemos ayudar a los otros cristos doloridos que nos rodean a diario?
Pero otros pastoralistas aconsejaban prudencia a quienes se precipitaban a condenarlo todo. ¿Cómo sabéis que esa pasión de Cristo no cala en las almas? ¿Cómo podéis medir lo que ocurre en el corazón de los que, a la derecha o la izquierda de una calle, contemplan el paso de las imágenes? No os fiéis, decían, sólo de lo externo. No atendáis sólo a los aspectos folklóricos que, ciertamente, existen, pero que no son lo único. ¿Cómo no veis que, para muchas almas sencillas, porque no todos en el mundo son intelectuales, las procesiones son una predicación que les entra por los ojos? Y concluían: purificad, si queréis, las procesiones. Completadlas con una predicación más honda y personal, pero no destruyáis lo que existe cuando lo que existe es bueno.
Yo no voy a negar que comparto la opinión de este segundo grupo de pastoralistas. Mis recuerdos de muchacho me dicen que aquellas procesiones cuyos defectos veo mejor ahora alimentaron mi fe de muchacho. Y me aseguran que lo que entonces yo sentí era más sentimiento que sentimentalismo. Y que mi amor a Jesús encontró entonces y encuentra hoy alimento en aquellas formas de piedad popular.
(Tomado de "Días grandes de Jesús", EDIBESA).
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