No es que, como verdades teóricas, las neguemos. No; sino que su eficacia práctica y vital está interferida. Interferida y neutralizada por una multitud de sensaciones, de preocupaciones momentáneas, planteadas con urgencia por el vivir de ahora. Por el vivir de ahora y como ahora. Preocupados por esto no vemos lo más profundo.
Pero aunque no lo veamos, no por eso deja de darse en nosotros. Se dan problemas, ahora posibles, después reales. Entre ellos la muerte. Tal vez no queramos, pero nos vemos de cara a ella. Y al vernos así, sin más ayuda que la nuestra, sin más fondo que nosotros mismos, la muerte se nos presenta como un mal. Posiblemente el mal supremo. Mal supremo que provoca el temor y la angustia.
Esto viene a causar en nosotros una conmoción interna al ponernos frente al peligro que implica la muerte tenida como mal. Mal, conmoción que es una anulación de nuestras fuerzas interiores, que nos deja incapacitados para reaccionar ordenada y humanamente ante los hechos. Ante los hechos del momento y, más aún, ante los hechos futuros, sobre todo ante ese hecho: la muerte.
Y es que el hombre solo, careciendo de realidades profundas y conviviendo con la circunstancialidad momentánea y temporal, por muy hombre o superhombre que quiera ser, es poco. A lo sumo es pura potencilidad, es decir, impotencia de salvarse por sí mismo de las garras de lo puramente humano, que es temporal, pasadizo y mortal.
Si el hombre solo, por sí mismo, es impotencia, posible nada, contra la que se levanta incapaz y fracasado, desde su primer intento, con la fe cristiana, con Cristo como ejemplo y ayuda, y con Dios como base y superser de lo humano, puede, con verdad y eficacia, remontarse sobre lo temporal, sobre la muerte, encontrando un destino que le satisface, le aquieta y le asegura en su ser como humano y como algo más que circunstancial y temporal: como ser humano inmortal.
Los hechos todos de la vida de Cristo, las enseñanzas de su doctrina, están ordenadas a develar al hombre el misterio de su destino. De su destino y del modo de conseguirlo.
No estamos siendo para la muerte, sino para la vida. Se dará la muerte como un medio, como una condición, como sucedió con Cristo: una muerte para la resurrección, para la vida.
En la muerte y resurrección de Cristo está el programa de nuestra vida. Y está la solución al temor y angustia de nuestro vivir desfundamentados de Dios. Pero está la solución si la hacemos, más que verdad teórica, una verdad con eficacia práctica, vital. Así nos sacará del ahogo de nosotros, de lo momentáneo, y nos hará ver en lo profundo de nuestro ser no un vacío, sino una capacidad por la vida sin fin, con Cristo en Dios.