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Por José Manuel Alcácer Orts, o.p.
Cada año, con la Cuaresma, se inicia la preparación para la Pascua, que se intensifica conforme se acerca la Semana Santa. Cada año, por este tiempo, las imágenes santas -retratos esculpidos de quienes vivieron por primera vez los misterios- bajan de sus hornacinas sobre los altares, en donde son veneradas, para salir afuera, a las calles y plazas, evocando la historia que redimió al hombre y actualizando el misterio de salvación que le devuelve la vida para siempre.
Son el evangelio escrito a golpe de cincel, que proclama la buena noticia con toda la fuerza de la fe que tiene la simple mirada del que, al verlas pasar, se clava sin moverse, entrando así en el mundo que desfila ante sus ojos, invitándole a salir al encuentro del Señor, que continúa dando -al salir a la calle- el primer paso.
Formando, en su conjunto, un auténtico retablo itinerante, el paso del tiempo ha acumulado muchas veces el polvo de la incomprensión en figuras que, aún siendo extremadamente familiares, para algunos se van convirtiendo poco a poco en extrañas o, por lo menos, no muy bien conocidas.
Desde la calle, en esas noches de primavera, he querido explicárselas a mi vecino, junto al que las veo pasar, como lo haría un guía para poner a su alcance, no todo el arte que encierran, sino la salvación que atesoran. He querido ir más allá del sentimiento, un tanto efímero, fruto de una exclusiva intuición personal, con frecuencia pasajera, inmersa en toda una cultura religiosa, en ocasiones mal entendida o deficientemente explicada. He querido «sonorizar» el paso de la imagen para que «hable» dentro de todos los que la ven pasar conmigo, y al compartir mi fe con ellos, he querido «escuchar» lo que dice la talla.
Las procesiones de estos pasos están orientadas a ir desbrozando el camino para revivir los misterios. Revivir, ésa es la palabra clave. Ése es el principal objetivo de la Iglesia, año tras año: revivir lo que conmemora; conmemorar lo que revive. No se trata de un mero recuerdo histórico; de ser así, los hechos quedarían reducidos a una arcaica evocación del pasado, con el peligro de verse fosilizados y despojados de su savia vital.
Tampoco puede ser una simple contemplación externa, balanceándose entre la admiración y el estupor, sin eliminar alguna dosis de indiferencia, dada la lejanía que nos convierte en espectadores de un drama, que si bien en algún momento nos conmueve por su magnitud, consideramos como propio de Cristo; a lo más solamente apto para ser compartido por algunos santos; y que a pesar de su grandeza nos atrae, aunque por nuestra parte lo consideramos inimitable.
Por el contrario, la intención de la Iglesia -que procura llevar a cabo por todos los medios a su alcance- es permitir a sus fieles celebrar estos misterios de tal modo que el poder de Dios despliegue su fuerza salvadora, a fin de que la Pascua, el Paso del Señor, no sólo se realice en las calles, marco externo de un espectáculo pasajero, sino que Cristo recorra la zona más íntima del alma, reviviendo allí, con la potencia transformante de su gracia, su Paso de este mundo al Padre, su Pascua de la muerte al pecado y de la vida nueva para Dios.
Ésta es la Pascua del cristiano con Cristo, iniciada con el bautismo, desgranada cada día de su existencia, y culminada el día de su muerte. Esta Semana es Santa porque es tiempo de revivir todo esto y celebrarlo con más intensidad. No sólo es retablo de Pasión, es de Resurrección y de Gloria. No es historia ajena que desfila: estampas, con personajes, en el fondo ajenos, aunque bien conocidos. Es nuestra misma historia, enterrada muy dentro, en las propias raíces, la que va discurriendo por las calles, al aire libre, como espejo para verla mejor. Cada «paso» es un trozo de nuestra vida, enferma y curada por Cristo, sufriente y resucitado en cada uno de nosotros.
Jesucristo, muerto y resucitado, es tan inagotable como el amor de Dios. Anunciarlo puede ser proclamación de la salvación, catequesis, Vía Crucis o reflexión personal para el mutuo encuentro. Y si todos los «pasos» ofrecen una riqueza inmensa, el de la crucifixión es tan desbordante que sobrepasa la capacidad de una sola imagen; por eso se puede contemplar a Jesús en la cruz desde distintos ángulos, para poder hacerse una idea aproximada de todo lo que significa para el hombre. El verdadero regalo de esta Pascua, si queremos, será revivir cada «paso» en nosotros, por la fe; ya que hemos salido al «paso» del Señor.
(Tomado de "Saliendo al paso del Señor", EDIBESA)
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