LAVATORIO DE LOS PIES
Por José Manuel Alcácer Orts, o.p.
Una vez leído el pasaje del Evangelio de San Juan (13,1-15), la vereda
que debemos tomar para ir comprendiendo su significado es el camino de lo que se llama el
simbolismo profético, que tiene lugar cuando un profeta de Israel, a través del gesto
simbólico que realiza, interpretado posteriormente por su palabra, está dando a entender
cuál es el mensaje que Dios quiere transmitir al pueblo.
En el Antiguo Testamento encontramos abundantes ejemplos. Eligiendo uno entre muchos, podríamos fijamos en el cinturón de Jeremías (Jr 13, 1-11) que Dios le manda comprar, ceñírselo a la cintura, y después esconderlo en el río. Al cabo del tiempo va a buscarlo por orden del Señor y encuentra que se había echado a perder, no valía para nada. Ésta es la acción profética que encierra un simbolismo de explicación inmediata:
«Del mismo modo echaré a perder la mucha soberbia de Judá y de Jerusalén. Ese pueblo malo, que rehúsa oír mis palabras, que caminan según la terquedad de sus corazones y han ido detrás de otros dioses a servirles y adorarles, será como ese cinturón que no sirve para nada. Porque así como se ciñe el cinturón a la cintura, así me ceñí a Israel con idea de que fuese mi pueblo, mi fama, mi gloria y mi honor -oráculo del Señor -.Y no me obedecieron» (Jr 13, 9-11).
Jesús, al lavar los pies a sus discípulos, está realizando una acción profética. Este hecho esconde un significado más profundo, nada menos que su entrega y su muerte por amor a todos los hombres. Esto es lo fundamental; por eso, debemos estar muy atentos a las indicaciones dejadas por el evangelista y que apuntan todas en la misma dirección.
El primer indicio es el contexto en el que coloca este gesto de Cristo: poco antes de la Pascua de los judíos, en el momento en que va Jesús a celebrar su Pascua, pasando de este mundo al Padre, amando hasta el extremo a sus discípulos, es decir, hasta la muerte. Toda celebración pascual suponía una víctima; en la Pascua judía, un cordero; para San Juan, la verdadera víctima es Jesús: por eso coloca el lavatorio dentro del marco de la Pascua.
El segundo indicio es más notable; lo constituye el paralelismo entre las dos frases que enmarcan la acción del Señor propiamente dicha, la del comienzo: «Levantarse de la mesa y quitarse el manto», y la del final: «Volver a la mesa y retomar el manto». Juan emplea el mismo verbo para quitar y tomar la vida. El manto, en el momento de despojarse de él, es la muerte. El manto que se retorna es la vida.
Y el tercer indicio son las mismas palabras de Jesús, que cobran todo su significado en cuanto hayamos explicado un poco la escena. Los discípulos están a la mesa con el Maestro; en, un momento determinado, y ante su asombro, Jesús se levanta, se quita el manto, se ciñe una toalla a guisa de delantal y empieza a lavarles los pies, significando con ello toda la acogida, hospitalidad y deferencia que les dispensaba. Este gesto lo realizaban los esclavos no judíos a sus dueños judíos, o las mujeres a sus maridos o padres. Eso explica la sorpresa de los discípulos y la negación cerrada de Pedro a recibir ese homenaje.
Pedro, con su negativa absoluta, sólo muestra su orgullo y lo equivocado de su pensamiento, porque no acepta un Mesías humilde y sirviente. «Su» Mesías tiene que ser triunfante y poderoso. No acepta la alteración de los valores que sostienen su mundo y su sociedad, en la cual los inferiores deben servir a los superiores, y no al revés. Y, sobre todo, no acepta ser amado gratuitamente, aún sin merecerlo.
En un primer momento, Jesús le pide paciencia y confianza: «Lo que yo hago ahora lo comprenderás más tarde». Pero, en vista de la obstinación de Pedro, la respuesta es tajante: «Si no te lavo, no tienes parte conmigo». Y al decirle el discípulo: «No sólo los pies, sino las manos y la cabeza», se provoca la réplica de Jesús: «El que se ha bañado no necesita lavarse; está del todo limpio», y quizá el Señor quisiera decir: «El que se ha bañado por la adhesión a mí no necesita lavarse más; sólo le queda mantener esta adhesión hasta las últimas consecuencias, que tú no pareces entender».
Pedro está adoptando una postura semejante a la de Judas; hasta el punto que a uno le convertirá en un traidor, y el otro negará a Jesús. Las palabras de Cristo una vez vuelto a la mesa completan su interpretación del gesto profético que acaba de realizar. Profético, porque anticipa su muerte:
«Si yo, que soy el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros. Os he dado ejemplo para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros» (Jn 13, 14).
Hay dos evocaciones inequívocas; la primera, en la frase: «Si yo os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros». Esta frase nos lleva a otra muy parecida, varias veces reiterada a lo largo del mismo discurso, iluminadora de lo que significa lavarse los pies unos a otros: «Os doy un mandamiento nuevo, que os améis los unos a los otros. Que como yo os he amado -lavándoos los pies, dando la vida-, así os améis también vosotros los unos a los otros». «Lo que os mando es que os améis los unos a los otros». Jesús nos ha amado hasta dar la vida: ése era el símbolo del lavatorio de los pies.
La segunda, evocación está en la siguiente sentencia: «Os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros». Esto es: No sólo quiero que os lavéis los pies ritualmente en las celebraciones litúrgicas; no sólo que os limitéis a mostrar estas imágenes una vez al año; sino que os améis hasta el punto de poder entregar la vida unos por otros; mi Espíritu está a vuestra disposición en orden a capacitaros para ello.
Si esta interpretación es correcta, con este gesto, las palabras explicativas y toda la despedida de los capítulos siguientes, Jesús está poniendo los cimientos de la Iglesia y definiendo su identidad: una comunidad de hermanos, que son capaces de amarse porque Él los ama ahora, y los ha amado primero.
Ojalá que esta imagen de Jesús inclinado ante sus discípulos imprima en nosotros la huella de un Dios a nuestra disposición siempre; y ese agua del lavatorio nos limpie la obstinación y el orgullo que nos envara para poder doblegarnos delante de nuestros hermanos.
(Tomado de "Saliendo al paso del Señor", EDIBESA)