LA IGLESIA VIVE DE LA RESURRECCIÓN
Por José Manuel Alcácer Orts, o.p.
La
resurrección de Cristo no se describe: se celebra. No se puede hablar de lo inefable, y a
duras penas se puede vivir, porque, si la realidad se resiste a ser manifestada con
palabras, ofrece la misma resistencia a nuestra persona limitada para atravesar con
Jesucristo los umbrales de la muerte. Por eso la Iglesia, transportada por el júbilo del
que se siente resucitado con el Señor, sólo acierta a balbucir en el Pregón de la
Pascua el gozo indescriptible que la embarga. Embebida en alegría desbordante, rompe
todas las barreras de la lógica, cuando en el cenit del entusiasmo exclama: ¡Oh,
feliz culpa, que mereció un tal y tan grande Redentor! Y, como si necesitara
reafirmarse en lo dicho, insiste d nuevo: ¡Oh, feliz culpa!
Ésa es la noche de bodas de la Iglesia con Cristo; la noche en que, formando una sola carne con el cuerpo resucitado del Esposo, siente cumplidas, en el abrazo, de una manera insospechada, aquellas palabras que muchos siglos antes salieron de la boca de Isaías: «Desbordo de gozo con el Señor y me alegro con mi Dios, porque me ha vestido un traje de gala y me ha envuelto en un manto de triunfo, como novio que se pone la corona, o novia que se adorna con sus joyas». (Is 61,10). Y más adelante: «Serás corona fúlgida en la mano del Señor, y diadema real en la palma de tu Dios. Ya no te llamarán "Abandonada", ni a tu tierra "Devastada"; a ti te llamarán "mi Favorita" y a tu tierra "Desposada", porque el Señor te prefiere a ti, y tu tierra tendrá marido. Como un joven se casa con su novia, así te desposa el que te construyó; la alegría que encuentra el marido con su esposa, la encontrará tu Dios contigo» (Is 62,3-5).
En esta noche la Iglesia siente y celebra que la resurrección de Cristo es la suya, y por eso, la noche entera de la Pascua le parece corta para vivirla, prolongándola para siempre, si pudiera, en una alborada interminable. La Iglesia viene de la resurrección, vive de ella, y a la resurrección se dirige. Es el pueblo de los resucitados con Cristo; sus fronteras se dilatan para abarcar a toda la humanidad.
La Iglesia viene de la resurrección. Todas las escenas del retablo del sufrimiento de Cristo durante su pasión iban transcurriendo al calor de una palabra: ofrenda, entrega. Ofrenda de la propia vida, y, tras ella, lo que esto significa para un hombre: mente, corazón y fuerzas. Cada uno de los cuadros era un trozo de esa entrega que culminaba en la donación total, como prueba fehaciente del sincero deseo de volver a Dios.
Al poner a Jesús en el sepulcro se abría un inmenso interrogante, grande como la creación entera: ¿sería un muerto más? ¿acogería Dios la ofrenda de Jesús? ¿recogería Dios la súplica del hombre llamando a sus puertas para pedir perdón? Aquella madrugada del domingo que vio salir a Cristo resucitado del sepulcro fue la primera en conocer la respuesta: «¡Oh, noche realmente gloriosa, que reconcilias al hombre con su Dios!»
¡Jesús no había sido un muerto más! ¡Se había quebrantado el dominio inexorable de la muerte, estipendio del pecado! Bastaba sólo él resucitado, para poder aspirar todos a lo mismo. No hay en Dios acepción de personas, no hay agravios comparativos: si resucitó a Jesucristo, nos resucitará también a todos. En esa madrugada del domingo nacimos todos; ése es nuestro origen; desde entonces corren por nuestras arterias genes de vida inmortal. La Iglesia vive de la resurrección. Vive la misma vida del Señor resucitado. Si el salario del pecado es la muerte (Rm 6, 23), si la muerte es vencida por la vida, quiere decir que el pecado no existe, está perdonado, se le ha despojado de su mortífero poder.
Vivir de la resurrección es sentirse perdonado; vivir de la resurrección es considerarse polvo; vivir de la resurrección es perdonar; vivir de la resurrección es trabajar por la paz; vivir de la resurrección es ser misericordioso; vivir de la resurrección es poner la otra mejilla; vivir de la resurrección es consolar al triste; vivir de la resurrección es enseñar al que no sabe; vivir de la resurrección es transmitir esperanza; vivir de la resurrección es ver en el otro a Cristo; vivir de la resurrección es morir por los hermanos; vivir de la resurrección es vivir resucitados, sabiendo que «el que resucitó a Jesús de entre los muertos dará también la vida a nuestros cuerpos mortales por el mismo Espíritu que habita en nosotros» (Rm 8, 11).
La Iglesia se dirige a la resurrección. «A ti te mando: Despierta, tú que duermes, pues no te creé para que permanezcas cautivo en el abismo ... ; levántate, obra de mis manos; levántate imagen mía, creado a mi semejanza. Levántate, salgamos de aquí, porque tú en mí y yo en ti formamos una sola e indivisible persona». A lo largo de los siglos resonará el eco de estas palabras de aquel cristiano anónimo, en su homilía del Sábado Santo.
Todo, absolutamente todo, desde el momento que en el principio dijo Dios: «Hágase la luz», (Gn 1, 3) convergía a este punto, a la luz esplendorosa del momento de la resurrección. Toda la historia de la humanidad, logros, frustraciones, miserias, grandezas, bajezas, abnegación; toda la corriente de su incomprensible y atormentada historia desemboca en la resurrección. Por eso Dios le puso un apellido a esa historia y la llamó: «de salvación». Historia de salvación, planeada por Dios para perdonar el pecado del hombre, curando sus raíces más hondas que impulsaban la savia del egoísmo por todas las venas de su carne.
La elección de Abraham junto con la promesa de fijarse en el pueblo de Israel para que la llevase sobre sus hombros, el mesianismo anunciado a la descendencia de David, todos los vaticinios de los profetas, el gigantesco interrogante frente al sufrimiento que hace enmudecer a Job, las afirmaciones del Eclesiastés sobre el sin sentido de la vida, los intentos de Daniel y del Libro de la Sabiduría para descorrer el velo del más allá; todo forma parte de la inmensa corriente de los siglos encauzada por la mano de Dios hacia esa única madrugada de la resurrección.
En ese momento resonó de nuevo el «Hágase la luz», y salió Cristo del sepulcro, primogénito de la nueva creación que comenzaba ese día su andadura, atrayendo como un imán imparable todo el universo hacia él, testimoniando que los dones y el amor de Dios son irrevocables.
La Iglesia, poseída de irrefrenable deseo, responde y canta con el autor de las Odas de Salomón: «Como el impulso que siente la ira hacia el enemigo, como el impulso que siente el amor hacia el amado, siento yo un impulso hacia ti, el Inmortal, la plenitud de los tiempos». Como pueblo de resucitados, la Iglesia surca la historia abriendo el camino hacia la resurrección; vive en este mundo, cuya imagen pasa, como el navegante apresurado e impaciente por llegar a puerto; encamina a los hombres hacia esa meta; goza de esa resurrección, sostenida por la fuerza del Espíritu; y, viviendo en este domingo perdurable, siente en sus entrañas la verdad de las palabras del salmista: «Éste es el día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo» (Sal 118, 24).
(Tomado de "Saliendo al paso del Señor", EDIBESA)