¡JESÚS ESTÁ VIVO!

Por Alfonso Esponera Cerdán, o.p.

resurr7.jpg (46181 bytes)Hermanos, hoy se nos invita a alegrarnos con la Iglesia del mundo entero, para celebrar la mayor de todas las fiestas. El hecho que está en la base de nuestra fe, que constituye la razón de ser de nuestra vida y el motivo de nuestra esperanza: ¡Jesús ha resucitado y está vivo! La muerte no ha vencido a Jesús ni a su causa, sino que él ha salido victorioso del sepulcro y ahora es el Señor de todos.

Nuestra fe en la Resurrección de Jesús está fundamentada en el testimonio que nos dan los Apóstoles y del que nos hablan las lecturas de hoy. Los Apóstoles habían sido llamados por Jesús y le siguieron con ilusión y entusiasmo. Le amaban profundamente. Por eso salen corriendo hacia el sepulcro cuando les dicen: "Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto". Como cualquier ser humano tienen sus dudas, pero por encima de todo, son personas de fe que han hecho la experiencia de encontrarse con Jesús resucitado y vivo. Por eso pueden afirmar: "Nosotros hemos comido y bebido con él después de su resurrección".

La situación de los Apóstoles y del grupo de hombres y mujeres que les acompañaban no era nada fácil. Lo sabemos todos. El encarcelamiento y la muerte de Jesús los había dejado profundamente traumatizados. Estaban desanimados y llenos de miedo. Ni se atrevían a salir de su casa. Cualquier observador hubiera certificado que habían desaparecido con la muerte de su maestro. Sólo la presencia de Jesús resucitado y vivo en medio de ellos pudo cambiar este cuadro.

También nosotros arrastramos muchos motivos que nos podrían llevar a dejar de creer: la situación de violencia, de conflictos y de guerra que se vive en el mundo; el ver que hay tantos inocentes, niños en especial, que sufren de manera injusta; etc. El hecho de experimentar las contradicciones que existen dentro de nosotros mismos y tantas otras cosas, nos mueven a preguntarnos: ¿es posible que Jesús haya resucitado, si el mundo sigue estando así, si las personas somos todavía tan egoístas?...

Por eso nuestro camino tiene que ser el mismo que siguieron los Apóstoles. Se trata de entender y de vivir que Jesús resucitado, a quien nos sentimos profundamente unidos por la fe y por el Bautismo que hemos recibido, ha plantado en el mundo una semilla de Vida Nueva, ha empezado una nueva manera de vivir, una manera diferente de existir como personas: "Jesús de Nazaret –decía el apóstol Pedro– pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo; porque Dios estaba con él".

La Pascua nos invita a alegrarnos con los Apóstoles por su encuentro con el Resucitado. Y nos invita, en especial, a seguir un camino de fe semejante al que ellos siguieron. Cada creyente en Jesús ha de ser también su testigo. Esto es, cada creyente ha de ser una persona que ha sentido su llamada a seguirle, que se sabe amado profundamente por él, que se decide a hacerlo y a amarle con todas las fuerzas y que proclama que Jesús está vivo.

Creer en Jesús resucitado es procurar que mi vida se mueva por los mismos intereses que movieron a Jesús y a los Apóstoles. Así lo expresaba san Pablo: "Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba". En Jesús hallamos dos grandes intereses que marcan su existencia totalmente: Jesús vive una profunda relación con el Padre, es el Hijo que está atento a hacer la voluntad del Padre y a mantener con él un amor único.

Y el otro gran interés que movió su existencia fue la relación fraterna que mantuvo con todos los seres humanos, sin distinción –"pasó haciendo el bien"–, ya que cualquier mujer o cualquier hombre de este mundo es alguien que participa de la vida de Dios.

La luz y el agua son los dos signos más significativos de la liturgia en la Pascua de Resurrección y expresan de forma simbólica todo lo que celebramos en ella: la Pascua del Señor, por la cual todos nosotros, incorporados a él, hemos obtenido la Salvación. Por eso tienen un relieve especial el Cirio Pascual, que expresa la Vida Nueva de Cristo resucitado a la que nos incorporamos todos nosotros; y al agua del Bautismo, que nos renueva y nos hace renacer a esta Vida Nueva de los hijos de Dios.

La Eucaristía que hoy celebramos ha de ser un gustar y un vivir de verdad todo lo que la Palabra de Dios nos acaba de proclamar. Somos una comunidad fraterna que se alegra por la Resurrección de Jesús, el Señor, y que lo proclama vivo y presente en medio de nosotros, y que recibe como propia la misma misión que fue encomendada a los Apóstoles: la de anunciar a nuestros hermanos esta fe, esta luz que llevamos en el corazón. La Resurrección del Señor nos trae un aliento de luz, de gozo, de esperanza.