Por Javier Garzón Garzón, o.p.
La noche cedió por fin su
lugar a la luz. Amaneció de nuevo. Pero la claridad de aquel día fue inextinguible. Se
extendió por mucho tiempo. Penetró, fulminante, en la vida de los hombres y de las
mujeres. Y nada siguió como hasta entonces. Y nos dimos cuenta que había merecido la
pena aquel viernes, aquel dolor del que nadie nos podía consolar. Aquel silencio que nos
martilleaba la conciencia y que nos encogía el alma.
Viniste de nuevo, pero ya eras otro. Tu rostro se había transfigurado, y las heridas y moratones dejaron paso a una sonrisa inolvidable, y a una voz cándida, tierna. Viniste más joven. Las manos del Padre te modelaron de nuevo, ya de una vez para siempre, a su imagen y semejanza. Tus ojos sobre los nuestros no nos hacían bajar la mirada, sino que nos traspasaban, se fijaban en nuestras entrañas, y nos daban a conocer tu nombre en lo profundo. Tu nombre, que era ahora, definitivamente, el nuestro. Lo pronunciaste quedamente, y nos hiciste recordar el lago, los peces, las redes, las orillas... el día dichoso en que te conocimos.
Mereció la pena seguirte, Maestro. No fueron en vano los caminos con sus penas. Ni las noches de invierno y frío, a la luz de la lumbre y de las estrellas, con el solo silencio de tu oración. Merecieron la pena los encuentros: los viejos, los niños, los enfermos y moribundos, los desahuciados y perdidos. Las comidas con pecadores sabían de otro modo contigo, y ya no eran pecado. Las burlas y los insultos, las risas e incomprensiones nos sonaban a hueco, como suenan las canciones de los comerciantes extranjeros. Los sábados los festejábamos amando hasta que se ponía el sol, libres de cualquier medida que nos ahogara. Hasta Dios se venía con nosotros y caminaba pobre entre las tierras polvorientas.
Lo de tu Padre nos sonaba raro al principio. ¡Nuestras mentes estaban tasadas con otros pesos! Pero resultaba atrayente la idea a nuestros corazones curtidos con el sol poniente y la sal del lago. Nos sabía familiar, aunque era difícil concebir tantos rasgos y detalles en el Dios que nos presentaban los fariseos. Un dios de palacios y templos, de poderosos y sangres, que gozaba sin nosotros. Cuando exaltaste a los pobres, y a los mansos, y a los misericordiosos..., cuando devolviste la esperanza a tullidos y marginados, Dios mismo bajaba y ponía su tienda en medio de nosotros. Así, familiar, cercano, amigo. Y en ella cabían todos los hambrientos, todos los corazones rasgados y todas las vidas torturadas. Y ese, tu Padre, se nos hacía Dios de otra manera, como jamás hubiéramos soñado. Y su Reino era el nuestro, aunque, necios, nos disputáramos su gobierno...
Todo adquirió sentido aquella mañana luminosa de primavera. Se nos abrieron los ojos, cerrados de lágrimas y vergüenza. Nublados por el silencio y la cobardía. No nos lo echaste en cara. Se te olvidó. Nos besaste, como si nunca hubieras conocido la traición, como besan los que vuelven vencedores de la guerra. Y nos desnudaste el alma. Y aquella mañana de domingo, entre el alborozo de las mujeres y los gritos de fiesta de la tierra que amanecía para siempre, nos hiciste hombres nuevos, pescadores de otros lagos y más profundidades. Y Dios mismo venía contigo y te traía, vencedor, entre los primeros rayos de sol. Te salvó el amor, que supiste entregar incluso a la muerte, y que emanaba de tus llagas victoriosas, y que inquietaba nuestra fragilidad hasta el punto de hacerla divina, huella de Dios.
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Ha pasado el tiempo. ¡Y parece que fue ayer...! La primavera nos sigue recordando que no te has ido. El trigo, recién germinado, que estás entre nosotros. Y la mañana del domingo, aún sembrada de estrellas, se empeña en despertarnos de nuevo con la gozosa noticia de tu vuelta. Y la tierra da saltos de júbilo, y hace fiesta. Es el Señor, que vuelve de la muerte. Es el Señor, que nos contagia otra vez vida eterna. Es el Señor, de nuestra propia raza, que transforma nuestra vida siempre en domingo.
¡Es la Pascua!... ¡Es nuestra propia pascua!...