ENTRADA TRIUNFAL EN JERUSALÉN |
Por José Manuel Alcácer Orts, o.p. |
Con este «paso», que representa la entrada triunfante de Jesús en Jerusalén, se inaugura la Semana Santa y el sucederse de los principales acontecimientos que culminaron con la muerte y resurrección del Señor. Jesús mismo, como si presintiera lo que le aguarda, quiere manifestarse como Mesías al pueblo de Israel, a los habitantes de Jerusalén, y además desea dejar bien claro cuál es el mesianismo que ostenta y qué tipo de salvación ofrece. No es un Mesías dominador por la fuerza, déspota o violento. Ya había y habrá siempre demasiados así. Es un Mesías, un salvador, que entiende su misión desde la humildad, la misericordia y la paz, porque él mismo es un hombre humilde compadecido de sus hermanos. El tema del Rey de la paz domina todo este pasaje evangélico.
En orden a este fin, es él en persona el que lo dispone todo, tomando la iniciativa de lo que deben ejecutar sus discípulos, a los cuales les confía textualmente el mensaje, cerrado por unas palabras en las que ya se adivina el talante del Señor, que desde su necesidad solicita una merced: «Y si alguien os dice algo, diréis: El Señor los necesita; enseguida los devolverá» (Mt, 21, 3). Estamos muy lejos de una requisación violenta; así se expresa el que pide un favor.
Si seguimos el relato, inmediatamente San Mateo muestra su significado más profundo, a la vez que imparte una catequesis. Y lo hace, como viene siendo habitual en este evangelista, presentando estos sucesos como el cumplimiento de lo dicho en el Antiguo Testamento, por boca de los profetas, cuando hablaban al pueblo de parte de Dios. «Alégrate sin medida, Sión, lanza gritos de júbilo, Jerusalén. He aquí que viene a ti tu Rey: justo y victorioso, humilde y montado en un asno, en un pollino cría de asna. Él suprimirá los carros de Efraín y los caballos de Jerusalén; será suprimido el arco de combate, y él proclamará la paz a las naciones. Su dominio irá de mar a mar y desde el Éufrates hasta los confines de la tierra» (Zac 9, 9-10)
Esta vez echa mano del profeta Zacarías, entre cuyas páginas se encuentra un célebre pasaje en el que pinta al futuro Mesías como un Rey humilde que anuncia la paz. En ese momento se está cumpliendo en Jesús. Merece la pena que escuchemos la profecía entera.
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Quizá debamos detenernos un momento para decir una palabra sobre la humildad de Jesús, puesto que ocupa el centro de toda la escena. La humildad, como todo el mundo sabe, es lo opuesto a la soberbia; por lo general, una y otra se conocen por sus frutos. Me gustaría enseñar la raíz. El soberbio se cree dios, y si algo le recrimina y se recrimina, son las limitaciones que le impiden serlo siempre. Su persona se sostiene en la propia seguridad, en ser siempre querido y en dominar a todas horas sobre los que le rodean; quien no acepte estas reglas de juego será siempre su enemigo; no importa si es el Dios mismo. Si alguna vez se somete y abdica del ejercicio de estos principios es porque no tiene más remedio; nunca de buena gana.
Por el contrario, el humilde, conocedor perfecto de sí mismo, sabe que no es Dios, y lo acepta de buen grado; es consciente de que es de su Creador de quien lo recibe todo: su vida y su dignidad. Por eso, espera que el Señor, que le dio el ser, será la fuente de la seguridad que necesita para vivir; y el manantial del amor para el que ha sido creado; creyendo firmemente que Dios mismo reivindicará su causa, sin necesidad de recurrir a la violencia. La humildad, así entendida, es sinónimo de pobreza, no sólo como carencia y desprendimiento de los bienes materiales, sino como abandono a la bondad del Señor, de cuya Providencia se quiere estar pendiente.
Ahora estamos en mejores condiciones para conocer la tierra de donde absorbemos la savia que nos vivifica. No es necesario hablar más. Solamente añadir que a lo largo del itinerario que deberemos recorrer volveremos a encontrarnos con estos dos modos diferentes de ser y de entender la vida.
Hasta el animal elegido, un pobre y despreciado jumento, realza la actitud de Jesús. Los conocedores del Antiguo Testamento sabían que en la profecía que había hecho Jacob sobre sus hijos, en el lecho de muerte, se refería a Judá como el que utiliza un borriquillo (cfr. Gn 49, 11); los Jueces de Israel también los usaron (cfr. Jc 5, 10); pero nunca los reyes, que siempre montaron en mulas o en caballos. De ahí que se tuviera que citar al profeta Zacarías para que explicara la elección de ese pobre animal como cabalgadura triunfante del Mesías-Rey.
Prosigue su relato San Mateo describiendo el homenaje entusiasta que le tributan a Jesús quienes le acompañaban a lo largo del breve trayecto que va desde Betfagé hasta Jerusalén: «Muchos alfombraban con sus mantos el camino, mientras otros cortaban ramas de los árboles y las tendían al paso de Jesús» (Mt 21,8). A todas luces se trata de una enramada para solemnizar la entrada del personaje, al que la aclamación que se le dirige demuestra su categoría: «¡Hosanna al Hijo de David!» (¡Dios salve al Hijo de David!). «¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!». «¡Hosanna en las alturas!» (¡El Dios del cielo nos salve!) Mt 21, 9.
En conjunto, además de esta triple aclamación, también hay una súplica del pueblo, que está anhelando un Mesías-Salvador, y que se desborda por el júbilo al reconocer que Dios se lo ha enviado. Las tres aclamaciones así lo indican. Vamos a verlo por separado.
¡Hosanna al Hijo de David! «Hosanna» es, en su origen, una palabra hebrea que el evangelio recoge en su forma popular aramea, y que muy bien se podría traducir como un ¡Viva!, aclamación y a la vez súplica: ¡Dios salve! De este modo, la primera aclamación a Jesús resulta ser una confesión mesiánica, ya que el Mesías-Salvador de Israel sería descendiente de David. Por eso el pueblo aclama: ¡Viva el Hijo de David!, o ¡Dios salve al Hijo de David! Sería nuestro ¡Viva el rey!, o ¡Dios salve al rey! Eso para empezar.
Pero en la aclamación intermedia se profundiza aún más en este concepto. Cuando añaden: ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!, están reconociendo a Jesús como Mesías, porque «el que viene en nombre del Señor», trae su salvación, actúa en su lugar. La paráfrasis equivalente sería: «¡Gracias a Dios que ha venido el único que necesitábamos!
La última exclamación redondea todo el pensamiento, cuando todo el pueblo prorrumpe en un grito: ¡Hosanna en la alturas! Que en este caso habría que traducir: «¡Danos la salvación desde el cielo!». O, si se prefiere tomar «en las alturas» como una manera de aludir al nombre de Dios, su significado sería: «¡Dios omnipotente y soberano nos salve!».
Si tenemos en cuenta todas estas cosas, quienes acompañaron jubilosamente a Jesús en su entrada mesiánica y triunfante en Jerusalén le aclamaban diciendo: «¡Viva el Mesías, que Dios nos manda! ¡Dios nos salve!». Lástima que días más tarde se desentendieron por completo de ese mesianismo.
Por nuestra parte, dirigir el Domingo de Ramos esta aclamación a Jesús, cuando se recorren las calles acompañándole, equivale a reconocer que Dios nos ha salvado por Jesucristo, su enviado, que da la victoria a los humildes. Salir en procesión empuñando una palma es proclamar que la regeneración del hombre sólo tiene un camino: el de la entrega, que siempre llevará aparejado un sufrimiento; pero la palma también indica la fe en la meta a la que conduce esta actitud.
(Tomado de "Saliendo al paso del Señor", EDIBESA)
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