REDENCIÓN DE "NUESTRA JERUSALÉN" |
Por Ángel M. Del Río, o.p. |
Con mucha tristeza vimos ir a aquel joven seminarista. Después de varios años de intenso estudio no había podido aceptar que éste es otro país, con otra cultura, otra manera de hacer las cosas e, inclusive, en muchos aspectos, otra manera de ser Iglesia. En un momento de crisis volvió sus pensamientos al viejo barrio, a la casa de su familia, a las calles que le eran tan familiares, a los amigos, y todo eso le causó un profundo dolor del que no pudo recuperarse, y se marchó.
Mucho tiempo después me explicó cómo nos aferramos muchas veces a los recuerdos, dejándonos seducir y engañar. El viejo barrio seguía allí donde lo había dejado, con sus calles tan familiares. Pero él ya era otro, más crecido, un poco más maduro. Sus amistades habían seguido el curso natural de sus vidas y ya no eran los chiquillos que gustaban de todo el día para corretear y disfrutar de la vida en aquellas calles Ahora eran padres y madres de familia con responsabilidades propias de un adulto que se entrega a la vocación de la familia. Sus padres, sus hermanos, también estaban allí, siempre estarían. Algunas cosas permanecían, otras habían cambiado
Entre la realidad y el recuerdo hay un gran trecho, decía no sé quien, pero me parece muy sabio, que aunque es muy bueno recordar algunos momentos, también es importante vivir el presente, reconocer la realidad en la que vivimos, para poder así vivir más plenamente, sanando lo que haya que sanar, corrigiendo lo que necesite ser corregido, disfrutando y saboreando todo lo que se presta para ello.
Cuando nos adentramos a la Semana Santa pintamos en nuestras mentes un mural con imágenes de lo que pudo haber sido la Jerusalén de aquellos últimos días en la vida de Jesús. El salmista la describe como una "ciudad de unidad compacta, con paz entre sus muros y prosperidad en sus edificios" (Sal 22). Sin embargo el recuerdo de la Jerusalén de las últimas horas de la vida de Jesús no es la de una ciudad en paz y en calma sino todo lo contrario. Más aún, muchos aspectos de aquella Jerusalén han cambiado con el tiempo mientras que otros permanecen tan vivos y reales como en aquel entonces.
Tanto ayer como hoy, la ciudad, a la que le llamamos santa, continúa siendo una terrible olla llena de facciones de guerra políticas y religiosas. Cada facción reclama sus propias libertades y sus derechos de ocupar territorios. Jerusalén es una verdadera zona de guerra donde la paz, unidad y prosperidad han sido absorbidas por un vicioso y mutuo acto militante sobre aquellos que parecen preferir caos a coexistencia.
Una ciudad que debería caracterizarse por la justicia e igualdad de Dios, el desquite y la venganza están a la orden del día, con rabia de violencia y odio. Esta situación contradice la bondad y la gracia de Dios-Padre que envió a su Hijo a enseñar en el templo, caminar por sus calles, curar a sus enfermos y predicar sobre el amor y el perdón del mismo Dios. Jerusalén parece ser una ciudad que tiende a su propia destrucción.
Sin embargo, en vez de acusar y señalar la culpa de los pecados de Jerusalén, la liturgia de esta Semana Santa nos invita a recordar las últimas horas de la vida de Jesús en esta ciudad, para que también nosotros tomemos conciencia de que tenemos un pedazo de aquella Jerusalén en cada uno de nosotros. El recuerdo de Jerusalén se nos da, no cómo oportunidad para señalar los errores de aquella ciudad y su gente, sino como espejo en el que nos vemos cara a cara para enfrentarnos con la misma violencia que muchas veces llevamos dentro.
Mientras el rencor permanece en nosotros y rechazamos el perdón , mientras planeemos la venganza , mientras nos alegramos de la desgracia de otros , mientras callemos frente a la injusticia de las víctimas , mientras el extraño y el forastero no sean bien recibidos en nuestros lugares , mientras apliquemos el ojo por ojo y diente por diente, el mal por el mal, insulto tras insulto , aún habrá un espacio en nosotros que necesita ser redimido, sanado y transformado.
Con este Domingo de Ramos comenzamos la Semana Santa. Se nos da este tiempo para ir más allá del recuerdo. No podemos vivir solamente del recuerdo. Tenemos que confrontar ese recuerdo con nuestra realidad y vivir cada vez mejor.
Permitamos a Jesús entrar glorioso, entre palmas y hosannas, en nuestra Jerusalén interior, y dejémosle hacer lo que necesita hacer con nuestras vidas. El desea enseñar y sanar y predicar y perdonar para que la Jerusalén que llevamos dentro de nosotros pueda ser transformada y podamos llegar a ser lo que hemos sido llamados a ser: un pueblo unido, gente de paz, gente que no practica la injusticia, ni se queda callada frente a ella. Un pueblo que, aunque se reconoce pecador, mantiene su fe puesta en Dios, quien nunca pierde la oportunidad de hacernos nuevos una vez más.
Con el Domingo de Ramos comienza la Semana Santa, el período más intenso y significativo de todo el Año Litúrgico. En ella se celebra el acontecimiento siempre actual, siempre presente en nuestras vidas: la pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Esta semana es por muchos llamada Semana de Dolor, y por otros la Semana Grande. No importa cómo le llamemos, sigue siendo la Semana Santa.
Hoy comienzan de nuevo los días de la Pasión con los mismos papeles y actores que los de aquel año: los espectadores indiferentes, los que se lavan las manos siempre, los cobardes que afirman no conocer a Cristo, los verdugos con sus látigos y reglamentos, y la misma víctima dolorida, infinitamente paciente y llena de amor, que dirige a todos su mirada de interrogación, de ternura, de espera. Y se siguen distribuyendo los roles para que empiece el drama. ¿Quién interpreta a Simón de Cirene? ¿Quién quiere ser Judas? ¿Quiénes las mujeres llorosas? ¿Quiénes los soldados?
La pasión no basta con leerla en el texto evangélico; hay que meditarla, asimilarla, encarnarla en la propia vida. Elijamos un personaje y descubramos cuál fue su rol en este relato y vivamos su experiencia. Luego, hagamos lo mismo con los demás personajes. Profundicemos en toda esta tragedia de la pasión, en donde Cristo sufre, es traicionado, burlado, maltratado, flagelado y crucificado. Su ejemplo altísimo de docilidad a Dios y de cumplimiento de la voluntad divina es la más esclarecedora expresión y el gesto más profundo y auténtico de amor, que llega hasta derramar la última gota de sangre para salvar a todos. A ti y a mí también.
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