DERROCHAR NO ES JUSTO |
Por José Luis Martín Descalzo |
Temo que no sea muy cortés comenzar recordándoles a ustedes este eslogan tan desagradable que Cáritas ha clavado en todas las esquinas de nuestras calles para el Jueves Santo, Día del Amor Fraterno (1984). Ese grito que repite que «Derrochar no es justo».
Y seguramente muchos pensarán que se trata de un cartel y una frase inoportunas, porque no estamos precisamente en tiempos de derroche, ahora que todos tenemos que apretarnos el cinturón para sobrevivir.
Por eso tendríamos que empezar por ponernos de acuerdo sobre lo que es un derroche. Un pobre pensará, por ejemplo, que derrocha un rico que paga tres mil pesetas por una comida en un restaurante, pensando que con ese dinero él comería tres días. Y el rico dirá que esa comida es parte del tren de vida que a él le imponen sus obligaciones. Para un obrero será un derroche el coche de cinco millones que se compra su jefe. Y para un miserable será un derroche el pequeño utilitario que se compra el obrero. Para una muchacha del servicio doméstico será un derroche el que su señorita se deje cuatro mil pesetas en una peluquería. Y para una mujer de Guinea sería un terrible derroche lo que esa muchacha tira a la basura como sobras de la comida de cada día.
La verdad es que todos nos hemos acostumbrado a encontrar normales e inevitables nuestros gastos y que nadie está convencido de que el derroche nada tiene que ver con él porque todos sus gastos son realmente necesarios.
Sin embargo llega luego la realidad con la rebaja y descubrimos cómo podemos prescindir de muchas cosas. O llega una guerra y encontramos que se sigue sobreviviendo con la décima parte de lo que antes teníamos.
Hace días (1984) asistí a un congreso organizado por «Justicia y Paz» y se discutía allí si España podía ahora aportar o no ese 0,7 por ciento de los presupuestos que la ONU señaló como cifra que los países desarrollados deberían ofrecer a los subdesarrollados. Y se decía que el momento español era terrible, que hay ahora entre nosotros tanto paro, tantas bolsas de miseria... Y en esto se levantó un misionero que llegaba de Malí y nos explicó que hoy en África ya no se hablaba de estrecheces, sino de espantosa hambre física, de que en Malí ya se consideraban afortunados quienes podían hacer una comida cada dos días. Y, oyéndole, sentimos todos una enorme sensación de vergüenza. Porque nos dábamos cuenta de que lo que para nosotros era estrechez era para otros hermanos nuestros un lujo exorbitante.
Esto es lo que Cáritas nos recuerda el Jueves Santo. Y nos lo recuerda para que nuestra Semana Santa no se convierta en pura retórica. No se puede decir que se ama a Cristo si no se ama de veras a los hermanos. «Si alguno tiene bienes de este mundo -como dice el apóstol San Juan-, y viendo a su hermano en necesidad, le cierra las entrañas, ¿cómo es posible que resida en él el amor de Dios?» Recuérdenlo: la pasión de Cristo no está sólo, ni principalmente, en nuestras procesiones. Está en cada hermano nuestro que sufre a nuestro lado.
(Tomado de "Días grandes de Jesús", EDIBESA)
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