JUEVES SANTO CON JESÚS

Por B.M.Hernando


San Juan, el Evangelista, el Apóstol, fue un hombre enamorado. Difícilmente pudo soportar sobre su corazón joven todo el amor que en él se amontonó hacia la persona de Jesús. San Juan es el mejor intérprete del Amor. Por eso fue el único que pudo escribir esa quíntuple maravilla que son los capítulos de la Cena. Hace falta leer despacio, tan despacio como fueron escritos, los capítulos 13, 14, 15, 16 y 17 del Evangelio de San Juan. Ningún pasaje del Evangelio nos da un Jesús tan humano y tan divino, como estos capítulos de San Juan.

Es la tarde del Jueves Santo. Maestro y discípulos se han juntado en el Cenáculo, en la casa de un amigo leal... (Y qué pena que haya que añadir a la palabra "amigo" el adjetivo "leal". Pero el Miércoles Santo nos ha proporcionado una triste experiencia acerca de la amistad). Jesús está triste, melancólico. Con la tristeza de las despedidas.

El evangelista va dejando lentamente, amorosamente, el retrato de cada gesto, de cada palabra. Jesús va despacio, como si quisiera retardar lo inevitable. En la penumbra de la alta sala, iluminada a medias, donde Jesús cena y charla con sus amigos, en la intimidad, se adivina la lumbre de sus ojos encharcados de pena, la curva de su espalda, la silueta de sus barbas nazarenas.

Hay doce hombres. Y con El, trece. Pero ni la más ligera sombra de superstición. Sólo una inmensa tristeza, tristeza que se masca como sangre venida a la boca. El Maestro habla casi sin mirar. Ha perdido aquella potente serenidad que sembraba el sosiego entre los suyos. Dios ha llegado al límite del amor, donde el amor linda con el abatimiento. Dios es un hombre entristecido, en carne viva. Un condenado a muerte por el amor. De pronto, Jesús se levanta. Se quita el manto, se ciñe una toalla, echa agua en una vasija y comienza a lavar los pies de sus amigos. Los pies de Pedro y los pies de Judas. Pedro es un amigo impulsivo. Si alguna vez traiciona, será también así: por impulso, por fuerza de temperamento. Por debilidad mejor. Judas..."fue" un amigo. Ahora es un actor. Y las gotas de agua resbalan sobre sus pies empolvados de remordimiento.

Después Jesús habla. Habla largo y tendido. Habla de humildad, de amor y de odio, de traiciones y confianzas, de orfandades y unión. Habla con ternura, con minucioso y enternecedor cariño. Será difícil volver a escuchar palabras semejantes, dictadas por la amistad. Una amistad sin límites, a la que alguien ha puesto fronteras de traición.

Dos o tres veces habla del amor. Lo lleva clavado, lo lleva en la sangre. "Amaos, amaos". Es un mandamiento que ordena y un favor que suplica. Si Jesús pudiera, se pondría de rodillas ante cada hombre para pedirle que amara a los demás. Y ya lo ha hecho. Se ha puesto de rodillas. Y su voz varonil y templada ha sonado en el Cenáculo, matizada de infinito deseo: "Amaos, amaos".

Una y otra vez vuelve a la tarea, como el artesano que recorre la pieza hecha, por el temor de que no esté bien rematada: "Amaos".

Toda la vida es Jueves Santo. Todos los minutos de la vida asisten asombrados a la escena increíble de un Dios puesto de rodillas ante los hombres para pedirles que se amen. Un Dios arrodillado, triste y temeroso, que por un milagro sigue pareciendo Dios. Los grandes de la tierra decían a los primeros cristianos que no podía existir un Dios crucificado. Pero lo más increíble de todo es un Dios arrodillado.

Hay una canción que asegura que "el amor es un dios caprichoso". No, el Amor es un Dios arrodillado para pedir amor.

"Amaos los unos a los otros". Jesús lo llama "mandamiento suyo", mandamiento nuevo, mandamiento de los mandamientos. Jesús agota sus elogios ante el amor. Hace su Iglesia como una fruta cuya semilla es el amor, como un cuerpo cuyo corazón es el amor. El amor le obsesiona.

¿Cómo no queréis que Jesús esté triste? ¿Podéis asegurar que todos los cristianos van a compartir su "obsesión"?

¡Pobre Jesús entristecido, muriendo por amor en medio de un mundo indiferente y vacío, a quien no importa el amor verdadero! Porque amar es saber morir por el amigo. Lo dijo Jesús.

¡Del amor se han dicho tantas cosas! Los hombres nos hemos acostumbrado a conjugar el verbo amar, casi siempre en la voz pasiva. En nuestro lenguaje de feria, amar es sinónimo de gozar. Y Jesús dijo que amar es saber morir por el amado.

Se ha dicho que "el amor es la necesidad humana que más se parece al hambre". Pero no, el órgano del amor no es el estómago. Es el corazón, esa fábrica transformadora que nada quiere para sí, que todo lo recibe y todo lo envía. Amar es tener para dar. Es vivir para morir.

Y Jesús dijo: "Conocerán que sois mis discípulos en que os amáis". Y San Juan, en su primera carta, como en un eco de estas palabras de Jesús, afirma: "Si alguno dice: yo amo a Dios, pero aborrezco a los hombres, ese es mentiroso". ¡Un mentiroso y un traidor!

Judas falló en el amor. Y el cristianismo está lleno de traidores, de pequeños Judas, que fallan cada día en el amor a los hombres. ¿Y todavía queréis que Jesús no esté triste?

Juan no cuenta la Institución de la Eucaristía, pero nos da a cambio, ese discurso incomparable, esas palabras divinas, que sólo por Juan podían ser transcritas.

La Eucaristía: otra vez el amor. Por activa y por pasiva, por palabra y obra, en vida y muerte. Siempre el amor infinito que aplasta y asusta. Dios puesto al alcance de nuestras bocas, de nuestra sangre. Dios comestible. Dios diminuto y pacífico como un bocado de pan. Algo más que Dios arrodillado. Aquí ya caben todas las locuras imaginables. Que Dios se ponga tierno como una madre enajenada y diga: "Hijitos míos". Que Dios se deje trasquilar sin dar un solo balido. Que Dios permita las burlas más soeces y paletas. Que Dios llore. Que lave pies traidores. Que se deje escupir y apalear y burlar.

Todo cabe en un Dios que se hace pan para ser comido, que se deja masticar y digerir. Todo cabe. Y es mejor callar.

Tarde del Jueves Santo. Tarde cargada de lumbre de velas y rozar de pasos. Tarde tremenda y amorosa.

La Iglesia se ha vestido de blanco y luz, porque es mucho amor para una sola tarde.

Solo, como una madre a quien sus hijos, demasiado pequeños, no pueden consolar, Jesús camina hacia Getsemaní.


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