JUEVES SANTO EN ACTITUD DE SERVICIO |
Por Alfonso Esponera Cerdán, o.p. |
Hoy iniciamos el Triduo Pascual de la muerte, sepultura y resurrección del Señor. Nuestra celebración gira sobre un doble eje. Por un lado, recordamos el acontecimiento de la entrega de Jesús, su fidelidad a la causa del Reino hasta la muerte, su entrega personal al servicio de los hombres y mujeres que tenía cerca y de los de todos los tiempos, incluidos nosotros. La escena del lavatorio de los pies evoca este hecho.
Cuando hablamos de Jesús, nada tiene sentido si no recordamos que él vivió una vida de amor entregado, de opción decidida en favor de los pobres y de los excluidos, de revelación de un Dios que es Padre misericordioso de todos... y que fue ejecutado por ello.
Seguir a Jesús significa creer precisamente eso: que la auténtica y verdadera vida sólo se vive en el amor que ama hasta las últimas consecuencias. Y Jesús nos va diciendo a lo largo de los siglos: "Os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis".
Y luego está el otro eje, el sacramento de la Eucaristía. Nosotros no somos sólo admiradores o imitadores de un gran personaje. Creemos que él vive para siempre en medio de nosotros, y que su vida se manifiesta de manera especial cuando la comunidad se reúne y renueva las palabras y los gestos que él nos dejó el día antes de su muerte. Muerto por su opción por la causa del Reino, vive para siempre y se nos hace presente en el pan y el vino de la Eucaristía, para que le recibamos como alimento y vivamos así su misma vida. Hoy rememoramos aquel día en que Jesús nos dejó este memorial para siempre.
Su vida entera quedaba resumida en aquellos últimos momentos. El Cenáculo se convierte en centro de la Historia, en hogar de todo aquel que quiera sentir sus pies aligerados para volver a caminar con esperanza, en hogar de todo aquel que quiera sentir su corazón latir al unísono con las penas y las esperanzas de los demás hombres, en hogar para experimentar que estás acompañado, que no estás solo, que puedes enfrentarte a los retos de nuestro mundo, y que puedes mirarte a ti mismo sin hundirte porque la mirada de Jesús te devuelve la dignidad y la esperanza y el deseo de amar y de darte.
"¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros?". Aquellos amigos de Jesús tenían que entender todo aquello. O por lo menos grabarlo en su mente para comprenderlo más adelante, cuando también a ellos les tocara vivir experiencias cruciales definitivas. Así tenía que ser, pues sino nunca serían capaces de entender el gesto supremo que consiste en dar la vida. No podrían entender la cruz de Jesús y no podrían entender su propia entrega que les llegó más adelante. Jesús pensaba en sus discípulos, en su futuro, en sus soledades, en sus reacciones cuando ya no estaría entre ellos.
Y nosotros, ¿en quién pensamos? Hoy es un buen momento para revivir nuestro pasado, recordando sobre todo a las personas que han ido marcando nuestra historia personal, algunas de las cuales quizá ya no están entre nosotros. Los que nos dejaron un testimonio de ejemplo y de fidelidad, los que han mantenido un buen combate por la libertad, los que han permanecido fieles hasta el final, los que nos han acompañado en momentos difíciles. Pero también tantos otros a los que no hemos sabido lavar los pies, curar sus heridas, animar en la fe y en el compromiso.
Hoy es una buena ocasión para reafirmar nuestra voluntad de ser servidores allí donde Jesús nos invita a serlo: en la familia, en la comunidad, en la amistad, en la solidaridad con los marginados de nuestro mundo, en la escucha atenta de los demás, en los servicios humildes, en la atención a los enfermos y a los ancianos... Esta era la inquietud y la esperanza de Jesús: que sepamos pensar en los demás, que nos atrevamos a salir de nosotros mismos para ser capaces de entender -aunque sólo sea un poquito- que el camino de la felicidad, fruto del amor, es el camino del servicio, el camino de la entrega.
Los Apóstoles, allá en el Cenáculo, debieron quedar profundamente tocados y sorprendidos, pero sin entender gran cosa. Nosotros, después de la Resurrección de Jesús, ya entendemos más: entendemos y creemos que en este alimento que nos reúne cada domingo está la fuerza de la Vida Nueva que nos trae Jesús. Y nos acercamos, agradecidos, para participar de él.
En aquella noche, Jesús estuvo rodeado de sus amigos más íntimos, en un momento crucial que desea recuerden nítidamente. "Haced esto que yo hago. Entregaos al servicio de los demás. Entregaos del todo como haré yo hasta el punto de dar mi vida. Haced también el gesto de partir el pan en memoria mía, hasta que yo vuelva. Lavar los pies. Romper el pan". Son dos gestos que Jesús vivió juntos y quiere que vayan inseparablemente juntos. Participar en la Eucaristía de Jesús, en su pan de vida, nos ha de empujar a construir vida al entregarnos a los demás. Quien es capaz de descubrir en el otro al hermano que ha de acompañar, aquel con quien se ha de mostrar solidario, está en comunión con este Jesús que se entrega. Hoy lo celebramos como un permanente anuncio y compromiso.
Además nuestra celebración se acabará con un rito peculiar: el traslado del Santísimo Sacramento al lugar preparado para reservarlo para la celebración de mañana. Con ello, la comunidad de creyentes resaltamos la importancia que para nosotros tiene la presencia de Jesús en el pan y el vino de la Eucaristía. Contemplando este pan en el que reconocemos a Jesús presente en medio de nosotros, nos hacemos más conscientes de su Salvación: él está aquí, muerto y resucitado, centro de la comunidad cristiana, alimento sencillo y humilde que da vida eterna. Por eso vale la pena dedicarle esta noche, individual o comunitariamente, un especial espacio de oración agradecida.
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