LOS AMÓ HASTA EL EXTREMO

Por Mª Adelina Climent Cortés, o.p.


La liturgia de hoy celebra un BANQUETE DE ACCIÓN DE GRACIAS. El banquete más sabroso de nuestra humanidad. Un banquete que recuerda la Pascua de los judíos. Un banquete en el que Jesús, antes de padecer su PASION Y MUERTE, se hace alimento y se deja comer como pan sabroso y tierno, y vino suculento que dan VIDA ETERNA, y todo como fruto de su gran AMOR, un amor vigoroso, fuerte y divino: "habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo los amó hasta el extremo". Nos ama Cristo Jesús hasta la entrega total, hasta morir por nosotros..., porque del amor de Jesús sí se puede decir que "es más fuerte que la muerte" (Ct 8,6)

Gracias, Jesús, por este BANQUETE MEMORIAL, regalo de despedida, para celebrar tu paso entre nosotros, siempre haciendo el bien y curando a todos...

Gracias, Jesús, porque con tu VIDA nos das tu ESPÍRITU. Nosotros queremos dar testimonio de este amor tuyo, celebrado y vivido.

Pero antes de darnos Jesús su Cuerpo y Sangre como alimento, quedándose sacramentalmente entre nosotros, nos quiere dar una lección de servicio y de entrega, ya que Jesús no separa nunca el amor del servicio, pues el servicio da al amor autenticidad y plenitud...

Jesús considera su AMOR como un servicio de Dios a los hombres; un servicio humilde y generoso lavando los pies; un servicio que dignifica y engrandece al que lo recibe, que le hace libre y sentirse feliz e Hijo de Dios: "Sed esclavos unos de otros por amor" (Ga 5,13), porque nada hace tan libre, nada une tanto, como el verdadero amor...

Gracias, Señor, por tu amor entregado, hecho servicio. Gracias, Señor, porque nos enseñas a amar y servir. Gracias, Señor, porque quieres que te imitemos y que como tú nos entreguemos...

Y en esta CENA DE JESUS, " ágape fraterno" y "prenda de salvación eterna" estamos todos invitados a comulgar en el AMOR, para amar también nosotros a los hermanos y vivir en unidad con ellos; y sobre todo, para amar muy especialmente a los que viven en la pobreza y el desamor, a los más excluidos de la "mesa de la vida" porque son insignificantes y "no tienen voz". Y así que no les falte nuestra ayuda y nuestra comprensión y cariño, nuestro amor fraternal... Porque ellos son los que más sufren, y por lo tanto los más preferidos de Dios, los más amados por El... Y no olvidemos, sobre todo, que si Cristo está  en todos los seres, en ellos aún está  más...

Gracias, Señor, porque quieres que amemos como Tú amas; porque quieres que demos testimonio de tu gran AMOR, para que nadie sufra y enferme por carecer de él, y gracias porque nos invitas a todos A LA MESA EN EL REINO DE DIOS.

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El Jueves Santo es además un día de acción de gracias, porque se ha manifestado el Amor de Dios más que nunca. Amor que ha sido derramado en beneficio de todos; amor que salva y vivifica, amor sublime que enseña a amar y a vivir en el amor. Este amor es el de Cristo Jesús: "los amó hasta el extremo". Amor, también, entregado y que se hace presencia y compañía en la Eucaristía, instituida y celebrada por Jesús, como sacrificio de expiación y comunión, en el pan partido y el vino ofrecido, anuncio de su pasión, muerte y resurrección.

Por eso, hoy, en la celebración eucarística, memorial y sacramento salvador, alabamos a Dios Padre con el salmo 115. Oración de acción de gracias con sentido sacrificial, que hace más sublime y perfecta la alabanza que se ofrece, al ser fruto, no sólo de un rito externo, sino de un espíritu sincero y agradecido a Dios:

¿Cómo pagaré al Señor
todo el bien que me ha hecho?
Alzaré la copa de la salvación,
invocando su nombre.

Haciendo propios los sentimientos del salmista, que desea ofrecer la acción de gracias en una libación litúrgica, alzando la copa de la salvación e invocando el nombre del Señor, nuestro deseo ha de ser agradecer a Dios el habernos dado a su propio Hijo Cristo Jesús, nuestro Salvador, y haber querido éste, antes de morir, permanecer siempre con nosotros en la eucaristía, misterio grande y excelso de amor y comunión. Pero el salmista aporta más razones:

Mucho le cuesta al Señor
la muerte de sus fieles.
Señor, yo soy tu siervo,
hijo de tu esclava;
rompiste mis cadenas.

También nosotros, los cristianos, hemos de ver con humildad que el Señor, aunque a veces nos prueba, nunca quiere la muerte de sus hijos, nuestro mal definitivo, y que, para librarnos de él aceptó la muerte de su propio Hijo, Cristo Jesús, con la que rompió, de una vez para siempre, todas nuestras ataduras.

Y si el orante dice a Yahvé:

Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando tu nombre, Señor.
Cumpliré al Señor mis votos,
en presencia de todo el pueblo,

también nosotros hemos de cumplir nuestros votos de acción de gracias y de alabanza, ante el altar eucarístico, uniendo nuestro sacrificio espiritual al de Jesucristo, en oblación y glorificación del Padre y en amor y entrega a los hermanos. Este deseo de vivir en comunión de vida con Cristo Jesús y con nuestros hermanos, debemos acrecentarlo con la Eucaristía. Así el cuerpo del Señor nos ayudará a vivir su misma vida de amor y entrega desde el servicio, la reconciliación mutua y en renovación de vida interior, fruto de una pascua nueva y eterna, como es la pascua de Cristo Jesús.


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