EUCARISTIA, BANQUETE DE AMORES Y SACRAMENTO DE UNIDAD

Por Sor Teresa Mª de Jesús Ortega, o.p.


Banquete de los amores

En la Sagrada Escritura la palabra cena se usa mucho. Ha quedado con un sabor profundo; por ejemplo, la cena del Apocalipsis: «He aquí que estoy a la puerta y llamo. Si tú me abres la puerta, yo entraré y cenaré contigo, y tú cenarás conmigo». Es invitación de entregas mutuas. Jesucristo pide que se le invite. El va a invitar. Yo te voy a dar de lo mío y tú me das de lo tuyo. Vamos a fundirnos. Esa cena tiene un sabor profundo de Eucaristía. No puede haber banquete que pueda superar al de la Eucaristía. Tener como alimento al Hijo de Dios, como anfitrión al Hijo de Dios, como aderezador de todo al Hijo de Dios, como acomodador al Hijo de Dios. Él tiene todos los papeles en este Banquete; da la vida, el agua, el pan... Sacia, nutre, mantiene, da vida eterna, invita, llama, prepara... El todo. Estamos tan acostumbrados a este misterio que casi no caemos ni en la cuenta de él. Hay que estar bien despiertos a la realidad profunda de este misterio. Nos hemos familiarizado con él como con el aire que respiramos.

El Banquete está preparado. Ha sido costosísimo. Los mejores manjares, los más caros. En el mercado no hay cosa mejor. El Padre eligió lo mejor entre lo mejor; algo que no se podía comprar ni vender; quiso darnos el misterio profundo de su Hijo, la Carne de su Hijo, la Sangre de su Hijo; su Hijo como Pan, como alimento, como manjar, como Vida. Todo se lo ha dado al hombre.

A medida que el amor es más fuerte, la donación es más fuerte. El regalo está a la medida del amor. Cuando hay mucho amor todo parece poco. Se quiere poner todo el amor en ese regalo. Dios se pone a amar, y El que es el gran Amador, el gran apasionante y apasionado Amador, nos da al Hijo. Y de tal modo amó el Hijo al mundo que se quedó en la Eucaristía, en banquete. Las humillaciones de la Eucaristía, sin hablar de las profanaciones y ataques..., son tremendas.

La Eucaristía tiene la dinámica de Dios, y Dios se mueve con toda su libertad eterna y mira a los hombres y maneja el mundo desde la Eucaristía. Hace falta mucho amor para haber inventado este don; un amor fuera de serie, que nos desborda. Si los hombres tienen miedo al misterio de la Eucaristía, es porque no tienen capacidad de amar.

Le llaman «loco» a Jesús varias veces en el Evangelio, porque lo era. Es la locura de su dimensión substancial; es un Dios que se entrega sin medida, sin límites. Hay una locura misteriosísima, pero en el fondo por lo que ha sido rechazado es porque el hombre no tiene capacidad de amor para entender la Eucaristía.

¡Qué bonito que, cuando no entendamos, bajemos la cabeza y digamos: acepto y creo! Cierra tu cabeza y tírate a los pies de Dios, y deja que Dios te inunde y abisme, sobre todo en estos misterios tan hondos, tan densos, en donde los sentidos no dicen nada.

Porque eres pobre, porque eres la pobreza misma, porque te han hecho para el Infinito y para lo eterno y te quieren dar una riqueza que no tienes, es por lo que te han dado la Eucaristía. No por lo que eres, sino para que lo seas. No porque eres estupendo, sino para que lo seas. No porque tienes un amor a prueba de bomba, sino para que lo tengas.

La Eucaristía es medio y fin. Te prepara para fundirte con Dios, y a la vez, te funde con Dios. Te prepara para purificarte, para adelgazarte, para hacerte más libre, más capaz, y viene a llenarte esas capacidades.

Una de las cosas que más impresiona de la Eucaristía es que Jesús dice lo que hace, y hace lo que dice. Jesucristo es un apasionado y a la hora de manifestar su pasión, la manifiesta dándose. «De tal modo amó Dios al mundo que le dio a su Hijo» (Jn 3, 16). Siempre la donación tiene que ser un grito de amor.

Sacramento de unidad

Un alma eucarística es un alma cósmica, universal. El sacramento de la Eucaristía es un sacramento comunitario; por supuesto, es el sacramento más unitivo. En la comunión es donde la unidad recibe toda su fuerza, todo su impulso, todo su amor. En la comunión se consuma la unidad.

Es como que Dios nos absorbe. Es un misterio de unidad, de ensanchamiento del Cuerpo Místico, eclesial. Lo que no he podido yo dar al Cuerpo Místico por mi inteligencia, por mis energías, por mi fuerza, por mi sacrificio... puedo dárselo en el momento en que Dios me da una dimensión nueva. Puedo dárselo por estar incorporado al Cristo Místico. A través de la Eucaristía soy más Cuerpo Místico, más Iglesia.

Vas a la Eucaristía a coger Misterio para repartir al mundo, para tirárselo al mundo. Así como Santa Teresita decía: «Pasaré mi eternidad tirando rosas a la tierra», yo diría gritando al Cuerpo Místico: Pasaré mi Eucaristía enriqueciendo al Cuerpo Místico, dando vida al Cuerpo Místico, gritando al Cuerpo Místico: ¡Ahí va amor, misterio! No es echar pétalos a la tierra, echo riquezas infinitas, porque echo Misterio de Dios.

La Eucaristía es lo más social, lo más eclesial, lo más comunitario, lo más enriquecedor y fraternal.

La Eucaristía es una manifestación del amor que se vive en la eternidad entre el Padre, el Hijo y el Espíritu. Así se aman Ellos, así se comulgan Ellos, se juntan, se funden, y así como Ellos viven fundidos, me dan a mí la ocasión de fundirme con Ellos a través de la Eucaristía. Y esta fusión hace que ponga en contacto el cielo con la tierra, y al dejar pasar por mí el cielo, produzca una vida, un calambre, un chasquido, y enriquezca mi tribu, mi tienda.

Como dice Isaías: «Ensancha los espacios de tu tienda»; y nos parece muy lógico que una persona ensanche los espacios de su inteligencia y se prepare socialmente... No hay preparación semejante a la donación generosa de tu vida íntima. Es lo más que puedes dar al universo, a la humanidad entera, para beneficiarlos, para salvarlos, para ayudarles, para pagar la deuda que tienes con ellos. Tienes en tus manos un resorte: la Eucaristía.

Todo tu ser tiene que estar cargado de Eucaristía. Si hay una carga divina, a la hora de manifestarte tendrías que estar haciendo llover a Dios, porque estás lleno de ese misterio infinito de Dios.

La Eucaristía me da fuerza para que alimente a muchos hermanos. «Piden pan los pequeñuelos y no hay quien les reparta» (Lm 4, 4). Al comulgar yo, estoy alimentando a los demás. Soy un nervio del Cuerpo Místico, una vena del Cuerpo Místico. Lo que tú recibes es para todos.

Es interesante que vayas a la Eucaristía con un grito de hermanos, con un peso eclesial. Comulgo no sólo yo, sino la Iglesia. Es una comunión eclesial. Es un flujo y reflujo; riego y refresco el Cuerpo Místico. A través del misterio de mis comuniones, la Iglesia va beneficiándose y recibiendo oleadas de luz, de riego divino, que después hace florecer en más mansedumbre, en bondad, en alegría, en generosidad, en más amor en la tierra.

(Tomado de "Sedienta de Eucaristía", EDIBESA)


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