EL CAMINO DEL AMOR |
Por Jaume Boada i Rafí, o.p. |
«Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros. Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor unos a otros... El Espíritu Santo, el Paráclito, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que os he dicho...» (Jn 13-14)
«¿Qué puedo decirle de todas estas sendas, caminos y atajos para poder adentrarme cada vez más en la espesura? Sí, creo que puedo decirle que todo resuena en mí con un total asentimiento de mi corazón que afirma: Así tiene que ser, así tiene que hacerse; y con un gran deseo de dejar que el Espíritu Santo conduzca por completo mi vida.
Eso es lo que pido: Que Dios me conceda el don de su Espíritu. Que nunca le contriste.
Hace ya tiempo que pedí al Señor la gracia de conocerle más, de saber más cosas de Él. Y la respuesta interior fue: Te basta lo que sabes para que me ames mucho. Si me amases más también me conocerías más» (Carta de una contemplativa).
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Cada encuentro con el Señor tiene un sentido y una riqueza peculiar. Se trata del diálogo y de la entrega de amor de siempre, vivido desde una situación personal y comunitaria diferente. Es el amor viejo expresado y vivido con la ilusión intensa de lo que es nuevo.
La peor carcoma del amor es la rutina. Nada destruye tanto un camino de fidelidad en la entrega al Señor como el paso cansado del alma adormecida. ¿Vivimos un tiempo de plenitud o de cansancio? Cada uno de nosotros podrá presentar al Señor las manos llenas de lo que vive: ¿Será quizás un deseo vivo de conocerle más?... ¿Se tratará de una experiencia fuerte de las exigencias de una entrega?... ¿O quizás vivimos la ilusión maravillosa de lo que es de siempre?... ¿Estamos escuchando una palabra del Señor que nos sugiere una entrega mayor o un gesto concreto de disponibilidad?... ¿Tenemos la sensación interior de que el sí que dimos un día al Señor como discípulos suyos, nos pide una disponibilidad creciente y concreta al Amor?...
Cada uno de nosotros podría decir de su vida interior unas palabras sinceras y peculiares.
Sea como fuere, una vida de entrega al Señor supone una atención siempre en aumento al Espíritu y pide también la actitud elemental de no estorbar su acción en nosotros.
Nuestra vida en su aparente pequeñez, en su monotonía o en su ilusión, es la realización concreta de un plan de amor. Todo cuanto hacemos, vivimos, deseamos, sentimos, es camino de fidelidad al amor. El misterio trascendente de nuestra vida se realiza en la aparente intrascendencia de los pasos que damos cada día. Para quien desea vivir en el amor del Padre nada hay que carezca de sentido.
Desde esta perspectiva tendríamos que valorar el hecho mismo de tener la posibilidad de dedicar un tiempo sereno y prolongado de diálogo con el Señor. Él, mejor que nadie, nos hablará al corazón para decirnos una palabra sobre el sentido de nuestra vida.
A la luz del misterio pascual descubrimos que el Espíritu Santo es el gran don del Señor Jesús. Él es la vida de Dios en nosotros, Él es el fuego del amor y la fuerza de nuestra vida, Él es la paz del alma y el gozo de la entrega, Él es e¡ conocimiento y el «sabor» de Dios, es el huésped permanente, es alegría, es plenitud en Dios. Lo es todo.
«Deseo que el Espíritu Santo conduzca mi vida». Amar es importante, pero lo es también dejarse amar. En la vida, hay que hacer algo para buscar a Dios. También hay que dejar que Dios haga, dejarnos buscar y encontrar, permitir que sea Él quien transforme nuestra existencia. Está bien caminar y crecer y avanzar, pero es necesario abrir nuestra vida al Espíritu de Jesús que guía nuestros pasos. Es bonito tener proyectos, ilusiones, esperanzas. Es grande poder sentirnos protagonistas de nuestra propia vida, pero lo es todavía más la certeza de sabernos obra de Dios, que nuestra vida es la realización de un proyecto de amor del Padre.
Es muy humano que nos sintamos protagonistas de nuestra vida. Pero a partir de una consagración y de una total entrega al Señor, abrimos de par en par las puertas de nuestra alma al vivificante protagonismo del Espíritu. Por eso te pongo estas palabras fraternas:
Deja que el Espíritu conduzca toda tu vida.
Sé dócil a sus inspiraciones.
Déjale conducirte a una obediencia total al Padre.
Permite que Él, que es amor, te inunde y te desborde.
Busca simplemente dejarte amar por el amor.
Vive siempre dispuesto a escuchar su voz en tu alma.
No te duermas, vive atento, despierto, disponible.
Que su luz pueda iluminar todos los rincones obscuros.
Conviértete a la disponibilidad plena.
Di al Señor un sí inagotable, sin condiciones, ni reservas
Y mientras tanto, camina, camina en el amor. Pide al Espíritu de Jesús que te enseñe a amar; la escuela del amor es el camino cotidiano que haces con los hermanos. Ámalos, compréndelos, acéptalos tal y como son. Vive en una total disponibilidad de entrega y servicio con ellos. Deja que entren en tu vida, escucha sus palabras, acoge sus deseos, confía en ellos, camina con ellos, corazón a corazón.
La vida comunitaria, o en familia, es un regalo, un don del Espíritu para ti. Cada hermano, con las luces y las sombras de su vida, tiene una palabra del Espíritu para ti. No caigas en la tentación de buscar a Dios al margen de tus hermanos. Ellos son para ti el sacramento de su presencia. Y que Dios te haga el don de su Espíritu y te deje sentirlo en tu vida, guiando tus pasos, animando tu abandono, ayudándote a descubrir el sentido de lo que vives y de lo que haces.
Según la recomendación del apóstol Pablo: «No entristezcáis al Espíritu Santo de Dios» (Ef 4, 30).
No te dejes llevar por el pesimismo.
No permitas que el desamor arraigue en tu corazón.
No vivas distraído, olvidado o disperso.
Huye de la rutina, de caminar sin sentido y sin rumbo.
No vivas encerrado, instalado. Huye de la comodidad.
No dejes que anide en ti el desánimo.
No cierres tu vida ni al amor ni al perdón.
No digas nunca: «No puedo más».
No des ocasión a la desesperanza.
No busques tus propias seguridades.
No desees una paz alienadora, sino una paz que haga crecer.
No tengas nunca un no para el amor.
No digas no al Espíritu Santo.
Para no contristar al Espíritu Santo vive una disponibilidad total y «sal de tu tierra». Tendrás que vivir caminando a través de la, a veces, incomprensible tierra de Dios. Sea como fuere, intenta conocer más al Señor, y que tu conocimiento consista en:
Abandonarte plenamente en sus manos de Padre.
Vivir concreta y explícitamente una disponibilidad total.
Buscar en todo una docilidad plena al Espíritu.
Tener tiempo para escuchar su voz y pedir la fuerza que necesitamos para seguirla.
Ser más y más de Dios, y que eso sea cada vez más cierto.
E intentad conocer a Dios. Pero no olvides que conocerlo es:
Amarle cada vez más.
Transparentar su amor a tus hermanos.
Ser entre ellos y para ellos sacramento de su amor.
Desear que tu amor crezca y dejar que Él pueda amarte con plena libertad.
Son muy verdaderas las palabras del Espíritu recogidas al comienzo de estas reflexiones:
«Si me amases más también me conocerías más».
Si dejaras al Espíritu actuar con plena libertad en tu vida, serías más de Dios.
Si te abandonaras más al amor, serías más fiel.
Si fueras más consciente de que tu santificación es obra del Espíritu en tu vida, intentarías con más decisión ser dócil como el barro en sus manos.
Si fueras capaz de renunciar a ser el amo de tu vida, el único guía de tus pasos y el señor de tu historia, el Señor te haría el don de convertir tu existencia en una historia de amor, en una historia de salvación.
Si conocieras el don que Dios te hace en el Espíritu, descubrirías la gran verdad: lo que importa es amar y dejarse amar por el Amor.
(Tomado de "Peregrino del silencio", NARCEA EDICIONES)
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