DÉJATE AMAR

Por Ángel Moreno, de Buenafuente


Escucha, hija, mira: inclina tu oído, olvida tu pueblo y la casa paterna; prendado está el rey de tu belleza (Sal 44, 11-12)

Me robaste el corazón, hermana mía, novia, me robaste el corazón con una mirada tuya, con una vuelta de tu collar. ¡Qué hermosos son tus amores, hermana y novia mía! (Ct 4, 9-10)

Ya no te pido ni siquiera que me ames. Sólo quiero que te dejes amar, que me dejes amarte.

Ten fe, abandona tus razonamientos lógicos, permite el paso de la noticia del amor de Dios a tu corazón. No te escondas, ni te defiendas con argumentos evasivos. ¡Me duele tanto que dudes de mi capacidad de ser Dios contigo! Quien ha creído en mí ha sido capaz de la acción de gracias y de bendecirme en medio de la experiencia más negativa e incluso de pecado y se ha atrevido, en el centro de la oscuridad, a cantar las misericordias del Señor. Quienes llegan a esta sagacidad han descubierto la puerta por la que entrar a la experiencia de gozo y de luz.

No tengas propia voluntad. Déjame actuar, despójate, permíteme que te tome y te convierta en heredero, nada es más importante que tener a Dios por lote perpetuo. Todo lo demás sabe, cuando no es incluso amargo, a menos, a poco, y en el mejor de los casos, es una experiencia efímera. Dios es eterno, permanente, sacia, colma, embriaga, totaliza la relación, nunca es deficiente su respuesta.

No te hieras ni te abras las heridas inútilmente, pero si las tienes ocultas, sé sincero, deja que te cure la misericordia. Nunca experimentarás tanto gozo como cuando le permites a Dios curarte, echar aceite en tus llagas, vendarlas y llevarte a su posada, donde te partirá el pan y te dará a beber de la copa el vino de su propia sangre.

Nada es más. Deja que Dios actúe en ti y en medio de todo posible dolor y oscuridad manifiéstale tu amor, póstrate en adoración y bendícelo, dile que lo reconoces. No quieras librarte de lo que puede ser el momento de mayor gratuidad. Que esta posible inclemencia resuene en tu corazón como diría san Juan de la Cruz: «Déjame sufrir y ser despreciado por ti». Nunca ganarás a Dios en generosidad.

Quiero que te sientas amado, y desde esta conciencia vuelvo a solicitar tu respuesta como mediación para que muchos descubran la verdad más palpable en la vida de cada persona, mi amor divino. No hay testimonio que más ayude y fascine. Sé que hay cansancio de grandes palabras, que no bastan los discursos especulativos sobre las situaciones existenciales. Hay movimientos de retorno hacia lo afectivo y lo místico, hacia lo que se manifiesta experiencial, hacia lo gratuito e inútil, lo estético. Desde ellos albergo la esperanza de que tú seas uno de los que se abran a la cultura del amor. Los que se dejan amar se convierten verdaderamente en hombres de Dios, testigos del Absoluto.

Necesito que intentes no proyectarte ni dominar a través de tus diferentes tareas. Mi amor se queda limitado a tu disponibilidad, a tus palabras, gestos, oración. Necesito tu amor, el consentimiento al que yo te tengo, tu sí reciproco, para que el mundo crea porque nos amamos, y lo necesito a través de cuantos de cerca o de lejos se sienten más faltos de una palabra de mi existencia difundida en ti por mi amor acogido. Sólo el amor de caridad es credencial para los que más sufren. Ante ellos no valen los razonamientos, sólo el amor.

Cabe que palpes la cruz, lo aparentemente contrario a una relación agradable, mas a través de situaciones paradójicas es posible encontrarse con la muestra más acreditada de lo que define el amor más grande, que, sin reclamar nada, ni siquiera se impone por su evidencia. La discreción y la gratuidad son compañeras del gesto amoroso más noble.

Los ángeles no cantaron Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que aman al Señor, sino paz en la tierra a los hombres que Dios ama (Lc 2,14). Porque en esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó (1 Jn 4,10).

(Tomado de "Palabras entrañables. Déjate amar", NARCEA EDICIONES)


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