EL SILENCIO DE DIOS |
Por Gabriel Ferrer Aloy, o.p. |
Jesús muere en al cruz. José de Arimatea, discípulo oculto de Jesús, hombre rico e influyente, se llega a Pilato y le ruega que le permita enterrar a Jesús, su maestro. Se extraña el gobernador romano de tan corta agonía y pide su certificación. Y atiende a la petición razonable del hombre influyente.
Envuelto en una sábana, llevan el cuerpo del ajusticiado a un sepulcro nuevo, cercano al lugar de la ejecución. María, la tía de Jesús, y María Magdalena lo embalsaman. Girando la redonda piedra, cierran el sepulcro. A un lado de la redonda piedra grande y gruesa, en la cueva, el cuerpo de Jesús; al otro lado, los hombres. A un lado, mudo, Dios hombre; al otro, mudos también, los hombres. Lágrimas. Quejidos. Dolor. Soledad. Silencio. Silencio en los hombres. Silencio en Dios. Ninguna palabra, ni divina ni humana, se lee en los evangelios. Silencio total. Y silencio y soledad en la liturgia cristiana. Ni eucaristía sacrificio, ni eucaristía comunión. Separación entre Dios y los hombres. Silencio, que es soledad total, estremecedora. Desconcertante es este misterio divino. Para mí, el más desconcertante.
Desconcertante es siempre el misterio. Y ocasión propicia para una reflexiones sosegadas. Y, de especial manera, el misterio del dolor. En nuestro desconcierto, no acudimos a lo foráneo, que hacemos camino opuesto al interior. Y, en nuestro interior, solos, ante nosotros mismos. Ante nuestra conciencia, la más radical de las soledades. Ante nuestros ojos, espantados, pasan, momento a momento, los desconciertos de nuestra vida auténtica y real. No cabe, en esta soledad silenciosa, disimulo ninguno. Ni palabra de Dios, ni de los hombres, ni de nosotros mismos. Radical es esta soledad misteriosa. De Dios viene este misterio; no de nosotros, e instructivo por ser de Dios.
Acude, ahora, a mi memoria una leyenda judía. En tiempos muy lejanos, vivía, en Israel, un anciano rabino, admirado por su sabiduría. Numerosos eran los jóvenes que a él iban en busca de la sabiduría divina. Un día, un joven de pocos años, interrumpió la plática del maestro, con el ruego de que le explicara el misterio de Dios. Sorprendido, quedó, un momento, caída su cabeza, pensativo el anciano. Al punto, levantó sus ojos, y, con cariño, los fijó en el joven. Y, con calma, le dijo paternalmente. "Mira, joven, no puedo explicarte el misterio de Dios. Si, desconociéndolo, te lo explicara, mentira serían, en mí, las palabras; que diría lo contrario de lo que pienso; y, en ti, ocasión de error y no de enseñanza, que la verdad es la coincidencia de la inteligencia y la realidad. En ambos casos, no sería maestro, que farsante sería. Y mi conciencia me obliga a ser maestro, no farsante".
Le replica, entonces, el joven aprendiz de lo divino: "Inútil es el misterio de Dios. No perdamos el tiempo en cosas imposibles, que esto no es cosa razonable. Dejemos el misterio, de imposible conocimiento".
"No busques, en lo imposible, la perfección, le contesta el anciano. Vas a perder lo imperfecto con tu afán desmesurado por lo perfecto. Sé humilde. Mira, si hay algún otro camino que te lleve a un breve conocimiento del misterio. De mayor valor es este conocimiento imperfecto que junto todos los otros perfectos. Posa tu mirada en lo que, en tu alma, obra el misterio de Dios, inaccesible para nuestro conocimiento. Imposibilidad en el fin, y posibilidad en el camino, es el misterio".
Gran ventura es para nosotros que Jesús sea el camino para contemplar, en sosegada meditación, el misterio de Dios. Dios guarda silencio. Jesús, su Palabra, está muerto, que Jesús es la Palabra de Dios a los hombres, porque nos revela la vida íntima de Dios. Y, en tres puntos, lo hace: en el poder, en la sabiduría y en el amor.
Nos dice Jesús que Dios es poder, y crea el mundo, y comienza a ser cosas lo que no existía. Y es sabiduría. El principio de nuestro conocimiento cristiano es la fe, cosa de la inteligencia y no de los sentidos. Y, de ello, es consecuencia que Dios, causa primera y universal, gobierne todas las cosas por las causas segundas, que, en el caso que ahora nos ocupa, somos nosotros, los humanos. La sabiduría divina nos ha unido a su obra suprema. Nada, desde este momento, es extraño a Dios ni a los hombres. Dios, en su sabiduría, determinó que uno de los momentos esenciales de nuestra redención fuese la muerte. Imposible es ésta para Dios, que es inmortal. Si inmortal, no puede morir; y si no puede morir, tampoco puede resucitar, lo definitivo en la redención humana. La muerte de Jesús es la parte humana de la redención, y la redención, la divina. Jesús murió como hombre; no como Dios. El hombre, por la muerte de Jesús, se halla para siempre unido a Dios. Sin el hombre, no se hubiera dado la redención en el mundo.
Y enseñanza de esta meditación, en el silencio de nuestro espíritu, que el misterio de Dios obra, en nosotros, nuestra muerte moral. Morir es perder la vida que se tiene, y la vida que tenemos es la vida del pecado; y resucitar es recobrar la vida que se perdió, y la vida que perdimos, es la vida de unión con Dios.
El silencio del Sábado Santo es silencio en la muerte de Jesús; y, en nosotros, silencio venido de la muerte de nuestro pecado. Unión definitiva de Jesús con nosotros y de nosotros con Jesús, que definitiva es la muerte en los hombres. Dios ha pronunciado su palabra definitiva en Jesús. Ya no volverá a hablar a los hombres. Su silencio es la espera de nuestra respuesta definitiva.
Y Dios es también amor. Patente es esto en la fe cristiana. Distinto del humano es el conocimiento que la fe pone en nuestra inteligencia. Nunca seamos extremistas y no levantemos a exclusión la diversidad, ni a imposibilidad la dificultad, que aldeanismo sería tal extremismo. Diferencia definitoria entre aldeanismo y cultura es tal extremismo. Aldeanismo es acomodar la realidad a nuestro entendimiento. Se acepta la realidad, porque coincide con lo que nosotros pensamos, y la rechazamos, porque no coincide. Opuesta es la actitud del hombre culto: acomoda su pensamiento a la realidad. Y deja lo pensado, porque no es conforme a la realidad. Es la cultura.
Jesús, hombre, es el principio de nuestra fe. Por su encarnación, Jesús es también hombre. Y, como hombre, nos habla con palabras humanas, sensibles como las nuestras, y nosotros lo oímos siempre, pero no siempre lo escuchamos. El oírlo no es fundamento de nuestra fe, que lo es el escucharlo, que distintos son el oír y el escuchar. Mecánico, independiente de nuestro querer, es el oír, y contrario, a veces, y, también, desagrado, que oímos lo que no queremos oír. El escuchar añade al simple oír el querer oír. Querer es el primer componente de la fe, y amor, el acto primero del querer.
Leemos las palabras que, de Jesús, escribieron los evangelistas. Y, en ellas, vemos que Jesús era un hombre bueno, que pasó su vida haciendo el bien. Y, en el silencio de nuestro espíritu, que es soledad, queremos a este hombre bondadoso. Y noble, porque muere por lo que dice: por nuestra salvación. Y, de él, nos fiamos. Y confianza es esta fianza. Y confiar es abandonarnos en sus manos. Salimos de nosotros para entrar en su corazón. Y sabio, muy sabio, que solo él conoce los misterios, el Dios y el nuestro. Desconocido de nosotros es el misterio de Dios, y casi también el nuestro. Y, con gesto amoroso, los pone en nuestro corazón. Por este conocimiento, puesto por él en nuestro corazón, hacemos camino hacia Dios. Y a Dios nos unimos, que Dios está siempre unido a nosotros.
Nosotros, los cristianos, no creemos en nada, absolutamente en nada; sólo creemos a este hombre bueno, que Dios es a la par; y creemos en él y en todas las cosas que él nos dice en la soledad del silencio, acerca de Dios, nuestro Padre; de Dios, nuestro Hermano, y de Dios, nuestro Amigo.
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