SOLEDAD DEL HOMBRE |
Por José-Luis Sierra Valentí, o.p. |
Y nos quedamos solos... Todo el peso del miedo, de la insatisfacción, de la duda han caído sobre nosotros. Las tinieblas nos rodean y se ha apagado el pábilo de la esperanza... El mal, la injusticia, la violencia se ceban con los hombres. Estamos inmersos en un nuevo exilio. Ha muerto Dios. Y el hombre no sabe cómo guiar al hombre. Somos de nuevo un pueblo de esclavos. Todo es desolación, todo es desanimo... Sábado Santo.
Invadidos por la tiniebla y la duda
De nuevo la cruda realidad nos hace enfrentarnos a nosotros mismos y a descubrir nuestra vida con más vacíos que realizaciones. No estamos satisfechos de nuestra presencia como cristianos en el mundo de hoy. Tenemos dudas de que nuestra trayectoria sea la más coherente con las necesidades pastorales que el mundo demanda en este momento. Creemos que nos falta ejemplaridad y capacidad de fascinación. Dudamos de todo, incluso de Dios.
Es una situación similar a la de los apóstoles el día en que su líder, el radical Jesús, fue detenido, procesado con ilegalidad, torturado y asesinado públicamente en una repugnante muerte de cruz. Aquel día todo se vino abajo para los temerosos apóstoles. Todo se cerró brutalmente, todo volvió a no tener sentido... y una desesperanza enorme se apoderó de ellos. Unos huyeron físicamente hacia sus casas, otros dudaron, la mayoría se escondió atemorizada. Algunos creyeron que todos aquellos años habían sido un bonito y utópico paréntesis en sus vidas. Verdaderamente, su líder Jesús, y por lo tanto su mensaje, habían fracasado... Tendrían que replantearse de nuevo toda su vida y su fe... Dudaron de nuevo y su duda les dolía internamente, les hacía sangrar el corazón.
Es curioso cómo en las primeras páginas del Evangelio, Mateo nos muestra a José, esposo de María, inmerso en la duda, en un debate interno sobre la colaboración con Dios y la atención humana a los hombres, y ahora en las últimas páginas del Evangelio volvamos de nuevo a ver un grupo de entusiasmados seguidores de Jesús, desalentados, noqueados por los acontecimientos, dudando y huyendo como niños atemorizados... La duda está siempre presente en todo debate interior. Sin ella seríamos incapaces de madurar ningún tramo de nuestra vida y de nuestra búsqueda de la autenticidad. Sin dudar careceríamos de esa virtud de la humildad tan necesaria en los compromisos personales y comunitarios. Sin dudas careceríamos de autocrítica y no rectificaríamos nuestras equivocaciones. Es posible que el debate interior, presidido por la duda, sea un fiel termómetro de nuestra búsqueda del Dios auténtico.
Porque en demasiadas ocasiones nos instalamos cómodamente en nuestra experiencia de Dios. Un Dios que olvidamos demasiadas veces se nos presenta como un radical, y no como un moderado. El apuesta radicalmente por el hombre, por la justicia, por los pobres, por los marginados. El se muestra radical con el fariseísmo, con el inmovilismo, con la insolidaridad y el despilfarro. El no es neutral ante un mundo lleno de violencias, de manipulaciones, de domesticaciones de la religión, de miedos a decir la verdad, de silencios cuando deberíamos hacer oír nuestra voz, de complicidades con los fuertes de este mundo... Dios nunca fue neutral. Dios nunca fue un moderado. Dios nunca fue cómodo. Y Jesús por predicar sin concesiones a ese Dios, con sus palabras y con sus gestos, fue eliminado. Molestaba... Murió en una cruz vilipendiado como tantos hoy en día.
La imprudencia de preguntar
En nuestro vacío deberíamos preguntarnos. ¿Por qué no salimos a defenderlo? ¿Por qué nos callamos cobardemente ante tantas injusticias? ¿Por qué preferimos templos cómodos y adornados, a actitudes solidarias y comprometidas?...¿Por qué huimos? ¿De qué huimos?... Son preguntas incómodas, faltas de diplomacia, faltas de moderación, imprudentes en una meditación como la de hoy... ¿Pero acaso el asesinato de Jesús, en nuestros hermanos los hombres, en el año 2000, nos permite callar, o mantener un debate interior versallesco, de guante blanco, de artísticos montajes que escondan la realidad...? Mientras el eco nos recuerde aquellas duras, pero claras palabras de Jesús: "Todo lo que hagáis a esos mis hermanos los hombres, a mí me la hacéis", no nos está permitido domesticar su herencia.
Porque hoy hay millones de hermanos nuestros muertos de hambre, con enfermedades que podrían ser atajadas y con carencias tan enormes que les imposibilitan conseguir la cota mínima de los seres humanos. Hay hermanos nuestros que sufren dramáticamente la violencia de la guerra, de la droga, de la marginación y del olvido más cruel...(y no tan lejos de nosotros, como creemos). Hay hermanos nuestros que los crucificamos y vilipendiamos a diario con la manipulación, con la carencia de valores, al destruir la familia, al privarles de una correcta transmisión de Dios...Y nosotros, cristianos, callamos. Nos refugiamos en nuestros miedos y desesperanzas. Nos atrincheramos y replegamos sobre nosotros mismos..., haciéndonos cómplices, sin rebajas, de este drama cruel.
La imprudencia de orar
Una vez más el miedo a quedarnos solos, a disminuir tanto la presencia de Dios en nuestras vidas, nos hace clamar insensatamente con el Salmo 63: "Escucha, oh Dios, la voz de mi lamento / protege mi vida del terrible enemigo..." De nuevo, escamoteamos nuestra obligación de seres libres. Pedimos a Dios que haga El, lo que deberíamos haber iniciado nosotros: el luchar por salir de nuestras desesperanzas y lanzarnos a caminar hacia la esperanza aunque sea contra toda esperanza. Pedimos a Dios demasiadas garantías y Dios nos ofrece un volar sin red, un caminar sin seguros..., un afrontar la vida con riesgo, con libertad.
Jesús murió en la cruz por ser libre y asegurarnos la libertad. Así el plan eterno de Dios quedó claro y nítido. "No he venido a rebajar nada, ni un ápice, lo que la Ley contiene ni lo que los profetas reivindicaron, sino que he venido a darles radicalidad, a llevarlos a las últimas consecuencias". Toda la vida de Jesús estuvo al servicio de la liberación total del hombre. Su muerte fue la consecuencia de su vida.
No hay, pues, que permanecer en el temor. Sabemos que Cristo resucitará. Nuestra experiencia no es idéntica a la de los apóstoles. Tenemos su palabra que nos guía. Nos lo recuerda San Juan en el diálogo con Marta en la resurrección de Lázaro. cuando le insiste: "Yo soy la Resurrección y la Vida, ¿crees esto?". Pero nosotros nos hemos olvidado de nuevo...(olvidamos demasiados pasajes...) Nos hemos puesto nerviosos cuando nos hemos dado cuenta que más que apóstoles temerosos y huidizos, somos cómplices de la muerte constante de Jesús en sus hermanos los hombres; y que encarnamos más frecuentemente de lo que pensamos el papel de verdugos al potenciar la violencia, al instalarnos en la insolidaridad, al manipular a los nuestros e incluso a la misma Palabra de Dios y sobre todo al renunciar a la libertad con todas sus exigencias.
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Sábado santo... Antesala de la Resurrección y de la luz. Hemos de pedir a Dios que nos ayude... ¿Cómo creéis que será su respuesta? Me temo que el radical Dios del Amor, de la Justicia y de la Paz nos va a exigir ser también nosotros radicales en todo (en la solidaridad con los demás, en la justicia en nuestros propios trabajos y en la construcción, diaria, de la paz...). Si no lo logramos permaneceremos un año más en clave de Sábado Santo llenos de miedos y de tinieblas, de insatisfacciones y dudas, sin que resucite la fascinación de Dios en nosotros. Nuestro Sábado Santo puede que dure más de un día, de un mes o de un año. Puede que se abra durante una larga etapa en nuestras vidas. Es el riesgo de orar a Dios y pedirle luz entre tanta tiniebla....
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