MARÍA CONTEMPLA A SU HIJO

Por José Manuel Alcácer Orts, o.p.


«Vosotros todos los que pasáis por el camino, mirad y ved si hay dolor semejante al mío» (Lam 1, 12). «¿A quién te compararé, a quién te asemejaré, Hija de Jerusalén? ¿Quién te podrá salvar y consolar, oh Virgen, Hija de Sión? Qué grande como el mar es tu quebranto: ¿quién te podrá curar?» (Lam 2, 13).

Según la costumbre romana, el cadáver de los crucificados podía permanecer indefinidamente en la cruz mientras iba descomponiéndose lentamente, siendo pasto de los animales salvajes o de las aves de rapiña. Sin embargo, la Ley judía se oponía taxativamente a que el cuerpo de cualquier reo pasase la noche en el patíbulo (cfr. Dt 21, 22-23). La tarde del Viernes iba avanzando inexorablemente; serían casi las tres cuando expiró Jesús. Solamente quedaban tres horas de sol, ya que hacia las seis de la tarde, por este tiempo de Abril, comienza en Palestina el ocaso del día. Llegado ese momento debía estar todo concluido, teniendo en cuenta que a esa hora comenzaba el reposo sabático, que coincidía esta vez con la fiesta de la Pascua.

El primer paso era reclamar el cuerpo a Pilato, como una gracia, ya que la legislación al uso prescribía echarlos a la fosa común. En aquellos momentos de confusión y prisa, José de Arimatea tomó la iniciativa y resueltamente se dirigió a Pilato para pedirle el cuerpo del Señor. Los cuatro evangelistas coinciden en el personaje. Marcos, como de costumbre, aporta dos detalles: el primero, la valentía de José al dirigirse al Procurador (cfr. Mc 15, 43); valentía, por manifestarse abiertamente como amigo del crucificado, ante la autoridad romana y el resto de sus colegas del Sanedrín, sin temor alguno a las consecuencias que se pudieran derivar de su actitud. Sin duda, el valor demostrado ahora le brotaba, después de todo lo sucedido, como compensación por haber sido discípulo en secreto, por miedo a los judíos, a los que en este momento no temía desafiar.

El otro detalle que le debemos al segundo evangelista se refiere a que Pilato, en contra de lo que podría ser habitual, no le pidió ninguna compensación económica por concederle el favor. Marcos emplea un verbo claramente alusivo a la idea de regalo (cfr. Mc 15, 45). Obtenido el permiso del Gobernador (el cual, extrañado de que Jesús hubiera muerto tan pronto, se cercioró por medio del centurión), José de Arimatea, al que se le había añadido Nicodemo, se repartieron la tarea que era preciso realizar: el primero, compró los lienzos necesarios para amortajar el cadáver; el segundo, aportó una enorme cantidad de aceites y bálsamo de mirra, para ungir, aunque fuera provisional y apresuradamente, el cuerpo del Señor. Todas estas operaciones se iban sucediendo con la mayor celeridad posible, pues el tiempo apremiaba y había que proceder con toda rapidez.

De nuevo en el Calvario, sólo Marcos y Lucas mencionan expresamente que entre ambos (se supone que ayudados por algunos sirvientes o amigos de Jesús) descolgaron el cuerpo de la cruz. Al usar este verbo, nos van pintando la escena con todo su colorido realista, tan parecido al que la imaginería posterior ha revivido. Sabemos que esta tarea se podía llevar a cabo de dos maneras: una, tendiendo por completo, de nuevo, la cruz, en tierra, y, una vez allí, se procedía a desclavar al reo; y la segunda, desclavando, con la cruz alzada, y descolgando el cuerpo hasta el suelo. Fue entonces, aunque los evangelios no lo digan, cuando cabe imaginar con toda certeza que María, su madre, se abrazó con una tristeza inmensa al cadáver de su hijo.

Sólo las madres que han perdido algún hijo podrán comprender el dolor de la Virgen en aquel momento. Se acercarían más, si el hijo ha sido ajusticiado, siendo inocente. Pero ¿quién podrá explicar lo que sintió en aquellos instantes?; ya que instantes serían, porque el tiempo apremiaba. Tendremos que pensar en un abrazo hondo, por tanto tiempo ansiado; en un beso muy fuerte, unidos los dos rostros, teñidas las mejillas de la madre con la sangre del hijo, limpiándole el rostro con sus lágrimas. Y, mientras le apretaba con fuerza hacia su seno, iría surcando su mente un mar de pensamientos, veloces como flechas, yendo de su hijo a sí misma, y de sí misma a Dios:

«¡Hijo, carne y sangre mía! ¿Cuál ha sido la causa para darte tal muerte?, ¿por qué todo este odio contra ti? Amaste siempre, y has muerto despreciado; predicaste la paz, y la violencia ha sido tu salario.

Lejos queda Belén, cuando, recién nacido, al tenerte en mi regazo, fui feliz como madre.

Lejos Caná, cuando en la boda escuché tu palabra y desde entonces fui ya para siempre tu discípula.

Sólo ahora, cuando veo tu cabeza caída, reclinada un momento en mi seno, comprendo lo ¡limitada que es mi soledad.

Me acuerdo de aquel día, cuando dije «sí» al ángel y comenzaron mis entrañas a restallar de vida; eras tú, a quien gestaba con mi carne y mi ser, entonces sentía la gracia en plenitud, ahora todo se ha convertido en inmenso dolor.

Me vi bendita entre las mujeres, y canté llena de gozo el amor del Señor, al verme enaltecida entre todos los seres, por la bondad desbordante de aquel que me creó.

Y te sentí conmigo, pero vivo, no muerto. Ahora te lloro yerto, entrelazados ambos por la misma ternura, por idéntica muerte, por la misma amargura, por el único amor.

Señor Dios mío, sigo sin entenderte, no acierto a comprender tu plan ni tu designio. Desde la orfandad que ensancha mi soledad sin riberas, levanto a ti mi alma, con la seguridad con que acabé mi canto, recordando tu misericordia.

Y con la misma fe que le dije «sí» al ángel, Señor, repito ahora, «sí» a tu voluntad, aunque yo no abarque tu oculta Providencia».

El llanto, convulso al principio, se había ido moderando poco a poco, hasta ser silencioso, ensimismado, contemplativo, en paz. Como si el tiempo se hubiera detenido con la muerte de su hijo, como si en el mundo estuviesen los dos solos. Unas manos piadosas y apresuradas la devolvieron a la realidad: había que dar sepultura a aquel cadáver.

La escena se ha repetido a lo largo de la historia. De otra similar, yo mismo fui testigo: una madre sosteniendo en sus brazos a su hija moribunda; la sonrisa cordial y sincera de su recibimiento no podía ocultar la tristeza, cuando miraba a aquel ser desvalido que estaba anticipando la muerte. Me impresionó su fe. Después de contarme, por encima, la enfermedad de la niña, añadió con firmeza: «Existe la vida eterna». Ahí descansaba su paz y su esperanza, la fuente del consuelo, la razón para seguir viviendo y haber concebido aquella criatura. El tiempo no ha borrado el impacto. He ido de una a otra «Piedad». La fuerza y la fe para sostener a su hija moribunda le venía a esa madre de aquella mujer, que, veinte siglos antes, había tenido en el mismo seno que le concibió a su hijo, muerto para dar vida a todos.


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