LA TUMBA DE JESÚS |
Por José Luis Martín Descalzo |
Olía aún a nueva. No era difícil taladrar la roca, dado que la piedra de aquellos alrededores es blanda, caliza. Estaba abierta al lado de una colinilla de unos cuatro metros que miraba a la puerta de Genath. Cuando entraron, iluminados con antorchas, para prepararla, vieron que desde la entrada hasta el fondo tenía unos cinco metros. Del suelo al techo medía dos metros y, de pared a pared, un metro ochenta.
Era una tumba de rico, pero, dentro de ello, modesta. José de Arimatea la había construido para él y los suyos. Contaba con dos diminutas habitaciones. La exterior, tenía unos dos por dos metros y, en frente de la puerta de entrada, una segunda puertecilla, de sólo un metro de altura, conducía a la habitación interior, que era la tumba propiamente dicha. En las paredes de esta segunda habitación, había un par de nichos excavados en la roca, con el tamaño justo para un cuerpo de adulto.
Cuando comprobaron que todo estaba en orden, regresaron al exterior e hicieron lo que era costumbre entre los judíos. Levantaron el sudario de Jesús y colocaron bajo su nariz una pluma de ave. Esperaron cerca de quince minutos. Si en ellos la pluma no se movía, tendrían la certeza de que el alma había abandonado ya el cuerpo del muerto. La pluma no se movió.
Los componentes del pequeño grupo que enterraba a Jesús se miraron unos a otros y, con los ojos, se dijeron que debían darse prisa: el sol estaba ocultándose en el horizonte. Los tres hombres tomaron el cuerpo de Jesús con cuidado, como si pudiera romperse, y lo introdujeron, agachándose mucho para pasar por el orificio que comunicaba las dos cámaras, en el compartimento interior. Lo depositaron en el nicho de la derecha. El cuerpo quedaba mirando hacia Jerusalén y el nicho estaba tallado de manera que la cabeza quedara un poco más alta que el resto del cuerpo. Colocaron piadosamente el sudario sobre su rostro cubierto de vendajes. El fuerte olor de los perfumes mareaba casi en la diminuta habitación y las figuras oscilaban al moverse los velones que las mujeres sostenían.
Luego, los tres hombres salieron del pequeño interior, para que pudieran entrar las mujeres. Lo hizo María la primera. Quería ver por última vez el rostro amado y levantó piadosamente el sudario que lo cubría. Se inclinó sobre él y permaneció mucho tiempo con su rostro pegado al ya frío del muerto. Todos contenían las lágrimas y la respiración. Se admiraban casi de no poder llorar ya. Al fin, alguien tocó a María en el hombro y ella obedeció con esfuerzo, como si le costase despegarse del rostro de su hijo. Aún volvió los ojos desde la puerta y su sombra caía sobre el rostro del cadáver. Después la luz se alejó y María salió con sus compañeros, que se apretaban los unos a los otros como si tuvieran frío. Sobre el cuerpo de Jesús descendió definitivamente la oscuridad.
Procedieron a cerrar la puerta. Había junto a ella una especie de rueda de molino de metro y medio de diámetro y un espesor entre veinte y veinticinco centímetros. Estaba asentada en una ranura curva, calzada con otro gran trozo de roca. Uno de los hombres empujó la rueda de piedra para que otro quitara la piedra que la calzaba y, luego, tratando de frenarla en su caída, la dejaron que se deslizara por el canalillo curvo en que se asentaba. Giró la piedra hasta cubrir completamente la puerta, y, de nuevo, la calzaron con piedras para que no se moviera.
Eran ya casi las seis de la tarde y el sol se había puesto tras los montes cercanos, pero aún se veía su luz iluminando las crestas. Las mujeres se quedaron mirando largamente la piedra que cerraba la tumba, con una sensación de impotencia. José y Nicodemo comenzaron a recoger los tarros de perfume ya vacíos y las tiras de lienzo que habían sobrado. Soplaba un viento fresco. Era hora de irse. Juan tuvo casi que empujar a las mujeres que parecían clavadas en el suelo. Echaron al fin a andar perezosamente, en silencio, como si estuvieran en un país extranjero, en un mundo extraño, como si todo estuviera muerto dentro de ellas.
Guardias para la tumba
Pero aún no dormían los enemigos de Jesús. Los sacerdotes, se habían reunido en el patio de la casa de Anás, donde hacía sólo veinte horas celebraron el proceso de Jesús. Les parecía que entre una visita y otra hubiera transcurrido una eternidad. Comentaban los avatares de la jornada y una risa nerviosa les poseía. Les había costado trabajo domeñar a Pilato, pero al fin había firmado, el muy cobarde. Se frotaban las manos. Aquel era un tema liquidado.
La reunión se alteró por un momento cuanto alguien llegó para contar el escándalo del día: hablaba con horror, como si se tratase de un horrendo pecado. Pecado que, además, había sido cometido por dos personas ilustres, dos de su grupo. El que lo contaba lo hacía como si aún no pudiera creer lo que sus ojos habían visto. Nada menos que José de Arimatea y Nicodemo se habían pasado al bando de Jesús. Incluso el primero de ellos había cedido su propio sepulcro para enterrar a aquel blasfemo. Agitaban las manos, se mesaban las barbas, gritaban su escándalo. Alguien aducía que ya varias veces habían dado los dos ocasión de sospechar de su herejía.
Anás, el viejo zorro, escuchaba mucho menos escandalizado. Estaba sobradamente acostumbrado a ver la herejía entre los mismos miembros del Sanedrín. Se limitaba a sentirse aún más justificado al comprobar lo necesario de esta muerte: de haber tardado más tiempo quién sabe a cuantos de los suyos habría arrastrado Jesús consigo.
Pero lo que ahora preocupaba a Anás era otra cosa: varias veces habían venido a contarle que Jesús había anunciado que moriría y que tres días después resucitaría. Mientras Jesús vivió, la idea le pareció a Anás tan absurda que ni se había detenido a pensar en ella. Ahora que estaba muerto, la idea giraba y giraba en su cabeza. Y no le dejaba descansar. No porque creyera en la posibilidad de una resurrección. Como buen saduceo no creía en la resurrección de la carne al fin de los tiempos. Y le costaba incluso trabajo creer en la misma vida eterna. Pero, sin embargo, el miedo era más fuerte que él y le hacía imaginarse todo tipo de desgracias. Quién sabe si esas frases de Jesús no eran la coartada que se preparaba a sí mismo, presintiendo su posible muerte. Tal vez no habían valorado suficientemente la astucia de aquel galileo. ¿Y si había dado a sus apóstoles la consigna de que, si ¿Él moría, difundieran el bulo de una resurrección, con la que resultaría mucho más invencible que en vida? Ahora los apóstoles podían robar ellos mismos el cuerpo que habían enterrado; mañana difundirían el rumor de que su Maestro había resucitado: y la superstición popular haría lo demás.
Realmente aquel hombre había embaucado a muchas personas, aunque hoy hubieran permanecido ocultas por el miedo. Pero si mañana alguien convencía a esas gentes de algo maravilloso como una resurrección del desaparecido, todo el miedo de hoy podría volver a convertirse en una fe terrible. Aquellas gentes tenían necesidad de creer en algo y se sentirían iluminadas por la idea de seguir a un vencedor de la muerte.
Cuando explicó a los suyos este temor, algunos inicialmente sonrieron. Pero, luego, poco a poco fueron contagiándose sus mutuos miedos. Y pensaron que mejor era estar, por si acaso, alerta. No tuvieran luego que lamentarlo. Alguien sugirió entonces que ellos no debían aparecer mezclados en esto y mucho menos dar la impresión de que temían a un muerto. Pilato le había condenado, que cargara él con aquel problema hasta el final. Decidieron enviar una nueva misiva al romano.
La última ironía
Poncio comenzaba -¡por fin!- a olvidarse del Nazareno, cuando le anunciaron una nueva comisión de los sumos sacerdotes. ¿Pero es que no terminaría nunca de quitárselos de encima? Señor le dijeron con untuosa obsequiosidad, hemos recordado que aquel embaucador, viviendo aún, dijo: «Después de tres días resucito». Manda, pues, que quede asegurado el sepulcro hasta el día tercero, no vaya a suceder que sus discípulos roben su cuerpo y digan al pueblo: «Resucitó de entre los muertos» y sea el último engaño peor que el primero (Mt 27, 63-64). Ni siquiera mencionaban el nombre de Jesús. Les bastaba llamarle «aquel embaucador». Y veían como el peor de los engaños posibles el de que la multitud pudiera creer en la resurrección de Jesús.
Pilato, que en sus años palestinos había llegado a ser casi un experto en el pensamiento religioso judío, sintió deseos de sonreír al ver a aquellos saduceos temblando ante la idea de que alguien pudiera creer en la resurrección. ¿Pues no era una de sus ideas favoritas la de que esa resurrección era imposible? Por otro lado sabía bien que la multitud de los judíos era fanática, pero no era tan sencillo eso de hacerles creer que un muerto había resucitado. ¡Hacía falta algo más que simplemente robar un cadáver! Y la idea de unos guardias, vigilando un sepulcro, le parecía un absurdo más. Pero no deseaba seguir discutiendo. Ahí tenéis guardias dijo id y aseguradle conforme sabéis (Mt 27, 65). Era, en el fondo, su última ironía, su último gesto de cansancio. Pero ellos se sintieron satisfechos. Explicaron bien a los guardias su cometido, sellaron el sepulcro. Y se fueron satisfechos.
En el frío de la noche los guardias no entendían muy bien lo que estaban haciendo. Habían visto morir a aquel hombre y ahora les pedían que vigilasen su cadáver. ¿Es que temían que pudiera volver a actuar después de muerto? Se reían, hacían chistes, se gastaban bromas con las que, en definitiva, trataban de camuflar su miedo. Tantas precauciones les hacían pensar que algo enorme se escondía detrás de aquella muerte. Pero sabían también que los muertos están muertos. Y que toda historia humana concluía cuando una gruesa piedra se cerraba tras ella.
(Tomado de "Vida y misterio de Jesús de Nazaret" III, SÍGUEME)
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