VIERNES SANTO EN LA HISTORIA |
Por Mª Asunción Juanbeltz, o.p. |
La Pasión de Cristo, aunque nosotros la concentramos en esta gran semana, es más; es una historia muy intensa, muy dura y dramática, pero real, porque es humana y divina. Una historia que no pasa y en la que todos estamos implicados. En ella se entrecruza todo lo posible y lo imposible, desde los sentimientos más negativos y violentos hasta las actitudes más positivas y agradecidas de los hombres. Es una historia centrada en Jesús, de mucho sufrimiento, soledad y despojo, de mucha humillación y angustia, pero con un final feliz: el triunfo de Jesús sobre la muerte. Miremos todos al Crucificado, ahora y hoy, para tener los mismos sentimientos que Él y que San Pablo nos recuerda en su carta a los Filipenses: tener sentimientos de humildad para poder llegar a esa kénosis de Jesús (Filp 2,8).
Una Historia que resume el pecado del mundo, el pecado de cada ser humano de cada familia, cada comunidad, cada pueblo, cada colectivo de la sociedad, el pecado de la Iglesia. En esta historia de pecado vamos descubriendo todas nuestras fragilidades, cobardías e injusticias, ambiciones, mentiras, huidas, apariencias e intereses egoístas. Aquí está todo el género humano crucificando a Cristo, porque esto es lo que le pesa, mi pecado y el de cada uno. Pero..., siendo conscientes de esta realidad humana, también creemos que la muerte de Cristo nos trajo la salvación y su morir fue un morir al pecado y un vivir para Dios (Ro 6, 10-11).
Una Historia de dolor. ¡Cuánto sufrimiento físico, psicológico y espiritual hay en el mundo! Tanto, que no sé si es posible llegar a comprender lo que es sufrir desde las entrañas de Cristo. Sí, lo vivió en su propia carne, experimentó la angustia, y por eso asumió en la Cruz todo el dolor de la humanidad, para redimirlo y sanarlo. Si esta fue la actitud de Cristo ante el dolor, nosotros no podemos permanecer indiferentes ante él ni ser espectadores ante el sufrimiento de un hermano. Tenemos que acudir a la Cruz, sin miedo, porque allí está Jesús, allí se dan cita todos los que sufren, los más pobres y marginados, los anónimos y los que no cuentan para nadie. No podemos rebelarnos ante esta realidad, sino dejarnos transformar por este dolor y por la cruz de cada día. ¿Y quién no se ha rebelado alguna vez?... No podemos vivir como enemigos de la cruz de Cristo (Filp 3,18), así nos lo recuerda Pablo, porque para los cristianos la cruz ya no es ningún fracaso, sino sabiduría y fuerza de Dios (18 Co 1,23-24). Por eso, me parece importante que cada uno desde nuestra situación familiar, laboral o comunitaria lleguemos a aceptar nuestra cruz, la propia, y asumirla, besarla y... ¿por qué no?, agradecerla, porque puede ser un momento de gracia. Hemos de aprender a convivir con ella y sobre todo a distanciar nuestros dolores, y mirarle más a Él y adorar la Cruz de Cristo. Desde ella nos enseña a ser solidarios, a compartir las cruces humanas de tantas tragedias como existen y también las cruces de la convivencia diaria.
Una Historia de esperanza, porque todo este sufrimiento humano queda redimido con Jesús y así, la Cruz, llega a ser una bendición desde que Cristo murió en ella. Ahora sabemos que todas las situaciones conflictivas, de desamor o de muerte, quedan iluminadas, porque Cristo ha pasado por ellas, renovándolas y sanándolas. El Crucificado ha dado sentido a todo sufrimiento y ha puesto en nuestros corazones esa semilla de esperanza y esa ilusión por vivir. De todas formas, esto es duro, no es fácil encontrar en la Cruz de Cristo un motivo para vivir gozosos; pero aquí está nuestra fe, por esta razón creemos en Jesús, que murió, nos redimió y nos devolvió una vida nueva con su triunfo sobre la muerte.
La Historia del AMOR TOTAL es la Pasión. Toda la vida de Jesús ha sido fruto del amor. Ya nos recuerda San Juan: " Habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo, hasta entregar su vida por ellos" ( Jn 13,1). Todos sabemos que el amor fue el secreto de Jesús, por eso lo que hizo y dijo fue tan sorprendente y nuevo, como fue sorprendente su final, pero no hay otra alternativa. Así fue su opción y así ha de ser la nuestra: partir siempre del amor y centrarlo todo en el amor, cada uno sabrá el cómo y desde dónde entregar su vida.
He pensado muchas veces que Jesús no pudo improvisar tanto amor y tanto derroche de gracia y bondad; creo que toda su vida fue un hacer camino, fue un proceso de amor vivido con intensidad y que fue forjando poco a poco, desde que fue consciente de su misión y del Proyecto de Amor encomendado por el Padre. Nosotros, sí que improvisamos, tal vez alguna catequesis, o clases, trabajos, pero Jesús, no. Por eso, siempre me ha parecido importante vivir en actitud de proceso en las diferentes etapas de la vida cristiana y religiosa; porque lo que no podemos es vivir nuestra entrega a saltos o esporádicamente, según las circunstancias. No podemos dejar lagunas en nuestro amor, es imprescindible vivir esta situación de proceso, como Jesús, con la intensidad y tensión que exige el amor. Todo este proceso lo considero necesario porque nos ayuda a madurar, a crecer en el espíritu y a vivir centrados, con un objetivo muy claro: seguir a Jesús hasta el final y cumplir su voluntad.
Imposible que Jesús improvisara este estilo de vida si en el día a día no hubiese vivido pendiente de su Padre y de los hombres, con esos detalles de amor, cercanía, y misericordia. Por mi parte, creo que necesito recuperar esos gestos de cariño, amor, confianza y perdón, en el vivir diario y en el roce con mis hermanos de dentro o de fuera. Ya sabemos que a Jesús, este proceso de amor vivido hasta el final, le costó la vida. ¿Qué pretendemos sus amigos?...
La Pasión es la gran Historia del AMOR sin LIMITES. Ahora, miremos a Jesús, en la figura del Siervo de Yahvé, sufriente, que nos presenta Isaías. Contemplando su aspecto podemos ver la realidad de la humanidad más amenazada y reconocer su ROSTRO en tantos rostros desfigurados y deshumanizados. El Siervo de Yahvé nos invita a dedicar nuestras energías por su causa y a seguirle y amarle, más allá de las apariencias. Nos ofrece medicinas para todos los males, del cuerpo y del espíritu, porque nos quiere sanar por dentro. En Él no hay apariencia externa que atraiga, pero sí descubrimos esa actitud interior que ha enganchado a mucha gente de la humanidad: carga con nuestras esclavitudes. Se vacía hasta dar su vida. Ofrece la espalda. Se pone del lado de las víctimas Intercede por nosotros. Estos verbos o estas actitudes las traduciría, actualmente por SOLIDARIDAD. Cristo es el gran solidario, desde la Encarnación, misión apostólica hasta la Muerte y Resurrección. Por eso, en este día, tenemos que agradecer a CRISTO, su AMOR sin LÍMITES.
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