LA CRUZ CENTRO DE LA VIDA

Por Alfonso Esponera Cerdán, o.p.


Todo el día de hoy y la liturgia tienen para nosotros los cristianos un único centro: la Cruz de Jesús. Y todo nos ha de ayudar a afirmar nuestra fe en este hombre escarnecido y destrozado que muere por fidelidad a la causa del Reino de Dios. Reino que sólo se hace presente gracias a un amor sin reservas.

Todos los elementos de la celebración están dirigidos a ayudarnos a vivir esta fe. Y es a partir de esta fe que podemos afirmar que en Jesús se refleja el rostro de todas las víctimas de la injusticia y de la crueldad de nuestro mundo; que al mirar a Jesús nos lleva a percatarnos de nuestro pecado. La fe en Jesús no sería nada si no reafirma en nosotros la voluntad de seguirle, de asemejarnos un poco a él... Pero todo, siempre, partiendo de esta perspectiva básica: Jesús, centro de nuestra celebración, centro de nuestra fe, centro de nuestra vida.

Y es que este Jesús asume la pesada carga del dolor y del mal del mundo, de todo el mundo, de todos y cada uno de nosotros. Tan sólo lo podía hacer él, el Hijo de Dios. El mismo Dios rebajado hasta el fondo de la condición humana en su aspecto más cruel y miserable. Bajó a ella, para enaltecer, dignificar y redimir esta realidad oscura de la vida humana. "Mirad -decía Isaías- mi siervo tendrá éxito, subirá y crecerá mucho". Este Jesús, elevado en cruz, con las manos bien abiertas, abrazando a la humanidad entera, nos llama a contemplarlo cara a cara, sin miedo. Nos llama a reconocer el dolor del mundo y nuestras propias realidades de sufrimiento físico y moral. Nos llama a sentirnos solidarios de todos aquellos que son hoy expresión de su rostro e imagen viva de su cuerpo desfigurado y destrozado: enfermos, víctimas de tantas injusticias, marginados, personas sin esperanza, perseguidos y torturados…

Su vida entera queda ahora resumida en este gesto. Se trata de su muerte en cruz. Con ella es elevado desde el fondo del sufrimiento. Con ella somos elevados nosotros y todo nuestro mundo crucificado. Por eso la adoramos. Porque reconocemos en ella la victoria definitiva sobre el mal, nuestra propia dignidad recuperada, el paso definitivo hacia la vida.

La oración universal que hacemos hoy, ha de estar repleta de esperanza. Los cristianos oramos por la humanidad entera sin distinción ninguna, y deseamos que, por diversos caminos, todo el mundo encuentre el sentido de la vida, la felicidad. Y nos sentimos unidos a las "angustias y esperanzas" de todas las personas, especialmente de aquellas que sienten más próximo el dolor.

La adoración de la Cruz deberá ser expresión de nuestro compromiso de seguir a Jesús en los momentos difíciles del sufrimiento y de las dificultades y en la lucha contra el pecado y las infidelidades que hay en nosotros y en nuestro mundo. Pero también nuestra plegaria ante ella ha de ser de acción de gracias. Por el don de Dios en Jesús, que no duda en darlo todo, en darse a sí mismo hasta la muerte. Dar gracias porque, con su ejemplo y con la fuerza de su Espíritu, nos hace capaces de enfrentarnos al reto del sufrimiento y del mal del mundo, con entereza, con la confianza de que no seremos abandonados. Dar gracias porque nos hace capaces de estar al lado de los demás en sus debilidades. Dar gracias porque en aquel gesto y en aquellas palabras: "Mujer, ahí tienes a tu hijo" y dirigiéndose a Juan: "Ahí tienes a tu madre", estamos incluidos también todos nosotros.

Finalmente, la Comunión de hoy, tan austera, ha de significar nuestra identificación con el proyecto de Jesús: la construcción del Reino. Un Reino que tan sólo puede venir a nuestro mundo por los caminos de la entrega a los demás, por los caminos de la verdad, de la justicia y del perdón. Renunciar a uno mismo, dar la vida para así ganarla definitivamente. "Al darnos, obtenemos; al morir, resucitamos a la vida eterna".

Demos gracias pues, porque la cruz no es la última palabra sino el paso a la Vida Nueva, el camino hacia la Pascua. De este árbol desnudo brotarán las flores y los frutos de la Pascua. Se nos llama, pues, a no sentirnos abatidos, a afrontar el riesgo, a no rehuir el compromiso de ser "testigos de la verdad".

Nosotros creemos que la única manera válida de vivir es ésta: la de amar sin reservas (y tal convicción la compartimos-a Dios gracias- con muchos hombres y mujeres que no se llaman cristianos), pero no nos quedamos sólo ahí. Nosotros afirmamos que en la vida y en la muerte de Jesús se nos manifiesta el amor misterioso de Dios. Y por eso nuestra mirada a la Cruz es una mirada de fe, una fe que nos llevará, mañana por la noche, a la gran alegría de la Resurrección. Esta vida que admiramos y que queremos seguir, es una vida que logra vencer a la muerte. Esta vida, ¡es la vida de Dios!


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