SILENCIOS DE CRISTO EN LA CRUZ |
Por Javier Laveaga Vitoria, o.p. |
Acabamos de escuchar el relato de la Pasión del Señor. Y lo hemos escuchado en el ambiente serio, digno y austero de la liturgia del Viernes Santo. Es un relato que impresiona y, en el Viernes Santo, más todavía.
De todas formas, los cristianos tendemos a colocarnos ante la Pasión como ante un escenario: vemos lo que ocurre, escuchamos lo que allí se dice, quizá nos entristecemos pensando "pobre Jesús" y luego... nos olvidamos. Y es que a los cristianos nos cuesta comprometernos. Al escuchar la Pasión, que sin duda nos emociona, nos quedamos muchas veces con la cáscara del relato, pero sin el fruto de su contenido.
La verdad es que ese contenido deberíamos hacerlo nuestro, como lo hizo Jesús, que fue tremendamente lógico: predicó su buena nueva y murió por ella. No se limitó a engatusarnos con unas ideas más o menos atrayentes o llamativas, sino que subió al Calvario por mantener hasta el final las palabras que nos legó.
¿Y nosotros? Nosotros no. Nosotros nos quedamos silenciosos y al margen. Como se quedaron sus discípulos que, a la hora de la verdad, de la sangrienta y dura verdad, hicieron cierta aquella saeta de la Semana Santa andaluza: "¿Cuál de vosotros, discípulos / morirá por mí mañana? / El uno al otro se miran / y ninguno contestaba".
Me parece que, al menos en esto, imitamos más a los discípulos que al Maestro. Y es que la cruz cuesta, y el dolor cuesta, y las burlas cuestan, y cruz, dolor y burla pueden perseguir, y persiguen, a los que quieren imitar a Jesús.
Siempre me ha impresionado la cruz, siempre me ha impresionado el dolor, siempre me ha impresionado la muerte de Jesús; pero hay un momento de la Pasión en que he admirado a Cristo como en ningún otro. Fue un momento de silencio, un silencio rodeado de risas, del mar de carcajadas que rodeaba al moribundo de la cruz, al que se le negaba hasta el pequeño consuelo de morir con dignidad.
Jesús callaba, callaba ante los insultos y provocaciones, y calló ante aquella hiriente frase que silencia san Juan pero nos narra san Marcos: "Si eres el Mesías, el rey de Israel, baja de la cruz para que lo veamos y creamos". Y Jesús no contestó. No dijo nada. No bajó de la cruz. ¡Y podía bajar!
Me pregunto si nosotros, en parecidas circunstancias, hubiéramos resistido esa última tentación. Me pregunto si, pudiendo bajar, nos hubiéramos quedado en la cruz. ¡Qué triunfo para nuestro querido amor propio descender de aquel patíbulo, plantarnos ante aquellos vociferantes fariseos y decirles: ¿Y ahora, qué?
Pero Jesús calló. Y siguió sufriendo en su cuerpo y en su alma. Y cuando abrió su boca fue para pronunciar una frase inesperada e incomprensible para sus oyentes: "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen".
Cada vez que oímos esta frase nos quedamos tan anchos pensando que Jesús, al decirla, se refería a los judíos, o a los romanos que lo habían crucificado. Pero si tenemos presente lo poco que nos acordamos de la Pasión de Cristo a lo largo de todo el año; lo poco que nos parecemos a los verdaderos seguidores de Cristo; lo pronto que nos olvidamos de todo lo que Cristo ha hecho por nosotros...
¿No os parece que también se refería Jesús a nosotros, a cada uno de nosotros, al decir aquello de "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen"?
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