LA CONDENA DE JESÚS, MENSAJE DE LIBERACIÓN |
Por José-Luis Sierra Valentí, o.p. |
Todo lo que aconteció aquel viernes histórico, después de la oración de Getsemaní, es una lección clara y majestuosa de libertad. Jesús nos transmite un último mensaje: El mensaje del hombre libre. Son momentos tensos pero llenos de dignidad, donde la libertad de la persona es tal que pone nerviosos a sus oponentes. La cuadrilla de detención, duda. El Sanedrín tiene que probar varias alternativas hasta encontrar una causa de condena. Pilato no se decide... En todas las situaciones, Jesús brilla por su serenidad. La serenidad del hombre libre.
Orden de detención
La división de opiniones en torno a Jesús le acompañó toda su predicación. Aquellos judíos se sentían desconcertados ante el mensaje de Jesús. Su mensaje ponía en crisis todas sus seguridades religiosas basadas en el cumplimiento de la Ley. También hoy nos produce este mismo efecto. Y también hoy, nos desconcierta y nos pone nerviosos.
Con estas exigencias, Dios es siempre molesto. Pone en tela de juicio nuestras seguridades. Representa un peligro serio a nuestros egoísmos e instalaciones. Por eso tantas personas prefieren un Dios cómodo, un Dios de seguridades, al auténtico Dios, porque éste siempre habla de justicia y de libertad. Así fue como los piadosos y los líderes religiosos planearon silenciar a Jesús.
Frente a estos planteamientos (de ayer, de hoy y de mañana), Jesús osa hablar de libertad. Por eso era peligroso. Había que contraponerse a la enorme "imprudencia" de Jesús que había osado criticar la religión de los dirigentes y el Templo. Había que domesticarlo y liquidarlo. Por eso ordenaron su detención. ¡TODOS LO HABÉIS OÍDO! ¡HA BLASFEMADO!
En esta larga madrugada de juicios, encontramos en Jesús al hombre coherentemente libre y comprometido, al Mesías del Dios de la libertad. Durante años había ido reivindicando la gran manifestación histórica de Dios. El Dios que te sacó de la opresión de Egipto; el Dios de Abraham, de Isaac, de Moisés; el que te sacó de la esclavitud y de la injusticia. Esa idea la repitió con radicalidad y pasión por los polvorientos caminos de Galilea, en el templo de Jerusalén, en las aldeas y en las sinagogas, ante las masas y en privado... Y los piadosos, (los guías religiosos), le condenaron: No toleraban ese mensaje de libertad. Le condenaron en nombre de lo Santo y de lo sagrado, en nombre de Dios.
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Le condenaron porque predicó al Dios misericordioso y solidario, cercano al hombre más pisoteado y envilecido de la humanidad; al Dios amoroso y compasivo con los más rechazados y olvidados de nuestro mundo.
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Le condenaron porque predicó un Dios que acogía a los pecadores y a las prostitutas; a los leprosos y marginados; a los pobres y a los esclavos; a los extranjeros y a los niños de la calle; en una palabra: a los olvidados...; y que rechazaba a los farsantes, los insolidarios, los egoístas e hipócritas, los poderosos y piadosos.
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Le condenaron por hablar del pobre Lázaro y el rico Epulón, por romper los esquemas socio-religiosos con demasiada claridad.
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Le condenaron porque se atrevió a hablar en nombre de Dios.
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Le condenaron porque exigió autenticidad en el templo, porque arremetió contra el tinglado montado alrededor de la fe. Le condenaron porque se rebeló contra la hipocresía y la manipulación religiosa..
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Había hablado demasiado y, demasiado claro. Y se le entendía todo, con pelos y señales.
Hoy también seguimos condenando a Jesús. Y le seguimos condenando con nuestros actos diarios. Porque todas estas razones de antaño son igualmente difíciles de digerir por nosotros. Son demasiado difíciles de incorporar a nuestras vidas; son explosivas para unos creyentes instalados, vacíos de espíritu y de ilusiones, cansados de luchar, desilusionados, abatidos y avergonzados de nosotros mismos, que preferimos las garantías y el aplauso social al riesgo de ser auténticos.
Los representantes de Dios le condenaron en aquella madrugada, porque se negaron a reconocer a Dios en él. Prefirieron las tinieblas a la luz. Prefirieron bloquearse, atrincherarse y defenderse, a aceptar y someter a crítica su concepto de Dios. A partir de aquel momento ya no es suficiente "creer en Dios", sino que tenemos que preguntarnos una y otra vez, "¿en qué Dios creemos?"...
Por eso cuando Jesús proclama con libertad inusitada ante la presión del Sanedrín que era el mismo Hijo de Dios, le acusaron de blasfemo. Les había dado la excusa perfecta. ¡Ha blasfemado! Y rompieron sus vestiduras en un magnífico acto de hipocresía y de miedo. A Jesús le condenaron... porque le faltó prudencia. A los que no quieren oír la verdad no se les puede decir tan tajantemente las verdades como él lo hizo. Eso rompía demasiado drásticamente con las seguridades.
"Ecce homo": ¡He aquí al hombre!
Y cuando Dios molesta hay que buscar los medios necesarios para neutralizarlo. Hay que movilizar a los poderes públicos. Ellos tienen más medios para anular la capacidad de expresión de las gentes de buena voluntad. Ellos dominan las artes de la represión. Hay que contar con ellos. Por eso Jesús fue llevado a Pilato, ante los poderes políticos. Pero ante ellos también se manifestará su majestuosa libertad.
La parábola de los talentos (o de los millones) no es una parábola directamente política, nada del Evangelio lo es, pero tiene mucho que ver con el desarrollo, la justicia y la solidaridad. Dios nos ha encargado a nosotros de sus bienes. Su hacienda es el mundo y los hombres. Sobre todo los hombres. ¡Estos son la riqueza de Dios!
La frase «Tuve hambre y me disteis de comer» tiene hoy una dimensión política. Y, mientras, muchos cristianos "con argumentos falaces" nos hacemos los sordos. Hoy en día, los pobres son un problema político y por eso mismo el evangelio tiene dimensiones políticas. Ésta es la piedra de toque de los seguidores de Jesús. Los pobres nos urgen a la conversión. El peligro del hombre religioso es creerse seguro. Los pobres "vistos con mirada política" nos sacan de cualquier seguridad: nos empujan al cambio permanente personal y social. Nos exigen pedir a los poderes públicos soluciones inmediatas y permanentes. De este modo los cristianos empiezan a ser también molestos políticamente.
La parábola del "pobre Lázaro y el rico Epulón" es otra luz para mostrarnos dónde y con quienes está Dios. Si la leemos con ojos sólo espirituales traicionaríamos toda su intencionalidad real. Desde hace años esta parcela es la más olvidada de nuestro compromiso en el mundo. Los poderes públicos, antes de declararle reo de muerte, le golpearon, le escupieron, le cubrieron la cara de bofetadas... para ver si le arrancaban una confesión de culpabilidad que les justificara políticamente. Y sin embargo Jesús no perdió ni un gramo de dignidad. Era el Hombre-Dios. Era libre, ante la mentira y frente a la humillación recibida.
¿A cuántos miles de personas, niños, mujeres y hombres actuales pisoteamos en nuestro mundo? ¿Cuántos silencios de complicidad se suceden año tras año entre nosotros? Le seguimos condenando, le seguimos abofeteando en la personas de los pobres y marginados, con nuestros despilfarros, nuestras insolidaridades, con nuestras huidas, con nuestros aislamientos, con nuestras negativas a convivir. Le seguimos abofeteando con nuestras incoherencias. Le seguimos despreciando. Mientras nuestra respuesta religiosa no nos cambie de cuajo; mientras que de las cuaresmas cristianas no nos hagan más operativamente solidarios con el Tercer Mundo; mientras no nos queme por dentro las necesidades de nuestros hermanos pobres, e indocumentados; mientras los jóvenes sin valores sigan sin re-ilusionarse por la vida; mientras los enfermos del SIDA y de la droga no nos hagan perder el sueño; mientras no construyamos una actitud positiva hacia todos ellos, seguiremos condenando a Jesús en nuestros hermanos.
AQUEL VIERNES el poder político en connivencia con el poder de los dirigentes religiosos rechazaron al Dios de la libertad. Rechazaron la voluntad de Dios y ejecutaron de la manera más humillante a Jesús. SU CRUZ nos habla hoy de las minas sembradas por el mundo y que siega las vidas de cientos de niños inocentes. Nos habla de las guerras provocadas para gastar los stocks acumulados de las países productores de armas como el nuestro. Nos habla de la miseria a la que sumimos al Tercer Mundo con una opulencia insultante por parte de unos pocos. Nos habla de la falta de conciencia ecológica de nuestro mundo. Nos habla de nuestros pecados colectivos, de nuestros silencios, de nuestra falta de libertad. Nos habla, en definitiva, de nuestros miedos a seguir a Jesús. También nosotros hoy, preferimos dormir y dejarle solo. También nosotros hoy preferimos la comodidad de no ser libres.
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