SENTIDO DE LA CRUZ DE CRISTO

Por Martín Gelabert Ballester, o.p.


La cruz, resultado de una vida

La cruz es el resultado de un amor radical en el que ya no tenían importancia considerar las consecuencias para la propia vida. Quien no pone límites a su compromiso en favor de los demás, pronto o tarde termina pagando con la vida. La muerte de Jesús fue la lógica consecuencia de lo que fue su vida. Una vida de entrega, una vida en la que lo importante era el servicio al prójimo y no la seguridad propia: el hijo del hombre ha venido no para ser servido, sino para servir y dar su vida (Mc 10, 45). Ya lo hemos indicado: Jesús no buscó ni deseó su muerte. Pero tuvo que darse cuenta de que su predicación le enfrentaba con los poderes constituidos, al representar una crítica para ellos, y que eso podía conducirle a la muerte. Jesús afrontó esa posibilidad, porque lo importante era la fidelidad a su misión y no el precio que había que pagar por ello, pues el precio pasa, y lo que sostiene una vida capaz de pagar este precio (o sea, el amor) permanece incluso más allá de la muerte. La fidelidad de Jesús a su misión era tan incondicional que no estaba condicionada ni siquiera por la muerte.

En la entrega, Jesús no solamente daba vida, sino que también encontraba la vida: «doy mi vida para recobrarla de nuevo» Un 10, 17; cfr. Mc 8, 35). Esta profunda convicción fue la que le guiaba: el amor nunca es pérdida. De allí nace siempre la vida. Cuando uno se da, paradójicamente, las ganancias se multiplican: se consigue el ciento por uno. También así vivió Jesús su muerte. Éste es el momento en el que uno puede entregarlo todo con la esperanza de que la semilla enterrada da mucho fruto.

2. La cruz, resultado de un camino humano hasta el final

Jesús ha recorrido un camino humano hasta el final. Ha gustado toda la realidad de lo humano. Y la muerte es la llegada segura e infalible de todo lo humano. Pertenece al hombre como una propiedad de la que no puede deshacerse. Jesús también pasó por este doloroso trance. Y lo vivió como algo angustioso, como lo que el hombre no quiere, aunque tenga que enfrentarse con ello. Por eso rogó al Padre que le librase de aquel momento, ante el que sintió angustia hasta sudar sangre.

La muerte se presenta como algo angustioso para el hombre, porque allí se patentiza un doble dato que acompaña al hombre durante toda su vida: su impotencia y su soledad. La existencia del hombre es frágil, huidiza, no la puede dominar totalmente, se le puede escapar en cualquier momento, puede conducirle por donde el hombre no quiere, por ejemplo, en la enfermedad. El hombre es débil, no domina totalmente su vida, está condicionado por la naturaleza y por sus instintos. Y el hombre vive solo. El fondo de su ser es impenetrable, incluso para sí mismo. Ninguno puede comunicarse totalmente, ni nadie nos entiende a fondo. Esta soledad e impotencia en la que vive el hombre es el anticipo de otra impotencia, la de no poder disponer en absoluto de uno, y de otra soledad, la de no poder comunicarse ni un ápice: se trata de la realidad de nuestra propia muerte.

Jesús también sintió la impotencia de la condición humana y tuvo que afrontar la muerte con toda su amargura. Y también allí se encontró solo, sin poder compartir con nadie este momento: sus discípulos le abandonaron. Pero esto no fue nada comparado con otra soledad mucho más terrible: la de sentirse abandonado de Dios. No podemos dulcificar esta realidad que el Nuevo Testamento afirma (Mc 15, 34; MT 27, 46). Nadie se hubiera atrevido a inventarse una cosa así, tanto más cuanto que en el abandono de Jesús por Dios representa un serio problema teológico.

La muerte de Cristo, con todas sus consecuencias, no tuvo nada de apariencia. Los escritores de la antigüedad expresaron esta realidad diciendo que Cristo descendió a los infiernos. Los infiernos (en plural), para los antiguos, eran el lugar donde habitan los muertos. Afirmar que Cristo descendió a los infiernos es afirmar la realidad irrecusable de la muerte de Cristo: su desaparición de este mundo de los vivos. Jesús no se entregó a ningún juego en el que los resultados estaban previstos de antemano. Murió realmente, como muere cualquier hombre. No podemos desdramatizar la muerte de Jesús, pensando que él ya sabía la salida de la muerte.

3. La cruz, absoluta confianza en Dios

Los antiguos, al afirmar el descenso de Cristo a los infiernos, pensaban en algo más que en la muerte: veían en esta muerte un acto de liberación. Cristo desciende al lugar de los muertos para vencer a la muerte, librando a todos los muertos de las cadenas que los esclavizan y los atan. Decir que Cristo ha descendido a los infiernos significa que ha gustado esta noche terrible de la última soledad. Pero significa también que la ha atravesado.

En efecto, Jesús no vivió la muerte solamente como una pesadilla y como algo rechazable. También la vivió con esperanza. Con la esperanza más fuerte, que es la que se tiene contra toda esperanza. A él podrían aplicarse sin reserva estas palabras que Pablo dice de Abrahán: «Esperando contra toda esperanza, creyó y fue hecho padre de muchas naciones... No vaciló en su fe al considerar su cuerpo ya sin vigor.. Por el contrario, ante la promesa divina, no cedió a la duda con incredulidad; más bien, fortalecido en su fe, dio gloria a Dios, con el pleno convencimiento de que poderoso es Dios para cumplir lo prometido» (Rm 4, 18-22).

Se muere como se vive. Y en todos los gestos de la vida de Jesús aparece la huella de su esperanza y confianza en Dios. Gestos que conducen al fracaso cuando se valoran con criterios humanos: ¿qué futuro hay en la pobreza, en la mansedumbre y en la compasión? Pero el futuro que Jesús anuncia es el futuro de la vida. Y en todos sus gestos se descubre una opción por la vida, opción que se apoya en una total confianza en Dios. Esta confianza aparece, por ejemplo, en el relato de las tentaciones de Jesús. «Si eres hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan», le propone el tentador. Jesús se encuentra ante un dilema: el tentador le propone que haga un gesto de poder, que siempre se presume algo muy eficaz, pero un gesto así resulta incoherente con el modo de ser de un Dios que no quiere imponerse por ser Amor. Y Jesús escoge la fidelidad a Dios, con el riesgo de que su opción por la pobreza y el amor, contraria a la que propone el tentador, le conduzca al fracaso, a la cruz en definitiva.

La confianza en Dios que sostuvo toda la vida de Jesús, se manifestó también y sobre todo en su muerte. En aquel momento dramático, sus adversarios le desafían a que ponga su confianza en el poder: «¡Sálvate a ti mismo, si eres Hijo de Dios, y baja de la cruz!» (Mt 27, 40). Pero, una vez más, el apoyarse en el poder hubiera resultado inútil: ¿de verdad que el bajar de la cruz hubiera sido una demostración de filiación divina? ¿O acaso hubiera sido un gesto sorprendente, que siempre hubiera podido ser interpretado como una farsa? En todo caso, hubiera sido una actitud incoherente con el modo de ser de Dios, con el Amor que nunca se impone y respeta la libertad de los hombres. Pero si Jesús no confía en el poder, sí que confía en Dios, a pesar de todo. En el grito de Jesús en la cruz, tal como lo relatan Marcos y Mateo, hay un principio de esperanza: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»

Por una parte, estas palabras son el comienzo del salmo 22. Para los antiguos lectores, el comienzo de un salmo evocaba su continuación. Y el salmo 22 es un salmo de esperanza: el desgraciado que muere, se apoya en Dios, a pesar de todas las apariencias contrarias. No quiere decir el evangelista que Jesús pronunciara el texto del salmo. Pero sí podría querer decir que Jesús muere con los mismos sentimientos que se expresan en el salmo 22. Pero incluso prescindiendo de esta referencia al salmo 22, es importante notar que el grito de Jesús no se dirige al vacío. En su delirio, Jesús sigue apelando a su Dios: «Dios mío, Dios mío». El evangelista Lucas, al relatar la misma escena, prefiere subrayar directamente la esperanza de Jesús, y por eso pone en su boca las palabras de otro salmo: «Padre, en tus manos pongo mi espíritu» (Lc 23, 46). Y Juan interpreta la muerte de Jesús como el momento de su glorificación: la cruz es un trono de gloria «y cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12, 32). Alzado en la cruz, Jesús aparecerá a los ojos de todos como Salvador del mundo (cfr. Jn 19, 37).

4. La cruz abre a la creatividad

El sentido último de la cruz es ése: El que entrega su vida, ése la gana. La cruz desemboca en la resurrección: manifestación de una presencia oculta, pero real, de Dios en Jesús. La resurrección se encuentra implícita en el misterio de la cruz. Es la cara oculta de la cruz, no un correctivo de la cruz. Es la manifestación de lo que Jesús es antes y en su muerte. Y es la manifestación de la meta a la que conduce el camino de Jesús. La resurrección autentifica el camino de Jesús. Manifiesta el fracaso del mundo y que el camino de Jesús es el bueno, el único que conduce a la vida. Por eso, la resurrección no puede separarse del camino de Jesús, un camino que puede pasar por la cruz, pero que desemboca en la resurrección. La resurrección nos remite al camino de Jesús, a la vida de Jesús; en definitiva, al seguimiento de Cristo. Fe en la resurrección significa que hay un camino que tiene valor por sí mismo, y que este valor no puede impedirlo ningún poder ni destino de este mundo.

La resurrección es la más profunda dimensión de la cruz. No es algo exterior a la cruz, y menos aún algo en lugar de la cruz, una especie de premio o recompensa en lugar de lo padecido. Brota de una vida como la de Jesús. No es extraño, pues, que el Nuevo Testamento, identifique lo que nosotros tenemos tendencia a separar, a saber: cruz, resurrección y envío del Espíritu. La cruz es el momento de la glorificación del Hijo (de su entrada en la vida de Dios, colocándose «a la derecha del Padre»); por eso, cuando Jesús muere «entrega el espíritu» (Jn 19, 30).

La cruz, vivida como servicio y entrega, nos abre al misterio de la creatividad: «quien quiera salvar su vida la perderá, y quien pierda su vida por mí y el Evangelio, ése la salvará» (Mc 8, 35). «Yo entrego mi vida para poder recuperarla» (Jn 10, 17). En el amor y el servicio se desvela la esperanza de los hombres. Así, en Cristo la muerte adquiere un nuevo sentido, pues en Él se manifiesta que la muerte no tiene la última palabra, por no ser lo más importante, ni lo decisivo. No es lo más importante: lo importante es una vida vivida en fidelidad a Dios. No es lo más decisivo: lo decisivo es el amor de Dios que es más fuerte que la muerte, y que se manifiesta incluso en la debilidad. Para el hombre religioso, la experiencia de un fracaso histórico y la fe ardiente en el futuro de Dios para el hombre, no constituye una contradicción, sino un misterio, que la razón no sabe como conciliar, pero que la fe puede iluminar.

En el seguimiento de Cristo, el hombre ni se siente solo en la muerte ni la mira con desesperación. No se siente solo: allí, en el fondo del ser, allí donde nadie se parece a nadie, en ese lugar en el que ni siquiera nos comprendemos a nosotros mismos, allí ocurre lo inesperado: la presencia de Aquel que está más presente en nosotros de lo que lo estamos nosotros. También en la muerte, el hombre se encuentra con los caminos de Dios. El cristiano no está nunca solo. Siempre tiene a quién clamar. De esta forma puede superar el infierno de la muerte. O más exactamente: la muerte, que antes era un infierno, ya no lo es, porque en medio de su pesadilla el cristiano oye una voz que le cuchichea: «Confía, yo he vencido al mundo» (Jn 16, 33). En la muerte es posible encontrar la vida, cuando la muerte es el resultado de la entrega de la vida. Porque eso significa que el amor de Dios ha sido operante en esta vida. Y no hay en el mundo suficiente frío para congelar este amor, pues posee un calor sin fin. Ni hay en el mundo suficiente fuego para evaporar ese amor, pues posee toda la vivacidad y frescura imaginables.

Todo esto es posible porque Cristo ha abierto camino, descendiendo a los infiernos, atravesando las fuerzas del destino. Descender a los infiernos para vencerlos es mostrar que ningún destino pesa sobre el hombre hasta el punto de que Dios no pueda forzarlo. La esperanza cristiana es lo opuesto de la sumisión a un destino, y su fuente es el acto por el que Cristo ha afrontado y ha vencido al destino de la muerte.

Cristo vino para «libertar a cuantos, por temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a esclavitud» (Hb 2, 15). Cuando uno sitúa el misterio de la muerte a la luz de la resurrección de Cristo, puede vivir con esperanza, pues la muerte ha perdido su aguijón, y entonces puede exclamar como san Pablo: «Para mí la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia. Deseo partir y estar con Cristo, lo cual, ciertamente, es con mucho lo mejor» (Flp 2, 21.23).


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