MARÍA DOLOROSA

Por José Manuel Alcácer Orts, o.p.


La imagen de la Virgen Dolorosa nos resulta familiar, la hemos visto infinidad de veces en iglesias y procesiones. Muchas mujeres llevan, además, este nombre. Y, sin embargo, en virtud de esta convivencia tan asidua, quizá nos hemos acostumbrado a ella, y sólo el sufrimiento reflejado en su rostro nos remite de lejos a pensar fugazmente que esta Virgen afligida lleva en su cara las huellas por la muerte de Jesús.

Ahora tenemos ocasión para mirarla y reflexionar más detenidamente, porque en este momento emerge en el centro de la escena, sola con su soledad y su desolación; sostenida por la fortaleza de su fe, aunque las lágrimas le obliguen a inclinar un poco la cabeza. Algo de lo que vemos en ella nos insinúa que goza de nuestra compañía, si bien estamos convencidos de que es, aún en estas circunstancias, ella la que nos acompaña a nosotros. En este tramo de la Pasión, al verla tan cercana, es cuando podemos empezar a descubrirla como Madre y como figura de la Iglesia.

Hacía ya muchos años, al poco de nacer su hijo, cuando, como primogénito que era, se lo ofreció a Dios en el Templo. Las palabras de aquel anciano profeta llamado Simeón se le grabaron con tal fuerza que no sólo no las olvidó jamás, sino que a lo largo de los tres últimos años las recordaba casi cada día: «Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción -¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!-, a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones» (Lc 2, 33-35).

No era la primera vez que debía guardar estas palabras en su alma, para volver a ellas una y otra vez a lo largo de los acontecimientos que le tocaba vivir. Ahora, aquel día, con la misma fuerza que se agarró a la cruz, se cogió a su fe: ahí lo comprendió todo.

Vamos a leer en la cara y en el corazón de la Virgen afligida el significado de las palabras de aquel viejo profeta de Jerusalén. Toda la tradición neotestamentaria, cada vez que menciona la palabra «espada», si es en un sentido metafórico, se refiere a la «Palabra de Dios»: «Viva y eficaz, más cortante que espada de doble filo, que penetra hasta la división del alma y del espíritu, hasta las coyunturas y la médula, y discierne los pensamientos e intenciones del corazón» (Hb 4, 12).

Jesús mismo es la Palabra del Padre. Palabra que, como espada, fue aceptada por María, cuando le respondió al ángel: «Hágase en mí según tu Palabra» (Lc 1, 38). Para María, la Palabra viva de Dios es su Hijo, y, al acogerlo, acepta la Encarnación, la Redención y la Cruz. La cruz de su Hijo, Palabra encarnada de Dios, le atravesó el alma. Al ser madre de tal Hijo, ya conocía el sufrimiento al que estaba expuesta. Pero esta «espada» no sólo destrozó sus entrañas de madre, también puso a prueba su fe. Si Jesús fue tentado, no nos debe extrañar que María también lo fuera, a medida que iba avanzando la mañana: «¿Era preciso -se preguntaría- que el Mesías tuviera que sufrir todo esto? ¿Qué sentido tenían todos estos padecimientos?».

Son preguntas que martillearían su cabeza, a las que sólo encontraba como respuesta las palabras que la fe desnuda le dictaba a Abraham, cuando contestaba a su hijo Isaac sobre la víctima para el sacrificio que el muchacho, extrañado, no veía por ninguna parte. «Dios proveerá, hijo mío» (Gn 22, 8). ¿Le había dado Dios aquel hijo para arrebatárselo de ese modo? Dios proveería.

Como madre, nadie puede ocupar su sitio; si acaso, las madres entenderán algo. Como creyentes, empezamos a parecernos a ella. Ya comienza a dibujarse como figura de la Iglesia, Pueblo de los creyentes en su Hijo. La virgen María salió victoriosa de esta prueba cuando, apoyada en su fe., aceptó a su hijo Jesús como Mesías sufriente anunciado por todos los Profetas. Cuando, desde sus entrañas, dijo «sí» a la cruz del Señor, revalidó para siempre las palabras que le dijo al ángel: «Hágase en mí según tu Palabra».

Esta frase, pronunciada como respuesta a todas esas preguntas del Viernes Santo, la hizo para siempre madre y cristiana. Primera cristiana, modelo de todos los que creerían en su Hijo crucificado, a lo largo de los siglos. Todos los creyentes en Jesús, comenzando por su madre, tuvieron que superar el escándalo de la cruz, es decir, el sufrimiento y la muerte, que se alzan como un obstáculo insalvable para admitir la existencia de un Dios bueno y providente.

¿Por qué el sufrimiento humano?, ¿por qué la enfermedad y el dolor?, ¿por qué la injusticia y los ultrajes?, ¿por qué la cruz?, ¿por qué la muerte? Fuera de la fe, no hay respuesta. Desde el Evangelio, resuena la voz de San Pablo, cuando les escribe a los fieles de Colosas: «Ahora me alegro de sufrir por vosotros. Así voy completando en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su cuerpo, que es la Iglesia» (Col 1, 24).

Santo Tomás de Aquino escribe, al hilo del comentario a e pasaje de la carta a los Colosenses: «Lo que falta a la Pasión de Cristo, es decir, de la Iglesia entera, cuya cabeza es Cristo, lo cumplo yo, añado mi parte de ello, en mi carne, sufriendo yo mismo... A Cristo le faltaba que, así como había sufrido en su propio cuerpo, del mismo modo sufriera en Pablo, uno de sus miembros, y en todos los demás». Se podría añadir: faltaba que Cristo sufriera en María.

Dios, al disponer la redención del mundo por la cruz de Jesucristo, ha querido que su Iglesia, nosotros, fuésemos una predicación viva, un anuncio de la cruz gloriosa del Señor. Es necesario que el cristiano experimente la cruz, en el sufrimiento, la enfermedad, las adversidades y la muerte, llevando en su cuerpo el morir de Jesús, para que se manifieste en sí mismo, y en todos los hombres, que Él está resucitado (cfr. 2 Co 4, 10).

María, como cristiana en grado eminente, no podía eludir esa espada, ni dejar de asociarse con todo su ser a Cristo, pues, además, era su madre humana. Ella, convirtiendo, junto con toda la Iglesia (unida a su cabeza, Jesucristo), este dolor en intercesión, lo transforma en plegaria viva en favor de toda la humanidad. María y la Iglesia, con sus padecimientos, no sólo anuncian la cruz a los hombres, sino que interceden por ellos.

A esta Virgen dolorosa y desolada, la espada le atravesó el corazón de dos maneras: como madre, al ver morir a su hijo ajusticiado como un criminal, sabiendo que era inocente. Como obediente al designio de Dios, y, a pesar de todo, preguntándose, una vez más, sobre la necesidad y el significado de todo aquello. Pero esta misma espada, que fue su mismo hijo Jesús, Palabra y salvación de Dios, puso al descubierto lo más íntimo de su alma: un alma que, en la prueba, no renegó de Dios; no dudó nunca de su amor; sino que, en presencia de la promesa divina, hecha en aquella primavera de su vida, cuando Dios le anunció que engendraría a su hijo, que sería: «Grande e Hijo del Altísimo, y que su reino no tendría fin» (Lc 1, 31-33). «La incredulidad no la hizo vacilar, antes bien, su fe la llenó de fortaleza y dio gloria a Dios, persuadida como estaba de que poderoso era Dios para cumplir lo prometido» (Rm 4,20-21). Fue en ese momento cuando su maternidad alcanzó su plenitud, porque fue entonces cuando se convirtió en la primera discípula de su Hijo.

La espada puso de manifiesto un amor entrañable, una fidelidad a toda prueba, un seguimiento hasta el final, una confianza sin límites. La espada puso al descubierto, al atravesarle el alma, que lo que le había dicho al ángel era verdad.


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