RECUERDOS DEL VIERNES SANTO

Por las monjas dominicas de la Inmaculada (Torrent-Valencia)


Se moría Jesús. Se nos moría a chorros. Y después de su silencio en la pasión, habló. Así lo cuenta el evangelista. Habló para dejarnos su testamento, todo lo mejor que tenia: su perdón, su sed de nuestra sed, su Madre, su cielo, su reino. ¡Todo!

Y luego dejó que abrieran su costado para meternos en su Corazón. Y al punto manó sangre y agua. afirma Juan, el testigo. No le quedaba ni una gota más. ¡Todo!

Una vez consumada su obra, entregó su espíritu al Padre. Y el Padre abrió sus brazos y lo estrechó junto a Sí. Y los brazos del Padre se hicieron grandes, muy grandes y abrazaron también a quienes le crucificaban.

Y se fueron haciendo aún más grandes, inmensos, y abrazaron todas las cruces del mundo: las víctimas de la guerra, los que huyen de las bombas y misiles, los que agonizan heridos, sin ayuda, sin consuelo...; y a los esclavos de la droga, del sida...; y a las niñas obligadas a prostituirse; y a los niños explotados..., y a todos los pobres y hambrientos del mundo, y a ti y a mí...

Y los brazos del Padre aún se alargaron más: se hicieron infinitos y acogieron a toda una humanidad doliente, desde que el hombre fue hombre hasta que el mundo acabe.

Y, en Jesús, todos hemos encontrado cobijo en el regazo del Padre... El, Jesús, nos abrió la Puerta. Una puerta sin vigilancia para que nadie quedara fuera por su condición, su origen, su raza, su color... Una puerta para que entráramos todos, sin privilegios ni categorías... !Todos!

En esta hora silenciosa del Viernes Santo, en que cada latido del corazón parece recordarnos los martillazos que crucificaron al Señor, vamos a intentar recordar vivencias de quienes fueron testigos de sus últimas horas, hasta que huyeron y le abandonaron: los discípulos. Ellos, sin duda, en los atardeceres después de la Resurrección, volcarían su intimidad a la luz tenue de una lámpara, testigo de su miedo, de sus recuerdos, de su amor al Maestro (Lo que sigue está tomado de J. L. Martín Descalzo, "Siempre es Viernes Santo").

****

Yo lo que más recuerdo es su voz. Aquella tarde Él habló más despacio que nunca. Porque sabía. Yo, en cambio, no había sospechado nada.

Aquel jueves su voz era caliente. Hubo un momento en que yo ya no entendía lo que estaba diciendo. Le oí hablar de amor y de muerte, pero sólo oía verdaderamente el tono de su voz, un tono que me iba calando dentro, como si tratara de amueblar mi alma. Nunca nadie ha hablado como Él aquella tarde. Temblaba un poco.

De sus palabras sólo recuerdo dos: «Hijitos míos». Nunca nos había llamado así. Él no era tierno ni sentimental, pero aquella tarde nos habló como lo haría una madre. A la tarde siguiente me pregunté muchas veces cómo pudo amar tanto cuando sabía que estaba a punto de morir. Porque Él lo sabía. Hablaba despidiéndose. Pero no pensaba que Él se iba, sino que nosotros nos quedábamos. «Hijitos míos». Me pareció que estuviera naciendo otra vez. Me acordé de mi madre, de mi pueblo. Pero ahora estaba naciendo más que hace 38 años. Su voz era caliente como un seno de madre. Hablaba despacio como si estuviera dando a luz, como si abriera o curase una herida. Aquella tarde aprendí lo que es amar.

****

Lo único que yo recuerdo son sus ojos. Me asomé a ellos y sentí vértigo; algo verdaderamente terrible iba a pasar. Mirándole a los ojos supe que moriría. Nunca creí que Él pudiera morir. Era algo que no había ni siquiera imaginado. Él era tan distinto de todos, tan de fuera de este mundo, que no parecía posible que nada de lo nuestro tuviera que ver con Él. ¿Morir? ¿Por qué había de morir Él? ¡Pero todos los hombres morían! No, Él no; Él era distinto. Por eso cuando me asomé a sus ojos sentí vértigo: ¿Era entonces posible que Él muriese?

Fue para mí como si temblara el mundo, como si viera al sol rajarse en dos pedazos y caer al mar. Pero Él estaba sereno. Hablaba de su muerte como de un viaje sin importancia, como de algo terrible pero simple, una especie de juego doloroso y feliz.

Luego, en el huerto, sus ojos fueron más humanos: tenía miedo. Entrando por la luz de su mirada, descendiendo hasta el fondo, veía una especie de terror, algo en Él que se rebelaba. ¿Algo, qué? Siempre en Él había sido todo limpio como un riachuelo. Pero aquel día al fondo de sus ojos había una noche, una noche cerrada. Uno sabía que tras la noche habría luz, pero allí sólo se veía noche y nada más que noche.

En aquel momento –en el huerto– tuve miedo de que nos hubiéramos equivocado con Él. No parecía el Gran Dios de durante la Cena, sino sólo una pequeña criatura desvalida. Por eso no tuve coraje para seguirle hasta la cruz. Únicamente en el último minuto, cuando se alejó de nosotros entre la turba, cuando nosotros nos quedamos como paralizados, Él se volvió y nos miró con los ojos construidos nuevamente de luz, con los mismos ojos que había tenido a lo largo de toda la Cena. Me sentí más miserable que nunca al no saber seguirle. Pero también me sentí protegido muy por encina de todas mis traiciones.

****

Y Él estaba haciéndose cada día más extraño y misterioso, todo en sus palabras tenía un doble sentido, un trasfondo vertiginoso. Descubría demasiadas cosas a la vez y yo no tenía tiempo de asimilarlas. Era como caer en un tenebroso abismo de luz, abismo con tanta luz que se te cegara y al final no vieras sino oscuridad.

Por eso yo intentaba detenerle, hacer que explicara las cosas más detenidamente. Hablaba de ir a prepararnos un lugar al que nosotros habríamos de llegar un día. ¿Pero cómo íbamos nosotros a llegar a ese sitio preparado si ni siquiera sabíamos por dónde iba a ir Él? Sí, vivir a su lado era caminar de sorpresa en sorpresa, de descubrimiento en descubrimiento.

Pero fue lo del pan, sobre todo, lo que me desbordó. Comprendedlo: alguien coge un trozo de pan, gemelo al que tú acabas de comer, lo bendice te lo alarga, diciendo: «Come esto, es mi cuerpo.

¡¡¡Sí, comed todos de él, porque esto es mi Cuerpo!!!

Su voz no aclaró nada. Dejó todo en aquella penumbra misteriosa. Pero yo comprendí que había que ir hacia Él como saltando en la noche. Y, de pronto, sin que nada nuevo hubiera sucedido, tuve el coraje de creer.

****

¿Recordáis que yo le pedí que nos enseñara al Padre? Es curioso: uno puede convivir con alguien durante años, oírle hablar sin descanso, a todas horas, y acabar sin entender lo fundamental de su mensaje.

Él hablaba siempre del Padre. Parecía que esto fuera lo único que le importaba, lo único en lo que se sentía a gusto. Cuando le hablábamos de sus milagros cambiaba rápido de conversación, como si se encontrase en tierra extraña. Pero si alguien le preguntaba por el Padre, sus ojos se encandilaban y hablaba horas, horas, horas. Por eso yo le dije: «Enséñanos al Padre.» Tenía miedo no se fuera a marchar sin explicarnos bien esto, lo fundamental.

¿Recordáis sus ojos al responderme? Son difíciles de olvidar. Una especie de tristeza, como la de quien ha fracasado en un gran amor. «Hace tanto tiempo que estoy entre vosotros -dijo- y ¿aún no me habéis conocido? Felipe, quien me ve a Mí, ve también al Padre. ¿No creéis que Yo estoy en el Padre y que el Padre está en Mí?»

Sentí como si alguien me transportara a los cielos. ¿Entonces era verdad? Apenas me atrevía a sospecharlo. Él lo había dicho muchas veces, pero me parecía que aquello tenía que ser una metáfora, una imagen. Y he aquí que de pronto aquello me pareció claro, traslúcido. ¿Él era entonces Dios? ¿El mismo Yahvé?

Ahora era fácil comprenderlo. Pero, ¿quién hubiera osado pensarlo antes de la resurrección? ¿Quién lo hubiera sostenido dos horas después, en el huerto? Y sin embargo, era verdad. Buscabas a Dios toda la vida en lo alto de los cielos, y un día Él venía a sentarse a tu mesa, partía el pan, te decía: «Come, éste es el cuerpo de Dios.»

En la boca el Pan me supo a caliente, como si estuviera chorreando sangre. El Omnipotente, el Señor de los Ejércitos, se sometía a mis dientes como horas después iba a someterse a los clavos romanos. El cielo y la tierra daban vueltas. Nunca me he sentido más orgulloso de ser hombre.

****

Me maravilla aún lo poco que recuerdo de aquella noche. Cuando un hombre traiciona parece como si la traición borrara todo. De cuanto entonces pasó sólo me ha quedado la imagen del pobre Pedro fanfarroneando, el sonido del canto del gallo y el sabor de las lágrimas corriendo por mi piel.

Y los ojos de Él. Sí, esto más que todo. No, Él no nos condenó aquella noche. Sabía bien la mediocridad de todos nosotros, nos medía como mide un sastre una túnica, hablaba de nuestro abandono como si lo hubiera visto antes de que le abandonásemos. Pero Él lo dijo: estábamos limpios. Era el amor quien nos cegaba; el amor y nuestra torpeza.

Yo le hubiera querido ver triunfante y no sabía que el triunfo era en la cruz. Por eso no le entendí. Me dolía que no se rebelara contra la muerte, que estuviera dispuesto a dejarse devorar. Quizá en el fondo me ilusionaba el ser yo quien le defendiera, le sentía casi como un hijo en aquella noche en que Él parecía más débil. Estaba triste y me pareció que nos necesitaba. Eso creía, pobre tonto de mí, cuando éramos nosotros quienes aquella misma noche íbamos a necesitarlo todo de Él, que nunca fue más fuerte que entonces.

Sí, me gusta que Él no pudiera estar orgulloso de nosotros a cambio de que nosotros podamos estar tan orgullosos de Él. Moría y nos estaba sosteniendo. Era como una vid incendiada que siguiera en medio de las llamas dando savia y jugo a sus sarmientos. Él rezó por nosotros, sumergió en su oración nuestras traiciones. Nos amaba, nos amaba de veras: no aceptó mis bravatas, pero sí mis lágrimas.

****

Nos amaba, sí. Eso fue lo mejor de aquella noche. Yo lo supe muy bien, yo que tenía mi cabeza cerca de su corazón. ¿Recordáis que su rostro estaba ardiendo? Una vez puso su mano sobre la mía y fue como si me acercaran una hoguera. Tenía fiebre y los ojos le brillaban como si dentro hubieran encendido una luz.

Nunca se ha amado tanto en el mundo como aquella noche. Algo estaba girando en la historia de la tierra. Desde aquella noche hasta Dios era distinto, un Dios vertiginosamente volcado hacia el amor. Lo comprendí muy bien cuando Él empezó a hablar. Por eso me aprendí todas sus palabras, yo sabía muy bien que una sílaba perdida en aquella noche hubiera sido perder toda la sabiduría de los siglos.

¿Os acordáis, os acordáis de todas sus palabras? Parece que hubiera venido al mundo sólo para decirlas. Luego todo lo que hizo era sólo realizarlas, como realiza el alfarero el cántaro que soñó. El pan, la sangre en el huerto, la muerte misma, eran un fruto del árbol que sus palabras nos mostraron. Sangre, dolor, latigazos, todo era secundario ya. El árbol era de amor y cuando nos lo enseñó era como si ya estuviese todo consumado. Morir, morir no tiene importancia. Cuando un hombre ama, y a ha muerto. Cuando un hombre ha dado su corazón, ya lo ha dado todo. Cuando alguien ha ofrecido su sangre para beber, ya la ha derramado.

Por eso no supimos seguirle, por eso nos quedamos todos en esta ribera. No, no fue cobardía. ¿Acaso era yo más valiente que vosotros? Seguirle hasta la cruz o quedarse en casa era lo mismo. Yo estuve junto a Él, pero infinitamente lejos. El estaba en el Amor, por eso no supimos seguir. Por eso estamos ahora recordándole, intentando darle lo único que el hombre tiene de importante: no la vida, no la sangre, no las manos, sino el Amor, este pedazo de Dios que Él metió dentro de nosotros aquella tarde, aquel Corazón que nos repartió cuando nos repartió el Pan.

****

La noche había caído cuando Juan acabó de hablar. Las antorchas brillaban con luces rojas. Hubo un largo silencio en el que todos se miraron como comprendiendo que los recuerdos son hermosos, pero sólo son recuerdos. Faltaba algo. Pedro lo entendió muy bien. «Ahora -dijo- es la hora del recuerdo de verdad. Hagamos todo como Él nos lo dijo y aquella hora seguirá sonando idéntica a la de entonces. Él vendrá. Está viniendo. Porque en su memoria voy a partir el Pan.» Y tomándolo entre sus santas y venerables manos lo bendijo, lo partió y se lo entregó diciendo: «Tomad y comed todos de él.»

****

Hijo, perdona hoy a tu Madre que no sabe decirte nada, que no sabe orar, que no sabe ni estar contigo, que únicamente conoce este pobre oficio de estar cansada y decirte: Hijo, hijo, hijo...

¿Quizá te he desilusionado esta tarde? Me hubiera gustado haberte defendido mejor, haber sabido. Pero, allí, a tus pies, ¿qué podía ofrecerte sino mi esfuerzo por contener las lágrimas? Tú estabas muriendo y yo seguía viva. Ah, y hubiera necesitado gritar al ver tu sangre - ¡la mía! - resbalar carne abajo hasta los pies, y luego gotear sonando silenciosa en el silencio de la tarde.

Si al menos hubieras vuelto con frecuencia hacia mí tus ojos... Pero entendí que no debías preocuparte entonces de tu madre. Estabas redimiendo. ¿Qué derecho tenían mis sentimientos a robarles un minuto a nuestros hijos, los hombres? Sí, hasta entendí que cuando te dirigiste hacia mí fuese para hablarme de ellos. De ellos... cuando eras Tú quien moría, cuando mi corazón sólo tenía tiempo para estar en Ti.

Perdóname también que ahora te hable como si estuvieras lejos. Sé que me oyes, que vas a venir de un momento a otro, pero aún tengo tan cerca tus ojos muertos, tu cuerpo muerto, tus manos muertas, que, en este momento, es como si el desierto de la muerte nublase la esperanza. ¿Sufriste mucho? ¿Te ha dolido mucho, mi Pequeño? Pero ya está, Niño mío, ya está hecho. El Padre estará contento, estoy segura. Tu Madre también lo está, orgullosa, orgullosa de Ti, que has sido un valiente, digno de ser lo que eres: mi Dios.

Descansa ahora, duerme, reposa en los brazos del Padre tu cabeza. O en estos míos, Hijo.


ENVÍA ESTA PÁGINA A UN AMIGO
Indica su e-mail: