INTRODUCCIÓN |
Por Antonio García Lozano, o.p. |
Esta noche, consagrada por todos los siglos, sellada por la memoria de las acciones de Dios en la historia, debería ser una noche singular para toda la humanidad. En ella se reencuentran los cristianos con una esperanza renovada. Por el bautismo renacen los catecúmenos, y todos los bautizados reafirman con su profesión de fe su condición de hijos de Dios. Los penitentes encuentran la reconciliación. Y los cielos y la tierra se estremecen ante la novedad que les espera: un cielo nuevo y una tierra nueva. Se celebra la Pascua de toda la creación: su paso del desorden y del pecado a la armonía y a la paz que Cristo resucitado recupera para todos.
La liturgia comienza con el simbolismo del fuego, pues era una columna de fuego la que conducía a Israel por el desierto. De ese fuego sale la luz del Cirio Pascual que simboliza a Cristo, Luz para las mujeres y hombres que caminan por este mundo; y no tanto para iluminar una senda, como para iluminar el camino interior de cada persona.
La Liturgia de la Palabra nos recordará el gran itinerario de la humanidad y del pueblo elegido, pero centrándose, sobre todo, en lo mucho que Dios hizo por todos a lo largo de la historia para salvarnos, particularmente, cuando Dios vino en persona a la tierra, movido por su amor a la humanidad, y muchos no le recibieron, y siguen sin recibirlo.
La Liturgia bautismal reavivará y renovará en los cristianos los compromisos que contrajeron en su bautismo, para emprender una nueva etapa en su vida de seguimiento de Jesús. Son sus seguidores, sus discípulos, quienes han de propagar e instaurar en el mundo el orden nuevo, la humanidad nueva, los cielos nuevos y la tierra nueva, pregonados por Jesús.
Y si cualquier Eucaristía, bien celebrada, es memorial y renovación sacramental de la muerte y resurrección del Señor, la de esta noche es, de una manera particular, un himno de alabanza y de gratitud a ese Cristo que se inmoló, y sigue inmolándose por nosotros, a fin de que todos los hombres lleguen a una comunión de vida con Dios.
Pero esta noche algo debería quedarnos claro. Falta una última lectura: aquélla que con nuestra vida escribimos cada día en forma de carta, hecha misión, y que entregamos a Dios en mano, para que lea el interior de nuestra persona, y pueda ser leída también por quienes nos ven. Sin esta última lectura, todos los símbolos, ritos y lecturas litúrgicas de esta noche santa, quedarían reducidos a nada, pues así como nos complacemos escuchando la Palabra de Dios, también Dios se complace escuchando a los hombres que escriben con su vida palabras de salvación.
Esquema de la Celebración
El Lucernario
Bendición del fuego y procesión con el Cirio Pascual. El "rito de entrada" de esta Noche es particularmente festivo y lleno de sentido. Si cada tarde, en Vísperas, cantamos a Cristo como Luz, como Sol que no conoce ocaso, en esta noche de Pascua, desde la oscuridad total, entonamos nuestra alabanza entrañable a Cristo bajo el símbolo del Cirio y la Luz. Él brilla en medio de las tinieblas con su nueva vida. Y nos la contagia a toda la comunidad. Él nos ha dicho: "Yo soy la Luz del mundo: quien me sigue, no andará en tinieblas". Por eso la comunidad canta: "Luz de Cristo. Demos gracias a Dios". El rito del fuego y el modo de encender el Cirio son sencillos. Se realizan fuera de la Iglesia. Consisten en una monición y una breve oración de bendición. Sigue la procesión hacia interior del Templo con las aclamaciones y la progresiva iluminación.
Pregón pascual. El Pregón, junto con el rito del fuego y del Cirio, es el rito de entrada de la celebración de esta Noche. Debe ambientar, dar el tono adecuado e introducir en la celebración. En esta Vigilia, con un tono más festivo y lírico que en cualquier otra, es un elemento emotivo, que puede dar a toda la celebración una preparación psicológica llena de fuerza y sintonía con el misterio que celebramos.
2. Liturgia de la Palabra
Esta noche la comunidad cristiana se detiene más de lo ordinario en la proclamación de la Palabra. Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento hablan de Cristo e iluminan la Historia de la Salvación y el sentido de los sacramentos pascuales. Hay un diálogo entre Dios que habla a su Pueblo (las lecturas) y el Pueblo que responde (Salmos y oraciones).
Las lecturas de la Vigilia tienen una coherencia y un ritmo entre ellas. El sentido se lo dio el propio Cristo, cuando dijo: "Todo lo escrito en la ley de Moisés, y siguiendo por los profetas y salmos, acerca de mí, tenía que cumplirse", "y comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó (a los discípulos de Emaús) lo que se refería a él en toda la Escritura".
El primer grupo de lecturas abarca la creación, el sacrificio de Abraham y el paso del Mar Rojo: la actuación salvadora de Dios para con su pueblo. A continuación los profetas hacen un llamamiento al amor renovador, a los signos de la Alianza, a la fe, y prometen la salvación definitiva, con las imágenes del agua pura, del corazón nuevo. Los salmos cantan y meditan los mensajes proclamados, destacando sobre todo el cántico de Moisés en el Mar Rojo y el cántico bautismal de Isaías. Pero el Antiguo Testamento prepara la realidad del Nuevo: lo que se anunciaba y prometía, ahora se ha cumplido en verdad. Eso es lo que nos atestiguan San Pablo y los evangelistas Mateo, Marcos y Lucas.
3. Liturgia bautismal
La noche de Pascua es el momento en que más sentido tiene celebrar los sacramentos de la iniciación cristiana. La celebración está compuesta de estos elementos:
Si hay bautismos: las letanías de los santos, la bendición del agua de la pila bautismal, pidiendo a Dios que hoy también, a través del signo del agua, actúe el Espíritu de vida sobre los bautizados; el bautismo de los neófitos y la confirmación si se diera el caso.
Si no hay bautismos, la bendición del agua y la renovación de las promesas bautismales. Se trata de que todos los miembros de la comunidad cristiana participen conscientemente tanto en la renuncia como en la profesión de fe. A esta renovación sigue la aspersión, como recuerdo plástico del Bautismo.
La Oración Universal de los fieles: muy bien situada después del Bautismo o su recuerdo, porque es el ejercicio por parte de la comunidad de su sacerdocio bautismal, intercediendo ante Dios por toda la humanidad.
4. La Eucaristía
La celebración eucarística es la culminación de toda la Noche Pascual. Es la Eucaristía central de todo el año. Cristo, el Señor Resucitado, nos hace partícipes de su Carne y de su Sangre, como memorial de su Pascua.
La despedida, cantada con el doble aleluya, debe terminar con un tono de festividad; y recordar, en las palabras finales, que esta noche empieza una fiesta que dura cincuenta días.
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Todos estos elementos especiales de la Vigilia quieren resaltar el contenido fundamental de la Noche: La Pascua del Señor, su Paso de la Muerte a la Vida. La oración de quien preside la celebración invoca a Dios, para que "ilumine esta noche santa con la gloria de la resurrección del Señor". En esta noche, con más razón que en ningún otro momento, la Iglesia alaba a Dios porque "Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado" y porque "en la muerte de Cristo nuestra muerte ha sido vencida y en su resurrección hemos resucitado todos" (Prefacios de Pascua).
La comunidad cristiana se siente integrada en el Paso de Cristo de la muerte a la vida. Ella misma renace y se goza en "la nueva vida que nace de estos sacramentos pascuales". Por el Bautismo se sumerge con Cristo en su Pascua, por la Confirmación recibe también ella el Espíritu de la vida, y en la Eucaristía participa del Cuerpo y Sangre de Cristo, como memorial de su muerte y resurrección. Cristo Resucitado ha vencido a la muerte. Éste es el día que hizo el Señor. El fundamento de nuestra fe.
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