LUCERNARIO


BENDICIÓN DEL FUEGO

Celebrante: Hermanos, en esta noche santa, en que nuestro Señor Jesucristo ha pasado de la muerte a la vida, la Iglesia invita a todos sus hijos, diseminados por el mundo, a que reúnan para velar en oración. Si recordamos así la Pascua del Señor, oyendo su palabra y celebrando sus misterios, podremos esperar tener parte en su triunfo sobre la muerte y vivir con él siempre en Dios.

ORACIÓN

 

Oh Dios, que por medio de tu Hijo has dado a tus fieles el fuego de tu luz, santifica este fuego, y concédenos que la celebración de estas fiestas pascuales encienda en nosotros deseos tan santos que podamos llegar con corazón limpio a las fiestas de la eterna luz. Por Jesucristo nuestro Señor.

(Seguidamente se bendice el fuego y se enciende el Cirio Pascual)

PROCESIÓN

¡Oh luz gozosa de la santa gloria

del Padre celeste, inmortal!

¡Santo y feliz Jesucristo!

Al llegar el ocaso del sol,

contemplando la luz de la tarde,

cantamos al Padre y al Hijo

y al Espíritu de Dios.

Tú eres digno de ser alabado

siempre por santas voces.

Hijo de Dios que nos diste la vida,

el mundo entero te glorifica.

PREGÓN PASCUAL

Exulten por fin los coros de los ángeles, exulten las jerarquías del cielo, y, por la victoria de Rey tan poderoso, que las trompetas anuncien la salvación. Goce también la tierra, inundada de tanta claridad, y que, radiante con el fulgor del Rey eterno, se sienta libre de la tiniebla que cubría el orbe entero. Alégrese también nuestra madre la Iglesia, revestida de luz tan brillante; resuene este templo con las aclamaciones del pueblo.

En verdad es justo y necesario aclamar con nuestras voces y con todo el afecto del corazón a Dios invisible, el Padre todopoderoso, y a su único Hijo, nuestro Señor Jesucristo. Porque él ha pagado por nosotros al eterno Padre la deuda de Adán y, derramando su sangre, canceló el recibo del antiguo pecado. Porque éstas son las fiestas de Pascua, en las que se inmola el verdadero Cordero, cuya sangre consagra las puertas de los fieles.

Ésta es la noche en que sacaste de Egipto a los israelitas, nuestros padres, y los hiciste pasar a pie el mar Rojo. Ésta es la noche en que la columna de fuego esclareció las tinieblas del pecado. Ésta es la noche en que, por toda la tierra, los que confiesan su fe en Cristo son arrancados de los vicios del mundo y de la oscuridad del pecado, son restituidos a la gracia y son agregados a los santos. Ésta es la noche en que, rotas las cadenas de la muerte, Cristo asciende victorioso del abismo.

¡Qué asombroso beneficio de tu amor por nosotros! ¡Qué incomparable ternura y caridad! ¡Para rescatar al esclavo, entregaste al Hijo! Necesario fue el pecado de Adán, que ha sido borrado por la muerte de Cristo. ¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor! Y así, esta noche santa ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes. ¡Qué noche tan dichosa en que se une el cielo con la tierra, lo humano y lo divino!

En esta noche de gracia, acepta, Padre santo, este sacrificio vespertino de alabanza que la santa Iglesia te ofrece por medio de sus ministros en la solemne ofrenda de este cirio, hecho con cera de abejas.

Te rogamos, Señor, que este cirio, consagrado a tu nombre, arda sin apagarse para destruir la oscuridad de esta noche, y, como ofrenda agradable, se asocie a las lumbreras del cielo. Que el lucero matinal lo encuentre ardiendo, ese lucero que no conoce ocaso y es Cristo, tu Hijo resucitado, que, al salir del sepulcro, brilla sereno para el linaje humano, y vive y reina glorioso por los siglos de los siglos. Amén.

ACLAMACIÓN

Resucitó, resucitó, resucitó, ¡Aleluya!
¡Aleluya, aleluya, aleluya, resucitó!


La muerte. ¿Dónde está la muerte?
¿Dónde está mi muerte? ¿Dónde su victoria?

Resucitó, resucitó, resucitó, ¡Aleluya!
¡Aleluya, aleluya, aleluya, resucitó!


Gracias sean dadas al Padre
que nos pasó a su reino, donde se vive de amor.

Resucitó, resucitó, resucitó, ¡Aleluya!
¡Aleluya, aleluya, aleluya, resucitó!


Alegría, alegría, hermanos,
que si hoy nos queremos es que resucitó.

Resucitó, resucitó, resucitó, ¡Aleluya!
¡Aleluya, aleluya, aleluya, resucitó!

Si con Él morimos, con Él vivimos,
con Él cantamos: ¡Aleluya!

Resucitó, resucitó, resucitó, ¡Aleluya!
¡Aleluya, aleluya, aleluya, resucitó!


(Kiko Argüello)


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