El Concilio Vaticano II, en su Constitución "Sacrosanctum Concilium", atribuye el origen del domingo a una «tradición apostólica»: "La Iglesia, por una tradición apostólica que trae su origen del mismo día de la resurrección de Cristo, celebra el Misterio pascual cada ocho días, en el día que es llamado con razón "el día del Señor" o "domingo" (n.106). Aún siendo así, cabe preguntarse cómo ocurrió, de dónde arranca esa tradición, qué tuvo que ver el Señor resucitado.
Algunos liturgistas se han ocupado de dar respuestas, más o menos concretas, a estas preguntas. Hay quien afirma que «entre su resurrección y su ascensión, el Señor mismo instituye una cierta celebración del primer día de la semana. Para conmemorar y para celebrar el día de su resurrección, su anastasimos, se junta a sus discípulos reunidos, los alienta con su aparición y toma con ellos una comida fratemal» (J.Hild). Es preciso averiguar cómo ocurre, si es que es cierta esta posible institución del Señor. Noéle M. Denis-Boulet, por su parte, vincula el origen del domingo, como día de reunión, con las apariciones del Señor resucitado. Callewaert sugiere que la fiesta dominical se instituye el día en que los apóstoles deciden «fijar definitivamente la reunión litúrgico-eucarística habitual en el primer día de la semana, en razón de la resurrección de Cristo: ese día nace el domingo cristiano». ¿Es el Señor quien instituye esta fiesta o son los apóstoles?
Dom Jean Gaillard da unas pistas valiosas para resolver adecuadamente cuál pudo ser el origen del domingo cristiano. «La historia del domingo -dice- comienza con la resurrección de Cristo, al tercer día de su muerte, el primer día de la semana judía. Es claro que el Señor Jesús, Él mismo, ha marcado este primer día después del sábado con un carácter nuevo y único eligiéndolo para salir vivo del sepulcro. Los evangelistas están de acuerdo en señalar en esta fecha la resurrección y las primeras apariciones... Sin embargo, en este primer domingo, nada da que pensar en un retorno hebdomario de un día de fiesta. Cristo, para la realización histórica del misterio redentor, ha distinguido este día, de los otros seis, y lo ha hecho suyo. Pero, he aquí que, ocho días después, el Señor Jesús se muestra de nuevo a sus discípulos. La celebración cristiana del domingo comienza con la octava de la resurrección, el domingo de Tomás; de donde el domingo nuevo, como se le llama más tarde».
Personalmente, me animo a afirmar que la celebración dominical «trae su origen -como asegura el Concilio Vaticano ll- del mismo día de la resurrección de Cristo» (SC 106), como resultado de un deseo del Señor Resucitado, expresado en gestos, más que en palabras, y luego interpretado como tal por la comunidad apostólica. Tienen que ver en ello, por lo tanto, el Señor que sugiere y la comunidad apostólica que interpreta sus deseos.
Los gestos, aunque no sean palabras, son también elocuentes; incluso, muchas veces, más que las palabras. A menudo, apoyan y alargan expresivamente las palabras. Y cuando las palabras mienten, ellos las desmienten. Pero, para descifrarlos y leerlos, es preciso interpretar matices e intuir intenciones sugeridas. En ellos, sin pretenderlo, se muestra la persona tal cual es.
Los gestos de Jesús, a los que me refiero, son todos aquéllos, mediante los cuales, Él privilegia «el primer día de la semana», un día sin especial relieve en la semana judía, el día siguiente al «sábado». Este día sí entrañaba para la comunidad judía una singular riqueza. Era el día del reposo, que el israelita santificaba con una convocación santa, ofreciendo el sacrificio y renovando los panes de la proposición. En cambio Jesús honra «el día primero» o «el día siguiente al sábado».
Releyendo los relatos de la resurrección, resulta revelador el interés de los cuatro evangelistas en relatar minuciosamente las circunstancias en que ocurre la resurrección. Todos coinciden en que el día fue «el primero de la semana», «el primer día después del sábado». En cuanto a la hora están de acuerdo en señalar la primera hora del día: «ya para amanecer», «muy de madrugada», «en cuanto salió el sol».
La resurrección de Jesús es su gran gesto. No ocurre en el «sabbat», el día simbólico para el israelita creyente; sino al día siguiente. Hay en ello una preferencia de Jesús que podemos leer como una ruptura con el antiguo orden de cosas, y la entrada en la plenitud. De nuevo aparece la tensión entre tradición y promesa. Lo cierto es que, desde la resurrección de Jesús, «el primer día de la semana» tiene una significatividad especial para los apóstoles. «Es claro -decía con razón Dom Gaillard- que el Señor Jesús, él mismo, ha marcado este primer día después del sábado con un carácter nuevo y único, eligiéndolo para salir vivo del sepulcro».
Pero hay más todavía. Las apariciones del Resucitado a sus discípulos ocurren también «el primer día de la semana». El mismo día de la resurrección se aparece a María Magdalena, a las dos Marías, a los discípulos que iban a Emaús; y, por la tarde de ese día, se apareció a los discípulos, estando ausente Tomás. Y, ocho días más tarde, vuelve a aparecerse a los suyos. Tomás está con ellos. Además, será también "el primer día de la semana" cuando, en Pentecostés, el Espíritu venga sobre la comunidad apostólica reunida con María.
Estas iniciativas de Jesús son las que, presumiblemente, deciden a las primeras comunidades a reunirse en este "primer día de la semana". Tenemos varios testimonios que lo garantizan. Lucas nos habla de una reunión singular, ocurrida «el primer día de la semana» en Tróade (Hch 20, 7-12), en la noche del sábado al domingo. No una reunión con motivo de la venida de Pablo, sino que él se hace presente en la asamblea ya reunida «para partir el pan». Pablo aprovecha esta ocasión para hablarles largamente, y celebrar con ella la Eucaristía. Se vislumbra, pues, la costumbre de la comunidad de reunirse en este día para «partir el pan». La celebración de la Eucaristía es el centro de la reunión.
En la primera carta a la iglesia de Corinto, Pablo le pide: «Cada primer día de la semana, que cada uno de vosotros reserve en su casa lo que haya podido ahorrar, de modo que no se hagan las colectas cuando llegue yo» (1 Co 16,2). Este mandato paulino, da por puesto la costumbre de la comunidad de reunirse regularmente cada primer día de la semana. Ésa puede ser la mejor ocasión para hacer la colecta en favor de los hermanos nos más necesitados.
Resumiendo, podríamos concluir:
1º. Que «el día primero de la semana» tiene, desde el día de la resurrección de Jesús, una significación especial. Ese día es desde el comienzo una «memoria» del Resucitado. Jesús «aparece» y fortalece la fe de los apóstoles, los saluda con la paz, come con ellos, les da animos, les explica las Escrituras con respecto a su muerte y resurección, parte con ellos el pan, los envía como testigos suyos, y les encomienda el ministerio de la reconciliación. En medio de sus dudas, la presencia del Resucitado les llena de alegría. Y en la tercera de sus apariciones, Jesús encomienda a Pedro apacentar sus ovejas.
2º. Estas iniciativas de Jesús provocan, en la primitiva comunidad, la necesidad de reunirse habitualmente en ese día. Se vive la expectativa de una nueva manifestación del Señor, tal vez de su retorno definitivo. La «Fracción del pan», o «Cena del Señor», celebrada en el curso de una comida en su «memoria», es el centro de la reunión. También se lleva a cabo la colecta para los necesitados. Sin duda que la «Cena del Señor» para la comunidad primitiva es un memorial de la muerte y resurrección del Señor, de su Pascua, hasta el punto que, comiendo el pan y bebiendo la copa, anuncian la muerte del Señor hasta que Él venga definitivamente (Cf l Cor 11, 26). Asamblea, Eucaristía y solidaridad fraterna perdurarán en la asamblea dominical. Son elementos de toda fiesta cristiana.