NACER ES UN DIÁLOGO
Por Juan A. Tudela Bort, o.p.
Cuando abrimos los ojos por primera vez en la vida ya estamos en deuda. No sólo porque biológicamente me formaron mis padres. ¿Quién me dio el nombre primero? ¿Quién me hizo sentir el primer tacto afectuoso, el primer beso, el primer abrazo, la primera palabra?
Mi nombre es el que me ofrecieron. Lo trágico es el abandono. Por eso no podemos dejar a su suerte a tantos niños solos y sin amparo.
El nombre primero con que me llamaron fue también el primer amparo. Y, desde luego, mi identidad primera. Esa identidad del nombre y del abrazo es la posibilidad inaugural de abrirme camino en esta vida humana. Sin esa ayuda primera que recibo con cariño no sería nada. Sólo la desolación del desamparo.
¿Qué me trae el nombre que me llama y me abraza cálidamente? Me envuelve en la confianza en la vida y a la realidad que me es ofrecida y dada con la voz primera. Me trae la cercanía de mis padres, de su mundo, del mundo que nos envuelve y del que voy a impregnarme sin pensarlo, pero contando con él.
Esto no es cosa de una causa que produce un efecto. No somos máquinas. Es, desde el principio, un diálogo. Mi entorno me configura y mi vida, todavía precaria, va respondiendo de un modo balbuciente.
¿Palabras? El diálogo no es sólo palabras, es la entraña de una vida que se abraza.
Yo no recuerdo bien ese abrazo, pero ahora, ahora, sé qué debo a mis padres y a mi entorno familiar. No marcaron mi vida, pero le dieron un ambiente de afecto, me envolvieron en un mundo –una tierra, un mar, un paisaje humano, una cultura–. ¿Cómo podría haber construido una vida propia, como podría haber puesto en cuestión cosas recibidas y encontrar mi propio camino sin ese entorno que me configuró?
No sé que dirán los psicólogos, pero mi experiencia es la de una vida arropada –a veces desgarrada– que me dio que pensar. Si ahora puedo decir algo de mí mismo eso es por una deuda que contraje al nacer y por un diálogo que no ha cesado jamás.