EL DIÁLOGO DE LOS INTERCESORES
Por Juan A Tutela Bort, o.p.
El viejo Abraham, padre de nuestra fe, se enzarzó dialécticamente con Dios para salvar la ciudad de Sodoma que quería arrasar por su inmoralidad sin límites. Conocemos la narración. Abraham le dice a Dios: ¿y si hubieran 50 justos o 30 o 10, arrasarías Sodoma? Y Dios le responde: si hay 10 justos, por ellos, no destruiría la ciudad. Bastan 10 justos para salvar una ciudad corrupta.
En la tradición judía pervive la convicción de que la humanidad se salva porque siempre hay 10 justos que interceden por ella. No es pura imaginería. Ellie Wiessel, premio Nobel de literatura, nacido en una pequeña ciudad rumana, narra cómo ante la ocupación alemana en la IIª Guerra Mundial, y ante la amenaza contra los judíos, María, una anciana cristiana que servía en casa de su familia, les ofreció esconderse en su aldea, lejana, donde nunca llegarían los alemanes. El padre de Wiessel rehusó. Toda la familia, salvo nuestro autor, pereció en el campo de exterminio. Wiessel dirá: aquella noche, María, una cristiana, salvó la ciudad entera.
Siempre hay justos que mantienen la humanidad en pie. Es algo que encontramos en el centro más íntimo de nuestra fe. ¿A fin de cuentas, Jesús, el Señor, no es el que intercede por nosotros; no es El quien sustituye nuestro pecado y se coloca en nuestro lugar y así nos salva?
Hay aquí una dimensión muy honda de nuestra vida y de nuestra fe. Siempre hay intercesores, ¿vivos, muertos, qué más da?, que mantienen por su fidelidad nuestra propia alma, tantas veces extraviada. Algo así ha de ser la comunión de los santos que confesamos en el credo.
Lo que queda en el último rincón del alma, aquella que nada ni nadie puede matar es esa confianza, aunque a veces parezca vacilante. Mi vida hecha pecado, débil, desalentada... ¿Se vendrá abajo? ¿Quedará atada a una soledad infernal sin remedio? No es así. Esa pobre vida mía esta sostenida por tantos y tantos intercesores que no sólo me sostienen, sino que toman mi propio lugar. Ellos toman sobre sí la fe que me falta, se mantienen en pie cuando caigo, son la fuerza de mi debilidad.
Un cristiano, seguidor de Jesús, vive como primera vocación esa extraña y milagrosa manera de entender la comunión humana: la substitución. Ponerse en vez del otro, vivir lo que el otro no puede o todavía no vive.
Por eso es bueno lanzar una palabra, aunque sea un grito, sólo un grito de gratitud y de llamada, a esos sustitutos, conocidos o anónimos, vivos o muertos, que nos empujan a continuar la vida.
También nosotros, aunque no lo sepamos, somos intercesores. Es bueno caer en la cuenta, ser fieles a Jesús, el Señor, y ponernos en vez de los otros.
Gracias a los que sustituyen se liberan las vidas derrumbadas y, creedme, se salva esta humanidad que tantas veces produce vértigo.