UNA VIDA SOSTENIDA
Juan A Tudela Bort op
Para Eduardito
Dialogar no es sólo sentarse tranquilamente al atardecer en torno a una mesa. A veces es silencio o es combate o es el dolor, quizá la vergüenza de tener que reconocerme delante de otros. Ya iremos deshilando el tejido humano y espiritual de esta vida nuestra que es, de los pies a la cabeza, diálogo.
Desde los pies a la cabeza. Vivir es un diálogo que se entrevera de sangre, amor, piel y abrazo.
Mira a ese crío; a penas tiene unos meses, ahí lo tienes, ríe y ríe, mueve sus piececitos, dibujando el aire, y agita sus bracitos frágiles cuando sus padres le toman en sus manos o le murmuran, bajito, bien bajito, palabras que le arrullan de afecto. ¿Comprende ese niño, todavía sin palabra, qué es dialogar?
No lo dudes. Ese niño, trozo palpitante, la debilidad misma, sin palabra que responda, ese niño siente en su pequeño cuerpo la llamada y el afecto. Un crío, nada más que un crío, reconoce en sus poros, todo abiertos, el calor humano que le envuelve.
¿Quién dirá que no puede responder? Ahí está su risa abierta, ahí están sus manos que juegan como pájaros en busca de cobijo, ahí está, sobre todo, su abandono confiado al abrazo de sus padres.
Pues bien. Tienes delante de tus ojos qué significa una vida sostenida por el calor, la mirada, la voz, el afecto de los otros.
No te quedes sólo con ese niño, con tantos otros niños. Piensa que otros, demasiados, están rodeados de vacío y abandono.
Y nunca olvides que la vida entera, entera, es, como la de un niño, una vida arropada y sostenida.