EL MAR DE LAS DUDAS
Por Juan A. Tudela Bort, o.p.
Tomar la propia vida como un diálogo no es sentarse tranquilamente en torno a una mesa, tomando café. La vida que dialoga es dramática y, desde luego, se pone en juego ella misma. ¿Seremos capaces de comprender hasta qué punto la ganamos o la perdemos, encontramos los mojones que nos orientan o nos dejamos llevar por la deriva de las cosas?
Pensemos bien en esto: ¿qué sería mi vida sola, sola con un mar de ideas, valores, orientaciones…? Ese mar sería el mar incierto de las dudas interminables. Si me arranco a los otros, si no espero su presencia y su palabra, me quedo solo en mí mismo, ¿qué queda de mí al cabo?
Sería un mar de las dudas, un mar en el que ni puedo mantenerme en la superficie azul de las aguas ni sostenerme en su fondo gris, siempre a medias y a la deriva. Entre ambos, sin hacer pie, ¿es posible no dudar? Dudar de mí, de mis ideas, de mis convicciones, de mi honradez… La duda…, se apodera de mí como un alma conquistada, nace de lo más íntimo de mí mismo. Ser yo es dudar, pensar es dudar, creer es dudar, vivir es dudar. ¿Por qué mi alma es dudar?
El mar de las dudas…
Cuántas veces he pretendido alcanzar la verdad, la seguridad, la orientación de mi vida, retrayéndome, a distancia de los otros, de su necesidad y de su presencia, afincándome en mí mismo, solo, de pie, y bien firme; agitado por mil fogonazos, de fuera, de dentro; incapaz de decir sí, un sí que detenga la deriva y me oriente.
La soledad desatada es la incapacidad de decir sí; es la agitación de todos los golpes de viento, de todas las corrientes de mares oscuros. La soledad carece de norte y de camino.
Yo me encuentro orientado hacia un norte. Orientado, digo sí, un sí que me arranca de la duda. Orientado, camino un camino con sentido. ¿De dónde brota esa maravilla? La presencia de los otros, la exigente, la vigorosa llamada, el requerimiento de los otros, me permite decir el sí que al fin brota de mis labios. No hay modo de suprimir la comunicación con los otros. La vida es un permanente explicarse los unos a los otros; ese diálogo que a veces ni siquiera requiere voz. Podemos reprimir esa comunicación, jamás podremos suprimirla.
Ideas mantenidas, valores confirmados, sentido de la vida y de las cosas, gracias a los otros, gracias a cualquiera que, entrando en mi vida, huésped imprevisto, me emplaza en la fijeza de una atención y de una respuesta.
La fijeza, la firmeza no nace de mis pies afincados; es mi emplazamiento por el otro -gracias al otro. ¿Has oído? Una voz, una voz que te llama, que me llama a mí. ¿Qué me dice? ¿Por qué? Me llega a mí desde una desnudez sin ropaje. Desnuda voz, sin ruido, sin títulos, me asigna y me coloca en mi sitio; sólo voz, carne hambrienta de calor y de pan.
¿Qué puedo decirte, qué te diré? Toma mi vida, tómala. Sólo puedo ofrecerte este trozo de vida temblorosa…, lleva todo el dolor y el gozo, pedazo de sangre y de piel abierta: entera te la doy. Entera.