ME LLAMASTE POR MI NOMBRE

Por Juan A. Tudela op

El diálogo no es una divertida tertulia en torno a un café. La vida que dialoga es dramática y pone en juego la vida entera. Hablamos y decimos cosas, muchas cosas; las más de las veces, nuestras palabras circulan entre nosotros como algo mecánico, casi exterior: decimos buenos días o buenas tardes, o hace buen tiempo… Son palabras que no tocan la entraña de mi vida. Otras veces decimos algo con toda la fuerza de una intimidad que piensa, analiza, razona: expresamos esa palabra para establecer una relación con los demás; es una palabra fecunda que brota de mi ánimo, abierto a la verdad y a la comunión. Todavía no basta. Hay que llegar a comprender hasta qué punto la palabra es el gesto más profundo de mí mismo, brota de mi alma, es portadora de mi alma.

Me resulta muy difícil expresar lo que trato de decirte. Voy a intentarlo; te agradecería que hicieras un pequeño esfuerzo para poder compartir algo que llega hasta la última entraña de nuestra vida.

Cuando hablo y me dirijo a alguien, hay una condición imprescindible para que mi palabra se sostenga y alcance a mi interlocutor: mi palabra ha de ser de fiar, se puede confiar en mi palabra. Antes de expresar esto o aquello, antes de comenzar a dialogar sobre un tema, antes de argumentar de un modo o de otro, mi palabra, mi expresión, es de fiar porque es sincera. La sinceridad es esencial a la palabra que dialoga; esencial y anterior a la verdad o al error de aquello que digo o expreso.

Cuando tomo en serio y a fondo mi palabra, se advierte que no es una mera excrescencia de mí mismo, no es algo superficial o aleatorio. Mi palabra soy yo mismo, expresando y hablando.

¿Cómo es posible que la palabra sea yo mismo, expresándome?, ¿cómo detectamos esta condición y qué sentido guarda?

Voy a utilizar afirmaciones fuertes y enigmáticas: yo no vivo, siento o pienso y, luego, me expreso. De arriba abajo soy expresión, soy palabra. ¿Cómo podemos comprender esta propuesta tan extraña?

Fíjate que no estamos en el territorio de las cosas tal y como aparecen o las usamos en nuestra vida cotidiana. En realidad las cosas que decimos, hacemos o manejamos en nuestra vida gris, en la vida de cada día, ya están orientadas por el aliento de mi alma. Sin ese aliento nada podría cobrar forma delante de mí. Por eso voy a dar un paso más -ten paciencia- y te digo que todo lo que se muestra, todo lo que encontramos en esta mundo en el que vivimos, es ya algo dicho. No te inquietes; en realidad es sencillo y enigmático: lo que vivimos, sentimos, pensamos, es algo que estamos diciendo con el alma. ¿Cuántas veces nos preguntamos ante algo confuso: qué quiero decir? Vamos a detenernos un instante: estoy pensando, pienso tal cosa o tal otra; no soy una idea inerte y aérea, vivo, eso es expresión, es algo que digo con mi alma. Mi alma es voz y es palabra. ¿Te has dado cuenta que pensamos en algo porque le buscamos qué sentido tiene? ¿Hay alguien a quien nada le importe el sentido de lo que piensa?

Es difícil explicar esto. La filosofía tiene sus recursos, pero no podemos hacer aquí, no tendría sentido, operaciones extrañas. Vamos a experiencias que, al menos alguna vez, hemos vivido.

¿Qué ocurre cuando llamo a alguien o alguien me lo llama a mí con toda el alma, como cuando se ama o cuando la vida entera se vuelca en ese pronombre tan extraordinario: tú? Pedro Salinas, ese poeta maravilloso, decía: ¡Qué hermoso vivir en los pronombres! Cuando me deposito enteramente en ese tú que pronuncian mis labios, vivo, vivo en ese tú. La palabra aquí no es un sistema y un código; es mucho más, de un modo increíble, es incomparablemente más. No es un apéndice sonoro o escrito, es mi vida íntegra volcada en ese mínimo pronombre. Me entrego enteramente a la persona amada a la que llamo tú, sin guardarme nada. Todo vibra en ese pronombre. Cuando digo ¡tú!, sólo digo tú. Voz tan breve…, me la pueden robar el viento o el ruido. ¿De dónde brota? ¿Cuál es su secreto? ¿Será una voz que brota de la epidermis, una voz que ni me incumbe ni me obliga? Cuando digo de verdad, con empeño y con el alma, "tú"…, es mi vida entera y de raíz quien está hablando. Hasta tal punto nace del alma última que, al pronunciarla, me devuelve el mundo y las cosas, iluminados, orientados, por aquél o aquella a quien digo "tú". Tú es mi vida misma que se pone en manos de otra persona. Tú y yo mismo. Yo mismo es igual a decir tú.

Acompáñame, vamos a dar una vuelta por terrenos que nos han hecho lo que somos. Vamos a arrimarnos a la tradición bíblica. De modo inmediato te das cuenta del carácter original de la palabra. Cuando rastreamos, se encuentra aquí y allá el valor originario, fundamental, de la palabra. Antes de decir que algo es o no es, que es así o que es de otra manera; antes, más originariamente, estamos ya en el decir, en la palabra pronunciada o respondida. La palabra es el origen de todo.

¿No es cierto que Dios crea el mundo por su palabra? Hay que tomar las cosas al pie de la letra. Y si decimos que es una metáfora, una manera de hablar, hay que tomar con todo rigor esa metáfora porque toca lo más íntimo del mundo y de la vida. Dice con más verdad que cualquier idea. Lo más profundo está suplicando una palabra esquiva. ¿Te imaginas que pudiéramos asistir a ese instante, ese momento virgen, en que el mundo, las cosas y la vida humana surgen?, ¿quién arranca a la nada de su nada?, ¿quién hace ser a aquello que no es? Si nos fiamos de la tradición bíblica, aquello que no es, se alza, surge y vive porque una palabra tenue y poderosa los llama a ser. Ser, nacer, es obra de una palabra que Dios pronunció desde su intimidad. La vida es entonces, toda ella, aquello que Dios misteriosamente pronunció.

No sólo hemos escuchado que Dios creó el mundo por la palabra. Todavía podemos ir más lejos: la palabra estaba en Dios y la palabra es Dios. Extraña fórmula. La Palabra es Dios. Lo original, la última instancia, es esa Palabra que es Dios mismo. Y esa Palabra, haciéndose carne, acampó entre nosotros. Se hizo carne, se hizo uno de nosotros, uno cualquier. Carne…, enigmática expresión. No se refiere a un trozo de materia inerte. Carne quiere decir nuestra condición corporal, viva y sensible. Si la Palabra se hace carne, carne como la nuestra, eso quiere decir que nuestra carne es palabra; nuestra carne, por todos sus poros, habla. Una palabra que es nuestro cuerpo entero. Nuestro cuerpo entero es un signo, una ofrenda, una entrega entera a los otros. La palabra es tan poderosa que en la misma tradición bíblica se nos enseña que engendra vida. La palabra es una semilla eterna. La vida es esa voz de Dios, enamorada, que nos deja eternos.

Mil veces hemos escuchado relatos que narran la vocación de los profetas. También aquí hay que tomar las cosas con todo rigor. No se ha encontrado mejor manera de expresar lo último, la llamada de Dios, que mediante la palabra. Repasa tranquilamente esos textos. Ahí verás afirmaciones muy graves que no pueden tomarse de modo trivial. Antes de que se formara mi cuerpo en el seno de mi madre, antes de que se consolidaran mis huesos y mi carne adquiriera forma, antes, te llamé. Dios, antes de formarme, pronunció mi nombre, pronunció tu nombre. ¿Quién soy yo, o tú, o cualquier ser humano que viene a este mundo? Yo soy el nombre con que Dios me nombró y me llamó. ¿Seré un nombre?, ¿tan poca cosa soy? No te equivoques: ese nombre es la llamada de Dios. ¿Quién seré? Yo soy la respuesta al nombre con que Dios me llamó. Todo, entero, desde mis huesos, mi carne y mi sangre, soy la respuesta a la llamada de Dios. Mi vida se prolonga hasta la muerte como un ir respondiendo, paso a paso, a ese nombre que Dios me impuso y con el que me llamó. Mi quehacer, mi tarea, mi vida, es responder a esa palabra que me llamó a ser. Soy palabra, soy decir. Todo mi ser es decir; un decir anterior a cualquiera tentación que me lleve a afirmar: ya estoy aquí, soy fuerte, esta es mi tierra y mi herencia.

¿Qué raro, no? Parece sorprendente identificar mi vida como un decir. Y, sin embargo, las cosas son así. Hasta las plantas de los pies soy un signo, una respuesta, a esa apelación de Dios que se detecta en la apelación de cualquier ser humano que entra en mi vida. Todo palabra, sólo palabra…, palabra dirigida a los otros, a cualquier otro. Esa palabra que soy yo mismo, es tan densa como mi condición carnal; mis quehaceres, mis deseos, mi vida sin fronteras… Yo soy un decir con toda la carne de mi vida.

¿Sabes?, esa palabra es un gesto de complicidad con cualquiera que entra en mi vida. Ese gesto que soy yo mismo, se dirige a mis hermanos y les ofrece y les da toda la capacidad de la que estoy dotado. Decir que mi vida es un signo, un gesto de complicidad dirigido a los otros, es ofrecerles toda la riqueza de mi vida y de mi mundo. A eso lo llamo compartir.