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(LA VANGUARDIA, 13/02/2003)
La Iglesia católica en su teología moral y en su Magisterio ha pensado, ha valorado y ha orientado la guerra con diversos paradigmas a lo largo de la historia. Pueden ser individualizados cuatro esquemas teóricos que corresponden a cuatro momentos históricos: el primero de larga duración, el segundo de corta, y los dos últimos prácticamente coexistentes en la actualidad.
1. El paradigma de la "guerra justa"
Con este paradigma se funcionó desde la edad media hasta mediados del siglo XX. El núcleo de la teoría de la "guerra justa" se concreta en las condiciones que hacen justa una determinada guerra. Tales condiciones son las siguientes:
· Que sea declarada por una autoridad legítima (en general, por los estados soberanos, ya que la guerra tiene que servir a fines públicos, no a los privados).
· Que la causa sea justa (reparación de una injusticia: defensa contra la agresión o contra la supresión de derechos fundamentales).
· Que se hayan agotado los medios pacíficos de solución.
· Que los fines sean justos lo mismo que los medios (evitar operaciones bélicas inmorales).
· Que haya proporción entre el bien que se busca y el mal que se puede causar.
Esta tradición de la "guerra justa" ha sido la expresión de la peculiaridad de la actitud católica ante la guerra durante muchos siglos. Es una actitud que se sitúa entre:
· el no absoluto a toda guerra y, consiguientemente, el rechazo del pacifismo radical (postura ésta que se verifica se da en Lutero, en Erasmo y en grupos cristianos nacidos de la Reforma);
· la consideración de la guerra como una realidad al margen de la moral y, por lo tanto, como una cuestión de intereses políticos (es la postura atribuida, paradigmáticamente, a Maquiavelo).
2. El paradigma de la "justa defensa"
La tremenda experiencia de la Segunda Guerra Mundial y la toma de conciencia más profunda del valor de la paz hicieron que el catolicismo replanteara la validez de la teoría de la guerra justa. El horizonte histórico estaba marcado:
· Por la guerra fría y por la consiguiente polarización política entre los dos bloques: el comunista, dominado por la URSS, y el occidental, controlado por los Estados Unidos de América
· Por la amenaza nuclear, nacida de una loca carrera armamentística (carrera que, al final, "estrangulará" la economía de uno de los bloques: la URSS) y concretada en la política de la "disuasión nuclear".
Los pontificados de Pío XII y de Juan XXIII (con la encíclica "Pacem in terris") propician un cambio de paradigma. El concilio Vaticano II (1965) marca el punto clave de inflexión. Pide "examinar la guerra con mentalidad totalmente nueva"; condena solemnemente la "guerra total" pero sin condenar explícita y absolutamente el uso de la bomba atómica (n. 82, 4). Declara lícita, en principio, la legítima defensa: "Mientras exista el riesgo de la guerra y falte una autoridad internacional competente y provista de medios eficaces, una vez agotados todos los recursos pacíficos de la diplomacia, no se podrá negar el derecho de legítima defensa a los gobiernos". Aunque el Concilio admite el principio de la legítima defensa ("guerra defensiva"), añade, sin embargo, tales restricciones que prácticamente lo convierten en inoperante. Por otra parte, la enérgica condena de la guerra total y del armamento moderno supone una restricción radical a la doctrina tradicional de la guerra justa.Con el paradigma de la "justa defensa", en la década de los años ochenta del siglo XX la doctrina católica hizo afirmaciones tajantes y valientes:
· La guerra nuclear ha de ser moralmente condenada, sin paliativos de ninguna clase, no sólo como un mal sino como una inmoralidad.
· La guerra convencional no es hoy solución racional ni moralmente justificable para dirimir litigios ni para restablecer un derecho violado. Esta condena se verifica con seguridad en la guerra "ofensiva" y con fuerte probabilidad en la "defensiva".
· Se reconoce a los estados "el derecho de legítima defensa", pero con limitaciones: "Mientras falte una autoridad internacional competente y provista de medios eficaces y una vez agotados los recursos pacíficos de la diplomacia".
3. Paradigma de la "injerencia humanitaria"
La caída del muro de Berlín (1989) y la "implosión" de la URSS originan un nuevo escenario mundial. Desaparece la férrea política de bloques, que mantenía al mundo dominado por dos superpotencias. Consecuencia: comienza a sentirse la hegemonía de una de las superpotencias (EE.UU.); y, hay naciones (o grupos étnicos) que se sienten más libres para dirimir conflictos sin la férrea vigilancia de una de las superpotencias.
Dos realidades bélicas hacen su aparición en la década final del siglo XX; cada una de ellas responde a una de las dos consecuencias indicadas. Por una parte, la guerra de los Balcanes (a cuyo paradigma se asimilan los conflictos interétnicos de África, así como las revueltas de Asia) responde a la situación de "aflojamiento" de poderes supranacionales o supraétnicos. Por otra parte, la guerra del Golfo, tras la invasión de Kuwait por parte de Iraq, es el primer gran signo de la ascensión de la hegemonía militar (y política) de Estados Unidos en el mundo.
En relación con este nuevo contexto, a la moral católica no le ha parecido solución justa ni dejar a las naciones que diriman sus conflictos mediante acciones bélicas (guerra de agresión o de invasión) ni apoyar la pretensión de una potencia hegemónica en convertirse en el "guardián mundial". La primera solución, además de no tener la plena justicia de los fines, engendra males inmensos en los medios utilizados (genocidios, odios raciales...). La segunda solución, con la apariencia de restaurar un orden vulnerado, mantiene las injusticias dentro del país invadido y se aprovecha de la guerra para aumentar la hegemonía (geoestratégica, económica, militar, política) de la potencia invasora.
La solución que propone la moral católica, tanto para una situación como la otra, es la de alumbrar una nueva figura ético-jurídica que, superando la inviabilidad de la guerra de "agresión" (de naciones o de grupos étnicos) y la guerra "defensiva" de las superpotencias, restablezca el orden injustamente vulnerado mediante métodos menos violentos y teniendo como objetivo el bien de la población civil, así como el bien común mundial. El sujeto de esta solución tiene que ser la autoridad suprema mundial. Y la actuación recibe un nombre: injerencia humanitaria. Sobre la injerencia humanitaria ha hablado Juan Pablo II en varias ocasiones. En la homilía para el jubileo de los militares y de las fuerzas de seguridad (19/XI/2000) dijo: "A veces esta tarea (pacificadora) implica iniciativas concretas con el fin de desarmar al agresor. Me refiero con ello a la denominada injerencia humanitaria, que constituye, tras el fracaso de los esfuerzos de la política y de los instrumentos de defensa no violentos, el intento extremo al que recurrir para arrestar el brazo del injusto agresor".
4. El paradigma de la "construcción y defensa de un orden mundial justo"
Este paradigma comienza a perfilarse ante la nueva situación surgida a partir de los ataques terroristas de carácter total, singularmente los perpetrados en Nueva York y en Washington (11 de septiembre de 2001). Paradigma que se opone tanto a la "guerra defensiva" como a la "guerra preventiva".
No fue tan clara la oposición a la guerra defensiva frente al terrorismo, que se concretó en la invasión de Afganistán (octubre-diciembre, 2001) por parte de EE.UU. Los obispos católicos de ese país apoyaron la acción militar. Sin embargo, la postura del Vaticano fue más comedida, defendiendo Juan Pablo II la solución del diálogo por encima de la respuesta armada.
Es más clara la oposición a la guerra preventiva, que previsiblemente se concretará en el ataque a Iraq. La actitud de Juan Pablo II es claramente contraria. También lo es la opinión mayoritaria de las conferencias episcopales y de los moralistas católicos.
Se postula pensar la solución de los conflictos con un nuevo paradigma, el de "la construcción y defensa de un orden mundial justo", que se concreta en:
· La constitución y el funcionamiento de una autoridad mundial.
· La promoción de los derechos humanos.
· El desarrollo económico y social de los países del Tercer Mundo.
Éste es el nuevo espíritu que se advierte en el catolicismo actual en relación con la cuestión de la guerra y con el valor de la paz. |