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ESPIRITUALIDAD PARA TIEMPOS DE CAMBIO Por Cosme Puerto Pascual, o.p. (Sexólogo)

1. REFLEXIONES DESDE AMÉRICA LATINA

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Tiempos de cambio

El mundo ha cambiado en las dos últimas décadas. Una parte de la humanidad se encuentra en tránsito hacia el tercer milenio. Se habla no sólo de una época de cambios, sino de un cambio de época o "cambio epocal", con todo lo que esto conlleva de mutaciones profundas, de perplejidad y de inseguridad. Se afirma cada vez más que vivimos en una época "post": post-moderna, post-industrial, post-comunista, post-guerra fría, y muchos expresan no saber exactamente hacia dónde caminamos. No es ésta, de hecho, una época de muchas certezas y seguridades y, menos aún, de un ideal utópico como en los tiempos "modernos". La duda, el cuestionamiento, la ausencia de certezas, la búsqueda de nuevos paradigmas y mediaciones, son características propias de esta época y, probablemente, la caracterizarán por bastante tiempo más.

Sería, por tanto, muy presuntuoso proponer una "receta" completa en materia de espiritualidad, cuando la realidad se presenta justamente como incierta. Habría que evitar la tentación voluntarista de inventar un nuevo paquete de ideas teológicas sólidas y listas para su aplicación, como si la realidad fuera construida a la medida de nuestros deseos y preocupaciones de seguridad. La vida consagrada debe también hacerse cargo de la dificultad y la ambigüedad del tiempo presente, y construir paciente y humildemente nuevas instancias de reflexión y práctica, sin determinismos ni voluntarismos, atenta a los signos de los tiempos y a la permanente llamada de Dios a captar y potenciar los signos de la presencia del Reino, inclusive en este contexto nuevo y desconcertante.

"Quedan los pobres y Dios"

De todos modos y más allá de todos los cambios producidos o por producirse, "quedan los pobres y Dios". Esta frase pertenece a P. Casaldáliga y, con ella, pretendemos reflejar cuáles son los elementos que permanecen en medio de una realidad cambiante. Al decir "quedan los pobres", estamos reconociendo, por un lado, el recrudecimiento aún mayor de un sistema que, de suyo, es excluyente. "Quedan los pobres", esto es, continúan las situaciones de empobrecimiento y marginación que tantas heridas siguen provocando en la vida de nuestros pueblos. Pero al decir "quedan los pobres" también queremos reafirmar que no se puede con ellos; que su obstinación por vivir y vivir dignamente, es más fuerte que cualquier sistema o plan económico; que su incansable lucha por una vida más digna continúa entre nosotros; que por eso mismo se convierten no sólo en los destinatarios, sino en referentes de nuestra propia espiritualidad.Además, "queda Dios"; y con Él queda su proyecto de dar "vida y vida en abundancia" (Jn 10,10). Queda el Reino, realidad nunca alcanzada plenamente, pero imposible de ser desterrada, porque el sembrador lo sembró en tierra buena de una vez para siempre (cf. Mc 4,3). "Queda Dios" y, por tanto, queda la cruz de Jesús clavada en este mundo, indicando que el crucificado resucitó, que la vida es más fuerte que la muerte. Queda también su opción inequívoca por los pobres y desposeídos, porque para ellos les ha reservado el Reino (Lc 6,20).

Ambas son razones suficientes para seguir caminando. Desde ahora hay que decir que no apreciamos la incertidumbre y la inseguridad en sí mismas; sin embargo, no dejamos de reconocer que ofrecen una valiosa oportunidad para movilizarnos y buscar senderos por donde transitar como consagrados al Dios de la vida. Veamos con algún detalle, algunos elementos de espiritualidad que se desprenden de la doble constatación mencionada: "quedan los pobres y queda Dios".

QUEDAN LOS POBRES

El sufrimiento

Se trata de una realidad que salta a la vista y no necesita demasiadas explicaciones ni descripciones. Es un componente inherente a la vida de los pobres. Su sufrimiento es "histórico" e "impuesto"; no proviene de un designio oculto ni del deseo voluntario de aquellos que padecen la pobreza. El sufrimiento, producto de las injusticias institucionalizadas, sigue siendo un clamor en la sociedad "post", y nos debería seguir escandalizando e interpelando. La tendencia a la tolerancia que seguirá caracterizando a nuestro mundo, no debería hacernos "tolerantes" con la exclusión que sufren tantos hermanos.

Sin embargo, las características de inseguridad e incertidumbre del tiempo en que vivimos, toca también a gran parte de nuestras sociedades, y los sufrimientos no sólo se sitúan en relación directa con la pobreza, sino que emergen también a partir de otras realidades. Es notable, en efecto, cómo muchos hombres y mujeres que no padecen la pobreza extrema ni se sienten marginados políticamente, están afectados por sufrimientos que podríamos llamar existenciales, es decir, sufrimientos que son producto del contacto con la propia realidad que les toca vivir. Las experiencias del límite en tantos ámbitos de la vida y de la desproporción que existe entre lo que propone la sociedad de los incluidos y las propias posibilidades de acceso a ello, generan una serie de vivencias psicoafectivas que repercuten no sólo en la persona sino también, y muy significativamente, en su entorno. Las insatisfacciones y la permanente situación de riesgo —riesgo a perder el trabajo, a quedarse sin seguridad social, a no poder pagar el alquiler, a no poder educar como se quiere a los hijos—, hacen que mucha gente no resista y se quiebre. En este cambio epocal, donde cada vez hay más medicamentos para las heridas exteriores, se multiplican, en cambio, las ocultas y profundas. Con ello se multiplica también el sufrimiento.

Solidaridad y oración

Los tiempos que vienen nos van a enfrentar con ambas aristas del sufrimiento. Más aún; es probable que también lo experimentemos las propias personas consagradas. La única posibilidad de decir algo creíble sobre estas realidades es desde una solidaridad concreta y desde la oración creyente (1). Son dos aspectos incluidos en la Cruz de Jesús, tal como nos la presenta la tradición sinóptica. Justamente en ella se pone de manifiesto la solidaridad extrema de Cristo con la humanidad y, a la vez, su oración dirigida al Padre. Esta es la práctica de quien se deja afectar por los sufrimientos personales y colectivos. Como lo afirma Carmelita de Freitas, "una solidaridad que no se cansa, ni pierde de vista la utopía de Jesús, parece ser la actitud fundamental de esa hora difícil y ambigua de nuestra historia de seguidores de Jesús, en el hoy conturbado de nuestro continente" (2)

La "calidad" del resistir

Hay momentos históricos donde, debido a la compleja combinación de factores y a la virulencia de los cambios, no se ve unánimemente claro "hacia donde hay que ir", o cuáles son las alternativas. Ante esta realidad, muchos experimentan algo así como una parálisis de su compromiso histórico o, inclusive, se sienten atravesados por un sentimiento profundo de decepción e impotencia. Más aún, pareciera que la actual corriente pragmática nos va convenciendo de que "no se puede hacer otra cosa"; con lo cual la resignación está al alcance de la mano.Es aquí donde, al menos, hay un "hacer" que cobra sentido: es el de resistir. No toda resistencia engendra salidas. A veces puede confundirse resistencia con pasividad. Sin embargo, en muchas etapas de la historia puede convertirse en su paso inmediato. Es posible que no aparezcan por bastante tiempo soluciones y alternativas que nos conformen a todos. Pero sí podemos encontrarnos en el camino del "querer seguir siendo", del hacernos un espacio en este "nuevo" mundo. La vida de los pobres es verdadera escuela de ello.Ciertamente, lo característico de la vida de los pobres es ese estado de dolorosa fluidez histórica; un mundo en permanente trance para mantenerse en la vida y para que esa vida no deje de ser humana. Los barrios populares, por ejemplo, son un conglomerado en que cada uno debe desarrollarse al máximo como individuo porque, desamparado por el Estado y la sociedad civil, su vida depende toda de sí. Con tantas fuerzas disgregadoras, destructoras y deshumanizadoras, todavía existe entre los pobres una matriz cultural que podemos caracterizar como un conato agónico por la vida digna. Es agónico porque es una lucha por la vida donde no hay condiciones para vivir, donde no hay piso firme en que apoyarse y sólo es posible apoyarse en el propio intento. Estas personas no aceptan el dilema de la dignidad o la vida. Apuestan a que, aún en las circunstancias más adversas, siempre será posible vivir y hacerlo con dignidad (3).

Así como nos encontramos con personas que, fruto del deterioro humano que conlleva la pobreza, se abandona o recurre a salidas que las deterioran aún más, existen muchas más que saben, como por instinto, que la dignidad es su mayor tesoro, y se respetan y se hacen respetar; que luchan denodadamente en la vida, pero con la fuerza tranquila que da esa conciencia de bien. No son de ningún modo excepciones y, en muchos casos, funcionan como verdaderos referentes para los otros. La obsesión por ser y vivir con dignidad que descubrimos entre muchas personas a las cuales la vida les es positivamente negada, es una forma muy alta y valiosa de resistencia.

La espiritualidad popular

Las historias de la espiritualidad cristiana nos hablan de la espiritualidad de personas individuales: santos, místicos, obispos, clérigos, fundadores; de movimientos de espiritualidad: litúrgico, bíblico, comunitario; de espiritualidad según los diferentes carismas: sacerdotal, laical, religioso; o del desarrollo de las corrientes de espiritualidad: monástica, medieval, renacentista, moderna... Pero nunca se habla de la "espiritualidad popular" como espiritualidad del pueblo pobre y sencillo. Este pueblo no escribe libros ni crónicas, no funda congregaciones ni forma escuelas de espiritualidad. Se considera al pueblo como sujeto pasivo que recibe consejos, doctrina y normas de espiritualidad de parte de los agentes eclesiales cualificados.

Si se mide la espiritualidad por la frecuencia de prácticas religiosas, de días de retiro o de libros leídos, entonces el pueblo pobre no tiene espiritualidad, ni tiene la capacidad de producirla. A lo sumo tiene una religiosidad popular folclórica y festiva. Pero si la espiritualidad es vivir de acuerdo con el Espíritu de Dios, entonces habrá que atender a la vida del pueblo pobre, ya que también allí hay verdadera espiritualidad.

El pueblo fuente de espiritualidad

Desde esta perspectiva, conviene preguntarse por qué la experiencia del pueblo es fuente de espiritualidad para estos tiempos. Ante todo, por el solo hecho de existir: los pobres nos interpelan. Prescindiendo de si tienen o no cualidades y valores, prescindiendo de una valoración moral de sus conductas, de si son cristianos o no, la realidad de los pobres cuestiona nuestra conciencia cristiana y nos ayuda a descubrir dimensiones más profundas de la conversión. Por de pronto, nos arranca de nuestras "tranquilidades" e "instalaciones" al revelar, de una manera a menudo dramática, el sufrimiento y la deshumanización de nuestras hermanas y hermanos. Ayuda a salir del individualismo como forma de vivir la fe cristiana, y nos presenta como inevitables los imperativos de misericordia, de lucha por la justicia y de solidaridad fraterna. Si convertirse es ir ajustando la vida cada vez más a las exigencias del Evangelio, esto incluye, para todo cristiano, optar por un cambio de lugar social que permita ver la historia como la ven los pequeños y sencillos. Esto incluye cambiar la mentalidad y las valoraciones culturales que obstruyan esta perspectiva. De allí que, en cuanto que la realidad del pueblo pobre "está ahí", ella es fuente directa de espiritualidad para toda la comunidad cristiana.

Nueva espiritualidad

Además, los cristianos pobres —a partir de los valores de su religiosidad— viven una forma de espiritualidad que enriquece a la Iglesia. Los cristianos pobres son sujetos de una espiritualidad, y no objeto de la espiritualidad de las elites que optan por ellos. La religión popular desarrolla y conserva actitudes y aspiraciones profundamente evangélicas que creo muy valiosas en este tiempo de cambios.

De muchas formas puede abordarse la descripción de esta fe popular que es fuente de espiritualidad. Aquí optamos por una somera presentación de algunas características que, obviamente, no contendrán la rica realidad a la que estamos haciendo referencia.

Fe encarnada

En primer lugar, hay que resaltar la fe, como aquella actitud que recoge e integra toda la vida. Nada queda fuera de ella —por más cruda que sea— si se lee desde la fe. En este sentido puede hablarse legítimamente de una fe encarnada. Esta fe es objetiva y sencilla, comprendida de modo implícito, sin demasiadas formulaciones, y global. Se vive como una memoria viva de los hechos de Dios en la familia y en la comunidad. De ella se saca sentido y fuerza para la vida que día a día, minuto a minuto, hay que conquistar. Desde ella se percibe la propia dignidad humana como una realidad a la cual no se debe renunciar a pesar de tantos "mensajes" que le dicen lo contrario. Esta fe queda situada en el tiempo —fiestas— y en el espacio —altares, templos, santuarios, imágenes—. Lo simbólico se encuentra en los gestos, en lo corporal del lenguaje silencioso, en el ver y en el tocar. Todo ello manifiesta el deseo profundo de comunión con Dios para "tomar gracia", es decir, para recibir la vida que sistemáticamente le es negada.

Vivida en comunidad

Esta espiritualidad se manifiesta comunitaria. Expresa de muchas maneras —no sólo en las fiestas religiosas— los fuertes lazos de solidaridad en las alegrías y en los infortunios, saliendo unos en apoyo de otros. Por eso, la organización social y religiosa está impregnada de esta dimensión.

La fe popular, al formar parte esencial de la existencia, da lugar a un saber popular que se encarga de ir poniendo luz a los grandes interrogantes de la vida. Esta sabiduría popular, decía Puebla, "posee una capacidad de síntesis vital; así conlleva creativamente lo divino y lo humano; Cristo y María; espíritu y cuerpo; comunión e institución; persona y comunidad; fe y patria; inteligencia y afecto. Esa sabiduría es un humanismo cristiano que afirma radicalmente la dignidad de toda persona como hijo de Dios, establece la fraternidad fundamental, enseña a encontrar la naturaleza y a comprender el trabajo y proporciona las razones para la alegría y el humor, aun en medio de una vida muy dura. Esa sabiduría es también para el pueblo un principio de discernimiento, un instinto evangélico por el que capta espontáneamente cuándo se sirve en la Iglesia al Evangelio y cuándo se lo vacía y asfixia con otros intereses" (cf. Juan Pablo II. Discurso inaugural III, 6. AAS LXXI, p. 203) (4).

Mirada contemplativa

Experimentar que Dios es gracia y que la vida viene de Él, impulsa a tener una mirada contemplativa de la vida. Dios es vida en la tierra, en el trabajo conseguido, en la familia, en los hijos, en la salud. La espiritualidad popular no asocia contemplación con pasividad ni separa contemplación de acción. Una mirada atenta de la vida de los pobres hace descubrir que ésta exige "estar haciendo" siempre. De hecho, si no se lucha permanentemente por mantenerse en la vida, ésta corre serio peligro. Por eso, referir la vida a Dios no significa desentenderse de la existencia. Más bien, en Él se encuentran fuerzas para luchar. La familia que pide el bautismo para su hijo porque cree que Dios lo va a cuidar, es la misma familia que hace interminables colas en los hospitales para procurar la salud de ese hijo. El hombre que pide pan y trabajo a Dios por la intercesión de algún santo, es el mismo que camina todo el día buscándolo.

Alegría y fiesta

La fe, en muchas ocasiones, es fuente de alegría popular y motivo de fiesta, aún en situaciones de sufrimiento (5). Esto procede de un talante hondamente vital, que cree y confía en la vida y en Dios. En la espiritualidad cristiana, la celebración manifiesta, por un lado, el reconocimiento de lo ya dado, y por el otro, la esperanza y el anhelo que se tiene. La fiesta es espacio de expresión de lo propio, oportunidad para superar rivalidades y momento en el cual se prodiga generosamente compartiendo alegría y comida. Para vivir esta alegría comunitaria no hacen falta muchos ni muy sofisticados elementos exteriores. La fiesta es, más bien, resultado de lo que las personas están dispuestas a celebrar y no tanto de la "escenografía" de la misma.

Siempre en camino

El pueblo pobre se pone en camino muchas veces en su vida. Algunas en busca de una vida digna, de trabajo, de tierra; otras porque fue expulsado o perseguido; otras tantas, para reclamar por sus derechos o para expresar que éstos fueron avasallados. Incluso cuando va a trabajar, cada día, tiene largas y fatigosas horas de camino. Nada más "nómada" que la vida de los pobres. Cuando este pueblo expresa su fe, también camina, peregrina. Y en muchas oportunidades se pone en camino detrás de una promesa que reviste la forma de un lugar donde vivir en paz, un trabajo digno o una oportunidad para los hijos. Cuando peregrina a un santuario o en busca de una fiesta popular religiosa, también lo atrae una promesa. Se hace promesa y se pone en manos de Dios el sentido y la esperanza fundamental de toda su existencia. Así como muchas cosas son vividas "en el camino", también caminando se tiene una profunda experiencia del Dios que está cerca, que acompaña y espera.

Espiritualidad mariana

"En nuestros pueblos -expresaba el Documento de Puebla- el Evangelio ha sido anunciado, presentando a la virgen María como su realización más alta. Desde los orígenes, en su aparición y advocación de Guadalupe, María constituyó el gran signo, de rostro maternal y misericordioso, de la cercanía del Padre y de Cristo con quienes ella nos invita a entrar en comunión" (6). La espiritualidad popular guarda en lo profundo de su corazón un amor grande a la madre del Salvador reconocida como la madre, la hermana y la compañera de la esperanza de los pobres. Las verdades y los misterios marianos iluminan el camino de los que viven en un continente donde la profanación del ser humano —imagen de Dios— es una constante. Los privilegios y gracias especiales de María son la esperanza de que la vida de Cristo se hará plenitud en nosotros. Ella se ha adelantado y, por eso, es un signo de esperanza viva de que esas promesas de Dios han de cumplirse.

Espiritualidad evangélica y liberadora

Por tratarse de una espiritualidad unida estrechamente a la vida, no sólo personal sino también comunitaria, ésta posee un fuerte potencial liberador y es una gran fuerza evangelizadora. Mirando el pasado religioso de América Latina se encuentran expresiones de la fe popular que han sido elaboradas por sectores marginados de la sociedad y de la Iglesia de ese momento. Estas expresiones procuraban reafirmarse ante Dios, en cuanto que estos sectores humillados lo sienten muy a su favor y muy cercanos a su causa; reafirmar, a partir de su fe, un espacio de libertad en la sociedad. En estas prácticas populares, los pobres expresan que "su" Dios es quien fundamenta su derecho a un espacio social para vivir como seres humanos (7).La fe cristiana del pueblo pobre ha sido en muchos momentos históricos clamor e impulso para luchar para alcanzar una vida digna. Gustavo Gutierrez afirma: "Para muchos cristianos en América Latina actualmente la posibilidad del seguimiento de Jesús se juega en su capacidad por incorporarse a la experiencia espiritual del pueblo pobre. Esto le exige una conversión profunda: se trata de hacer suya la experiencia que los pobres tienen de Dios y de su voluntad de vida para todo ser humano (...) El potencial evangelizador que Puebla (1147) reconoce en los pobres y oprimidos implica una fuente de esa fuerza y capacidad en el mundo del mensaje cristiano. Ahora bien, ese punto de partida es precisamente la experiencia espiritual provocada por la revelación hecha de preferencia ‘a la gente sencilla’ (Mt. 11,25). Se trata de incorporarse a este encuentro con el Señor. La fe y la esperanza en el Dios de la Vida que se anidan en la situación de muerte y de lucha por la vida que viven los pobres y oprimidos de América Latina: ese es el pozo en que tenemos que beber si buscamos ser fíeles a Jesús" (8).