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SER EN DIOS
Fundamento Trinitario de la Vida Consagrada,
Según los grandes maestros
de la espiritualidad dominicana
1. DE LA LUZ A LA OSCURIDAD: LA CHISPITA
Érase una vez un Dios que creó, a su imagen y semejanza, a un hombre y a una mujer. Érase una vez una mujer y un hombre que vivían en Dios y eran en Dios y estaban en Dios. La verdad es que Dios los amaba y ellos amaban a Dios. Dios les había dado plena confianza y total libertad. Iban y venían en medio de la Gloria de Dios, como parte de esa misma Gloria de la que ellos participaban sin restricciones. Y Dios mismo se sonreía, como una madre siente ternura por sus hijos, recreándose en la belleza e inocencia del fruto de sus entrañas, y llenándolos de Amor. Y les dirigía su Palabra y los nutría de su Espíritu Santo. Tal era el Amor de Dios que, no contento con compartir todo lo que Él ES, concedió al hombre y a la mujer la soberanía sobre toda la Creación. Dios quería que fueran completamente felices y quería que toda la creación viera la gloria de la mujer y del hombre y fueran iluminados por ellos como si del mismo Dios se tratara. Pero el Padre les advirtió que no debían traspasar la frontera que separa la luz de las tinieblas, el bien del mal, la vida de la muerte, el ser de la nada.
Un día, el hombre y la mujer decidieron que era hora de emanciparse emprendiendo su propia aventura. Sospechaban que más allá de la frontera había todo un mundo por explorar. Y la mujer y el hombre, juntos, como niños traviesos, a escondidas se fugaron de su propio hogar que era el Amor de Dios.
Así se encontraron en la oscuridad. Perdieron el camino de vuelta a casa. No conseguían oír la Palabra del Padre y el Espíritu no alentaba sobre ellos. El Padre se dio cuenta de la ausencia y lloró amargamente. Se quedó mudo y sin aliento. Dios se quedó solo, sin el hombre y la mujer a quienes amaba como a sí mismo y en cuya belleza se contemplaba a sí mismo. De este modo, se levantó un muro de separación entre la mujer y el hombre y Dios. Dios no podía ver su imagen reflejada. El hombre y la mujer no podían ver la Gloria que tenían antes del desastre y vagaron en la oscuridad y en la muerte, arrastrando a toda la creación tras de sí. No sólo eso, la mujer y el hombre sintieron odio hacia sí mismos y odio hacia Dios.
Pero Dios es Amor y amaba apasionadamente a la mujer y al hombre. En su corazón había una herida profunda, una añoranza por los hijos perdidos. Un dolor que hendía su corazón Amante y le estremecía de nostalgia por los frutos de sus entrañas, el hijo y la hija de su Amor.
Del Ser-en-Dios, el hombre y la mujer pasaron al no-ser-en-la-nada. Y toda la creación entró en la injusticia: el mal se apoderó del bien, la muerte aniquilaba la vida, la oscuridad ahogaba la luz, la nada dominaba sobre el ser. Pero Dios no cedió a la injusticia y se rebeló contra ella. No quiso ceder ni callar. Tenía que recuperar su credibilidad como Creador y esto sólo podía hacerlo rescatando a su hijo e hija amados que, sin Dios, no podían hacer nada y se perderían para siempre. Estaba en juego el Amor y estaba en juego Dios mismo.
2. EL PADRE ENGENDRA AL HIJO POR EL ESPIRITU.
Es cierto que el hombre y la mujer estaban dominados por la oscuridad, y es cierto también que la oscuridad no tiende hacia la luz. Sin embargo, también en lo más íntimo del alma humana una cierta memoria de la deidad perdida clamaba por la liberación. Había como un punto donde Dios aún tocaba el alma con su dedo. Y esa chispita mantenía abierta la esperanza. Pero el hombre y la mujer no podían regresar a la luz. No sabían cómo ir hacia ella.
Entonces, Dios, lleno de ternura materna, decidió cruzar Él mismo la frontera e ir hacia la oscuridad para llenarla de luz. El camino de acceso era esa chispita del alma. Bastaba que alguien escuchara su susurro eterno para iniciar una nueva Creación. Dios decidió probar suerte y pronunciar su Palabra en medio de la historia humana. Muchos hombres y mujeres captaron el susurro y se aventuraron a buscar el camino de regreso. Después de mucho tiempo, una mujer prestó oídos al Altísimo y abrió su vida totalmente a Dios. Entonces el Padre engendró al Hijo en el Espíritu Santo y surgió un hombre nuevo, de un seno virginal. Y la luz se enfrentó a la oscuridad: la vida venció a la muerte y todos los hombres y mujeres fueron invitados a volver a casa.
La puerta de acceso al Padre es el Verbo Encarnado: la Palabra de Dios que alienta en cada hombre y mujer, por el Espíritu Santo, una historia de Salvación. Desde que Jesucristo irrumpió en la historia humana todo cambió. Dios cambió. El hombre y la mujer cambiaron. La historia de Dios se convirtió en la historia del Dios-con-nosotros y nuestra historia humana pasó a ser la historia del nosotros-con-Dios. A todo aquel que abre su vida a Dios se hace capaz de Él y Dios viene a esa persona y le da todo su Ser. El Amor deviene Amante y el amado es transformado en el Amor. María representa la capacidad humana de recibir a Dios y Jesús representa el poder transfigurador de Dios que, otorgando su Palabra y dando su Espíritu, eleva a quien lo acoge a la categoría de hijo e hija de Dios.
Por eso el Maestro Eckhart preguntaba: «Oh Dios, ¿dónde pronuncias tu Palabra?» Sabía muy bien que, cuando el hombre y la mujer se desprenden de sí mismos y dejan que Dios actúe, Dios pronuncia su palabra y da a la mujer y al hombre todo lo que Dios tiene: se da a sí mismo. Y el hombre y la mujer son amados como Dios ama y en ese amor son transfigurados. Dios viene y actúa y Es en nosotros lo que Él Es en sí mismo. Su Amor es en nosotros un florecimiento del Espíritu. Desea establecernos en Él para poder amarnos en Él haciendo de nosotros un templo de su gloria. Se trata de ser hijos en el Hijo. Cristo ha de nacer en mí. El Padre quiere engendrar su Palabra en mí, por el Espíritu. Quiere ser en mí lo que Él es en sí mismo desde siempre y, así, quiere que yo sea en Él para que tenga vida en plenitud. Por eso el Padre entregó su Palabra y la sometió al pecado y a la muerte. De hecho vino a los suyos... y los suyos no le recibieron, pero a aquellos que le reciben les da el poder de ser hijos de Dios.
Catalina de Siena decía que Jesucristo es el puente que Dios ha tendido a la humanidad. Todo el que quiera vivir ha de pasar por ese puente. La muerte del Hijo en la Cruz supuso el total abandono de Dios en nuestras manos. Y la Resurrección del Crucificado permite que el Padre guarde memoria de la pasión y muerte de su Hijo para que su misericordia no cese y no deje de darnos su Espíritu, para que logremos la justificación que brota de su tierno Amor. El Padre nos elije eternamente en el Hijo y por Él nos da su Espíritu.
3. QUE DIOS AME EN MÍ
A lo largo de la historia del cristianismo muchos hombres y mujeres han sido colocados por Dios en medio del mundo para ser signos privilegiados del Amor de Dios. Tomás de Aquino decía que la Vida de Perfección consiste en el Amor, y que la razón de ser de los Consagrados es vivir en el amor y para el Amor. Dejar que el Padre engendre al Hijo por el Espíritu y ser signos de la acción de Dios en medio de las historias de los hombres y mujeres. Los religiosos y religiosas somos un signo de que la historia de Dios-con-nosotros no es un fracaso, sino una maravillosa realización. A nosotros Dios nos ha escogido por nuestro nombre para que todos vean lo que Dios quiere hacer con cada mujer y cada hombre.
Ser hijos en el Hijo significa dejar que Dios actúe en nosotros, nos vuelva a engendrar y, a través de la muerte a nosotros mismos, seamos transfigurados en pura luz. Por eso la vida cristiana no es más que un proceso por el cual el Padre engendra al Hijo en mí por el Espíritu Santo. Así sobre mí se pronuncian estas palabras: «Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy». De esta realización es signo y testimonio la Vida Consagrada, y ésa es su razón de ser en medio de la Iglesia y del mundo.
El Maestro Eckhart recordaba que la naturaleza del Padre es engendrar al Hijo, y la naturaleza del Hijo es que yo nazca en Él y según Él ante el Padre. La naturaleza del Espíritu Santo es que yo sea consumido en Él, fundido por completo en Él y que me convierta por completo en Amor. Sólo cuando Dios es en mí como Él es en sí mismo yo soy. Y mi vocación como religioso no es otra que la de Ser signo de lo que Dios ha obrado en mí por el Bautismo.
El mismo Eckhart decía que la gente no debiera de pensar tanto en lo que debe hacer. Debiera pensar más bien en lo que podría Ser. Pues no son las obras las que nos santifican, sino que somos nosotros los que santificamos las obras. En la medida en que tengo un ser santo y una naturaleza santa santifico todas las obras, ya se trate de comer, de dormir, de velar o de hacer cualquier cosa. Y soy santo cuando el Santo es en mí.
4. ASIRSE AL VERBO ENCARNADO
Catalina de Siena se encontró un día con Jesucristo y éste le preguntó: «Dime, hija, ¿quién eres tú y quién soy yo?» Catalina no supo qué decir y contestó: «dímelo tú». Jesús replica: «Yo soy el que Es y tú la que no eres». Ahí aprendió Catalina a asirse constantemente al Verbo Encarnado para ser en Él transformada en Hija del Padre y envuelta en el Amor que derrama el Espíritu Santo.
Ella, como el Maestro Eckhart, descubre tres etapas en el proceso de acceso a Dios. Para Eckhart se trata primero de abrir los ojos y contemplar la nada que soy y la luz que se me ofrece, esa luz me conduce al desierto del desasimiento para dejarme alcanzar ahí por el Amor de Dios, haciendo posible que Dios sea en mí como Él es en sí mismo. Catalina comprende que en el conocimiento de mí mismo me encuentro con los pies del Crucificado y a medida que me adentro en su misterio soy capaz de identificarme con su costado abierto, hasta que, totalmente muerto a mí mismo, soy capaz de besar su boca para identificarme totalmente con Él y entrar así en la voluntad del Padre y experimentar el fuego del Amor divino que se desborda en mí.
Santo Domingo decía que había aprendido todo lo que sabía en el libro de la Caridad. Y el libro de la Caridad es el Crucificado en el cual me encuentro con la humanidad ante Dios y con Dios ante la humanidad, decidiéndome a seguir a Cristo para que, mirando a Dios desde Jesucristo, desde el Crucificado que ha Resucitado, pueda mirar a los hombres y mujeres con su misma mirada de amor. Por eso la vocación dominicana es hablar con Dios o de Dios. La vocación dominicana es contemplación y palabra. Es desasimiento y plenitud en el Amor de Dios para ser Palabra de Dios en medio de los silencios humanos. Mirar a Cristo y seguirle es entrar en el fuego del Amor de Dios y aprender a amar como Él Ama. Ser en Él para que Él sea en mí lo que Él es en sí mismo.
Catalina de Siena escribió que «en ninguna parte encontraremos este fuego divino tanto como en nosotros mismos. Porque todas las cosas creadas son hechas por Dios para el hombre y la mujer, pero a la mujer y al hombre Dios los ha creado para sí, para que le amasen a Él con todo el corazón, con todo el afecto y con todas sus fuerzas. Por eso el alma que se ve amada no puede excusarse de no amar, pues ésa es la condición el Amor». Por eso Catalina entendió muy bien a Cristo cuando éste le decía: «Piensa en mí, y yo pensaré en ti».
5. DEJAR QUE ÉL SEA EN MÍ
El Señor me invitó a consagrar mi vida a su Amor. El lugar para ese encuentro es mi celda interior, haciendo de toda mi vida una "tienda del encuentro" donde Dos pueda ser en mí lo que Él es en sí mismo. Así podré hablarle cara a cara, como un amigo habla con su amigo. Y para llegar a esa plenitud he de desprenderme incluso de las imágenes que tengo de Dios, porque Él no es nada de lo que yo imagino. Él Es y yo sólo soy cuando Él Es en mí. Sólo lograré ser, cuando abandone mi nada y deje que Dios venga a mí y actúe sobre mí como actuó al principio, cuando nada existía fuera de Él... Cuando Él Es en mí, como Él Es en sí mismo, yo mismo soy transformado en su Amor: soy santificado en su Santidad, soy divinizado. Así, dejando que el Padre engendre a su Hijo en mí por el Espíritu, yo soy en Dios receptáculo del fuego divino y Él hace de mí una antorcha que porta ese fuego con el que soy enviado a iluminar las oscuridades en las que viven los hombres y mujeres a los que Dios me envía como a su Verbo Encarnado.
Para Amar a Dios no tengo más opción que permanecer en el amor de Cristo, como el sarmiento en la vid, pues sin Él no puedo hacer nada. Él me ha elegido para ser santo por el Amor. Mi vida consagrada a Él es una continua novedad y una continua transformación, porque en mí, por el Amor de Cristo, el Padre engendra al Hijo en el Espíritu para toda la eternidad. Por eso no se trata de lo que hago. Se trata de lo que Cristo es en mí y de lo que yo soy en Él. Por eso Catalina decía que si considero el fuego de la inestimable Caridad de Dios conmigo, mostrada en su Hijo Jesucristo, me brotará el amor a Él con todo el corazón y con todas las fuerzas. Al ver que Dios me ama buscando mi bien y no el suyo, le amaré por Él sin buscar mi utilidad. He de poner en Él mi entendimiento para contemplar lo secreto del corazón. Y el secreto del corazón de Dios es su tierno amor por cada hombre y mujer. De eso soy testigo y signo.
Eckhart predicaba con insistencia que Dios viene a mí como a su propio ser. De modo que yo soy el bien propio de Dios: aquello que Él desea para sí hasta el punto de comprometer su deidad. El mismo Maestro Eckhart decía con frecuencia que «Dios no se separa nunca del hombre y de la mujer, vayan a donde éstos vayan. La mujer y el hombre pueden apartarse de Dios, pero, por muy lejos que estén, Dios no se aparta nunca de ellos: permanece allí y aguarda y se cruza en nuestro camino antes incluso de que cualquiera de nosotros lo haya advertido». Sólo aquellos que permanecen desprendidos de sí mismos y a la espera de Dios logran vislumbrar la estela de su presencia. Es por eso que Enrique Susón, preguntando a su auditorio de consagrados si querían vivir en Dios y que Dios viviera en ellos en el tiempo y en la eternidad, respondía: «Aprended a morir a vosotros mismos. Esta muerte consiste en seguir, desnudos y despojados, a Cristo desnudo y despojado». Consecuentemente, si deseo que Dios sea mi bien, he de dejarme ser Su propio bien. Mi bien es Dios porque yo soy su propio bien propio.
Esta transformación la realiza Él. Es una operación de la divinidad. Dios me llama a consagrarme a Él para que Él pueda actuar en medio de la historia de los hombres y las mujeres y existan signos y testimonios de lo que Él Es y de lo que Él Ama. Se trata de dejar que el Hijo sea engendrado en mí, para que yo, asemejado al Hijo, sea admitido en el misterio de Dios. Porque Dios comprometió su Palabra y quiere recuperar su credibilidad rescatando lo que es suyo desde el principio y forma parte de su Ser. Por eso, la Palabra del Padre no puede regresar a Él vacía. Al recuperarme a mí, recupera también su Palabra sembrada en mí y, al revés, al recuperar su Palabra recupera el recipiente en el cual la depositó lleno de confianza y de ternura. La Palabra y el Espíritu acogidos en la carne transforman la carne y le confieren energía divina. Así mismo la Palabra refleja el Amor de Dios en la criatura y la devuelve al Creador, por lo que el hombre y la mujer son insertados en esa relación que acontece en el Espíritu Santo.
6. SIGNO Y TESTIMONIO DE SU GLORIA
El consagrado y la consagrada a Dios somos signo, testimonio y anticipo de la recuperación de la Palabra del Padre por la acción del Espíritu Santo. Dios me escogió, por pura gratuidad de su amor, para ser en mí lo que Él es en sí mismo. Por el Bautismo fui regenerado. Por la Eucaristía plenificado, en la configuración con la Trinidad. Pero al consagrarme totalmente a Dios, desasiéndome de mí mismo en todo, Él mismo me coloca como antorcha ardiente en medio de la historia humana para que su luz brille y su fuego dé calor. En la medida que me dejo abrasar en su fuego me consumo en su Amor, no para mi gloria sino para la suya, porque en su gloria yo tengo comprometida mi propia gloria que es su Amor.
La Iglesia espera de mí que sea signo de la santidad de Dios. Dios espera de mí que le deje ser en mí, como Él es en sí mismo. Los hombres y mujeres esperan de mí una oportunidad para el encuentro con el Padre y un signo de que es posible la reconciliación. Nadie espera de mí que sea un genio, o un gran tipo. De esos hay muchos, que ya tienen su recompensa, pues se han hecho dioses de sí mismos. Sólo tengo sentido si soy vasija de barro en manos del alfarero. Si dejo al Señor poner sus manos sobre mí para modelarme y hacerme transparente, para que todos vean su rostro enamorado en mi rostro cristificado por su Amor. Sólo soy si soy en Dios y Él logra hacer en mí su propio templo. Sólo viviré si muero abrasado en el Amor de Dios cuando Él sea en mí como Él es en sí mismo...
Hubo un tiempo en que la mujer y el hombre eran como Dios y vivían en Dios. Hubo un tiempo en que Dios se recreaba en el hombre y en la mujer. Llegó un tiempo en el que la mujer y el hombre se perdieron en la oscuridad. Pero llegó otro tiempo en que Dios rasgó el muro de separación, rompió su misterio y vino a rescatar a los suyos poniéndose Él mismo en medio de las tinieblas y de la muerte para luchar contra ellas.
7. SER HIJOS EN EL HIJO
Cuando el Padre engendra al Hijo en el Espíritu en mí, se recupera a sí mismo y me recupera a mí superándose a sí mismo con su propio Amor derramado en mí. Y ese ser en Dios es la razón de mi existir, pues, si no soy en Él, soy en la nada. Y si soy en la nada, nada soy. Pero Él ha tenido misericordia y ha pronunciado su Palabra y ha alentado con su Espíritu. Al decidir seguir a Cristo he empezado a ser como Cristo. Y si he empezado a ser como Cristo, he empezado a ser en Dios. Todo hombre y mujer están llamados a esta nueva creación. Yo, consagrado al Amor por el Amor, sólo soy signo de cómo Dios es capaz de ser en mí lo que Él es en sí mismo, y de cómo todo hombre y mujer están llamados a ser en Dios lo que eran al principio: una sola Comunión Testificada en un Único Amor.
El Maestro Eckhart predicaba un día: «Por el Amor de Dios, que es gratuito, Dios fluye en el alma. Si aparto mi razón (que es una luz) de todas las cosas para volverla directamente hacia Dios, derramándose Dios sin cesar por la gracia, mi razón es iluminada y unida al Amor. Y en Él conoce a Dios y ama a Dios tal como es en sí mismo. Por el amor a Dios descubrimos cómo Dios ha engendrado eternamente a su Hijo único y lo engendra ahora y eternamente. Este nacimiento es un conocimiento que ha brotado eternamente de su corazón paternal y en el que tiene todas sus delicias. Tiene todas sus delicias en su Hijo y sólo ama a su Hijo y todo lo que encuentra en Él, pues el Hijo es una luz que ha brillado eternamente en el corazón paterno. Para entrar allí debemos ascender de la luz natural a la luz de la gracia y, en ella, crecer hacia la luz que es el propio Hijo. Allí somos amados en el Hijo por el Padre con el amor que es el Espíritu Santo, eternamente brotado y abierto a su nacimiento eterno y abriéndose del Hijo hacia el Padre en tanto que su amor mutuo. Así debemos estar unidos por el Amor del Espíritu Santo en el Hijo y, por el Hijo, conocer al Padre y amarnos en Él, y a Él en nosotros por su mutuo amor».
8. EPÍLOGO: LA RECONCILIACIÓN
Juan Tauler aconsejaba a los consagrados a Dios lo siguiente: «remítelo todo a las profundidades de donde todo ha fluido». Los pilares de la Vida Consagrada son: la Comunión en la autodonación del Padre; el Testimonio en la Palabra que es el Verbo Encarnado; el Amor en la dinámica creadora y santificadora que es el Espíritu Santo. He ahí la profundidad de donde todo ha fluido.
Sí... érase una vez un hombre y una mujer oscurecidos. Sí... érase una vez un Dios enamorado que, loco de amor, vino a los suyos para ser en ellos como Él es en sí mismo. De eso somos testigos y signos, tú y yo, que hemos sido consagrados en su Amor. Ser en Dios es la causa de que estemos aquí. Y sólo seremos lo que tenemos que ser cuando el Padre engendre al Hijo en ti y en mí por el Espíritu. Siendo lo que tenemos que ser, como decía Catalina, arderemos en el Amor de Dios y prenderemos fuego a nuestro alrededor. Así brillará la luz de Dios en el rostro de los hombres y de las mujeres y, por las mujeres y los hombres glorificados, el Padre santificará de nuevo toda la creación comprada al precio de la Sangre de Cristo y vivificada en el Espíritu Santo.
Por Juan José Llamedo González, o.p.
LIBROS DE CONSULTA
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LIBERA, A., Eckhart, Suso, Tauler y la divinización del hombre, La Aventura Interior, Palma de Mallorca, 1999.
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MAESTRO ECKHART, El fruto de la nada, Siruela, Madrid, 1999.
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JIMÉNEZ HERNANDEZ, E., Santa Catalina de Siena, Madrid, 1999.
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ARGÁRATE, P., Portadores del fuego, DDB, Bilbao, 1999.
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VV.AA. Mujeres trovadoras de Dios, Paidós, Barcelona, 2000
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