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ESPIRITUALIDAD PARA TIEMPOS DE CAMBIO Por Gabriel M.
Nápole, o.p.

1. REFLEXIONES DESDE AMÉRICA LATINA: "QUEDA DIOS"

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El sentido de la consagración

El concepto teológico de "consagración" es el más adecuado para definir tanto la vida cristiana, como especialmente la vida religiosa. Porque aunque no toda consagración sea "vida religiosa", todo lo que la vida religiosa es, se centra y concentra en la consagración. En ella y desde ella se entienden todos los demás elementos que integran este modo de vida.

Sabemos que Cristo es, por definición, el consagrado. Él es la personificación de la consagración, porque Él resume, condensa y hasta "agota" en sí mismo toda verdadera consagración. Por eso la consagración, en sentido riguroso, debe entenderse siempre en referencia explícita, inmediata y exclusiva a Jesús de Nazaret.

La vida religiosa es, en sentido propio o peculiar, vida consagrada porque, además de la consagración o configuración con Cristo que confiere el bautismo a todo cristiano, es constitutivamente una nueva configuración con la persona de Jesús en su modo histórico de vivir: en virginidad, obediencia y pobreza vividas en comunidad. Ello Implica la entrega total de la persona a Dios, con "una donación absoluta e irrevocable, como la de Cristo" (9).

En esto consiste esencialmente la vida religiosa y esta es su misión sustantiva e irreemplazable: hacer otra vez visible a Jesús, en su entrega total al Padre y a las hermanas y hermanos. La vida religiosa es un modo estable de vivir en la Iglesia, de acuerdo con los consejos evangélicos. No es la profesión la que consagra, sino Dios por medio de ella. La vida consagrada está llamada a testimoniar claramente que "queda Dios y su Reino" en medio de la cambiante historia humana que nos toca vivir.

Todo esto será válido en la medida en que las religiosas y religiosos sean auténticos, es decir, en la medida en que adopten las actitudes vitales y totales —por dentro y por fuera— de Jesús, aún conscientes de la radical pobreza y de las numerosas limitaciones con que está jalonada nuestra existencia. Dichas limitaciones, siempre que sean "aisladas" y nunca convertidas en tono de vida, no deterioran una imagen ni invalidan un testimonio. Es la actitud de mediocridad y la falta de vibración las que rompen todo signo y falsean por dentro la vida religiosa, privándoles de su valor evangélico y también, en consecuencia, de su capacidad para forjar auténticas personalidades humanas, realizadas y maduras.

La palabra empeñada (10)

En muchas partes del mundo, sobre todo en los países influenciados por la cultura occidental, se constata una pérdida de confianza en el hecho de hacer promesas. Es probable que una de las razones por las que empeñar la palabra no es un acto que sea considerado con seriedad, se deba a que las palabras mismas no tienen actualmente gran importancia. Muchas veces surge la pregunta si uno puede ofrecer su vida a otro, —a Dios o en matrimonio—, sólo pronunciando unas palabras. Además, algunos caracterizan el ambiente cultural en el que vivimos como "del presente", porque las cosas que cuentan son las del momento presente. Esto puede ser fuente de una admirable espontaneidad y de una frescura e inmediatez muy valorable; pero también, puede ser un reflejo de la ausencia de proyectos que movilicen la existencia "hacia delante".

En el proyecto de la vida consagrada nos atrevemos a dar nuestra palabra sin saber lo que implicará. Y este es un acto de esperanza que nos vicula estrechamente a muchas personas para las cuales existe sólo la promesa. Cuando uno está sumido en la desesperación, agobiado por la pobreza y el desempleo o atrapado por el fracaso personal, entonces quizá no exista alguien más en quién poner la confianza que no sea Dios, que se ha comprometido con nosotros, que una y otra vez, ha ofrecido su alianza a la humanidad y que nos ha enseñado a través de los profetas a esperar la salvación. Quizás no se dé otra fuente de esperanza que creer en el Dios que nos ha dado su Palabra.

Si no sabemos lo que nuestras promesas implicarán ni a donde nos llevarán, es legítimo preguntarse cómo nos atrevemos a pronunciarlas. Hay una sola razón: porque Dios nuestro Padre lo ha hecho primero. Desde el principio, la historia de la salvación es la de un Dios que hace promesas, asegurándole a Noé que la tierra no volvería a ser inundada por las aguas; prometiéndole a Abraham una descendencia más numerosa que las arenas del mar, y a Moisés, liberar a su pueblo de la esclavitud. El cumplimiento de todas estas promesas es el mismo Jesucristo, el eterno "SÍ" de Dios.

Los consejos evangélicos, por su naturaleza, alcanzan un futuro desconocido. Para Santo Tomás hacer votos, es un acto de absoluta generosidad, porque uno da en un sólo instante una vida que ha de ser vivida sucesivamente en el tiempo (11). Para muchas personas en nuestro entorno cultural, esta entrega a un futuro que no se conoce es algo absurdo. Para nosotros este acto es parte de nuestra dignidad de hijas e hijos de Dios y un acto de confianza en el Dios Providente. "Hacer votos" sigue siendo un acto con un sentido profundísimo, un signo de esperanza en Dios que nos ha prometido el futuro y que, aunque desbordando nuestra imaginación, cumplirá su Palabra.

Tiempos de pasión

Los tiempos actuales son difíciles porque son muchas las cosas que están cambiando. Este tiempo de cambios será largo, aunque nos parezca que la realidad se ha transformado estrepitosamente. Desde una lectura cristiana, podemos decir que son tiempos de pasión, es decir, una etapa dura de la historia humana. Dureza que engendra sentimientos de desconfianza, incertidumbre, abandono, incredulidad y del "sálvese quien pueda".

Sin embargo, tiempos como éste son también una llamada a "dar razón de la esperanza" (I Pe. 3,15), a penetrar por la fe en el escándalo de la cruz que se manifiesta de tantas formas, y sacar allí la certeza inconmovible de la resurrección. Si la esperanza cristiana tiene como objeto un bien futuro, que es arduo pero posible de alcanzar (12), entonces no es correcto paralizarse argumentando la perplejidad sobre el futuro. Precisamente ese bien arduo tiene actualmente la nota de incertidumbre, pero hay que seguir buscándolo.

El equipo de reflexión del Centro Nazaret afirmaba: "Todo cambia. Pero, en medio de los cambios, el Reino está. En las nuevas situaciones, saliendo al encuentro de las seguridades y de las inseguridades, de los silencios doloridos, confundidos, tramposos o cómplices, de las obstinaciones y de las súplicas (...) de los sí, los no, los quizá y los no sé, de los ya no y los todavía sí, hay una Buena Noticia que abre, abre y abre. Una Noticia que vale la pena escuchar, encarnar y seguir. Una Promesa que no caduca y un Regalo que no falta. Y por eso, seguimos" (13).

La cruz de Jesús nunca dejará de impactarnos y, aunque nos acostumbremos a hablar sobre ella, siempre planteará un interrogante existencial: ¿Para qué? ¿Es necesario pasar por allí? ¿Qué sentido tiene? Un contexto cultural identificado como light, donde nada parece justificar grandes entregas o compromisos, hace más existencial la pregunta: ¿Hace falta llegar hasta ese extremo?

Sin embargo, y aunque nos sintamos a contracorriente, no se puede dejar de creer y afirmar que Jesús, en la cruz, convierte la muerte en vida, la tristeza en alegría, la servidumbre en libertad, las tinieblas en luz, la división en unidad, la violencia en paz y la desesperación en esperanza. La cruz es testimonio elocuente de que Jesús no anuló los tiempos difíciles y conflictivos. Tampoco los hizo fáciles y llevaderos. Simplemente los convirtió en gracia y esperanza. La experiencia histórica testimonia que, una vez condenado y crucificado, Jesús fue abandonado y sus discípulos se dispersaron. Pero el Evangelio de Juan aporta el verdadero sentido de la cruz, contrario a ese hecho histórico: "Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí" (Jn. 12,32).

Por eso, cuando pareciera que los seres humanos nos hundimos en el desencanto y en la desilusión, o cuando, detrás de todo esfuerzo, aparentemente lo único que se refleja es el fracaso; desde la cruz de Jesús se revela como don insospechado y siempre a disposición, la proclamación de que Dios está con nosotros siempre y no de cualquier manera, sino como quien se entrega, en el Hijo, a favor de sus hijas e hijos. El Dios de la vida es experimentado en situaciones de muerte.

Una vez más habrá que recordar para estos tiempos, las palabras de Pablo, cuando describe su propio itinerario: "Nos gloriamos hasta de las mismas tribulaciones, porque sabemos que la tribulación produce la constancia; la constancia, la virtud probada, y la virtud probada, la esperanza. Y la esperanza no quedará defraudada, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado" (Rm. 5,3-5).

Son tiempos en los cuales dos desafíos parecen revestir carácter de especial urgencia. El desafío de volver a alimentar la propia esperanza y también la esperanza del pueblo de Dios en medio de situaciones de cansancio, desaliento y frustraciones. Es la transposición concreta y existencial, para nuestra realidad, de la experiencia paulina del "esperar contra toda esperanza".

Últimas motivaciones

En el transcurso de su seguimiento de Jesús, los discípulos experimentaron la necesidad de plantearse nuevamente las razones de semejante opción. Al respecto, recordemos la escena dramática que presenta sólo el Evangelio de Juan cuando, después del discurso de Jesús en la sinagoga de Cafarnaún, el evangelista hace notar que "muchos de sus discípulos, al oírlo, dijeron: ‘Es duro este lenguaje. ¿Quién puede escucharlo? (...) Desde entonces muchos de sus discípulos se volvieron atrás y ya no andaban con él." En ese contexto se inscribe la pregunta de Jesús: "¿También ustedes quieren irse?" (Jn 6,60.66.67). Son momentos cruciales en los cuales hay que revisar las últimas motivaciones y volver a optar.

Es evidente que la nueva realidad que se impone, reconocida como época de crisis y cambios profundos, va a suscitarnos interrogantes acerca de la modalidad de nuestro seguimiento histórico de Jesús. En principio, eso no es despreciable; más bien, nos ofrecerá una oportunidad como en su momento se le ofreció a los discípulos de Jesús.

Precisamente al mirar los Evangelios y, en particular, observando a aquellos que siguieron a Jesús, pueden encontrarse como dos motivos o impulsos fundamentales, dos núcleos de sentido que impulsaron a ese seguimiento. Por un lado, la mística de los milagros, es decir, el conjunto de motivaciones apoyadas en las acciones milagrosas de Jesús. En este caso, se actúa y se camina porque se ve y porque se puede. Es una motivación que se apoya en cierta eficacia demostrada. En efecto, Jesús transformaba la realidad y eso era comprobable "al corto plazo".

Por el otro, la mística de la cruz. Se trata del conjunto de motivaciones que llevan a seguir a Jesús cuando, en realidad, no se ve ni aparentemente se puede. Se parte de la impotencia, de la "desproporción" y no de la eficacia. De hecho, puede parecer contradictorio impulsar una acción cuando se parte de la impotencia. Pero habrá que distinguir "acciones" diferentes. Observando las narraciones evangélicas, obtenemos que al menos son posibles dos "acciones": el estar al pie de la cruz y allí bajar al crucificado.

Somos tan fuertes como la vulnerabilidad e inermidad de Dios y de Jesús Crucificado. Pero allí está la vida. Son tiempos de fe teologal con el amor de resistencia fundada en el Espíritu del Señor (14). Él viene en ayuda de nuestra debilidad para fortalecernos en el camino.

Por Gabriel M. Nápole, o.p.

Buenos Aires – Argentina

NOTAS

1 Cf. J. Jiménez León, "Sufrimiento, muerte, cruz y martirio", Mysterium Liberationis. Conceptos fundamentales de la teología de la liberación II (I. Ellacurría – J. Sobrino, eds.), Madrid 1990, pp. 477-494.
2 C. De Freitas, "¿Todavía la opción por los pobres?", Boletín Clar 33 (1995), p. 14.
3 Cf. P. Trigo, "Inculturación de la vida consagrada en los barrios", Testimonio 144 (1994), p. 65.
4 Puebla 448.
5 Cf. Puebla 466.
6 Puebla 282.
7 El ejemplo paradigmático es la manifestación de la Virgen de Guadalupe. Ella se aparece en 1531 a un indio (todavía se dudaba de su condición de personas), habla en lengua indígena; el indio Juan Diego va a anunciar el mensaje al Obispo (el no-persona habla de Dios a la Iglesia, personificada en el Obispo); quiere un templo en esa colina para proteger a los habitantes de esa tierra.
8 G. Gutiérrez, Beber en su propio pozo, Salamanca 1985, pp. 44.46.

9 ET 7.
10 Cf. T. Radcliffe, "Entregados a la misión", Informaciones Dominicanas Internacionales 319 (1994) pp. 64-66.
11 Cf. Tomás De Aquino, Summa Theologicae II-II q. 186 ad 2.
12 Ibid. I-II q. 40. a. 1; II-II q. 17 a. 1.
13 Equipo De Reflexión Del Centro Nazaret, Crepúsculos y amaneceres. Un nuevo modo de pensar para una nueva realidad, Buenos Aires 19942, p. 11.
14 Cf. S. Ramírez, "Creo en los pobres", Boletín Clar 33 (1995), p. 21.