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¿Cómo hacer posible la unidad de la Iglesia
desde la diversidad de sus miembros?
CONSTATACIONES
Comenzamos con una constatación: la diversidad en la Iglesia española es un hecho. El pluralismo de la sociedad tiene su paralelismo en el pluralismo interno de la Iglesia española, de modo que resulta posible encontrar católicos militantes en todo el espectro político. Esto supone un verdadero cambio histórico, sobre todo si lo comparamos con la situación anterior a los años 70. Este pluralismo aparece también a la hora de hablar de las preferencias electorales de los católicos: el llamado voto católico está fraccionado y disperso en un amplio abanico de opciones políticas. Ya no es un voto uniforme, sino muy plural, y resulta posible constatar que actualmente se ha producido un desplazamiento hacia posiciones políticas de izquierda en un amplio sector de católicos.Este hecho ha evidenciado que los principios básicos de comportamiento derivados del Evangelio son históricamente susceptibles de diversas concreciones en el espacio de las opciones sociales y políticas, lo que pone de manifiesto la autonomía de los católicos para expresar sus preferencias políticas. Este dato es característico del proceso de secularización en el que estamos inmersos.
La autonomía política de los cristianos a la hora de manifestar sus preferencias electorales, tiene su expresión más nítida en esta sencilla idea: es posible ser un buen cristiano y votar a un partido de izquierdas. De hecho, son muchos los católicos españoles que votan a partidos que se declaran de izquierda. Pero incluso entre los que no les votan, son mayoría los que defienden esta idea que acabamos de enunciar.
RAZONES DEL PLURALISMO
Constatado el hecho del pluralismo, sería bueno intentar averiguar sus motivos. El pluralismo es necesario, al menos por dos razones: por la diversidad de situaciones culturales y por los diferentes niveles de conciencia. Diversidad de situaciones culturales: no es la misma la situación en Europa que en Africa o Asia o América. Diversidad de niveles de conciencia: no todos tienen la misma cultura ni la misma formación, y aparecen hoy verdaderos problemas (en el terreno político, económico, médico) que no pueden resolverse repitiendo la predicación de san Pablo en Roma o en Corinto. Ya hace años que Pablo VI dijo bien claramente que ante situaciones tan diversas, era difícil pronunciar una palabra única, o proponer una solución con valor universal. Y añadía: "no es esta nuestra ambición ni tampoco nuestra misión. Corresponde a las comunidades cristianas analizar la situación de su país, iluminarla a la luz del evangelio, deducir principios de reflexión, normas de juicio y directrices de acción".Dicho de otro modo: es la gente que vive o que tiene sus propios problemas la que debe buscar soluciones. Y si es cristiana, estas soluciones deberán buscarlas a la luz del Evangelio.
Cierto, el pluralismo plantea una serie de problemas y necesita una serie de reglas. La primera dificultad que plantea el pluralismo es que es necesario que quienes gobiernan o enseñan tengan una visión amplia de las cosas, una visión pluridimensional; la segunda dificultad es que cualquier realización se expone a ser criticada por aquellos que no la comprenden. Las reglas del pluralismo serían:
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Es necesario encontrar modos de expresión que lleguen a todos y a cada uno.
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No puede obligarse a nadie, por el hecho de ser cristiano, a tener una conciencia o unos estudios muy desarrollados, pero tampoco tenemos el derecho a impedírselo.
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Cualquiera puede expresar su fe de la manera que convenga a su cultura y nivel de conciencia.
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Nadie debe juzgar lo que no comprende.
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Hay mentalidades que no comprenden lo que dicen otras mentalidades más completas.
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EL MIEDO QUE DA EL PLURALISMO
Lo cierto es que el pluralismo da miedo a muchos. ¿Por qué? El pluralismo parece ser el lugar de lo poco seguro. El hecho de que haya otras opiniones, da a entender que las mías pudieran no ser las mejores y, en consecuencia, parece que mis seguridades se tambalean.
Sólo la persona madura puede vivir en la pluralidad. La mentalidad infantil se desorienta. Los maduros saben ver en cada acontecimiento y persona los aspectos positivos y negativos. Para el niño, en cambio, sólo existe lo bueno y lo malo. No hay medias tintas. Ante una película, ¿no preguntan los niños quiénes son los buenos y quiénes son los malos? Cuando estos dos grupos no están claros, tienen dificultades para entender la película. Pues bien, los fundamentalistas también dividen así la realidad. Tienen miedo de perder su identidad y, por tanto, marcan claramente dónde comienza lo mío y lo del otro, lo bueno y lo malo. De este modo, toda pedagogía que deja claro que yo no acabo en mí mismo, sino que para ser yo, debo abrirme a los otros, es una pedagogía pacificadora. Yo no puedo existir solo. Necesito de los otros. Los otros forman parte de mí mismo. Por tanto, lo otro por principio no es malo. Es lo que me hace ser.
¿QUÉ ENTENDEMOS POR IGLESIA?
Vayamos ya directamente con la pregunta que encabeza este artículo: ¿cómo hacer posible la unidad de la Iglesia desde la diversidad de sus miembros? Todo el problema se reduce a responder a otra pregunta: ¿qué entendemos por Iglesia?Hasta el Concilio Vaticano II se definía la Iglesia de forma jurídica. Se decía que era una sociedad de fieles, fundada por Jesucristo, que tenían la misma fe, celebraban los mismos sacramentos y obedecían a la misma autoridad. Esta sociedad tenía una forma piramidal, como si fuera un sistema escalonado: Dios, Cristo, el papa, los obispos, los sacerdotes, los diáconos, seguidos de los religiosos, y.,al final de la escalera,los laicos, primero los varones y luego las mujeres y los niños. Con esta imagen no hay unidad más que cuando uno obedece y repite lo que dicen los de arriba.El Concilio Vaticano II propuso otras imágenes. La Iglesia es pueblo de Dios y es reflejo del misterio trinitario. La imagen, por tanto, de una familia, de una comunión. Si la Iglesia es pueblo de Dios, eso significa que todos los miembros tienen la misma dignidad, que todos son iguales y que el hecho de ser cristiano es más importante que la organización. En este pueblo todos tienen un papel activo y personal. Todos participan. No se trata de una masa, sino de personas conscientes, que tienen sus responsabilidades y sus convicciones. La Iglesia es además imagen de la Trinidad, es como una familia. Todos escuchan a todos, todos tienen algo que decir, y si es verdad que hay un padre en la familia que tiene la última palabra, esta palabra la pronuncia después de escuchar con mucha atención lo que dicen los otros. En la familia, todos tienen el mismo espíritu, como ocurre también en la Iglesia: todos los bautizados han recibido el mismo espíritu, y todos se entienden, todos conocen y saben de las asuntos familiares.Ahora ya podemos responder claramente a esta pregunta: ¿por qué, si yo no estoy de acuerdo con el obispo o con el sacerdote de mi parroquia, no me voy de la Iglesia? Porque la Iglesia no es un partido político, en el que los que no piensan igual que quien lo preside, deben irse a otro partido. La Iglesia es una comunidad de intérpretes. Todos interpretan. Yo también. El obispo también interpreta. El obispo ha recibido el Espíritu. Yo también. El mismo Espíritu. Lo que ocurre es que yo tengo otras experiencias, otros problemas, otras dificultades, otras necesidades y otras responsabilidades. El Espíritu me ilumina en mi realidad. El Espíritu es la verdadera fuente de toda autoridad en la Iglesia.En estos últimos años se ha querido frenar un poco la fuerza de la imagen de la Iglesia como pueblo de Dios, presentando otra imagen: la Iglesia como misterio. Y así parecería que sólo los enterados, los expertos, tendrían las llaves del misterio. Pero no hay que olvidar que este misterio es un misterio de comunión. Y la comunión no supone la uniformidad, sino el hecho de que, siendo diferentes, nos amamos, porque hay una realidad más profunda que nos une.
Con esto, me parece que ya tenemos los elementos para responder a la pregunta: ¿cómo hacer posible la unidad de la Iglesia desde la diversidad de sus miembros? Es posible la unidad en la diversidad si consideramos a la Iglesia como un pueblo que vive el amor y la comunión. Un pueblo en donde todos tienen la palabra, un pueblo que no tiene miedo a las diferencias, que las respeta, que considera lo diferente no como un ataque, sino como una riqueza. |