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CONFESAR LA CULPA:
¿CONVERSIÓN O DESTRUCCIÓN?
Por Carlos Dominguez
La culpa en el primer plano
Con demasiada frecuencia quizás, parece que para situarse en la presencia de Dios, se hiciese necesario, a modo de primera instancia, confesar la propia culpa. Como si Dios, al hacerse presente en nuestras vidas, exigiese, a modo de requisito previo, la confesión de nuestra pequeñez y de nuestra indignidad. Sólo cumplida esta condición, que vendría como a situar las cosas "en su sitio", se haría posible el establecimiento de la comunicación.Todo ello ocurre, por lo demás, sin necesidad de que seamos del todo conscientes del tema. Quizás no se instale en nuestras palabras una petición explícita de perdón o una confesión clara de nuestra pequeñez. Pero, a veces, una actitud profunda de autodepreciación y descontento se instala como premisa previa en nuestro interior a la hora de situarnos en la presencia de Dios. Todo ello tiene lugar, además, no en razón de una justa conciencia de nuestra pequeñez y limitación frente a la grandeza y la santidad de Dios, sino en razón de un movimiento de tipo compulsivo que, desde dentro, nos empuja al abajamiento y a la confesión de nuestra culpabilidad. Podremos sentarnos después o quedarnos de pie, pero parece que el primer paso obligado será postrarse de rodillas. Simbólica, internamente. Ese es el problema.Por lo demás, podemos estar tan habituados a este modo de comportarnos, que quizás nos pasen por ello desapercibidas las implicaciones poco maduras y poco cristianas que se esconden en ese modo de concebir la relación con Dios. Como en tantas otras ocasiones, quizás tan solo comparando esta actitud ante Dios con la que guardamos en nuestras relaciones con los otros, entendamos en profundidad la extraña dinámica que ponemos en juego bajo ese modo de proceder.Imaginemos así el encuentro de dos enamorados, de dos amigos o el que puede tener lugar entre un hijo y su padre. Modelos, por lo demás, que frecuentemente han sido elegidos por Dios para ayudarnos a comprender quién es él con nosotros. Pues bien, ¿qué pensaríamos, si de modo obligado, esas dos personas, enamorado, amigo o hijo, iniciasen cotidianamente su encuentro con una petición de perdón, antes mismo de apenas haberse saludado? Algo extraño, sin duda, pensaríamos que tiene lugar en ese modo de proceder. En cualquier relación interpersonal profunda, será sin duda necesario acudir a la petición de perdón en determinados momentos.Parece evidente que asumir el daño que infringimos al otro y demostrar la capacidad para reconocerlo explícitamente ante él constituye un rasgo de madurez en la relación interpersonal. Pero parece más evidente todavía que situar la confesión de la culpa como apertura de todo encuentro, estaría poniendo de manifiesto una auténtica perversión de sentido en la relación que así se establece.
A veces nos comportamos con Dios de ese modo. Nuestra respuesta al saludo es la petición de perdón. El mismo ritual litúrgico nos invita diariamente en la Eucaristía, apenas oída la salutación de parte de Dios, a confesar que somos pecadores. Una y otra vez sin remedio. Muchas de las oraciones que nos acompañan durante el tiempo de Cuaresma parecen expresar también una imagen de Dios que se encuentra en permanente espera de nuestra confesión de culpabilidad. La cuestión surge entonces con gravedad: ¿Es realmente Dios el interesado en que reconozcamos permanentemente nuestros desvíos personales como primer requisito para encontrarnos con El, o es nuestra conciencia, sería mejor decir, inconsciencia de culpa?
El primer plano para Jesús
A través de una lectura elemental de los Evangelios, parece claro que la pedagogía seguida por Jesús no fue precisamente ésta de forzar la confesión de la culpa como paso inaugural para entrar en relación con él. Tenemos que pensar que fue más bien todo lo contrario; es decir, que positivamente pretendió cambiar los términos en los que, generalmente, el hombre religioso pretende situar la cuestión.En efecto, parece como si Jesús se hubiese esforzado en derribar ese muro que separa al pecador de los otros y que, internalizado, pone también una barrera con la que él mismo parece sentirse separado de Dios. Es decir, parece que el empeño de Jesús fue el de deshacer el nudo con el que el pecador, tantas veces, intenta ahogarse a sí mismo en la soga de su culpabilidad. No es el perdón de los pecados lo primero que Jesús nos invita a que solicitemos en el Padrenuestro sino la venida de su Reino (Mt 6,9-13; Lc 11,1-4). No es la confesión de la culpa lo primero que exigió el padre al hijo pródigo como primera condición, sin la cual no se hubiera podido iniciar la fiesta con que celebrar su vuelta (Le 15,11-32). No es el reconocimiento de su proceder injusto lo primero que forzó Jesús en su encuentro con Zaqueo (Lc 19,1-10). Es la relación gozosa y solidaria, es poder entrar en su mundo, el hospedaje, el encuentro. Sólo a partir de ese encuentro que no pide ni solicita perdón en primera instancia, pudo surgir la conciencia del propio pecador: "Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres..." Los otros se escandalizan de que Jesús se hospede en la casa del pecador. Para ellos la culpa está situada en el primer plano. Por eso, lo primero es la acusación, el juicio y la condena; pero para Zaqueo, el modo de proceder de Jesús, que pide encuentro antes que confesión, trae consigo la conversión. Esta es la consecuencia de un encuentro gozoso y no el resultado de padecer previamente una humillación.Todo lo dicho, además, no debe inducirnos a pensar que ese modo de proceder de Jesús fuese resultado de una actitud más o menos condescendiente o de una mal entendida "tolerancia" frente al pecado: sus exigencias éticas y religiosas superaron con mucho a la de los escribas y fariseos. Sabemos muy bien que el que quiere seguirle tiene que dejar mucho y estar dispuesto todavía a más: a tomar la cruz en un descentramiento radical de sí mismo para ponerse exclusivamente en la órbita del Reino (Me 8,35-38). Pero esto se lleva a cabo desde el convencimiento profundo de que se está ya perdonado y de que la energía que antes se derrochaba en un intento desesperado por "salvarse", tiene ahora que ser empleada en una lucha por la transformación de esta sociedad perversa e injusta en Reino de Dios. No adoptó Jesús en modo alguno una actitud complaciente frente el pecado ni mínimamente cómplice con el pecador. Pero al no situar la culpa en el primer plano de la relación del hombre con Dios llevó a cabo una auténtica revolución teológica que parece que todavía no hemos asimilado.
Si las cosas son efectivamente así, tenemos que plantearnos entonces una grave cuestión: ¿Ante quién nos estamos poniendo de rodillas cuando, nada más oír el saludo de Dios, nos sentimos empujados a la confesión de nuestra indignidad y de nuestra culpa?. El psicoanálisis puede ayudarnos quizás a responder a esta seria cuestión.
Las culpas originales
La culpa, nos ha enseñado el psicoanálisis, existe antes que la ley e incluso antes que la religión. Es un movimiento primitivo, arcaico, que, aunque nos parezca extraño, nos acompaña casi desde el momento mismo de nacer. Mucho antes, por tanto, de que tengamos la más mínima conciencia del bien ni del mal y mucho antes también de que exista en nosotros actitud de relación y, por ende, de religión.Ya en los primeros meses, el bebé es presa de unos oscuros y profundos sentimientos de culpa derivados de unos procesos complejos en los que el amor y el odio se entrecruzan por su mundo. Culpa de carácter muy arcaico y que, ajena a cualquier conciencia de bien o de mal, expresa un temor profundo a ser abandonado o rechazado por aquellos a quienes se necesita radicalmente para vivir.Culpa, después, relacionada con difíciles peripecias de la primera infancia y en los que la sexualidad y la agresividad juegan como motores fundamentales de su génesis. Es la culpa enclavada en la problemática del complejo de Edipo y que termina dando lugar al nacimiento de una decisiva instancia de corte paterno en nuestra personalidad, que el psicoanálisis ha denominado con el término de "Superyó": ojo eternamente abierto en nuestro interior que, sin permitirse el más mínimo parpadeo, vigila, propone modelos y castiga la trasgresión de sus normas e ideales.
La culpa, pues, nos acompaña como una necesaria estructura psíquica que puede, como tantas otras de nuestro mundo interior, contribuir a nuestra maduración y crecimiento o (ésta de la culpa con particular intensidad) conducirnos hacia actitudes de vida enormemente regresivas, patológicas y autodestructivas. La religión, puede, como ninguna otra dimensión de la cultura, hacerse, cómplice en esa segunda alternativa. El carácter inconsciente que de modo tan importante juega en la vivencia de la culpabilidad, facilita ese deslizamiento. Con ello, la experiencia cristiana estaría cayendo de lleno en una trampa que la pone en peligro de alejarla considerablemente de la Buena Nueva que Jesús nos trajo.
El Dios de las relaciones infantiles
También el psicoanálisis nos ha planteado un problema que afecta de modo decisivo a nuestras relaciones con el mundo, con los otros y, por tanto, también a nuestra relación con Dios. Es lo que se ha denominado bajo el término de transferencia. Con él se describe un proceso mediante el cual actualizamos en el presente los antiguos modos de relación que fueron constituyéndonos durante el período de nuestra infancia. Aquellas primeras relaciones interpersonales, habidas particularmente en el seno de nuestra familia, se constituyen como unos esquemas básicos de todas nuestras posteriores relaciones con los otros. De esas relaciones primeras se desprenden esas actitudes profundas de búsqueda de protección, de temor a ser abandonados, de envidia o de gratitud, de confianza o desconfianza, etc... que abrigamos, muchas veces de modo inconsciente, hacia los demás. Son, pues, como una especie de clisés de relación que se actualizan sin cesar en nuestras relaciones interpersonales y, desde ahí, tenemos que pensar que actúan también en nuestras actitudes profundas hacia Dios. Es más, quizás en este caso de un modo más importante todavía, en cuanto que Dios visiblemente no viene, como tantas veces hacen los otros, a modificar y corregir nuestros posibles falsos enfoques de la relación.Hemos visto que nuestros sentimientos de culpa aparecen en la vida asociados indisolublemente a nuestras primeras relaciones con el mundo y, en particular, con nuestros padres. Así, pues, nuestros esquemas relacionales, llevan impresos los modos en los que nos hemos manejado con los sentimientos de culpa aparejados a ellos, también, naturalmente, con Dios. Y aquí es donde surge el problema del papel positivo o negativo que en nuestra vida de fe pueden desempeñar los sentimientos de culpabilidad. Es importante, por lo demás, no olvidar que todo este tipo de transferencias pueden tener lugar paralelamente con unas correctas y muy actualizadas consideraciones teológicas sobre el modo de entender las relaciones con Dios. En este terreno las cosas funcionan a otro nivel.Desde nuestra afectividad más profunda, en efecto, podemos estar convirtiendo a Dios en una especie de madre que, de modo continuo, nos sitúa en el peligro de ser abandonados. La oración se puede convertir, entonces, en un modo más o menos mágico de intentar apaciguar esa angustia y de asegurarnos que Dios, como madre, no nos abandonará. La oración se convierte entonces en una afirmación compulsiva de nuestros deseos de ser "buenos para mamá". Es la culpa que, en sus niveles más primitivos, funciona como miedo a perder el amor del otro. Dios vendría a convertirse, en este caso, en el instrumento mediante el cual se trataría de calmar, de aliviar, los sentimientos "malos" que desde nuestro interior nos amenazan.También por la actuación de la transferencia podemos convertir a Dios en una proyección de nuestro "Superyó". Entonces, el Dios que encontraremos en la oración será el Dios exigente, siempre insatisfecho y que de modo continuo nos devuelve la imagen de nuestra pequeñez, de nuestro no saber cumplir, de nuestra indignidad permanente. Es una oración marcada por los temas de los desalientos y propósitos permanentes, por los remordimientos y la demanda continua de perdón. Es una oración que viene a caer en una especie de hiper-moralismo que, por otra parte, despoja a nuestra vida espiritual de su necesaria vertiente mística; es decir, de encuentro con Dios movido por un ardiente deseo de su presencia. Todo se consume dentro de los esquemas de la virtud o el pecado, como si nuestra relación con Dios tuviese como única finalidad el logro de una desesperada salvación personal. A Dios lo hemos convertido en ese ojo abierto de permanente vigilancia interna que es el "Superyó".
Dentro de este último esquema se comprende que algunas personas lleguen a sentir un temor más o menos profundo a la oración, manifestado a veces como desgana o incluso como positivo rechazo ante la idea de ponerse a rezar. Sencillamente están defendiéndose de una experiencia sumamente dolorosa: la de sentirse impotentes, indignos o acusados permanentemente por ese Dios que, como proyección del "Superyó" encuentran diariamente en su comunicación con Dios. La oración se ha convertido para ellos, sin que lleguen a tomar conciencia clara del asunto, en una especie de cuarto oscuro de castigo interno.
¿Conversión o autodestrucción?
Todo ello deriva de la ambigüedad que los sentimientos de culpa poseen para nuestro desarrollo y maduración. Por una parte, necesitamos de esa estructura psíquica de la culpabilidad que nos hace sentirnos a disgusto con nosotros mismos cuando nuestro comportamiento se aleja de lo que nos hemos propuesto como ideal ético o religioso. Ese dolor del remordimiento quiere ser como una especie de termómetro que marca el estado de nuestra conducta. Pero sabemos también de modo particularmente claro a partir de los descubrimientos psicoanalíticos, que los remordimientos de conciencia pueden responder a causas que ignoramos y que se desplazan y camuflan bajo modalidades más "honrosas".Saber sentirse culpable en determinadas ocasiones constituye un signo evidente de madurez. "La culpa no la quiere nadie", reza el dicho popular. Con frecuencia podemos tender a negarla o también a proyectarla hacia el exterior responsabilizando a los otros o a las circunstancias de nuestros males y de las limitaciones que no deseamos asumir. Aprender a soportar el displacer ocasionado por una sana autocrítica es un reto que todos tenemos por delante en el logro de nuestra maduración. Y una condición indispensable para nuestro progreso en la vida de fe. Sin reconocimiento de la culpa no existe posibilidad de transformación ni de cambio. Tampoco de conversión.Existe una culpa de tonalidad depresiva que surge como expresión del daño realizado. Daño infringido al otro, ruptura del encuentro, pérdida de nuestro amor y pérdida de los valores que pretendemos que presidan nuestra vida y nuestro comportamiento. Es una culpa fecunda que surge como descubrimiento del engaño que descuidadamente se había instalado en nuestra vida. En el decir de San Ignacio es una culpa que produce "lágrimas motivas" (Ejercicios Espirituales, 319), dinamismo de conversión y de cambio. Esa conciencia de culpabilidad mira al futuro evitando agotar toda su energía en una reconsideración minuciosa de la responsabilidad tenida a lo largo del pasado. Es una culpa al servicio de las pulsiones de vida y que viene a expresar el deseo profundo de seguir viviendo más y mejor.Pero la culpa, lo hemos visto también, puede constituirse en nuestra vida como un foco de autodestrucción revestido, por desgracia en más de una ocasión, de imperativo de fe. Es una culpa persecutoria (angustiosa, más que triste o depresiva) y que, además resulta infecunda. Es la que en el decir también de San Ignacio produce "lágrimas amargas" (69). No expresa el deseo de vivir sino que más bien pone de manifiesto una dinámica destructiva de autodepreciación y de muerte.
Esa culpa, en realidad, no tiene en cuenta el daño realizado. Tan sólo repara en el peligro de perder el amor del otro, en ese caso de Dios (como si Dios nos amase por lo que nosotros somos y no por lo que El es) o en el daño ocasionado a la propia imagen ideal. Es, por tanto, una culpa egocéntrica que encierra al sujeto en sí mismo. Paralelamente, la vida espiritual queda polarizada en una obsesión de perfeccionamiento narcisista. Dios y su Reino cuentan poco en realidad, por más que el sujeto quiera pensar lo contrario. El final es que el sujeto acaba viviendo para su culpa, o, como se expresaría en la dinámica del régimen de la Ley descrito por Pablo, para sí mismo y no ya "para Cristo Jesús que por nosotros murió y resucitó" (2 Co 5,15).
¿Pedro o Judas?
Toda la doble dinámica de la culpa que acabamos de analizar encuentra en el Evangelio una magnífica ilustración viviente: Pedro o Judas, dos ilustraciones, pues, de la doble dinámica que pueden desencadenar los sentimientos de culpabilidad.
Ambos han roto su alianza con Jesús. Ambos rompieron su vínculo con él por la negación el uno y por la conducta traidora el otro. Ninguno de los dos resultaron ser un psicópata; es decir, un sujeto que permanece indiferente al daño que ha podido ocasionar. Ambos son presa del remordimiento por lo que hicieron y ambos se encuentran en una dinámica que quisiera borrar lo que previamente llevaron a cabo. Pedro llora amargamente y Judas devuelve las monedas de plata a los sumos sacerdotes, confesando su culpa de modo explícito (Mt 26,310). Pero el desenlace final resulta diametralmente opuesto. Pedro parece sentirse lavado con sus lágrimas, "amargas" primero; "motivas" después, podríamos decir. Las de Judas son exclusivamente "amargas" y autodestructivas. A Pedro le duele la mirada que Jesús le echó al pasar (Le 22,61); a Judas parece que le duele tan sólo la mirada que él mismo echa sobre su propia imagen manchada. El final para uno es la vida; vida decepcionada primero y revolucionada de nuevo otra vez por el reencuentro. Para el otro el final es la muerte, el suicidio como máxima expresión de la dinámica autodestructiva que tantas veces la culpa desencadena.
Tiempo de gozo, tiempo de compromiso y tiempo de conversiónHay un tiempo para la conversión y un tiempo para el gozo y el compromiso. Debe haber en nuestra experiencia de fe momentos en los que la conciencia de daño (por acción u omisión) se instale en nuestro interior y nos mueva a la transformación y al cambio. Como debe ocurrir también en cualquier tipo de relación interpersonal profunda. Pero el problema se plantea cuando toda la experiencia de fe parece encontrarse invadida por una tendencia permanente a la culpa bajo las diversas (y a veces sutiles) modalidades en las que puede presentarse. El problema viene cuando el Dios ante el que nos situamos, nos devuelve permanentemente una imagen negativa de nosotros mismos, cuando situarnos ante El significa de modo inmediato sentir insatisfacción o autorreproche. Cuando su presencia no mueve, o apenas mueve, el gozo de la presencia. Cuando nuestro Dios parece no querer para nosotros lo que nosotros deseamos más ardientemente desde nuestro interior: ser felices.El problema se plantea cuando ese Dios se constituye para nosotros sólo en memoria de nuestra limitación y no en llamada a realizar un proyecto: la lucha por la constitución de su Reino, en el que todos los hombres lleguen a experimentar su profundo anhelo de felicidad. Corresponderle a Dios sintiendo el gozo por su presencia y moviéndonos para responder a su invitación para trabajar por el Reino, debería ser quizás más importante que la permanente obstinación por presentarnos ante El con una bella imagen. Dios es mayor que nuestra conciencia (1 Jn 3,20). No arruinemos, pues, nuestro gozo ni nuestro urgente trabajo por el Reino carcomiéndolo con la polilla de la enferma culpabilidad.
(Carlos Domínguez "Cuadernos de Oración", nº 78, NARCEA ED.) |