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LECTURAS ESPIRITUALES

 

PENSAMIENTOS DE SANTA TERESA DEL NIÑO JESÚS Abril-mayo-junio de 1897

Recogidos por Sor Inés de Jesús, c.d.i.

6 de abril de 1897

Cuando no se nos comprende o se nos juzga desfavorablemente, ¿a qué defendernos o dar explicaciones? Dejémoslo pasar, no digamos nada, ¡es tan bueno no decir nada, dejarse juzgar, digan lo que digan...! En el Evangelio no vemos que santa María Magdalena haya dado explicaciones cuando su hermana la acusaba de estarse a los pies de Jesús sin hacer nada. No dijo: «¡Si supieras, Marta, lo feliz que soy, si escucharas las palabras que yo escucho! Además, es Jesús quien me ha dicho que me esté aquí». No, prefirió callarse. ¡Venturoso silencio, que da al alma tanta paz <1>! «Que la espada del espíritu, que es la palabra de Dios, esté siempre en nuestra boca y en nuestros corazones». Cuando nos encontremos con un alma poco agraciada, o nos desanimemos, no la abandonemos nunca. Tengamos siempre en la boca «la espada del espíritu» para reprenderle sus faltas, no dejemos pasar las cosas por conservar nuestra paz, luchemos siempre, aun sin esperanzas de ganar la batalla. ¿Qué importa el triunfo? Lo que Dios nos pide es que no nos detengamos por las fatigas de la lucha, que no nos desanimemos diciendo: «¡Peor para ella! No se puede conseguir nada, hay que dejarla por imposible». No, eso es cobardía, hay que cumplir con el deber hasta el final <2>.

¡Qué importante es no hacer juicios sobre nada aquí en la tierra! Mirad lo que me sucedió, hace algunos meses <3>, en la recreación. Fue una nadería, pero me enseñó mucho. Sonaron dos golpes de campana, y, como la procuradora estaba ausente, sor Teresa de San Agustín necesitaba de una tercera (religiosa que acompañaba a la procuradora cuando ésta hacía entrar obreros en clausura). Ordinariamente resulta enojoso hacer de tercera, pero en esa ocasión más bien me atraía porque había que abrir la puerta para recibir unas ramas de árbol para el belén. Sor María de San José estaba a mi lado, e intuí que compartía mi deseo infantil. «¿Quién me va a servir de tercera?», dijo sor Teresa de San Agustín. Inmediatamente me puse a desatarme el delantal, pero lentamente con el fin de que sor María de San José estuviese lista antes que yo para cubrir la plaza, como ocurrió. Entonces sor Teresa de San Agustín dijo, riéndose y mirándome a mí: «Seguro que va a ser sor María de San José quien añadirá esta perla a su corona. ¡Vuestra Caridad iba demasiado lentamente!». Yo sólo contesté con una sonrisa y volví a mi trabajo, pensando en mi interior: «¡Qué diferentes, Dios mío, son tus juicios a los de los hombres! Por eso nosotros nos equivocamos muchas veces en la tierra, tomando por imperfección en nuestras hermanas lo que es mérito ante tus ojos».

7 de abril

Le preguntaba de qué manera moriría yo, haciéndole ver mis aprensiones. Me contestó, con una sonrisa llena de ternura: «Dios te absorberá como a una gotita de rocío...» <7>.

18 de abril

Acababa de confiarme ciertas humillaciones muy penosas que le habían infligido algunas hermanas. Y comentó: «Dios me proporciona así todos los medios para permanecer muy pequeña; pero eso es lo que hace falta. Yo estoy siempre contenta. Me las arreglo, aun en medio de la tempestad, para mantenerme en una gran paz interior. Si me hablan de disensiones entre las hermanas, yo procuro no excitarme a mi vez contra ésta o contra aquélla. Necesito, por ejemplo, sin dejar de escuchar, mirar por la ventana y gozar interiormente de la vista del cielo, de los árboles... Hace poco, durante mi conflicto con sor X, yo miraba con gran placer cómo retozaban las hermosas picazas en el prado, y me sentía tan en paz como en la oración... He discutido mucho con..., estoy muy cansada pero no temo la guerra. Es voluntad de Dios que luche hasta la muerte. ¡Madrecita, reza por mí!

Cuando rezo por ti, no digo el Padrenuestro o el Avemaría; digo simplemente, en un arranque del corazón: «Dios mío, colma a mi Madrecita de toda clase de bienes, ámala aún más si puedes».

Era yo todavía muy pequeña cuando nuestra tía ame dio a leer un cuento que me extrañó mucho. Pues en él se alababa a una directora de internado porque sabía salir airosamente de cualquier apuro, sin herir a nadie. Me fijé sobre todo en esta frase: «A ésta le decía: tú no tienes la culpa; a aquélla: tienes razón!». Yo pensaba para mí: eso no está bien. Aquella directora no debería haber tenido miedo de nada y tendría que haber dicho a las niñas que habían actuado mal, cuando era así. Hoy no he cambiado de opinión. Me cuesta mucho actuar así, lo confieso, pues siempre lo más fácil es echar la culpa a los ausentes, y eso aplaca enseguida a la que se lamenta. Sí, pero... <8> yo hago todo lo contrario. Si no me quieren, ¡peor para ellas! Yo digo siempre toda la verdad; si no quieren saberla, que no vengan a buscarme.

No hay que dejar que la bondad degenere en debilidad. Cuando se ha reprendido a alguien justamente, hay que mantenerse firmes, sin dejarse ablandar hasta el punto de acongojarse por haber causado dolor, por ver sufrir y llorar. Correr tras la afligida para consolarla es hacerle más daño que provecho. Dejarla consigo misma es obligarla a recurrir a Dios para reconocer sus faltas y humillarse <9>. De otra manera, se acostumbraría a recibir consuelo después de una reprimenda merecida y, en las mismas circunstancias, actuaría siempre como una niña mimada que grita y patalea hasta que su madre viene a enjugarle las lágrimas.

 

1 de mayo

No es «la muerte» quien vendrá a buscarme, será Dios. La muerte no es un fantasma ni un espectro horrible, como se la representa en las estampas. En el catecismo se dice que la «la muerte es la separación del alma y el cuerpo», ¡no es más que eso! Hoy he tenido el corazón totalmente inundado de paz celestial. ¡Había rezado tanto ayer noche a la Santísima Virgen, pensando que su hermoso mes iba a comenzar! Tú no estabas esta noche en la recreación. Nuestra Madre nos dijo que uno de los misioneros que se embarcaron con el P. Roulland había muerto antes de llegar a la misión. Este joven misionero había comulgado en el navío con las hostias del Carmelo que le dimos al P. Roulland... Y ahora ha muerto sin haber hecho ningún apostolado, sin haberse tomado ninguna molestia, por ejemplo la de aprender el chino. Dios le ha concedido el martirio de deseo; ya ves cómo El no necesita de nadie.

 

7 de mayo

Nuestra familia no permanecerá mucho tiempo en la tierra... Cuando yo esté en el cielo, os llamaré muy pronto... ¡Y qué felices seremos! Todas nosotras hemos nacido coronadas... ¡Toso! ¡Toso! Hago como la locomotora de un tren cuando llega a la estación. Yo también estoy llegando a una estación: a la estación del cielo, ¡y lo anuncio!

 

9 de mayo

Podemos decir muy bien, sin vanagloria, que hemos recibido gracias y luces muy especiales. Vivimos en la verdad; vemos las cosas bajo su verdadera luz. A propósito de esos sentimientos que una a veces no puede evitar, cuando, después de haber prestado un servicio, no se recibe ninguna muestra de gratitud, me dijo la Madre: «Te aseguro que también yo experimento ese sentimiento de que me hablas. Pero no me dejo nunca atrapar por él, pues no espero ninguna recompensa aquí en la tierra: lo hago todo por Dios; y de esta manera, nada puedo perder y siempre me doy por bien pagada del trabajo que me tomo por servir al prójimo». Si, por un imposible, ni el mismo Dios viese mis buenas acciones, no me afligiría por ello lo más mínimo. Le amo tanto, que quisiera darle gusto sin ni que él mismo supiese que soy yo. Al verlo y al saberlo, está como obligado a «pagármelo», y yo no quisiera causarle esa molestia...

 

15 de mayo

Me siento muy contenta de irme pronto al cielo. Pero cuando pienso en aquellas palabras del Señor: «Traigo conmigo mi salario, para pagar a cada uno según sus obras», me digo a mí misma que en mi caso Dios va a verse en un gran apuro: ¡Yo no tengo obras! Así que no podrá pagarme «según mis obras»... Pues bien, me pagará «según sus propias obras...» Me he formado una idea tan alta del cielo, que a veces me pregunto cómo se las arreglará Dios, después de mi muerte, para sorprenderme. Mi esperanza es tan grande y es para mí motivo de tanta alegría no por el sentimiento, sino por la fe, que necesitaré algo por encima de todo pensamiento para saciarme plenamente. Preferiría vivir en eterna esperanza a sentirme decepcionada. En fin, pienso ya desde ahora que, si no me siento suficientemente sorprendida, aparentaré estarlo por complacer a Dios. No habrá peligro alguno de que le haga ver mi decepción; sabré ingeniármelas para que él no se dé cuenta. Por lo demás, me las arreglaré siempre para ser feliz. Para lograrlo, tengo mis pequeños trucos, que tú ya conoces y que son infalibles... Además, con sólo ver feliz Dios bastará para que yo me sienta plenamente feliz.

Le había hablado de ciertos ejercicios de devoción y de perfección aconsejados por los santos y que a mí me desanimaban, y me dijo la Madre: «Yo ya no encuentro nada en los libros, a no ser en el Evangelio. Este libro me basta. Escucho con verdadera delicia estas palabras de Jesús que me dicen todo lo que tengo que hacer: «Aprended de mí, que soy mando y humilde de corazón»; y encuentro la paz, según su promesa: «... y encontraréis descanso para vuestras almas».

Echo a mis pajaritos, a derecha y a izquierda, los granos buenos que Dios pone en mi manita. Y luego, ¡que sea lo que Dios quiera! No vuelvo a ocuparme más de ello. Unas veces, es como si no hubiera echado nada; otras, ayuda. Pero Dios me dice: «Da, da siempre, sin preocuparte del resultado». Me encantaría ir a Hanoi para sufrir mucho por Dios. Quisiera ir allá para estar completamente sola, para no tener consuelo alguno en la tierra. En cuanto a la idea de ser útil allí, ni siquiera se me pasa por el pensamiento, estoy completamente segura de que no haría absolutamente nada. En realidad, me da igual vivir que morir. No entiendo bien qué podré tener después de la muerte que no tenga ya en esta vida. Veré a Dios, es cierto, pero en cuanto a estar con él, ya lo estoy completamente en la tierra.

 

18 de mayo

Me han liberado de todos los oficios. Y pensé que mi muerte no causaría el menor trastorno a la comunidad. ¿Te apena el pasar por un miembro inútil ante las hermanas? No, ésa es la menor de mis preocupaciones, ¡me da exactamente igual! Al verla tan enferma, había hecho todo lo posible para conseguir que nuestra Madre la dispensase de rezar los oficios de difuntos. Y me dijo: «Por favor, no me impidas rezar mis «pequeños» oficios de difuntos. Es lo único que puedo ya hacer por las hermanas que están en el purgatorio, y eso no me cansa lo más mínimo. A veces, al final del silencio, tengo un momentito libre, y eso más bien me relaja... Necesito tener siempre algo que hacer; de esa manera, no estoy preocupada ni pierdo nunca el tiempo. Había pedido a Dios poder seguir los actos de comunidad hasta mi muerte. ¡Pero él no quiere! Estoy segura de que podría muy bien asistir a todos los oficios divinos, no moriría por ello ni un minuto antes. A veces pienso que, si no hubiera dicho nada, no me creerían enferma.

 

19 de mayo

¿Por qué estás hoy tan alegre?... Porque esta mañana he tenido dos «pequeñas» penas. ¡Muy agudas, sí...! Nada como las «pequeñas» penas me producen «pequeñas» alegrías...

 

20 de mayo

Me dicen que tendré miedo a la muerte. Puede ser. No hay nadie aquí que desconfíe más que yo de sus sentimientos. Yo nunca me apoyo en mi parecer; sé muy bien cuán débil soy. Pero quiero disfrutar del sentimiento que Dios me da ahora. Siempre habrá tiempo de sufrir por lo contrario.

21 - 26 de mayo

Teófano Vénard (mártir que murió muy joven) me gusta todavía más que san Luis Gonzaga, porque la vida de san Luis Gonzaga es extraordinaria, y la suya totalmente ordinaria. Además, es él quien habla, mientras que en caso del santo es otro el que escribe y el que le hace hablar; ¡y entonces, no se sabe casi nada de su «pequeña» alma! Teófano Vénard quería mucho a su familia, y yo también quiero mucho a mi «pequeña» familia. No entiendo a los santos que no quieren a su familia... ¡Sí, a mi pequeña familia de aquí, yo la quiero mucho! Quiero mucho, mucho a mi Madrecita. Voy a morir pronto, pero ¿cuándo? Sí, ¿cuándo...? ¡Nunca acaba de llegar! Soy como un niñito al que se le está prometiendo siempre un pastel: se lo enseñan desde lejos, y luego, cuando él se acerca para cogerlo, retiran la mano... Pero, en el fondo, estoy totalmente resignada a vivir, a morir, a recobrar la salud o a ir a Cochinchina, si Dios así lo quiere. Después de mi muerte, no hace falta que me rodeéis de coronas. A las personas que quieran traerlas, podréis decirles que prefiero que empleen ese dinero en rescatar a algunos negritos. Eso sí que me gustaría. Hace algún tiempo, sentía mucho tomar remedios caros; pero al presente no me preocupa lo más mínimo, al contrario. Es así desde que leí en la vida de santa Gertrudis que ella se alegraba en su interior, diciéndose que todo redundaría en provecho de los que nos hacen el bien. Y se apoyaba ene estas palabras de Nuestro Señor: "¡Todo lo que hicisteis con uno de mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis!". Estoy convencida de la inutilidad de los remedios que tomo para curarme; pero me las he arreglado con Dios para que haga que se aprovechen de ellos los pobres misioneros enfermos que no tienen ni tiempo ni medios para curarse. Le pido que los cure a ellos, en vez de a mí, por medio de los medicamentos y del reposo que a mí me obligan a tomar. Me ha repetido tantas veces que soy valiente, y esto responde tan poco a la verdad, que me he dicho a mí misma: ¡Qué se va a hacer, no hay que dejar por mentiroso a todo el mundo! Y me he puesto, con la ayuda de la gracia, a trabajar por adquirir esa valentía. He hecho como el guerrero, que, al oírse felicitar por su bravura, sabiendo muy bien que no es más que un cobarde, acaba por sentir vergüenza de los elogios y quiere merecerlos. Cuando esté en el cielo, ¡cuántas gracias pediré para ti! Sí, importunaré tanto a Dios, que si al principio quisiera negarse a lo que le pido, mi insistencia lo obligará a satisfacer mis deseos. Esta historia está en el Evangelio. ...Si los santos me demuestran menos cariño que mis hermanitas, será muy duro para mí..., y me iré a llorar en un rinconcito... Los santos inocentes no serán niñitos en el cielo; sólo tendrán los encantos indefinibles de la infancia. Se los representa como "niños" porque nosotros tenemos necesidad de imágenes para comprender las cosas del espíritu... Sí, yo espero unirme a ellos. Si quieren, seré su pajecito y llevaré la cola de sus trajes... Si no tuviese esta prueba del alma, que no se puede comprender, estoy segura que moriría de alegría al pensar que pronto dejaré la tierra. Esta noche estaba un poco triste, preguntándome si Dios estaría realmente contento de mí. Pensaba en qué diría de mí cada una de las hermanas, si se lo preguntasen. Una diría: «Es un alma buena, puede llegar a ser santa». Otra: «Es muy amable, muy piadosa, pero esto..., y lo de más allá...». Y otras tendrían también otros pareceres; muchas me juzgarían muy imperfecta, lo cual es verdad... Mi Madrecita me quiere tanto, que el amor la ciega, así que no puedo creerla. ¿Y quién me dirá lo que piensa Dios? Estaba en estos pensamientos cuando me llegó tu billetito. Me decías que todo en mí te gustaba, que Dios me amaba de manera muy especial, que él no me había hecho subir como a las demás la áspera escalera de la perfección sino que me había puesto en un ascensor para que llegase antes a Él. Todo eso me emocionaba, pero el pensamiento de que tu amor te hacía ver lo que en realidad no existía me impedía gozar en plenitud. Entonces tomé en mis manos el Evangelio, pidiendo a Dios que me consolase, que él mismo me respondiera... Y he aquí que mis ojos se posaron en este pasaje que nunca me había llamado la atención: «El que Dios envió habla las palabras de Dios, porque no le comunicó su Espíritu con medida». Entonces derramé lágrimas de alegría, y esta mañana, al despertarme, me encontraba todavía inundada de gozo. Eres tú, Madrecita querida, la que Dios me ha enviado, eres tú quien me educó, eres tú quien me ha traído al Carmelo; todas las grandes gracias de mi vida las he recibido a través de ti. Por eso, tú dices las mismas cosas que Dios, y ahora creo que Dios está muy contento de mí, ya que tú me lo dices.

 

26 de mayo: Víspera de la Ascensión

Esta mañana, durante la procesión, estaba y en la ermita de san José y miraba de lejos por la ventana a la comunidad en la huerta. Era fantástica esa procesión de religiosas con capas blancas; me hacía pensar en el cortejo de las vírgenes en el cielo. Al doblar el paseo de los castaños, os veía a todas medio tapadas por las altas hierbas y por los capullos dorados del prado. Era cada vez más delicioso. Y de pronto, entre esas religiosas veo a una, de las más elegantes, que mira hacia mí y se inclina sonriendo para hacerme una seña de que me había visto. ¡Era mi Madrecita! Inmediatamente me acordé de mi sueño: la sonrisa y las caricias de la madre Ana de Jesús, y sentí que me invadía la misma impresión de dulzura que entonces. Y pensé: ¡De modo que los santos me conocen, me aman, me sonríen desde lo alto y me invitan a reunirme con ellos! Entonces se me saltaron las lágrimas... Hace muchos años que no había llorado tanto. ¡Y qué dulces eran esas lágrimas!

 

27 de mayo: Fiesta de la Ascensión

Yo quiero un «circular» -reseña necrológica que se envía a todas las hermanas- , porque siempre he pensado que deberé corresponder al oficio de difuntos que cada carmelita dirá por mí. No comprendo muy bien cómo hay quienes no quieren circular; es tan hermoso conocerse, saber un poco con quiénes vamos a vivir eternamente. No tengo absolutamente ningún miedo a los últimos combates, ni a los sufrimientos de la enfermedad, por grandes que sean. Dios me ha socorrido siempre, me ha ayudado y me ha llevado de la mano desde mi más tierna infancia..., cuento con él. Estoy segura de que continuará ayudándome hasta el fin. Tal vez llegue a no poder más, pero nunca tendré demasiado, de esto estoy segura. No sé cuándo moriré, pero creo que será pronto. Tengo muchas razones para esperarlo así... No deseo más morir que vivir. Es decir: si tuviese que escoger, preferiría morir; pero como es Dios quien escoge por mí, prefiero lo que quiera él. Me gusta siempre lo que él hace. Que no piensen que, si me curo, eso me va a desconcertar o desbaratar mis humildes planes. ¡En absoluto! La edad no es nada a los ojos de Dios, y yo me las arreglaré para seguir siendo una niña aunque viva mucho tiempo. Siempre miro el lado bueno de las cosas. Hay quienes se lo toman todo de la manera que más les hace sufrir. A mí me ocurre todo lo contrario. Cuando no tengo más que el sufrimiento puro, cuando el cielo se vuelve tan negro que no veo ni un solo claro entre las nubes, pues bien, hago de ello mi alegría... ¡Me pavoneo! Como en las humillaciones de papá, que hacen que me sienta más gloriosa que una reina. [A propósito de su muerte]. Soy como una persona que, al tener un billete de lotería, tiene más posibilidades de que le toque que otra que no lo tiene. Sin embargo, tampoco ella está segura de conseguir un premio. A fin de cuentas, yo tengo un billete, que es mi enfermedad, y puedo abrigar esperanzas. Me acuerdo de una vecinita de los Buissonnets, de 3 años de edad, que, al oír que las otras niñas la llamaban, decía a su madre: "¡Mamá, me necesitan allí!, déjame ir, por favor..., ¡"me necesitan allí...! Pues bien, me parece que hoy los angelitos me llaman, y yo te digo como aquella niñita: «¡Déjame partir, me necesitan allí!». No los oigo, pero los siento.

Cuando hacia el mes de noviembre se había proyectado mi partida para Tonkín, ¿te acuerdas que comenzamos una novena a Teófano Vénard para obtener una señal de la voluntad de Dios? En aquel entonces volví a asistir a todos los actos de comunidad, incluso a Maitines. Pues bien, justo durante la novena comencé de nuevo a toser, y desde entonces sólo voy de mal en peor. Es él quien me llama. Me gustaría mucho tener su retrato. Es un alma que me encanta. San Luis Gonzaga estaba serio incluso en la recreación, pero Teófano Vénard estaba siempre alegre.

29 de mayo

Botones de fuego por segunda vez. Por la noche yo estaba triste, y abrí el Evangelio delante de la Madre para consolarme. Mis ojos se posaron sobre estas palabras, que le leí: «Ha resucitado, no está aquí, mirad el sitio donde lo pusieron». Y me dijo: ¡Sí, así es! En efecto, yo ya no soy, como en mi infancia, accesible a cualquier sufrimiento. Estoy como resucitada, no estoy ya en el sitio en que me creen... ¡Pero no te aflijas por mí! He llegado a no poder ya sufrir, porque cualquier sufrimiento me resulta agradable.

30 de mayo

Ese día, se le dio permiso para que me contara su vómito de sangre del Viernes Santo de 1896. Como le manifesté mi gran pesar por no haber sido avisada enseguida, me consoló lo mejor que pudo y por la noche me envió este billete: «No sufras, Madrecita querida, porque parezca que tu hijita te ha ocultado algo, pues tú sabes muy bien que si te ha ocultado una esquinita del sobre, nunca te ha ocultado ni una sola línea de la carta. ¿Pues quién conoce mejor que tú esta cartita que tanto amas? A las demás se les puede enseñar el sobre por todos sus lados, pues no pueden ver más que eso, ¡¡¡pero a ti...!!! Tú sabes ya, Madrecita, que fue el día de Viernes Santo cuando Jesús comenzó a rasgar un poco el sobre de TU cartita. ¿No te alegra que él se disponga a leer esta carta que tú estás escribiendo desde hace 24 años? ¡Si supieras qué bien sabrá ella decirle tu amor durante toda la eternidad!»!... ¡Tal vez sufras mucho antes de morir...! No te aflijas por eso, ¡lo deseo tanto!... ¡No sé cómo haré en el cielo para vivir sin ti!

4 de junio

Le he pedido a la Santísima Virgen no seguir estando amodorrada y enajenada, como me encontraba todos estos días; me daba cuenta de que eso te apenaba. Y esta noche me ha escuchado. ¡Hermanitas mías, qué feliz me siento! Veo que voy a morir pronto, ahora estoy segura de ello... No os extrañéis si no me aparezco a vosotras después de la muerte y si no veis ninguna cosa extraordinaria como señal de mi felicidad. Acordaos de que mi «caminito» es no desear ver nada. Sabéis bien lo que tantas veces he dicho a Dios, a los ángeles y a los santos: que no es mi deseo aquí en la tierra verles... Los ángeles vendrán a buscarte, dijo sor Genoveva. ¡Cómo nos gustaría verlos! No creo que los veáis, pero no por eso dejarán de estar allí... Sin embargo, por complaceros, me gustaría tener una hermosa muerte. Se lo he pedido a la Santísima Virgen. No se lo he pedido a Dios porque quiero dejarle hacer lo que él quiera. Pedirle a la Santísima Virgen no es lo mismo. Ella sabe bien lo que ha de hacer con mis pequeños deseos, si tiene que decirlos o no... En definitiva, ella es la que tiene que juzgar, para no obligar a Dios a escucharme, para dejarle hacer en todo su voluntad. Esta noche he logrado poder consolaros un poco y estar muy amable, pero no debéis esperar verme así en el momento de la muerte... ¡No lo sé! Quizás, de repente, la Santísima Virgen ha hecho esto por su cuenta, sin decírselo a Dios; y en ese caso, eso no prueba nada para más tarde. No sé si iré al purgatorio, y no me preocupa en absoluto; pero si voy, no lamentaré no haber hecho nada por evitarlo. Nunca me arrepentiré de haber trabajado únicamente por salvar almas. ¡Cuánto me alegra saber que Nuestra Madre santa Teresa pensaba lo mismo! Hermanitas, no os aflijáis si sufro mucho y si no veis en mí, como ya os he dicho, ninguna señal de felicidad en el momento de mi muerte. Nuestro Señor murió ciertamente víctima de amor, ¡y ya veis qué agonía fue la suya...! Todo eso no significa nada. Deseaba sufrir y he sido escuchada. Desde hace varios días estoy sufriendo mucho. Una mañana, durante la acción de gracias después de la comunión, sentí unas angustias como de muerte... ¡y sin una pizca de consuelo!

5 de junio

Si una mañana me encuentras muerta, no sufras: será que papá Dios habrá venido a buscarme con la mayor sencillez. Sin duda es una gracia muy grande recibir los sacramentos; pero cuando Dios no lo permite, también está bien, todo es gracia.

6 de junio

El Sr. Youf me ha dicho acerca de mis tentaciones contra la fe: «No se detenga usted en eso, es muy peligroso». No es muy consolador oír una cosa así, pero afortunadamente no me impresiono por ello. Pero estáte tranquila, que no voy a devanarme los «sesitos» atormentándome. También me ha dicho: «¿Está usted resignada a morir?" Y yo le contesté: "Padre, me parece que sólo se necesita resignación para vivir; para morir, lo que yo siento es alegría». Cuando era niña, los grandes acontecimientos de mi vida me parecían montañas inalcanzables. Al ver a las niñas hacer la primera comunión, me decía a mí misma: ¿Cómo haré yo en mi primera comunión...? Más tarde: ¿Cómo haré para entrar en el Carmelo...? Y luego: ¿para tomar el hábito?, ¿para hacer la profesión? ¡Actualmente, es para morir! Le dije: «Los ángeles te llevarán en sus palmas, para que tu pie no tropiece en la piedra». Respondió: Sí, eso está bien para ahora mismo; pues más tarde, después de mi muerte, ¡¡¡ya no encontraré ningún obstáculo!!! Tras la visita del Dr. de Cornière, que la había encontrado mejor, le dije: «¿Estás triste?». No, no... He encontrado en el Evangelio: «Pronto veréis al Hijo del Hombre sentado sobre las nubes del cielo»... Yo respondí: «¿Cuándo, Señor?». Y en la página de enfrente leí estas palabras: «Hoy mismo». Pero todo esto... es para que no nos inquietemos por nada, ni por querer vivir ni morir... ¡Sin embargo, tengo muchas ganas de irme! Le digo a la Santísima Virgen que haga ella lo que quiera.

8 de junio

Pronto vendréis todas conmigo; ¡ea, esto no durará mucho!... A sor María de la Trinidad, que le pedía que se acordase de ella en el cielo, le dijo: «Aún no has visto más que el cascarón; pronto verás el pollito». Habíamos hablado de esas largas enfermedades que con frecuencia cansan a las enfermeras, lo cual constituye un gran sufrimiento para las enfermas que se dan cuenta de ello. Me dijo: «Yo acepto seguir como estoy hasta el final de una vida muy muy larga. Y si eso le agrada a Dios, acepto incluso que «me tomen ojeriza».

 

9 de junio

Se dice en el Evangelio que Dios vendrá como un ladrón. A mí vendrá a robarme con gran delicadeza. ¡Cómo me gustaría ayudar al Ladrón! ¡Con qué paz dejo que digan a mi alrededor que estoy mejor! La semana pasada estaba levantada, y me creían muy enferma. Esta semana no puedo tenerme en pie, estoy agotada, ¡y mira por dónde me creen ya sana! ¡Pero qué importa! Sin embargo, ¿tú crees que morirás pronto?... Sí, espero irme pronto. La verdad es que no estoy mejor; me duele mucho el costado. Pero siempre lo diré si Dios me cura, no sufriré la menor decepción. Soy como un niñito en la estación del ferrocarril, que espera a sus papás para que lo suban al tren. ¡Pero ellos no vienen y el tren se va! Bueno, hay otros trenes y no todos los voy a perder...

 

10 de junio

Había mejorado, y le extrañaba. Tenía que hacer esfuerzos por no dejarse llevar de la tristeza... La Santísima Virgen cumple bien mis encargos, ¡volveré a dárselos! El ha comprendido, y eso es lo que hace. Yo ya no entiendo nada de mi enfermedad. ¡Ahora resulta que he mejorado! Sin embargo, me abandono y me siento feliz. ¡Qué sería de mí si abrigase la esperanza de morir pronto! ¡Cuántas decepciones! Pero no llevo ninguna, porque me contento con todo lo que Dios hace y sólo deseo su voluntad.

 

11 de junio

Había arrojado flores al San José de la huerta (al fondo del paseo de los castaños), diciendo con tono infantil y gracioso: «¡Toma!»... ¿Por qué arrojas flores a san José? ¿Para obtener alguna gracia?... ¡No...! Es por complacerle... Yo no quiero dar para recibir.

12 de junio

No me creen tan enferma como estoy en realidad. Por eso me resulta más penoso verme privada de la comunión y del oficio divino. Pero mejor que nadie se preocupe ya por eso. Yo sufría mucho por ello, y había pedido a la Santísima Virgen que arreglase las cosas para que nadie sufriese. Y me escuchó. En cuanto a mí, no me importa que piensen o que digan lo que quieran. No veo razón para desconsolarme.

13 de junio

Me da la impresión de ser una tela atirantada en el bastidor para que la borden, y que nadie viene a bordarla. ¡Espero y espero! Pero en vano... En fin..., no es nada extraño: ¡los niñitos no saben lo que quieren!... Digo esto porque pienso en el Niño Jesús: él es quien me ha atirantado en el bastidor del sufrimiento para darse el gusto de bordarme y luego el de aflojarme para ir a mostrar allá arriba su precioso trabajo.

15 de junio

El día 9, veía muy claramente a lo lejos el faro que me anunciaba el puerto del cielo, pero ahora ya no veo nada, tengo los ojos como vendados. Ese día veía al Ladrón [Dios]; ahora ya no le veo en absoluto. Lo que me dicen sobre la muerte ya no penetra en mi interior; es como si resbalase sobre una losa. ¡Se acabó! La esperanza de la muerte se ha gastado. Sin duda es que Dios no quiere que piense en ella como antes de caer enferma. Entonces, ese pensamiento me era necesario y muy provechoso, y así lo sentía. Pero hoy ocurre lo contrario. Dios quiere que me abandone como un niñito que no se preocupa de lo que harán con él. ¿Estás cansada de ver que tu estado se prolonga? ¡Debes de estar sufriendo mucho!... Sí, pero «me place»... ¿Por qué?... Porque «le place» a Dios. Estoy contenta, no ofendo a Dios lo más mínimo durante mi enfermedad. Hace un poco, estaba yo escribiendo sobre la caridad, y con mucha frecuencia venían a interrumpirme; entonces, he procurado no impacientarme y poner en práctica lo que estaba escribiendo.

22 de junio

Estaba en la huerta. Cuando me acerqué a ella por la tarde, me dijo: ¡Qué bien que entiendo las palabras de Nuestro Señor a nuestra Madre santa Teresa! «¿Sabes, hija mía, quiénes son los que aman de verdad? Los que reconocen que todo lo que no se refiere a mí no es más que mentira». ¡Qué gran verdad me parece esto, Madrecita! Sí, fuera de Dios, todo es vanidad.

23 de junio

Le decía yo: «¡Ay, yo no tendré nada que dar a Dios a mi muerte: tengo las manos vacías! Y eso me entristece mucho. Claro, tú no eres como «el bebé», que sin embargo se encuentra también en esas mismas condiciones... Aunque yo hubiese realizado todas las obras de san Pablo, seguiría creyéndome un «siervo inútil»; y eso es precisamente lo que constituye mi alegría, pues, al no tener nada, lo recibiré todo de Dios».

26 de junio

Ayer me dolió mucho el costado, luego... ¡esta mañana cesó el dolor! ¡Ay, cuándo me iré con Dios! ¡Cómo me gustaría irme al cielo!

29 de junio

Mira lo que ha pasado: como yo estaba a punto de morir, los angelitos hicieron toda clase de hermosos preparativos para recibirme; pero se cansaron y se quedaron dormidos. ¡Ay, los niñitos duermen mucho!, no se sabe cuándo despertarán... ¡Me sentiré muy desdichada en el cielo si no puedo dar pequeñas alegrías en la tierra a los que amo! Mi alma está desterrada, el cielo está cerrado para mí, y aquí en la tierra, también la prueba... Ya veo que no me creen enferma, pero es Dios quien lo permite.

30 de junio

Le hablaba de ciertos santos que llevaron una vida extraordinaria, como san Simón Estilita. Me dijo: «Yo prefiero a los santos que no tienen miedo a nada, como santa Cecilia, que se casa sin temer nada...»