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LECTURAS ESPIRITUALES

 

LOS FRUTOS DEL ESPÍRITU SANTO
Y LAS B
IENAVENTURANZAS

Por Juan G. Arintero, o.p. (La evolución mística)

De la gracia, como divina semilla sembrada en el fondo de nuestras almas, procede todo el árbol glorioso de nuestra santificación, que da frutos de vida eterna. El justo es como el árbol plantado junto a la corriente de las aguas. Su místico riego lo produce la continua influencia, manifiesta u oculta, del Espíritu vivificante, verdadera fuente de agua viva que, manando en nuestros mismos corazones, llena de vigor el alma con todas sus potencias. De El mismo, como principio de vida, y de su gracia santificante, con que venimos a quedar renovados, justificados y deificados, brotan según San Buenaventura -como otras tantas ramas que proceden de un mismo tronco- las virtudes y los dones con que se vivifican, transfiguran y deifican todas nuestras facultades para que puedan producir frutos de verdadera justicia, que son obras dignas de los hijos de Dios. Tales son los preciosos frutos del Espíritu Santo.

Nuestro Señor Jesucristo «nos eligió y nos puso en el cuerpo místico de su Iglesia, para que prosperemos y fructifiquemos, y nuestro fruto permanezca (Jn. 15, 16). En estas breves palabras se compendia toda la vida espiritual, que debe estar siempre creciendo, desarrollándose, progresando y haciéndose más copiosa, para dar cada vez más abundantes y exquisitos frutos de vida, los cuales al fin se hagan permanentes de modo que a la vez nos sirvan de prenda y de preludio de la eterna felicidad.«El camino del justo debe ser como el esplendor del sol, que progresa y crece hasta el perfecto día» (Pr 4, 18). El que no crece se paraliza y degenera, y el que a todo tiempo no fructifica, es como la higuera estéril que, aun siendo precozmente frondosa, fue maldecida del Señor. Y aquel cuyos frutos no llegan a la madurez, permaneciendo siempre en agraz, no logra que Dios tenga en él sus delicias, ni por lo mismo gozará de una felicidad verdadera. En cambio, es ya bienaventurado el varón que huye de toda maldad y evita los malos consejeros, las malas compañías y toda influencia mafiosa, para meditar de continuo en la ley del Señor y tener en ella puesta toda su voluntad; porque, a «semejanza del árbol plantado junto a un arroyo, que da fruto a su tiempo, vivirá siempre lozano y prosperará en todas sus obras» (Sal 1, 1-4).Es dichoso el que «mora de asiento en la Sabiduría, y sensatamente obra según el consejo divino, y piensa amorosamente en las vías de Dios, y reposa en sus santas moradas» (Ecli 14, 22-27); dichoso el que se encuentra sin mancha, y no confía en vanidades ni ansía cosas transitorias, pues ése tiene establecidos en Dios todos sus bienes (ib. 31, 8-11). En suma, es bienaventurado en el camino de la patria, el que terne disgustar en lo más mínimo al Señor, deseando con vivas ansias cumplir en todo la divina voluntad. Porque este santo temor es ya principio de la verdadera sabiduría, con la cual todos los bienes se logran; quien lo tiene producirá copiosos frutos de bendición y vivirá colmado de gloria y riquezas espirituales (Sal 111, 1-3; 118,1-2; Prov. 1, 7; Ecli 1, 16; Sb 7, 11).

Estos frutos de vida y prendas de bendición y felicidad son innumerables, pues debemos fructificar en toda suerte de obras buenas, para proceder dignamente y complacer a Dios en todo creciendo en ciencia divina (Col 1, 10), y poder así ser dichosos e inmaculados, marchando por la ley de Dios y buscándole con todo el corazón (Sal 118, 1-2). Pero todos ellos pueden reducirse a los doce más principales que enumera el Apóstol diciendo (Ga 5, 22-23): Los frutos del Espíritu son amor, alegría, paz, longanimidad benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza.

Por estos frutos se reconoce en nuestras acciones la influencia saludable del Espíritu de Dios; por ellos podremos discernir siempre al verdadero de los falsos espíritus, y a los fieles siervos o enviados de Jesucristo, de los impostores hipócritas, que vienen en piel de oveja y por dentro son lobos: por sus frutos los conoceremos (Mt 7, 15-20). Por eso con tanto empeño nos encarga San Juan no dar crédito ligeramente a cualquier espíritu, a cualquier impulso o inspiración que sintamos, sino probarlos para ver si vienen de Dios. Y se prueban por los efectos o frutos que producen. Si causan turbación, envidias, discordias, insubordinaciones, inquietud, tristeza mortífera (2 Co 7-10), desabrimiento, aspereza, volubilidad, inmodestia, etc., es evidente que, por buenos que pretendan ser, son en realidad carnales, mundanos o diabólicos, y no divinos. El soplo y riego del Espíritu Santo hacen que el justo produzca todos sus místicos frutos, pues «por ambos lados del río del agua viva, que procede del trono de Dios y del Cordero, está el árbol de la vida dando sus doce frutos, cada mes lleva el suyo, y todo su porte y aspecto exterior, sus mismas hojas -símbolo de vigor y lozanía que comunica el espíritu de oración-, son medicina y salud de las gentes» (Ap 22, 1-2).Estos frutos, dice Santo Tomás, son todas las buenas obras que nos causan deleite (quaecumque virtuosa opera in quibus homo delectatur). Y así como en el orden sensible, las flores de un árbol, por vistosas que fueran, resultarían vanas si no se convirtiesen en frutos, asimismo sucede en el espiritual con las más aparatosas flores de virtud y de santos deseos, si a su tiempo no llegan a convertirse en frutos de buenas obras. Sólo entonces es cuando la mística esposa consagra de verdad todo su corazón al Esposo divino.

Así, aunque entre los frutos parece enumerar el Apóstol las virtudes -caridad, paz, mansedumbre...-, entiende por ellas su perfecto ejercicio, con las obras de vida que producen. Y si estas obras son perfectas, abundantes y permanentes, de modo que se halle uno como en estado de producirlas con facilidad y perfección, entonces son tan gozosas y deleitosas, que constituyen como un preludio de la eterna felicidad; pues, aunque causen o cuesten molestias y tribulaciones, producen en nosotros un gozo inefable que no es como los de esta vida, sino como los del cielo (2 Co 4, 17). Y la permanente suavidad de los más exquisitos frutos de las virtudes y los dones, viene a causar los diversos estados de felicidad real que caben en la tierra y que merecen el nombre de bienaventuranzas. Estas son preciosísimos frutos con respecto a esta vida, y flores incomparables que presagian la gloria (Sto. Tomás).

Estos frutos de buenas obras pueden parecer muy amargos cuando aun no están maduros; pero a medida que se desarrollan y maduran van haciéndose tan deleitosos que apenas se echa de ver el trabajo de producirlos, ni se repara en los sudores y lágrimas que cuestan, pues todo contribuye a su mayor dulzura. Si al principio esta celestial sabiduría parece tan áspera, como suele parecer a los mundanos, y si por eso mismo «los necios no permanecen en ella», a poco que se cultive seriamente «se recogen sus frutos sabrosos, y al fin se convierte en placer y descanso, y es la hermosura de la vida» (Ecli 6, 19-32). «Cuando por largo tiempo, dice Lallemant, se ha ejercitado uno en las prácticas de las virtudes, adquiere la facilidad de producir sus actos, y ya no siente las repugnancias de antes. Entonces sin luchas ni violencias se hace con placer lo que antes se hacía con trabajo... Cuando los actos de la virtud han llegado a su madurez, tienen, como los frutos maduros, un gusto delicioso, y por estar inspirados del divino Espíritu, se llaman frutos del Espíritu Santo. Los de ciertas virtudes son producidos con tal perfección y suavidad, que merecen llamarse bienaventuranzas, porque hacen que Dios posea plenamente al alma, y por lo mismo, que ella esté más cerca de su felicidad».

«El mundo, añade el P. Froget, no comprende estas delicias; porque, como anotaba San Bernardo, ve la cruz, y no la unción: Crucem vident, sed non unctionem. Las aflicciones de la carne, la mortificación de los sentidos y los rigores de la penitencia causan horror a los mundanos, porque no los perciben sino bajo el aspecto penoso; por el contrario, las almas santas gustosamente dicen con la Esposa de los Cantares (2, 3): Sentéme a la sombra de Aquel a quien yo había deseado, y su fruto es dulce a mi paladar.

Relación de las bienaventuranzas con los dones del Espíritu Santo

A la sombra bendita del árbol de la cruz, hallan los justos el reposo y la felicidad que el mundo no puede conocer, y que cada día se acrecientan con los mismos trabajos, puesto que, en medio de todos ellos, sobreabundan en gozo y consuelos divinos, pudiendo ya decir con el Apóstol: Estoy lleno de consuelo y sobreabundo de gozo en todas nuestras tribulaciones (2 Co 7, 4).

Cada suerte de trabajos produce una especial manera de consuelos, y las principales virtudes con que se sobrellevan vienen así a constituir como un estado parcial de felicidad, es decir, una de las bienaventuranzas, las cuales consisten en esos estados en que ya es copiosa y constante la producción de frutos exquisitos que tienen cierto sabor de gloria. Siéntese ya el alma feliz en medio de sus penas y hasta se gloría por lo mismo en sus tribulaciones, porque desde que empiezan a mostrarse los frutos perfectos, comienza ella a gustar como un preludio de la eterna felicidad (Sto. Tomás de Aquino). Mas no podrá llamarse en ningún modo bienaventurada, mientras que, a semejanza de la mística Esposa, no esté como de asiento gustándoles a la sombra del muy Deseado, y no podrá llegar a ser perfecta mientras, no goce más o menos de todas y cada una de las bienaventuranzas, ya que todas ellas pertenecen a la perfección de la vida espiritual, y por tanto, pueden ser merecidas de condigno.

Así, no todos los frutos son bienaventuranzas, porque éstas suponen en ellos perfección, excelencia y cierta estabilidad en su posesión y goce. Y por referirse a frutos tan perfectos, abundantes y permanentes, corresponden aún más de lleno a los dones del Espíritu Santo que no a las virtudes. Por eso quien se contenta con la práctica ordinaria o metódica de éstas, sin purificarse y abnegarse de modo que venga a ser en todo gobernado y conducido por Dios mediante sus místicos dones, ése no logrará disfrutar de las dulzuras de una felicidad verdadera. Cada uno de los dones, bien desarrollado, nos hace gustar y gozar como de un aspecto parcial de la gloria, y según sobresalga un alma en los frutos propios de un don o de otro, así gozará con preferencia de la correspondiente bienaventuranza que cabe en esta peregrinación; hasta que en la patria, unificándose y completándose estos aspectos parciales -o estados transitorios de felicidad incipiente- lleguen a su plenitud y pierdan todo lo amargo y desabrido, convirtiéndose en una bienaventuranza plena, inamisible, eterna; cuando el alma, ya deificada y pura, entre de lleno en el gozo de Dios y quede embriagada en el torrente de las divinas delicias. Allí «enjugará Dios las lágrimas de sus siervos: y ya no habrá muerte, ni clamores, ni llantos, ni ningún dolor, porque todo esto desapareció» (Ap 21, 4).

Mas por ahora la vida del justo tiene que estar mezclada de pena y de gozo, para merecer y no desfallecer. Y así, las lágrimas que el santo temor de Dios le hace derramar, están llenas de tanto consuelo, que no las trocaría él por todos los placeres del mundo: los siervos de Dios, aun llorando, son felices, porque tienen dentro de sí al divino Consolador.

La piedad que este dulcísimo Huésped les inspira y con que tan cordial y amorosamente tratan a Dios como a Padre y a sus prójimos como a hermanos, les hace producir abundantes frutos de caridad, paz, gozo, benignidad, bondad y paciencia, en la cual poseen sus almas (Lc 21, 29), y procurando así conservar la unidad de Espíritu con los vínculos de la paz, gozan los pacíficos de la gloriosa libertad de los hijos de Dios.

El don de ciencia enseña a conocer y preparar los caminos del Señor y a menospreciar lo terreno para hacer en todo la voluntad divina, buscando con fe y continencia no los propios intereses, sino los de Dios: su reino y su justicia, y los que tienen hambre y sed de justicia son saciados con inefable gozo en las fuentes del Salvador, quien, con su reino, les da todo lo demás por añadidura.El Espíritu de fortaleza nos lleva a soportar no sólo con paciencia, sino hasta con alegría y magnanimidad, por la gloria de Dios, cualquier suerte de trabajos, y a triunfar de nuestros enemigos, y en particular del mayor de ellos, que es el amor propio, y vencido éste con la continua abnegación, modestia, continencia, paciencia, longanimidad y mansedumbre, los verdaderos mansos y humildes, a imitación del Cordero divino, gozan del fruto de esa difícil victoria, en el completo señorío de sí mismos y de todas sus pasiones: así conquistan el místico reino y poseen la tierra.

El don de consejo, en unión con el de piedad, nos mueve por una parte, a tratar a nuestros hermanos en todo, y particularmente en sus desgracias, como desearíamos ser tratados de ellos, y, por otra, a huir del trato con los malvados e impíos, buscando sólo el de los buenos y perfectos, y a honrar como conviene a los santos amigos de Dios e invocarlos para que sean nuestros abogados y protectores, y los misericordiosos tienen el consuelo de hallar pronto la divina misericordia.

El Espíritu de inteligencia alumbra y purifica los ojos del corazón, y la perfecta purificación, aunque tan dolorosa, quitando los obstáculos que impiden ver la irradiación del Sol de justicia, nos permite gozar ya de algún modo de la luz de la gloria. Los verdaderamente limpios de corazón luego son iluminados hasta el punto de ver a Dios y penetrar en los más augustos misterios (Sto. Tomás de Aquino).

El don de sabiduría -haciendo apreciar las cosas según lo merecen- nos lleva a la verdadera pobreza de espíritu, al desprecio y olvido de nosotros mismos, al total desprendimiento de todo lo que no sea Dios, o no conduzca a El, y al completo desapego de los mismos consuelos espirituales; mas el que así se entrega a Dios con este sabio desinterés, se le entrega y comunica también el mismo Dios sin reserva. El verdaderamente pobre de espíritu goza de una gloria anticipada, poseyendo ya desde ahora el reino de los cielos.

Estados de perfección

El padecer persecuciones por Jesucristo -en que se resumen las otras siete bienaventuranzas- es la mayor gloria y felicidad que en esta vida pueden tener sus fieles imitadores. En lo que estas bienaventuranzas tienen de meritorio, son flores de gloria, aunque cercadas de espinas, y en lo que tienen de premio, añade Santo Tornás, son ya gloria incipiente. Por ellas empezó el divino Maestro su predicación, porque en ellas se contiene el fin de la nueva ley y se recogen para la eternidad los más preciosos frutos de la vida evangélica: Para que vuestro fruto permanezca y todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda.

Y más que frutos, y frutos permanentes, indican otros tantos estados de perfección en que abundan ya tanto esos frutos más sabrosos, que su posesión y goce constituyen un comienzo de la vida de la gloria, en que Dios es todo en todos, y a todos deja satisfechos. Y a esos tan varios estados de perfección invitaba a sus fieles discípulos, y aun a todos sus oyentes, para que cada cual, siguiendo el impulso de su Espíritu, y según su vocación particular, le imitara con preferencia en una cosa, a fin de que entre todos reprodujeran al vivo su divina imagen y perpetuaran su preciosa vida, tan llena de frutos de bendición.Así fructifica en el alma justificada el Espíritu de Jesucristo. Entra en ella a morar en unión con el Verbo y con el Padre; se le entrega a Sí mismo, que es el Don por excelencia, y adorna ese templo vivo con el esplendor de su gracia, virtudes y dones. Con esto la purifica y justifica, y la transforma y renueva hasta deificarla y hacer de ella un objeto digno de las divinas complacencias. Y con esa vida divina que le comunica, le da también actividades divinas, con que pueda vivir y obrar como hija de Dios: y ésas son las virtudes infusas y los dones del mismo Espíritu Santo, gérmenes fecundos de los frutos que Dios quiere recoger en nosotros, y cuya posesión nos hace ya dichosos desde esta misma vida.

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Oíd, pues, almas cristianas, la voz del Espíritu Santo. Secundad sus inspiraciones, y, «como rosal plantado junto al agua viva, fructificad; exhalad un aroma suave como el Líbano. Producid flores puras y fragantes como la azucena, creced lozanas y graciosas, y entonad un cántico de alabanzas al autor de tales maravillase (Ecli 39, 17-19).Para llegar seguramente a la patria celestial, debemos seguir el impulso del Espíritu que derrama en nosotros su caridad a fin de abrasarnos en amor de Dios y en santos deseos, y nos excita e ilustra y conforta con sus dones para que podamos volar al objeto de nuestro amor. «¿Quién podrá contar, dice Froget los santos pensamientos que suscita, los buenos movimientos que provoca y las saludables inspiraciones de que es origen? ¿Cómo, se explica, pues, el que tantos cristianos poseedores de la gracia y de las energías divinas que la acompañan, vivan, sin embargo, tan flojos y cobardes en el servicio de Dios, tan inclinados a la tierra, tan olvidados del cielo, tan propensos al mal y tan descuidados de su propio aprovechamiento, sino porque de continuo están poniendo obstáculos y resistencias a la benéfica acción del Espíritu Santo? Por eso el Apóstol nos exhorta a no contristar al Espíritu de Dios que habita en nosotros (Ef 4, 30), y, sobre todo, a no extinguirlo en nuestros corazones (1 Ts 5, 19). Otra causa de que tan escaso fruto produzca una tan rica semilla, es lo mal que la conocen, y por lo mismo la poca estima en que la tienen y el poco trabajo que se toman para hacerla fructificar. Y, sin embargo, ¡qué esfuerzos, qué generosidad, qué respeto de sí mismos, qué vigilancia y qué consuelo no les inspiraría el pensamiento continuo de que el Espíritu Santo mora en nuestros corazones! Allí está como protector, para defendernos de nuestros enemigos, apoyarnos en la lucha y asegurarnos la victoria. Está como amigo fiel, siempre dispuesto a escucharnos, y lejos de causar amargura su conversación ni tedio su trato amistoso, causa gozo y alegría (Sb 8, 16). Allí está como testigo de todos mis esfuerzos y sacrificios, contando todos los pasos que doy por su amor, para recompensarlos... ¡El Espíritu Santo habita en mi corazón! Soy su templo, templo de la santidad por esencia: preciso es que yo también sea santo, porque así conviene que sea la casa de Dios (Sal 92, S), y que procure adornarme con todo género de virtudes, diciendo con el Salmista: «Señor, amé la hermosura de tu casa (Sal 5, 28).

¡Qué cosa más eficaz que estas reflexiones para resolvernos a vivir, como dice San Pablo (Col 1, 10), de una manera digna de Dios, procurando complacerle en todo, fructificando en toda suerte de obras buenas y creciendo en ciencia divina!.

Atendamos, pues, a la dulce voz del Espíritu que dentro de nosotros está sugiriéndonos toda verdad, y cual tierna madre nos dice (Pr 4, 4-13): «Reciba tu corazón mis palabras; guarda mis preceptos y vivirás... El camino de la sabiduría te mostraré, y te guiaré por las sendas de la justicia: en las cuales, una vez que hayas entrado, no se estrecharán tus pasos, y corriendo no tropezarás. Vela por atender a mis instrucciones, y no las dejes: guárdalas, porque ellas son tu vida».