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LECTURAS ESPIRITUALES

 

¿ES DESEABLE LA DIVINA CONTEMPLACIÓN?

Licitud de este deseo y necesidad de avivarlo para poder cumplir bien el mismo precepto de la caridad.

Por Juan González Arintero, o.p.

Entendiendo, como entendemos, en general, por contemplación o por vida mística lo que Santa Teresa llama «oración sobrenatural» o «mística teología», sostenemos que, no solamente es deseable y muy deseable por ser un verdadera bien sin mezcla de mal, y un bien excelente que en gran manera contribuye a nuestra perfección y unión con Dios (por lo cual ha sido tan deseada, tan celebrada y recomendada de los Santos), sino qué debemos todos desearla y aspirar ardientemente a ella; por sernos tan necesaria como es, no ya para esa plena perfección a que hemos sido llamados, sino hasta para poder cumplir con toda fidelidad el primer mandamiento de la ley de Dios, que es "amarle con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todas nuestras fuerzas y facultades" (Mc 12, 30); lo cual nos será imposible si El mismo no nos introduce en las místicas moradas donde, mediante el don de sabiduría, ordena en nosotros la caridad y la hace fuerte como la muerte.Por eso debernos excitar cuanto podamos los deseos que a tanto bien se ordenan y pedir al Señor que nos los avive y encienda, y abrasándonos en su amor, nos atraiga en pos de Sí, nos introduzca en su cámara regia y en su tabernáculo admirable, y allí nos embriague en su caridad, nos colme de sus dones y gracias con que podamos amarle y complacerle, conforme El mismo nos manda y según procuran hacerlo todos sus fieles amigos.

"Ameos yo, Señor, fortaleza mía, exclama San Agustín (Soliloquios, 18); ámeos yo, alegría inefable de mi alma, y viva no ya para mí, sino para Vos toda mi vida... Don vuestro es éste, Señor mío... Por lo cual, si nos mandáis que os amemos, dadnos lo que nos mandáis, y mandad lo que queráis".

"Dame, Señor, exclama a su vez el V. Granada (Compendio de Doctrina espiritual, 26), gracia para que te ame yo con todo mi corazón, con toda mi ánima, con todas mis entrañas, así como Tú lo mandas... ¡Oh, Esposo florido, Esposo suave, Esposo melifluo! ¡Oh, dulzura de mi corazón! ¡Oh, vida de mi ánima y descanso alegre de mi espíritu!... Apareja, Señor, una agradable morada para Ti en mí, para que, según la promesa de tu santa palabra, vengas a mí y reposes en mí. Mortifica en mí todo lo que desagrada a tus ojos, y hazme hombre según tu corazón. Hiere, Señor, lo más intimo de mi ánima con las su saetas de tu amor, y embriágala con el vino de tu perfecta caridad... ¿Cuándo estaré todo derretido y traspasado con tu eficacísima suavidad? ¿Cuándo me arrebatarás, y me anegarás, y trasportarás y esconderás en Ti, donde nunca más parezca? ¿Cuándo quitarás los impedimentos y estorbos, y me harás un espíritu contigo, para que nunca me pueda más apartar de Ti?"Así, quien de veras ama a Dios con la perfección que El nos manda y nosotros debemos procurar incesantemente; quien le ama con perfecta caridad, ese muestra estar ya lleno de los dones y frutos del Espíritu Santo y vivir, por lo mismo en alta contemplación."Caridad perfecta, dice conforme a esto San Alfonso Rodríguez (Unión y transformación, 1), es un amor de grande amistad y familiaridad muy íntima con Dios, que trae consigo una grande unión y transformación del ánima en Dios, que llega a tanto, que cada uno da al otro todo lo que tiene y todo lo que es..."A este tan grande amor la despierta al alma la consideración de los muchos y grandes beneficios que de su Dios ha recibido... Pero el más alto es cuando Dios se comunica al alma dándola conocimiento de Sí en la oración sin discurso alguno, y a la medida que Dios da al alma conocimiento de Sí mismo, le ama; y a tanto puede llegar, que se esté abrasando de amor... A manera de un hierro que está dentro de un gran fuego, que viene a convertirle en sí el fuego... Esta es la transformación del alma en Dios y esto todo se viene a hacer por el camino del amor, y este mismo amor obra la unión de los dos enamorados; de condición que entre los dos ya no hay dos voluntades y quereres, sino sólo una, y esa es la de Dios, estando el alma con su Dios en alta contemplación"."La caridad, dice otra alma que mostraba saberlo muy bien por experiencia (María Lataste, Obras), da aquí abajo un anticipado gusto de la realidad del cielo. Ella eleva a la más alta contemplación de Dios las almas que la poseen, y así las tiene arrebatadas en Dios, lejos de los despreciables bienes de la tierra, de sus placeres, de sus honores y de sus consuelos".Será perfecta, pues, la caridad cuando, conforme advertía el V. P. Granada (Memorial de la vida cristina), "el hombre, despreciadas todas las cosas perecederas, en ninguna tome gusto ni contentamiento desordenado, sino que todo su gusto, todo su amor, todos sus cuidados y deseos y pensamientos sean en Dios; y esto con tan grande continuación, que siempre o casi siempre traiga su corazón puesto en El, por no hallar descanso fuera de El y hallarlo en sólo El; cuando de esta manera, muriendo a todas las cosas, viviere a sólo Dios, y con la grandeza de su amor triunfare de todos los otros amores, entonces habrá entrado en la bodega de los vinos preciosos del verdadero Salomón (Ct 2), donde, embriagado con el vino de este amor, se olvidará de todas las cosas y de sí mesuro por El... "El que ama -leemos en el Kempis- vuela, corre y se alegra, es libre y nada le detiene... El amor no siente la carga, ni hace caso de los trabajos, desea más de lo que puede, no se queja de que le manden lo imposible, porque se persuade que todo lo puede en Dios... Gran clamor es en los oídos de Dios el abrasado afecto del alma que dice: Dios mío, amor mío, Tú todo mío y yo todo tuyo. Dilátame en el amor, para que en lo más íntimo del corazón aprenda a gustar cuán suave es amar y derretirse y nadar en el amor" (Imitación e Cristo, 1. 3, c. 5.)"Este amor llaman los teólogos místicos «unitivo», porque su naturaleza es unir de tal manera al que ama con la cosa amada, que no halla reposo fuera della... El principal estudio del siervo de Dios ha de ser trabajar todo lo posible porque la ánima esté siempre unida con Dios por oración, contemplación y actual amor".Tal es, pues, la perfecta caridad, y tan imposible lograrla por otra vía fuera de esta divina contemplación, enseñada por los teólogos místicos. De ahí que todos, no sólo podamos, sino que debamos aspirar a ese único medio de amar perfectamente a Dios; pues, como advierte San Buenaventura, esto no podrá lograrse si no es recorriendo los diversos grados de una escala casi, o sin casi, totalmente mística. "Si se quiere, dice, comprender bien la perfección del amor dé Dios, conviene saber que hay seis grados por los cuales se debe pasar e ir adelantando sucesivamente para poder llegar a esa perfección. Y ya el primer grado es la suavidad con que el alma empieza a gustar las dulzuras divinas; el 2.° la avidez, el 3.° la saciedad, el 4.° la mística embriaguez..." (Incendium amoris, 2).No es, pues, la vida mística tan sólo un bien cualquiera que podamos, ora desear, ora no desear, según mejor nos plazca; ni es tampoco únicamente un bien excelente y convenientísimo, digno de ser preferido a otros muchísimos bienes, sino que es la inestimable margarita preciosa del Reino de Dios, el misterioso calculum candídum en que está escrito el nombre nuevo de cada predestinado; el inapreciable maná escondido (Ap 2, 17), que se prometió a los vencedores; el verdadero tesoro escondido en el campo de nuestros corazones (Mt 13, 44-46), por el cual hay que trocar todos los bienes; es, en fin, podemos decir, el unum necessariumn (Lc 10, 42), o sea un bien indispensable para lograr nuestra verdadera perfección y para merecer la unión con Dios a que hemos sido destinados.La divina contemplación, o sea la vida mística, según la generalidad de los teólogos y maestros de espíritu, no es, en efecto, otra cosa sino la misma actuación normal, o sea el recto ejercicio de los dones del Espíritu Santo; los cuales «son ordinarios en todos los justos, y se nos han dado, junto con la gracia santificante y las virtudes infusas, no para tenerlos ociosos, como talentos sepultados, sino para utilizarlos debidamente, según la voluntad de Nuestro Señor, haciéndonos, mediante ellos, tan dóciles a sus divinas mociones e insinuaciones, que verdaderamente vengamos a ser hombres espirituales, adultos en Cristo, y por tanto, cristianos perfectos, capaces de poder en todo obrar y merecer como tales, no recibiendo en vano jamás la gracia de Dios (2 Co 6,1). Y si podemos y debemos desear el acto de cualquier hábito (virtud) que se nos haya infundido para nuestra utilidad espiritual, ¿por qué no hemos de poder, según advertía ya José del Espíritu Santo, desear, procurar y pedir a Dios la actuación de estos dones tan preciosos y tan necesarios, y que, permaneciendo en el simple estado del hábito, habían de resultar vanos y servirnos de tan sólo de mayor responsabilidad?Nos han sido dados, en efecto, inseparablemente unidos con la caridad y como propiedades suyas, para que, con el fiel ejercicio de ellos, la misma caridad venga a ser perfecta; y así siendo perfectamente fieles y dóciles en oír la voz del Señor y cumplir todas sus voluntades, obremos plenamente nuestra salud y logremos nuestra salvación y santificación. Y si no los ejercitamos fielmente, no sólo no lograremos santificar nos en verdad, sino que hasta nos expondremos a perdernos sin remedio, por falta de caridad y docilidad a la gracia, y por negligencia en negociar con los talentos recibidos."Importa sumamente, dice con razón Lamballe (La contemplación, c. 1, § 1), conocer el carácter especial de los dones del E. S. que forman parte de nuestro organismo sobrenatural: no se les conoce bastante, y por eso se comprenden mal los grados superiores de la vida espiritual. Los dones son el principio ordinario de la vida de los santos".«Nadie puede decir, pues, advierte el P. Weiss (Apología del Cristianismo, IX), que no necesita de los dones del E. S., ni que estos dones no se le ofrecen con la gracia, ni que sin ellos sería capaz de practicar los diversos grados de la virtud cristiana, conforme su propia situación lo exija. No está cada uno obligado a llegar de pronto a la cumbre de la perfección; pero todos deben conformarse con los impulsos del divino Espíritu, esforzándose por alcanzar un grado más alto. Todos poseen esos dones, aunque en diferente plenitud, si se hallan en estado de gracia. Así todos podrían resultar mejores si quisieran dejarlos obrar y proceder de concierto con ellos: todos podrían ejecutar acciones heroicas y hacerse perfectos y santos, si no pusieran óbice a los dones del Espíritu.."Queriendo el Espíritu Santo que en nosotros habita, observa San Francisco de Sales (Amor de Dios, lib.11, c.15), hacer nuestra alma tratable y obediente a sus divinos movimientos y celestiales inspiraciones, que son las leyes de su amor, en cuya observancia consiste la felicidad sobrenatural de esta presente vida, nos da siete propiedades y perfecciones, que son llamadas dones del E. S. Estos no solamente son inseparables de la caridad, sino que, bien considerados, son las principales virtudes, propiedades y cualidades de la caridad misma. Porque la sabiduría no es otra cosa que el amor que saborea, gusta y experimenta cuán dulce y suave es Dios... El temor no es otra cosa que el amor, en cuanto nos hace huir y evitar lo que es desagradable a la divina Majestad."Así, Teótimo, la caridad nos será otra escala de Jacob, compuesta de los siete dones del E. S., como de otros tantos escalones sagrados por donde los hombres angélicos suban de la tierra al cielo para llegar a unirse al pecho de Dios todopoderoso; y bajarán del cielo a la tierra para coger al prójimo de la mano y conducirlo al cielo; porque subiendo el primer escalón, el temor nos hace dejar el mal; al segundo, la piedad nos excita a querer obrar bien; al tercero, la ciencia nos da a conocer el bien que se debe obrar y el mal que conviene huir; al cuarto, por la fortaleza cobramos valor contra las dificultades que se ofrecen en nuestra empresa; al quinto, por el consejo elegimos los medios proporcionados para esto; al sexto, unirnos a Dios nuestro entendimiento para ver y penetrar los rasgos de su infinita hermosura; y al séptimo, juntamos nuestra voluntad a Dios para gustar y experimentar las dulzuras de su incomprensible bondad". "Puesto que me habéis dado, Señor, la sabiduría, exclamaba conforme a esto Santa Ángela de Foligno (Visiones., c. 69), hacedme gustar y saborear ese amor que me la ha dado, la sabiduría, el gozo de los gozos, por el cual en verdad gusto a Dios: ¡sí, lo siento y lo gusto! El amor es la sola fuerza que conduce a la contemplación".Muy en conformidad con esto, explicando San Juan de la Cruz sus versos: En la interior bodega,/ de mi Amado bebí.... dice: "Esta bodega.:. es el último y estrecho grado de amor en que el alma puede situarse en esta vida, que por eso la llaman interior... Hay otras no tan interiores, que son los grados de amor por do se sube hasta este último. Y podemos decir que estos grados o bodegas de amor son siete, los cuales se vienen a tener todos cuando se tienen los siete dones del E. S. en perfección, en la manera que es capaz de recibirlos el alma. Y así cuando el alma llega a tener en perfección el espíritu de temor, tiene ya en perfección el espíritu de amor..."Por aquí veremos cómo estos siete dones no se nos han dado tan sólo para nuestra simple utilidad o conveniencia, de modo que podamos a nuestro arbitrio usarlos o no, sino que se nos dieron para nuestra misma salud, de tal modo que, según Santo Tomás, sin algunos actos de ellos por lo menos, ni aun salvarnos podríamos (Suma de Teología, 1-2, 68, 2). Y sin la verdadera contemplación, más o menos habitual, a sea sin el ejercicio normal de estos sublimes hábitos sobrenaturales, sin la perfecta utilización de estos talentos divinos, sin la clara irradiación de estas celestiales lumbreras -para cuya vista es necesario entrar en tinieblas, y cegarnos a todo lo humano y terreno-, sin la luz, en fin, de estos místicos ojos (Ap 5,, 6), que deben dirigirnos y alumbrar toda la tierra, siempre permaneceremos en nuestro pobre modo de ver y de obrar puramente humano, y expuestos a flaquear en todo a lo humano, dejándonos llevar de cualquier viento, como «pequeñuelos» (Ef 3; 16), o como hombres «carnales» (1 Co 2, I), cuando no como siervos perezosos y malos, dignos de eterno castigo (Mt 25, 26-30).De donde se sigue que la contemplación, como medio necesario que es para llegar a la íntima y fruitiva unión con Dios, no sólo es deseable, sino que con todas veras la debemos todos -y muy principalmente los sacerdotes religiosos- desear, pedir y procurar, rogando a Dios nos dé la perfección de sus dones, y cuidando mucho de no cohibirlos, sino ejercitarlos fielmente, siguiendo dóciles a los movimientos de la gracia, para así poder llegar al estado unitivo, y , por tanto, a la verdadera perfección.Todos debemos, pues, estar muy atentos a las divinas inspiraciones, que nos enseñan la ciencia de la salud, y nos dirigen por las sendas de la justicia y de la paz, y procurar vivir muy recogidos, lejos del ruido mundanal y puros de afectos terrenos, para poder sentirlas y seguirlas con toda docilidad, no haciéndonos jamás sordos a la voz del Señor cuando en nuestro interior se digna hablarnos; porque si no, con nuestra sordera y dureza de corazón, nos expondremos a incurrir en la indignación divina."Acerca de estas inspiraciones, dice el V. P. La Puente (Guía espiritual, c.21), se han de advertir tres cosas importantes: la primera es que todos los justos tienen bastante título para pedirlas y esperarlas, por cuanto han recibido los siete dones del E. S., los cuales, como dice Santo Tomás (1-2, q. 68, a. 2), se les dan para que fácilmente obedezcan a estos divinos impulsos, especialmente cuando mueven a obras heroicas de la vida activa y contemplativa. Y, pues, el E. S. no gusta de que sus talentos estén ociosos, cierto es que, sí por ellos no queda, les inspirará cuándo y cómo conviene el uso de ellos, para que alcancen la perfección a que se ordenan. ¿Qué piloto hubiera que, si fuera señor de los vientos y tuviera su navío aprestado y las velas tendidas para navegar, no hiciera correr el viento que era menester para el fin de su navegación? Pues como el E. S., que está dentro del justo, gobernándole como piloto del navío de su alma, sea señor de estos divinos impulsos con que se navega al fin de la perfecta unión con Dios; cierta cosa es que, si ve el navío bien aparejado con las virtudes y bien dispuesto con las velas de los siete dones, para recibir el viento de sus inspiraciones, se las enviará con gran fuerza y en buena coyuntura, para que llegue al puerto deseado. Mas no por esto has de pensar que se puede saber el tiempo, lugar, ejercicio y ocasión en que vendrán estos vientos celestiales, porque todo esto depende de la voluntad del mismo E. S., como El testificó al Santo Job, cuando dijo (38, 24): ¿Sabrás me decir por qué camino se esparce la luz y se divide el estío (calor) sobre la tierra?... No es posible que Tú lo sepas, sino Yo solo, porque mi Espíritu inspira donde quiere, y por los medios que quiere; unas veces en lo público, otras en lo secreto, ya en la Iglesia, ya en la plaza".Y como sin este soplo divino no se llega felizmente al puerto, ni se respira aire del todo sano, ni se crece en sólidas virtudes, ni se crían flores de santidad ni preciosos frutos del E. S., llenos de aromas celestiales, todos debemos pedir encarecidamente al mismo divino Espíritu que se digne soplar a sus tiempos en nuestras pobres almas."Mucho es de desear, advierte San Juan de la Cruz, este divino aire del Espíritu Santo, y que pida cada alma aspire por su huerto para que corran divinos olores de Dios... Que por ser esto tan necesario y de tanta gloria y bien para el alma, la Esposa lo deseó y pidió... en los Cantares (IV, 16). Y esto lo desea el alma, no por el deleite y gloria que de ello se le sigue, sino por lo que en esto sabe que se deleita su Esposo... Y así con grande deseo desea el alma Esposa todo esto; es a saber: que se vaya el Cierzo, que venga el Austro, que aspire por el huerto, porque entonces gana el alma muchas cosas juntas».¡Tan deseable y aun tan necesaria nos es, pues, la divina contemplación! Debe ser continuo objeto de todas nuestras aspiraciones y súplicas, por lo mismo que es el verdadero reposo y bienaventuranza que en esta vida puede tener nuestra alma, y el término final a que todos nuestros santos ejercicios y oraciones se ordenan. «Porque sabe el hombre, advierte el V. Granada (Memorial, tr. 7, c. 4, § 1), que este bien deseado está en poder de Dios, y que El es el que en sus manos esconde la luz, y sabe también que uno de los principales medios que hay para alcanzar mercedes de este Señor es la ferviente oración, según aquello del Salmo (144, 1) que dice: Cerca está el Señor de los que le llaman; si le llaman de verdad; esto es, con entrañables deseos; entendiendo esto, dase tanta prisa a importunar a Dios, que día y noche, en los tiempos de la oración y fuera de ellos, y aun en medio de los mesmos negocios que trata, nunca cesa de gemir como paloma y solicitar las entrañas de su piadoso Padre, pidiéndole esta merced... No descansa ni reposa, ni piensa que vive mientras se ve pobre deste tesoro...; y con aquella piadosa Cananea y con aquel amigo importuno del evangelio, nunca cesa de llamar e importunar".Por eso es doctrina corriente en los grandes maestros de espíritu que la meditación se ordena de suyo a la contemplación y que sin participar de ésta son aún muy imperfectas nuestras oraciones, como lo son también, sin la correspondiente vida mística, todas nuestras obras."La contemplación, advertía Alvarez de Paz (t. 3, 1. 1, P. 3, c. 2), es el fin de la meditación y el objeto a que debemos tender. Por tanto, no solamente nos es lícito desearla y pedirla humildemente a Dios. sino que estamos obligados a disponernos a ella por la perfecta abnegación y el ejercicio asiduo de todas las virtudes".

"Las almas llamadas a la perfección (que lo son todas) y, bien ejercitadas en la virtud, añade (l. V, P. 2, c. 13), pueden desear ardientemente y pedir con humildad esa sencilla contemplación sobrenatural que, mediante el don de sabiduría, produce la elevación, la suspensión, la admiración y el ardiente amor. ¿Y por qué no han de poder, siéndoles tan útil como medio eficacísimo de llegar a la perfección? Y si se puede desear un fin, ¿por qué no los medios que a él conducen?... Si, pues, te encuentras dispuesto, en cuanto lo permite la flaqueza humana, derrama día y noche torrentes de lágrimas por alcanzar este don. No te detenga tu pequeñez, que a los pequeños se les reserva para hacerse grandes... En la casa de Dios no es ambición sino magnanimidad el aspirar a lo más alto, a la mayor santidad... Sé, pues, animoso y di al Señor: «Si he hallado gracia en vuestra presencia, mostradme vuestra cara, mediante la perfecta contemplación".

Esto pide continuamente San Agustín, repitiendo su demanda en mil diversas formas: "Descubríos a mí, Consolador mío, exclama (Soliloquios, c. l); dejad que os vea yo, luz de mis ojos. Ameos yo, vida de mi alma... Abráceos yo, celestial Esposo y mi alegría suma. ¡Oh vida que a mí me da vida..., vida vital, dulce y amable y digna de estar siempre en la memoria!, ¿dónde estás?, ¿en dónde te hallaré, para que en mí desfallezca y en ti viva?... Mi alma te desea con ansia. Percibo tu olor, y con esto vivo y me gozo; pero todavía no te veo. Oigo tu voz, y recobro la vida. ¿Pues por qué me ocultas tu presencia?... Por tanto deja una alma de amaros, porque no os conoce, y no os conoce porque no os contempla... Quien os conoce, os ama, se olvida de sí; y se entrega del todo a Vos para gozaros"."¡Oh fuego que siempre ardes y nunca te apagas, añade luego él Santo (c. 3.1), enciéndeme! ¡Oh luz que siempre luces y nunca te obscureces, ilumíname! ¡Ojalá que yo ardiera encendido de tal fuego y de tal luz! ¡Oh fuego santo, qué dulcemente ardes, que secretamente luces, que deseablemente abrasas! ¡Ay de aquellos que no arden con este fuego! ¡Ay de los que no son alumbrados de esta luz!... ¡Ay de aquellos ojos tan ciegos que no os ven!.

«Acuérdate Señor, exclama a su vez el V. Kempis (l. 3, c. 3 y g); acuérdate de tus misericordias y llena mi corazón con tu gracia; pues no quieres que sean vanas tus obras... No me vuelvas el rostro: no dilates más tu visita, no me niegues tu consuelo, no sea que mi alma se quede como la tierra sin agua... Como aun soy flaco en el amor e imperfecto en la virtud, por eso necesito ser fortalecido y consolado por Ti: visítame, pues, a menudo e instrúyeme con santas doctrinas".

Para esto, pues, y no en vano, ha querido el Eterno Padre darnos a su Unigénito Hijo y comunicarnos -junto con la gracia santificante y las virtudes infusas, que nos hacen participar de su divina naturaleza y perfecciones- el mismo Espíritu de su Hijo que nos mueve a clamar a El llamándole: ¡Padre! (Ga 4, 6); nos lo dio como Consolador, Santificador y Director, y como Ayo y Maestro de toda verdad, que debe alentarnos, consolarnos, enseñarnos, educarnos y formarnos en Cristo; y nos lo dio, dice Santo Tomás, para que podamos gozarlo, usando dé sus místicos dones y disfrutando de El mismo; nos lo dio, pues, para que efectivamente podamos a las horas oportunas gozar de su alegre visita y sus consuelos, de su misma fortaleza, sus luces y su amor y de este modo logremos configurarnos en todo con el mismo Cristo, que por la fe mora en nuestros corazones, y transformarnos en El más y más hasta hacernos perfectas imágenes suyas. "Yo jamás ceso de haceros semejantes a Mí, decía nuestro Señor a Santa Catalina de Sena (Vida, 1. 1. XI), con tal que vosotros no pongáis obstáculos. Lo que en mi vida hice, quiero renovarlo en vuestras almas".De ahí que no debamos contentarnos con llevar una vida cualquiera; que Dios no nos adoptó y nos hizo tal caridad de que podamos llamarnos y ser verdaderos hijos suyos (1 Jn 3, 1), sino para que en todo procuremos mostrarnos como tales, como fieles seguidores e imitadores de su Unigénito, como perfectos cristianos, cuyas obras le glorifiquen ante los hombres y cuyos ejemplos de vida y santa conversación sean verdadera "sal de la tierra y luz del mundo" (Mt 5, 13 16).Las gracias, comunicaciones y operaciones de Dios, dice el P. Chardón, o.p. (La Croix de Jesus, c. 10), no nos las dispensa su Providencia sino para desprendernos de nosotros mismos y de todo lo creado, a fin de que, purificados de toda mezcla, nos unamos perfectamente a la inmaculada pureza de su Bondad. Cuando Dios derrama su amor en nuestros corazones, no es para que permanezca allí ocioso, o como un simple adorno, sino principalmente, para que, asistidos de su omnipotente gracia, elevemos nuestra alma hasta su fuente primitiva, por una santidad eminente, semejante a la que es propia de la Divinidad"."Vuestro Padre celestial, dice Rusbrock (Los 7 grados de amor, c. 13), es al mismo tiempo avaro y liberal. A sus muy amados les da libremente su gracia, sus dones y beneficios; mas en cambio exige que cada cual le corresponda con acciones de gracias, alabanzas y ejercicio de todas las buenas obras, a proporción que por El haya sido exterior e interiormente agraciado. Pues la gracia divina no se da inútilmente, ni en vano, y si la aprovechamos bien, corre incesantemente y nos da cuanto necesitamos... El Padre quiere dársenos por completo a Sí mismo y todo cuanto es, pero en cambio reclama de nosotros que nos entreguemos a El plenamente con todo cuanto somos. Así su voluntad e intención es que seamos totalmente suyos, como El se ha hecho todo nuestro permaneciendo, sin embargo, cada cual lo que es".

Y de ahí también que, para vivir con la perfección a que estamos obligados a aspirar, en todo debamos proceder, no a lo humano -como los que son aún "pequeñuelos y carnales"- sino de un modo sobrehumano y divino, bajo la continua moción y dirección del E.S., como hombres del todo nuevos y espirituales, como dignos hijos de Dios, plenamente renacidos de ese su divino Espíritu santificador, y por El renovados y transformados de claridad en claridad (1 Co 3, 18); de suerte que ya tienen toda su conversación en los cielos (Fil 3, 20). Y tal es el proceder de las almas verdaderamente espirituales, místicas o contemplativas...

"El alimento del hombre nuevo, es decir, del hombre espiritual, del hombre que ha llegado a la plenitud de la edad perfecta, dice el Padre Grou (Maximes, VIII), es la oración, pero una oración infusa, una oración jamás interrumpida durante la vigilia, y que el alma encuentra de nuevo al despertar; una oración que en cierto modo se hace en nosotros sin nosotros... No es uno verdadero y perfecto cristiano, sino en cuanto piensa y obra según el espíritu de Jesucristo"."No somos cristianos, añade (IX), ni cumplimos los deberes de tales, sino por el desprecio que hagamos de las cosas sensibles, y por nuestra constante aplicación a las espirituales; cesando de ser hombres exteriores y haciéndonos del todo interiores; y así el cristiano que no es interior, sino en ciertas cosas o a ciertos tiempos, es todavía imperfecto: el cristiano perfecto es interior en todo y siempre; y por tanto, tender a la vida interior es lo mismo que tender a la perfección cristiana".Y esto implica, evidentemente, la contemplación sobrenatural. «Se puede hacer, y hacer bastante bien, añade, la meditación, conservando aún ciertas relaciones con los sentidos y lo que les halaga; mas no se podrá hacer por algún tiempo verdadera oración, o sea oración infusa, sin acabar de romper todo comercio con las criaturas. Pues lo propio de esta oración es concentrar todos nuestros afectos en Dios y no permitirnos amar nada sino en El y por El".

De esta manera, pues, según advierte San Juan de la Cruz (Noche II, c. 13), a nuestra alma "se le renueva, como al águila, su juventud, quedando vestida del nuevo hombre, que es criado, como dice el Apóstol (Ef 4 24), según Dios, las aficiones y apetitos todos mudados y vueltos según Dios, divinamente. Y así esta alma será ya alma del cielo, celestial, y más divina que humana".

Pero sin esto, sin salir de sí misma y de sus pobres maneras humanas y entrar en la vida mística, siempre será muy imperfecta y miserable. Por lo cual, con razón exclama luego (c. 14) el mismo San Juan de la Cruz: ¡Oh cuán dichosa ventura es poder el alma librarse de la casa de su sensualidad! No lo puede bien entender si no fuere, a mí ver, el alma que ha gustado de ello. Porque verá claro cuán mísera servidumbre era la que tenía, y a cuántas miserias estaba sujeta cuando lo estaba a la obra de sus potencias y apetitos, y conocerá cómo la vida del espíritu es verdadera libertad y riqueza, que trae consigo bienes inestimables"

(Tomado de "Cuestiones Místicas", Salamanca, 1927).