TEXTOS MARIANOS
DE AUTORES CRISTIANOS NO CATÓLICOS
MARÍA Y LOS REFORMADORES
Lutero conservó las principales fiestas de María, en las que predicaba sobre el Evangelio relacionado con ellas. Sin embargo, debemos observar que, si conservamos sermones predicados por él con ocasión de la concepción, de la natividad y aun de la asunción de María (los dos últimos son del 8 de diciembre de 1520 -Concepción-, del 8 de septiembre de 1522 -Natividad- y del 15 de agosto de 1523 -Asunción-), con los años su interés por estas fiestas irá decayendo, mientras que continuará observando hasta el final las fiestas de la anunciación, visitación y purificación. Sus últimas predicaciones en estas fiestas datan, respectivamente, del 25 de marzo de 1540, del 2 de julio de 1544 y del 2 de febrero de 1546. La razón por la que conservó estas tres fiestas fue que encontró en los relatos evangélicos un fundamento explícito para ellas. En Zurich, en la época de Zwinglio, se conservaron las fiestas de los apóstoles, así como tres de María: la purificación (el 2 de febrero), la anunciación (25 de marzo) y la asunción (15 de agosto). El radicalismo de Calvino respecto a las fiestas del año litúrgico, le condujo a la supresión de todas las fiestas de María, de los apóstoles y de los santos. Ante los abusos de su tiempo, una atención especial a María, señalada por una fiesta, hubiera sido para él empañar la única gloria de Dios, a quien debemos un culto exclusivo. A pesar de ello, en sus predicaciones o en sus comentarios sobre el principio del Evangelio según San Lucas, insiste sobre la alabanza debida a Dios por las gracias llevadas a cabo en María, su sierva humilde: «Hoy no podemos engrandecer la bendición que nos ha sido procurada por Cristo, sin que, al mismo tiempo, recordemos el privilegio excelente que Dios dio a María, al tomarla por madre de su Hijo único... Ahora es llamada bienaventurada, pues, acogiendo por la fe la bendición que se le ofrecía, franqueó el paso a Dios para que realizara su obra...»Estos textos de Calvino nos indican la verdadera orientación que debemos dar a nuestra atención para con la Virgen María: magnificar exclusivamente la gloria de Dios, a causa de la gracia que concedió a María para nuestra salvación y nuestra alegría en Cristo. Estas tres fiestas de María (anunciación, visitación, presentación) o, mejor dicho, de Cristo con su madre, basadas en los relatos evangélicos, no plantean ningún problema, sobre todo si se integran en los tiempos de Adviento y de Navidad. La fiesta, muy antigua también, del 15 de agosto, es más delicada, dada la diferencia de ideas concernientes a la entrada de María en el descanso de Dios. Nuestros hermanos católicos y ortodoxos creen en la asunción corporal de la Virgen; los protestantes creen en una muerte, una entrada en el cielo y una espera de la resurrección semejantes en María a la de los demás cristianos. Sin embargo, parece que, en un espíritu ecuménico, y sin confusión doctrinal, todos podemos celebrar el mismo día la entrada de María en el descanso de Dios, sean cuales fueren la doctrina que nos presenta este misterio y la fe que lo acepta. Los protestantes pueden festejar el 15 de agosto conforme al espíritu de las siguientes líneas de Carlos Delincourt, pastor reformado francés del siglo XVII. «Así como aquí abajo recibió la gracia más preciosa y el más singular favor con que una criatura puede ser honrada, así ahora goza en el cielo de la gloria más elevada y sublime de la que un alma humana puede ser capaz... Si José recibió con lágrimas de alegría a su padre que fue a Egipto para ver su rostro y participar de los frutos de su dignidad, ¡con cuánta mayor alegría el Hijo de Dios, el Salvador y Redentor del mundo, habrá recibido a esta bienaventurada Madre..., que subió al cielo para contemplar la gloria de su Paraíso!»En estas cuatro fiestas se trata únicamente de dar gloria y gracias a Dios por todo cuanto ha realizado en la vida de su madre humana, de pedirle la gracia de seguir el ejemplo de la Virgen María, en su fe, su obediencia, su constancia, su santidad..., y de alegrarse en la comunión de los santos, en la espera de la resurrección y del Reino de Dios, donde, con María y todos los santos, viviremos una vida eterna y una perfecta alegría (Max Thurian).
EL NOMBRE DE MARÍA
El evangelista llama a la Virgen María Miriam, que en hebreo viene a decir «mar amargo»... Entre los judíos es costumbre poner a los hijos el nombre de la circunstancia histórica en que han nacido... Su padre puso a su hija Miriam, es decir, «tristeza», «tribulación del pueblo», porque vio que bajo el dominio despótico de Herodes el pueblo estaba oprimido. Él debió decirse: ella debe llamarse María, tristeza, ya que ahora lo estamos pasando mal. (Martín Lutero, en Das Maríenlob der Reformatoren)
INMACULADA CONCEPCIÓN
Se discute ahora sobre si María fue concebida sin pecado original, es decir, si hubo en María algún influjo del poder del pecado, del egoísmo, de la desconfianza. Yo no me pronuncio sobre ello. El gran problema es si con eso los hombres se vuelven mejores. ¡Aprendamos a reconocer nuestros pecados, lo que es mucho más saludable, y dejémonos de cuestiones inútiles!También los turcos tienen a Cristo en consideración de Profeta, nacido de la Virgen María, y creen que su madre fue concebida sin pecado (Martín Lutero, ibíd.)
ALABANZA DE LA MATERNIDAD DIVINA
La gran maravilla que se ha operado en ella es que fue hecha Madre de Dios, con lo cual le han sido concedidos tantos bienes que nadie los puede abarcar. De ello se le ha seguido toda la honra y bienaventuranza, el haber sido una persona única y sin par en todo el género humano, y el haber tenido un Hijo tal, que es el mismo Hijo del Padre celestial. Ella misma no fue capaz de expresar esta indecible grandeza de modo más apropiado que balbuciendo que eran «cosas grandes». Toda su gloria se concentra en la palabra con que la llamamos «Madre de Dios». Nadie puede decir de ella, ni decirle a ella, algo más grande, aunque tuviera tantas lenguas como hojas y hierbas hay en los campos, como estrellas en el cielo y como arenas en la mar. Habría que conservar también en el corazón lo que significa ser «Madre de Dios». (Martín Lutero «Comentario al Magníficat»)
EL EJEMPLO DE LA VIRGEN
María es Madre de Dios, pero para que este nacimiento nos sea de algún provecho y nos convierta, debemos asimilarnos el ejemplo de la Virgen y seguirlo, ya que no existe ninguna otra posibilidad para que nos acontezca lo que sucedió en ella. Es preciso que renovemos sin cesar este misterio en nosotros, pues para el que no acepta en esta disposición al Niño, este nacimiento es inútil... Es preciso borrar toda luz natural y decir: hágase en mí no según mi inteligencia, sino según tu palabra. Así también nosotros seremos fecundados por el Espíritu Santo y concebiremos espiritualmente a Cristo. Para eso hace falta que el mensajero que nos venga sea un mensajero de Dios que predique el Reino de Dios (Martín Lucero, Das Maríenlob der Reformatoren)
MADRE DE LOS FIELES, FIGURA DE LA IGLESIA
María es la Madre de Cristo y Madre nuestra, aunque sólo a él lo llevó en su seno... Donde está él debemos estar también nosotros, y todo lo suyo debe ser también nuestro, y (por eso) su Madre es también la nuestra.María significa la Iglesia que sigue a la Sinagoga... La Iglesia, como esposa de Cristo, posee todo lo que posee Cristo, es decir, la totalidad de la justicia, de la sabiduría, del poder, de la verdad, de la vida, del gozo y de la gracia. Por eso la Iglesia es señora y reina de la misericordia, de la vida, de la salvación y de todas las cosas. Lo que se canta en las iglesias sobre la bienaventurada Virgen María sería mejor que lo cantara la Iglesia, y habría que cantar también que la Iglesia vence la muerte, el pecado, el infierno, el diablo y todo mal presente en hombres o demonios, y esto no gracias a sus propios méritos, sino porque Cristo la ha adornado con estas prerrogativas, venciendo la muerte y dándole la vida por su sangre que la redime de todos los peligros (Martín Lucero, Ibíd.)
MI ALMA ENGRANDECE AL SEÑOR
A Dios no podemos hacerle más grande de lo que ya es por naturaleza, ya que él es inmutable, sino en nuestra experiencia y reconocimiento ante la grandeza de sus dones y su gracia. La Madre santa no le dice «mi voz» o «mi boca» o -«i mano», ni siquiera «mis pensamientos», «mi inteligencia» o «mi voluntad», sino «mi alma engrandece al Señor», es decir, mi vida, todo lo que soy y tengo y puedo, porque todo se siente embebido en él y engrandecido por la gracia de su benevolencia.Hay demasiados que alaban a Dios a voz en cuello, con hermosas palabras, hablan mucho, discuten, escriben, pintan, hacen discursos sobre él y se sumen en consideraciones y especulaciones intelectuales y, por si fuera poco, hay quienes le tributan falso culto con intención torcida...Hay dos clases de falsos espíritus que no aciertan a cantar correctamente el Magníficat. Los que no son capaces de alabar a Dios si antes no les favorece, como dice David: «Te alaban porque les concedes bienes» (Sal 49, 19). Parece que honran mucho a Dios, pero, como no están dispuestos a abajarse y a doblegarse, no pueden reconocer las obras de Dios, y así ni le aman ni le alaban. El mundo entero está lleno de actos culturales y de alabanzas a Dios con cantos, sermones, órganos y trompetas. El Magníficat se canta pomposamente, pero al mismo tiempo es de pena la poca eficacia y el poco jugo que sacamos de todo ello, puesto que mientras no nos va bien, no cantamos. Cuando nos va mal, se acabó el canto y se acabó Dios.¡Dios ya no se acuerda de nosotros! De este modo el Magníficat no sirve para nada (...).Pobres de nosotros, cuando tenemos algún bien, algún poder o algún honor, hasta cuando somos un poco más guapos que los otros, no soportamos equipararnos a nadie y nuestras pretensiones no conocen límites. ¿Qué sería de nosotros si tuviéramos mayores dones? Es bueno que Dios nos deje pobres e infelices, ya que no sabemos conservar inmaculados sus dones..., sino que nuestro ánimo cambia según tengamos más o menos. Por el contrario, el Corazón de María se mantiene en firme ecuanimidad en todo tiempo, dejando que Dios actúe en ella según su voluntad. Encuentra su consuelo, alegría y confianza en Dios. Así sí que podríamos cantar correctamente el Magníficat (Martín Lucero, «El Magníficat comentado»)
MARÍA, FIEL EN LAS DIFICULTADES
La bienaventurada Virgen jamás cesó de reconocer los motivos que tenía para alabar a Dios y de cantar y ensalzar la gracia que le fue concedida, a pesar de que su corazón sangraba y estaba angustiado. Pero esto no le concernía solamente a ella al pie de la Cruz, ya que si la Madre del Hijo de Dios tuvo que experimentar tales angustias, ligadas al gozo de la redención del mundo, también nosotros debemos pasar por ello por más penoso que nos parezca este camino (...).Aprendamos a conceder a la Virgen la autoridad que le corresponde, ya que de otro modo no podríamos ser conscientes de nuestra salvación: no podemos mirar a su mérito (previo), como ella misma nos enseña en sus palabras de que Dios miró su bajeza (de esclava) y la eligió por pura gracia. Pero debería bastarnos que Dios haya querido servirse precisamente de ella para esta misión. También nosotros debemos reconocer que tenemos que aceptarla y conservarla siempre como Maestra y mantenernos en la enseñanza que brota de ella (Juan Calvino, en Das Maríenlob...)
LA VIRGINIDAD DE MARÍA, DIGNA MADRE DE DIOS
Es preciso caer en la cuenta del honor de su sin par pureza, como resaltan Lucas y Mateo. Ella permaneció una doncella pura y sin mancha antes del parto, en y después del parto y por la eternidad. Para los hombres no es posible ser madre y virgen al mismo tiempo, pero para Dios todo es posible, puesto que todas las criaturas deben obedecer a su palabra, aunque sobrepase su propia capacidad.He querido explicar detalladamente este lugar de Mateo porque he querido salir al paso de los que andan diciendo toda clase de cosas falsas sobre mí y me calumnian diciendo que he predicado que María era una necia y una cualquiera, o que he manchado y calumniado su limpieza. Puedo no sólo encarecer, sino también jurar que en toda mi vida se me han ocurrido tales insensateces sobre la digna Madre de Dios. Ninguna de las cosas que me han dicho me ha dolido tanto como esta insensatez que se me atribuye. Me he propuesto no responder a otras cosas, como a la pregunta de cuántos hijos he engendrado este año y cuánto dinero he recibido de los nobles y de los príncipes, pero no he querido consentir que se crea esta vergonzosa difamación sobre mí. Se puede perdonar que cada cual diga lo que le plazca de mis costumbres, pero no puedo aguantar que se ofenda a Dios. Es tanto más grande la gloria de María cuanto el Hijo de Dios, que ha querido, libre de la perdición común que nosotros compartimos con Adán, nacer de la Virgen María para asumir nuestros pecados y debilidades y pagar nuestras deudas (Ulrico Zwinglio, en Das Marienlob)
DIOS SE FIJÓ EN LA HUMILDAD DE SU ESCLAVA
Isaías profetizó: Brotará una rama del tronco de Jesé y nacerá de su raíz una flor sobre la que se posará el Espíritu Santo (Is 11, 1). Este tronco y esta raíz son la familia de José o de David, en concreto la virgen María, y la rama y la flor es Cristo. Ahora bien, así como no es probable, incluso ni creíble, que de un tronco y una raíz secos y podridos broten ramas y flores hermosas, tampoco se puede concebir que María, la virgen, se tornase en la madre de un hijo así. Porque yo creo que no se la denomina tronco y raíz únicamente por haber sido una madre que de forma sobrenatural concibió virginalmente (como resulta sobrenatural que una rama brote de una cepa muerta), sino también porque la rama y la familia de David, en sus tiempos y en los de Salomón, verdearon y florecieron en honor grande, en potencia, riqueza y prosperidad, y fueron tenidos en gran estima ante los ojos del mundo incluso. Pero al final, cuando Cristo tenía que llegar, los sacerdotes se habían apropiado tal honor, eran los únicos que gobernaban, y la casa real de David se había visto reducida a la pobreza y al desprecio. Justamente como una cepa muerta, que no dejaba sospechar ni esperar que de ella pudiera brotar un nuevo rey de tan elevado rango. Y precisamente entonces, cuando esta falta de vistosidad había tocado su punto máximo, llega Cristo para nacer de esta menospreciada estirpe, de esta insignificante y pobre mocita; el renuevo y la flor brotan de una persona a la que las hijas de los señores Anás y Caifás no hubieran creído digna de ser su más humilde criada. De esta suerte las obras y mirada de Dios tienden hacia la bajura, las de los hombres sólo hacia las alturas. Y éste es el motivo de su cántico de alabanza (...).Inmediatamente después nos encontramos con el vocablo Magníficat, que significa «engrandecer», «ensalzar», «apreciar sobremanera» a quien quiere, sabe y puede hacer muchas grandes y buenas cosas. Es lo que sigue en este canto de alabanza, porque la palabra Magníficat es como el título de un libro, indicador de lo que en él se contiene escrito. También María, con esta palabra, expresa el contenido de su cantar, es decir, las grandes acciones y obras divinas, realizadas para afianzar nuestra fe, para consolar a los humildes y para amedrentar a todos los encumbrados de este mundo. Hemos de reconocer que el cántico entraña esta triple finalidad y utilidad, ya que María no lo entonó para ella sola, sino para que todos nosotros lo cantemos a su imitación.Ahora bien, para que uno se estremezca o se consuele en virtud de tales actuaciones grandiosas de Dios, no hay que creer sólo que él puede y sabe realizar estas maravillas; se precisa también la convicción de que Dios quiere hacerlas y en ello se complace. No, no basta que creas que Dios ha obrado grandes cosas con otros, pero no contigo, pues con ello te verás privado de esta divina acción. Así obran los que, en su poderío, no temen a Dios y los que, en su debilidad, se dejan dominar por el descorazonamiento. La de esta estirpe es una fe inexistente, muerta, como ilusión nacida de fábula. Por el contrario, tienes que estar convencido, sin duda ni vacilación posible, de la [buena] voluntad de Dios para contigo, y creer con firmeza que también contigo quiere realizar cosas grandes (Martín Lucero, Magníficat)
MARÍA, EN RELACIÓN CON DIOS Y MUY POR DEBAJO DE ÉL
De todo ello hemos de deducir la forma correcta de honrarla y servirla. ¿Cómo tenemos que dirigimos a ella? Fíjate bien en las palabras; te dicen que tienes que hablarle de la siguiente manera: «¡Oh, tú, bienaventurada virgen y madre de Dios; qué nada e insignificante eres, qué despreciada has sido, y, sin embargo, qué graciosa y abundantemente te ha mirado Dios y qué grandes cosas ha realizado contigo! Nada de eso has merecido, pero la rica y sobreabundante gracia que Dios ha depositado en ti es mucho más alta y más grande que todos tus méritos. ¡Dichosa de ti! Desde este momento eres eternamente bienaventurada, porque has hallado a un Dios así, etc.». No creas que ella oirá con desagrado que se le diga indigna de tal gracia. Sin duda alguna no ha mentido ella misma cuando confiesa su indignidad y su nada, sobre las que Dios ha lanzado su mirada, no en virtud de sus méritos, sino por pura gracia. A los que oye sin agrado es a los ociosos charlatanes que tanto predican y escriben sobre su mérito, para hacer ostentación de la habilidad peculiar, sin darse cuenta de que, con ello, lo que hacen es desvirtuar el Magníficat, tachar de mentirosa a la Madre de Dios y empequeñecer la gracia divina; porque cuanto más se empeñen en atribuirle a ella mérito digno, tanto más se roba a la gracia de Dios y se empequeñece la verdad del Magníficat. Hasta el ángel la saluda sólo «por la gracia de Dios» y porque el Señor está con ella, ya que por ello sería bendita entre todas las mujeres. Por tal motivo, no están lejos de convertirla en ídolo todos los que la colman de alabanzas y honores, concediéndoselo todo a ella, como si estuviese deseosa de ser honrada, de apropiarse el bien, cuando en realidad lo rechaza, y lo que desea es que Dios sea alabado en ella y conducir a todos a la buena confianza en la gracia divina.Así, quien la quiera honrar correctamente, tiene la precisión de no representársela aislada, sola, sino de colocarla en relación con Dios y muy por debajo de él, de despojarla de toda excelencia y de contemplar su nada, como ella dice. Después vendrá la admiración ante esta maravilla de la sobreabundante gracia de Dios, que tan pródiga y bondadosamente mira, abraza y bendice a un ser tan pequeño e insignificante. La contemplación de este ser te conducirá a amar y alabar a Dios en tales gracias, te llenará de entusiasmo y confianza para esperar toda suerte de bienes de este Dios que tan graciosamente se fija en los pequeños, insignificantes y despreciados sin que los desprecie. Tu corazón se reforzará en la fe, esperanza y caridad a los ojos divinos.¿Piensas que puede haber otra cosa que le resulte más grata que este llegar tú a Dios por medio suyo, que aprender por su ejemplo a confiar y esperar en Dios, aunque sea a costa de ser despreciado y anonadado? De todas formas, suceda durante la vida o en la muerte, lo que desea no es que acudas a ella, sino que por su medio te dirijas a Dios (Martín Lucero, Magníficat).
LA EXCELENCIA DE LA MADRE DE DIOS
Las grandes cosas (Lc 1, 49) no son más que el haber sido ella la Madre de Dios; con ello le han sido otorgados tantos y tales bienes, que nadie es capaz de abarcarlos. De ahí provienen todo el honor, toda la felicidad, el ser una persona tan excepcional entre todo el género humano, que nadie se le puede equiparar, porque, con el Padre celestial, ha tenido un hijo. ¡Y qué hijo! Tan enorme, que ni darle nombre puede por esta magnitud superexcelente, y se ve precisada a quedarse proclamando balbuciente que es algo muy grande, que no puede expresarse ni mensurarse. Y de esta suerte ha encerrado en una palabra todo su honor, porque quien la llama Madre de Dios no puede decirle nada más grande, aunque contase con tantas lenguas como hojas y hierbas hay en la tierra, estrellas en el firmamento y arenas en la mar. Es preciso pensar muy de corazón en qué consiste eso de ser Madre de Dios.Ella lo atribuye a la gracia de Dios, no a mérito por su parte. Porque, aunque no haya cometido pecado, se trata de una gracia tan extraordinaria que en ninguna manera puede haber sido digna de recibirla. ¿Qué tamaña dignidad necesitaría una criatura para ser madre de Dios?... (Martín Lucero, Magníficat)
MARÍA, EN LA ANUNCIACIÓN
El Señor está contigo. Eres bendita entre todas las mujeres
Es la gracia quien la pone aparte. No algo que ella poseyera ya, sino un don que el ángel le concede gratuitamente al hablarle: «El Señor está contigo». Pero ese don de Dios, esa luz que desciende sobre ella, no es solamente un rayo proveniente de fuera, que permanecería exterior a ella, que en el fondo no le concerniera. Es una acción de Dios en ella. Cuando se concede gracia, cuando Dios se rebaja hasta el ser humano, cuando Dios es bueno con ese ser, le sucede verdaderamente algo nuevo a ese ser: «El Señor está contigo».
Existe ahora una verdadera relación entre Dios y tú. No eras ya una pequeña gota en el mar, una de las criaturas perdidas, como te gusta creer. Con gran pobreza, con gran secreto, pero sin reservas, el Señor está contigo. Con estas palabras se promete, se concede y se da todo bien a un ser, sea cual sea. Esta gracia le afecta realmente; está plenamente en él. En su vida, realmente, todo se ha vuelto nuevo; hay un «hombre nuevo», el hombre con el cual está el Señor. El hombre no se convierte en Dios, pero no está sin Dios. Tal es la realización de la gracia. Si la expresión «bienaventurada en gracia» designa la justificación del hombre, las palabras «El Señor está contigo» evocan la gracia de la santificación, por la cual el hombre pertenece desde ahora a Dios.
María se turbó y pensaba qué podía significar todo esto
¿Por qué teme María? También en la historia de Zacarías encontramos ese temor. Es un temor necesario. Pero no puede existir más que cuando el hombre no se separa de Dios, más que cuando permanece unido a él, precisamente por el temor. No puede existir más que cuando el hombre se sabe poseído por Dios y permanece firme ante ese Dios del cual tiene miedo. Si María teme, no es porque se pregunta: «¿Por qué a mí, precisamente a mí, me ocurre esto?» No; todos conocemos algo de ese misterio de nuestro yo, de la suprema soledad en que estamos con nosotros mismos, y muy superficial sería la vida de quien no se hubiera sentido jamás horrorizado ante el abismo que representa su «yo». La cosa más extraña del mundo es y será siempre nosotros mismos. Pero esa extrañeza no es todavía nada al lado de lo que aquí se trata: el hecho de que realmente Dios se encuentre conmigo, de que Dios se adueñe de mí... Seguramente no hemos comprendido todavía nada de Dios, si no conocemos ese asombro. ¿Cómo es posible que yo pueda estar delante de Dios, ser un hijo de Dios? ¿Cómo puedo yo anunciar la Palabra de Dios? ¿Qué salutación es ésta: El Señor está contigo?
No temas, porque has hallado gracia delante de Dios
«Has hallado gracia delante de Dios», esto no significa en el lenguaje bíblico que María haya buscado antes la gracia. No se puede buscar la gracia; sólo se puede encontrar la gracia. La gracia es justamente que Dios haya encontrado a un ser que no le buscaba, que se alejaba de él -como Pablo en otro tiempo se iba alejando-, y que entonces ha escuchado la Palabra de Dios y se ha sentido cambiado. La expresión «encontrar gracia» existe ya en el A.T.; en él no se designaba nunca el resultado de un esfuerzo humano. El buen Pastor busca y encuentra la oveja perdida. Ser así encontrado es lo que la Biblia llama «encontrar gracia».
Darás a luz un Hijo cuyo nombre será Jesús
«Concebirás un hijo». Por tanto, un hombre. No se trata de un ángel, de un espíritu, de una idea, de todas esas cosas grandes, elevadas y bellas, sino de esta cosa sencilla y concreta en su enigma y significado infinito: un hombre. «Concebirás un hijo a quien pondrás por nombre Jesús». Ella será la madre; ella cumplirá la voluntad de Dios, dándole ese nombre, erigiendo el signo de ese nombre.
Dijo entonces María al ángel: ¿cómo se hará esto si no conozco varón?
Ahora la pregunta de María. ¿Cómo se hará esto? Cuanto más grande sea a nuestros ojos el significado del nombre de Jesús, a saber, ese reino que no tiene fin, ese reino instaurado en la tierra, y nosotros que somos juzgados dignos de regocijarnos por ello, más apremiante será nuestra pregunta: ¿Cómo se hará esto? ¿Cómo será esto posible? ¿Cómo podemos entender esto? ¿Cómo podremos conseguir oídos para oír y ojos para ver esto? María con su pregunta, con su pregunta típica, representa a toda la comunidad del Adviento, a la Iglesia. Tal es la pregunta que nosotros hemos de hacer. No sabemos cómo se hará esto. Tan pronto como prescindimos del hecho de que esto ha ocurrido, no tenemos más remedio que preguntamos: «¿Cómo se hará esto?» Y no podemos dar ninguna respuesta a esta pregunta. La posibilidad terrestre de la revelación de Dios carece absolutamente de respuesta. La respuesta no puede venir más que del otro lado: el ángel habla a María. No le habla de un hombre. En el centro y dentro de la vida de ella, de su vida de sencilla jovencita, introduce al totalmente otro, lo inconcebible de Dios.
Nada hay imposible para Dios
El texto griego no dice: «Nada hay imposible para Dios», sino: «Ninguna palabra será imposible a Dios». Todo lo que Dios dice es posible. «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Dentro de la mentalidad bíblica, no puede hablarse de la omnipotencia de Dios más que en relación con su Palabra. No tenemos que buscar a Dios en ninguna otra parte más que en lo que él nos dice. Su omnipotencia vive y obra en su Palabra. Su Palabra nos crea, nos gobierna y nos lleva. Por tanto, la omnipotencia de Dios se concentra y condensa en su revelación. No comprendemos la omnipotencia de Dios, si no hacemos lo que hizo María, si no cedemos, si no capitulamos, si no estamos de acuerdo: Hágase en mí según tu Palabra. Entonces reconocemos que lo que Dios dice, lo hace. Así es como María entra sencillamente en la historia general del Adviento, en la que ella tiene su puesto, nos ilumina su historia particular, la de la Navidad que se aproxima. «El mundo está perdido; Cristo va a nacer» (Karl Barth, Adviento)
LA VISITA DE MARÍA A ISABEL
En los versículos 39 y 40 (Lucas 1) se nos describe a María e Isabel recibiendo la promesa. Por tanto, al lado de la promesa hay un segundo acontecimiento, envuelto todo él en ella: el hecho de que unos seres humanos la han recibido. Es esto una importante novedad. Cuando dos seres como María e Isabel reciben la promesa, algo -más bien debiéramos decir todo- ha cambiado. El mundo se ha vuelto nuevo. Todo es parecido, el mundo no parece cambiado en absoluto; sigue habiendo amor y odio, homicidios y muerte. Se siente uno incluso tentado a decir: ¿puede parecer alguna vez el mundo más viejo, más realmente viejo, que precisamente aquí, cuando dos criaturas reciben la promesa? ¡Dos mujeres, una joven y otra vieja, dos criaturas insignificantes, desconocidas, incapaces, que ignoran todos los problemas de la humanidad, de la existencia y la esencia del mundo, de su potencia y de sus demonios! ¿Qué viene a hacer aquí la joven María, y qué la vieja Isabel? Sí, preguntemos nosotros también: ¿qué hacen ellas aquí? ¿De qué les sirve la promesa, y, por tanto, qué tiene el mundo de más? Nada, absolutamente nada excepto que ellas están ahí, y que cuando decimos: «nada ha cambiado», el secreto ha aparecido ya, sin embargo, una creación nueva (id. Ibíd.)
DIGNIDAD DE LA MADRE DE DIOS
Cuál haya sido la dignidad de la Virgen Madre ante Dios por su piedad, su fe, su pureza, santidad y todas las virtudes, puede deducirse de los primeros capítulos del Evangelio de Lucas y de Mateo, y en particular del Magníficat... cuando, llena de la sobreabundancia del Espíritu profético, exclamó: «Desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones» (Henry Bullinger)
IMITAR EL EJEMPLO DE MARÍA
En lo que se refiere a la Virgen y Madre de Dios, que cada uno trate de llevar a la práctica, a su modo, su excepcionalmente hermoso y santo ejemplo, de modo que en los peligros y contradicciones salga fortalecido con una fe humilde y paciente, a la manera en que ella se comportó en aquel terrible dolor, que con todo derecho puede contarse entre los más grandes de nuestro tiempo (Henry Bullinger).
LUGAR DE MARÍA EN LA HISTORIA DEL MUNDO
Nos encontramos en el centro del mensaje del Adviento, en ese punto más allá del cual se oye inmediatamente el mensaje mismo de Navidad. A la historia del adviento pertenece también la historia de un Abrahán, de un Moisés, de un David, la historia toda de Israel y de la Alianza que Dios estableció con aquel pueblo, de la gracia que le otorgó, e igualmente la historia del pueblo elegido. Juan Bautista es el último en esta línea de testigos que miran hacia el misterio de la Navidad futura. Pero hay algo más que todo eso. Más que Abrahán, Moisés, David, y más que Juan Bautista, más que Pablo y más que toda la Iglesia cristiana, tenemos aquí la historia de la Madre del Señor, de la Madre del mismo Dios. Hay aquí un acontecimiento único y sin parangón, que se distingue de todos los acontecimientos del Adviento, lo mismo que María entre las restantes figuras. Último eslabón de los que han recibido la promesa. No hay que extrañarse de que en la Iglesia católica romana se haya hecho de María un segundo centro al lado de Cristo... No hay que extrañarse de ello, porque, también en la Sagrada Escritura, la figura de María ocupa indiscutiblemente un lugar aparte.
María pertenece a la humanidad
María pertenece a la humanidad, representa al ser humano ante Dios, al ser humano que tiene necesidad de la gracia y que recibe la gracia. Y ese ser, por más que la promesa que ha recibido posea un carácter único, manifiesta claramente que recibir la promesa significa ante todo ser humano. Es decir, creer, ser dependiente, pensar según la fe, obrar con fe. Si hay alguien que sea de los nuestros, del todo cerca, implicado en lo más profundo de la miseria humana y de la promesa divina, es sin duda María, a la cual el ángel va a visitar a su casa, llamándola para el puesto extraordinario que Dios le concede la gracia de ocupar.
María testigo
Entre los personajes bíblicos, María es uno de esos testigos a los que se le han aparecido ángeles, con lo cual se les dio esperanza y la expectación. Pero en María habrá más esperanza que expectación.
Nazaret, signo de esa novedad en el mundo: la Iglesia cristiana
Comienza algo nuevo, pero de una novedad sin ostentación, envuelta toda ella en una singular oscuridad. El lugar de este acontecimiento divino, que no es el templo de Jerusalén, sino una sencilla casa de Nazaret, un poco tenido en menos, en esa provincia en la que se cruzan judíos y gentiles, es el signo de esa novedad en el mundo: la Iglesia cristiana. Dios habla ahora a los hombres independientemente de los lugares santos. únicamente en la persona de José se mantiene la tradición. La casa de David había sido distinguida ya en el A.T. y elegida por la gracia divina, y en ella se produce ahora la revelación. Continúa, pues, lo que existía; pero, al mismo tiempo y sin la menor duda, algo nuevo se anuncia (Karl Barth, Adviento).
ENTENDER A MARÍA DESDE LA TOTALIDAD DE JESÚS
María obtiene una significación propia como símbolo de la nueva humanidad que por la fe se ha entregado a Dios. Cuanto más se ha considerado a Jesús en las épocas posteriores desde el punto de vista de Dios, como representante de la voluntad salvífica de Dios con respecto a los hombres, y cuanto menos se le ha considerado al mismo tiempo como representante del hombre ante Dios, tanto más fuerte ha sido la acentuación de la idea que concebía la figura de María como personificación de la humanidad creyente. Y al revés, cuanto más se ha considerado a Jesús mismo en su humanidad como el hombre ante Dios por antonomasia, tanto menor ha sido la necesidad de que la figura de María apareciera como portadora de un principio totalmente independiente (W. Pannenberg, Fundamentos de Cristología)
LA GRACIA DE LA VIRGINIDAD
La virginidad de María en la concepción del Señor constituye la negación no del hombre ante Dios, sino de su posibilidad, de su capacidad, de su aptitud con respecto a Dios. El hombre participa aquí solamente en la forma del hombre que nada pretende, que nada lleva a cabo, que nada crea, que nada domina, únicamente en la forma del hombre que sólo puede recibir, que sólo puede estar dispuesto, que sólo puede dejar que en él y con él acontezca algo. Por esto era necesario que el hombre quedase aquí eliminado (Karl Barth, Dogmática).
CONCEPCIÓN VIRGINAL, FIGURA DE LA IGLESIA
¿No se encuentra ya Barth con esta argumentación en la misma línea de la mariología romana? Esta cuestión debería considerarse con todo detenimiento, sin creer que con ello pueda darse ya un juicio definitivo sobre las reflexiones de Barth. También en la mariología podría haber una base que incluso aquel que se opone críticamente al dogma mariano de la Iglesia romana debería tomar en serio. El hecho de que la idea de Barth acerca de la concepción virginal se mueva en la línea del pensamiento mariológico apenas puede rechazarse.... La humanidad creyente, la Iglesia, hay que considerarla también en su diferenciación con respecto a Jesús, y en este punto queda abierta una auténtica posibilidad de simbolizarla mediante la figura de María. Puesto que María, a diferencia de Jesús, no se identifica con Dios, por esto puede concebirse de un modo especial como el prototipo del hombre frente a la gracia libre de Dios, tal como la ha presentado incluso Martín Lutero en su interpretación del Magníficat .... Hay que reconocer un elemento de verdad en el culto romano a María y en la especulación sobre ella, a pesar de todo el estupor que nos causan las extrañas excrecencias que tanto aquí como allí se han formado. María puede ser el símbolo de la humanidad creyente que recibe la gracia de Dios, en contraposición con la antigua humanidad simbolizada por Eva, así como también el símbolo de la Iglesia en su relación con Dios. Desde este punto de vista, resultan interesantes y comprensibles los esfuerzos de la teología católica actual por intentar concebir la figura de María, basada en la calificación tipológica de Eva, a partir de su relación con la iglesia, es decir, como representación en María de la Iglesia, de la nueva humanidad (W. Pannenberg, Fundamentos de Cristología).
PURIFICAR LA PIEDAD MARIANA
Nuestro deseo de obedecer a Cristo, buscando la unidad de su Iglesia, nos exige que nos comprometamos a mayores intentos. Pedimos ardientemente a nuestros hermanos católicos y ortodoxos que en sus manifestaciones de piedad se transfigure el amor tan auténtico que experimentan para con la Madre de Cristo. Les pedimos que purifiquen su piedad mariana de todo sobreañadido para que la Virgen aparezca siempre en esa gran humildad característica, según las Escrituras, y en una vida oculta junto a Cristo.
Relacionar a María con toda la Iglesia
Esperamos que nuestros hermanos católicos subrayen claramente la relación de la Virgen María con toda la Iglesia, para que no se la coloque en una situación en contradicción con su propia actitud de humildad y de servicio, puesto que ella quiso ser ante todo la «sierva del Señor».Es un hecho que en la piedad mariana todo lo que se presente -por poco que sea- como contrario a su papel de humildad, todo lo que lleve a manifestar esa piedad en términos de «glorificación» no puede más que servir de obstáculo y de alejamiento de la que fue la Madre de nuestro Señor.¡Cuántas veces he tenido que pedirle serenidad a los protestantes para que no enjuicien mal a sus hermanos católicos cuando éstos, en su fervor, transfieren a la persona de la Virgen expresiones que son puramente psíquicas! Para la comprensión ecuménica se impone una purificación de esto.
María de las bienaventuranzas
Entre los santos testigos de Cristo que estuvieron con él y lo amaron, la Virgen María es la que, por la sencillez de su corazón, nos arrastra como nadie a vivir el espíritu de las Bienaventuranzas.Se le concedió que en visión profética anunciara que, con la llegada de Cristo, los débiles y los pobres serían elevados, mientras que los poderosos y los fuertes, depuestos. ¿No somos nosotros a menudo los fuertes de este mundo? Ella nos recuerda en su humildad que no somos nada. Si nos colocamos ante Dios y nos arrojamos en él, es como podremos únicamente tener a raya el deseo que experimentamos de ser por nuestra propia cuenta.Todo el sentido del Magníficat se resume en un tema: Dios ama a los pobres. Cristo quiere nacer de una Virgen pobre; el Evangelio va a irradiar y se va a manifestar en la humildad. Por ello la alegría de la Virgen María estalla desde el principio de su cántico como un canto de gratitud.
Reunidos en unidad visible con María y los santos
Para concretar el deseo que tenemos de comprender el puesto de María en la comunidad de los bautizados, podríamos decir todos juntos:«Oh Dios, tú has querido hacer de la Virgen María la figura de la Iglesia. Ella recibió a Cristo y se lo dio al mundo. Envía sobre nosotros tu Espíritu Santo para que nos reunamos todos visiblemente en un solo cuerpo e irradiemos a Cristo entre los hombres que no pueden creer. Reúnenos a todos en la unidad visible para que con la Virgen María y todos los testigos santos de Cristo nos alegremos en ti, Salvador nuestro, ahora y siempre y por los siglos de los siglos». Amén. (Roger Schutz, Prior de Taizé)
LA VENERACIÓN DE LA MADRE DE DIOS EN LA IGLESIA ORTODOXA
Pero entonces, ¿qué beneficio supone, para la Iglesia ortodoxa, la veneración de la Madre de Dios? ¿Es ella indispensable para heredar la salvación? Para la conciencia ortodoxa, Dios dio a conocer, tanto por el Evangelio como por la evolución de la veneración de la verdadera Theotókos en la Iglesia de la época de los grandes concilios, todo cuanto atañe a la Madre terrestre de su Hijo y esto sigue siendo para los creyentes un asunto de delicadeza religiosa y de amor. También el hecho de no venerar a la Madre de Cristo no es, de por sí, una señal de la falta de fe en el Reino de Dios, lo mismo que el mero hecho de venerarla no significa todavía que se posea esta fe. Así, pues, sin ser una obligación formal, la veneración de la Madre de Cristo puede ser saludable y lo es, en efecto, si tiene por contexto la fe en el Reino y si no es sino la expresión de esta fe. Entonces la veneración de la Madre de Dios se convierte en visión, que una de las últimas estrofas del Akathistos describe de la manera siguiente:
«Antorcha luminosa aparecida a los que están en las tinieblas, así vemos a la Virgen Santa. Habiendo alumbrado la luz inmaterial, conduce a todos los hombres al conocimiento divino. Resplandor que esclarece la inteligencia, es venerada con estas exclamaciones:¡Salve, rayo del sol espiritual! ¡Dios te salve, alumbradora de la luz que no tiene ocaso!¡Salve, resplandor que ilumina a las almas, tú que cual trueno abates a los enemigos!¡Salve, tú que hiciste salir el astro más refulgente!¡Salve, tú que haces nacer el manantial de tantas olas!!Salve, imagen viva de las fuentes sagradas...!¡Salve, pozo del cual se alumbra la alegría...!¡Salve, perfume del buen olor de Cristo, vida de alegría misteriosa!¡Salve, esposa Virgen...!
El venerar a María así llega a ser equivalente a aprender a conocer mejor a Cristo, a toda su obra y a su Iglesia; equivale a proclamar el amor con el cual Dios ama a los hombres y dar testimonio con María y la Iglesia de su omnipotencia e inmensidad (Zobel.-M. Caplain, La Virgen María)
MARÍA, EL PRIMERO Y GRAN TESTIGO DE DIOS
El Reino de Dios es el objeto principal de la buena nueva que la Iglesia anuncia al mundo. Ella expresa esta buena nueva en su predicación, en su liturgia, en su piedad y en su teología. Marta, pues, se halla naturalmente asociada con la predicación, la liturgia, la piedad y la teología de la Iglesia, de tal suerte que está constantemente presente en ellas e incluso omnipresentemente. Consciente de todo lo que se refiere al Reino, la Iglesia asocia a la Madre del Salvador con todos los grandes momentos de la vida cristiana, porque estos momentos deben ser, tanto pasos dados hacia la entrada en la posesión del Reino, como etapas de la realización del Reino en la vida de cada creyente. La Iglesia evoca el testimonio de María inmediatamente a continuación del testimonio del Testigo fiel y verdadero, el Príncipe de las obras de Dios (Ap 3, 14). Para la Iglesia, el testimonio de María se coloca naturalmente después del de Jesús por la sencilla razón de que el testimonio de Jesús por el Espíritu Santo tomó cuerpo en María, así como por el mismo Espíritu debe tomar cuerpo dentro de la Iglesia.Del mismo modo, la Theotókos, resucitada de entre los muertos por su Hijo, invocada por la Iglesia en sus oraciones, se aparece a la Iglesia como la personificación siempre presente de lo que constituye la vocación y todo el ser de la Iglesia. Es, pues, el símbolo vivo de la iglesia, la memoria del Reino de Dios, el signo de este Reino llegado con Poder. Lo que Dios manifestó en María es el más grande de los signos: manifiesta, en efecto, que se preocupó de crear al hombre y que tuvo a bien conceder al hombre, en su Hijo y su Espíritu Santo, su propia santidad, su propia eternidad, en una palabra, su propia vida.Pero si plugo a Dios dar semejante signo en María, no quería imponerlo de manera alguna. Uno puede verlo en el hecho de que la Palabra de Dios nos presente a María avanzando silenciosamente en el Evangelio, siempre la humilde sierva (Lc 1, 38; cf. 48) y siempre en pos de su Hijo. La misma cosa se ve también en el hecho de que la Iglesia ortodoxa, guiada por el espíritu de la verdad, se haya abstenido, excepción hecha del dogma de Éfeso (que es un dogma cristológico), en el terreno de su veneración marial, de toda definición dogmática y en que se haya conformado con expresar lo que cree que hay que decir de la verdadera Théotokos solamente en su oración litúrgica y su piedad.El llorado padre Boulgakov varias veces lamentaba esta ausencia en la Iglesia ortodoxa de dogmas oficiales definidos en materia de mariología por la voz del magisterio. Ahora bien, parece ser que es menester ver en este hecho no una debilidad de la mariología ortodoxa, sino, al contrario, un elemento de fuera. El Evangelio, como se acaba de decir, evita el imponer a la Madre de Cristo. La Iglesia de los Padres de los siete primeros concilios no recurrió a formulaciones dogmáticas proclamadas por la voz conciliar, excepto en casos de herejías graves, y solamente para barrerlas del camino. Además, las proclamaciones de dogmas, que se deben solamente a consideraciones teológicas y que no son determinadas por las necesidades vitales de la Iglesia, ofrecen el peligro cierto de declarar como formando parte de la doctrina de la Iglesia no solamente la doctrina que ellas tienen por objeto y que ellas afianzan, sino también el de una teología particular que apoye esta doctrina, es decir, una manera de pensar propia a una escuela o una época determinada. Pero independientemente de esta consideración de prudencia teológica, debemos sostener firmemente que en materia de mariología, aun cuando se asevere perfectamente necesaria y legítima, la dogmatización no debe intervenir excepto con la máxima reserva. Al dar a los hombres, en María, un signo de su Reino, Dios no añadió nada al evangelio que la anuncia. Sólo quiere hacernos constar que el Reino ya ha venido y que a partir de ahora lleva a todos sus frutos (Zobel.-M. Caplain, La Virgen María).
MADRE DE LA UNIDAD
Habiendo leído el texto de Lutero y el interesante prefacio del prior de Taizé, opino igualmente que la publicación de estos extractos del «Comentario al Magníficat» podrían proporcionar tema de reflexión a muchos cristianos, católicos o protestantes, como me ha ocurrido a mí.El texto de Lutero nos informa de lo que piensa exactamente su autor de la Virgen María. Me ha hecho pensar. Y me ha estimulado en la oración.¿Quién duda de que su lectura atenta puede inducir a los lectores a reflexionar con serenidad en la deseada búsqueda de la unidad?Me uno de todo corazón a la oración final del prior de Taizé pidiendo a Dios y a Cristo, nacido de la Virgen María, «la primera entre todos los testigos», que nos reúna a todos en la unidad visible, para que, en comunión con todos los santos testigos de Cristo, nos gocemos en ti, Salvador nuestro, ahora y por siempre en los siglos de los siglos. Amén. (Cardenal Martin, París)
SUPERAR LAS OPOSICIONES MIRANDO A MARÍA
Entre los factores que separan a los cristianos juega un papel primordial la sensibilidad. ¿Hay obstáculo mayor que lo irracional? Hoy, sin embargo, que nos queremos liberar de todo tipo de reacción irracional, podemos dirigir nuestra mirada hacia la Madre de Cristo, sierva del Señor y figura de la Iglesia. Queremos escapar del círculo vicioso de las oposiciones en que nos ha metido la historia.El ecumenismo ha creado hoy ya una actitud nueva en este punto. En las Iglesias protestantes históricas no se encuentra ya esa oposición brutal a la persona de la Virgen. Esa oposición queda restringida a determinados círculos sólo. Existe en el protestantismo veneración hacia la Madre de Cristo, a la que se la relaciona frecuentemente con el papel cada día más firme de la mujer en la iglesia.En el campo católico, la renovación actual busca el equilibrio exacto que le corresponde a la piedad mariana en el contexto del misterio de Cristo y de la Iglesia. El capítulo último de la «Constitución sobre la Iglesia» es buena prueba de ello. Se estudian las relaciones entre María y la Iglesia partiendo de la afirmación de Cristo mediador (Roger Schutz, Prior de Taizé).
(Tomado de "Antología Mariana", EDIBESA).