Carta Pastoral de los obispos de
Pamplona y Tudela, Bilbao, San Sebastián y
Vitoria
SUMARIO
INTRODUCCIÓN (n. 1)
Conversión y renovación (n. 2)
Una renovación a fondo (n. 3)
Los destinatarios de la Carta Pastoral
(n. 4)
Estructura de la Carta (n. 5)
I.– RADIOGRAFÍA DE NUESTRAS COMUNIDADES
ECLESIALES
1. Una mirada analítica (n. 6)
Los creyentes motivados y comprometidos
(n. 6)
Los cristianos practicantes (n. 7)
Los practicantes ocasionales (n. 8)
Los alejados de la vida de la comunidad
(n. 9)
Una aproximación global (n. 10)
Signos alentadores (n. 11)
2.1.1. En el ámbito estricto de la
Iglesia (nn. 11-12)
2.1.2. En el amplio mundo religioso (nn.
13-14)
Signos preocupantes (n. 15)
2.2.1. Una crisis religiosa global (n.
15)
Crisis de creencias (n. 16)
Crisis de las normas morales (n. 17)
Crisis de la práctica religiosa (n. 18)
«¿Crisis de Dios?» (n. 19)
2.2.2. Un proceso de secularización
interna (nn. 20-21)
2.2.3. Una institución eclesial
debilitada (nn. 22-23)
II.- LAS RAÍCES DE NUESTRA ACTUAL
SITUACIÓN
Un cambio primordialmente cultural (n.
24)
Cambios múltiples (n. 25)
2.1. Crisis de tradición (n. 25)
2.2. Crisis de instituciones (n. 26)
2.3. El individualismo (n. 27)
2.4. La tendencia nihilista de nuestra
cultura (n. 28)
2.5. «Producir y consumir» (n. 29)
Las debilidades e infidelidades de la
comunidad cristiana (n. 30)
3.1. El descuido de la experiencia de la
fe (n. 30)
3.2. La difuminación de los contenidos
nucleares de la fe (n. 31)
3.3. La crisis del seguimiento (n. 32)
El predominio de la ética sobre la fe
viva (n. 33)
La tendencia a la fragmentación (n. 34)
Reacciones inadecuadas ante el impacto
cultural (n. 35)
III.– LECTURA CREYENTE DE NUESTRA
SITUACIÓN ECLESIAL
A) Algunas claves de lectura (n. 36)
Una prueba dolorosa (n. 36)
Un desafío colosal (n. 37)
«Derribados, pero no abatidos» (n. 38)
La Religión pervive (n. 39)
El Espíritu actúa en el mundo y guía a la
Iglesia (n. 40)
Tiempo de conversión (n. 41)
B) Una espiritualidad para nuestra época
(n. 42)
Una espiritualidad de la confianza, no
del optimismo (n. 42)
Una espiritualidad de la fidelidad, no
del éxito (n. 43)
Una espiritualidad de la responsabilidad,
no del culpabilismo (n. 44)
Una espiritualidad de la esperanza, no de
la nostalgia (n. 45)
Una espiritualidad de la paciencia, no de
la prisa (n. 46)
Una espiritualidad del aprecio de lo
pequeño, no de la ambición de lo grande (n. 47)
Una espiritualidad de la sintonía, no de
la distancia (n. 48)
Una espiritualidad de la sanación, no de
la condena (n. 49)
IV.– LAS CLAVES DE UNA VERDADERA
RENOVACIÓN (n. 50)
Una fe ungida por la experiencia (n. 51)
1.1. Necesaria (n. 51)
1.2. Qué experiencia (n. 52)
1.3. Iniciar y reiniciar (n. 53)
1.4. Aprender a orar (n. 54)
Una fe trabajada por el seguimiento (nn.
55-56)
Una fe vivida en comunidad (n. 57)
3.1. ¿Colectividad o comunidad? (n. 57)
3.2. La comunidad es necesaria para vivir
la fe (n. 58)
3.3. A imagen y semejanza de las
comunidades del NT (n. 59)
3.4. Comunidades y comunidad (n. 60)
3.5. Hacia una mayor y mejor comunicación
(n. 61)
Una fe urgida a la evangelización (n. 62)
4.1. Nueva evangelización (n. 62)
4.2. Los motivos del impulso
evangelizador (n. 63)
4.3. Los interlocutores de hoy (n. 64)
4.4. Cómo evangelizar (n. 65)
4.5. Con los pobres al fondo (n. 66)
V.– APUNTES PARA CONCRETAR NUESTRAS
OPCIONES (n. 67)
Un estilo pastoral renovado (n. 68)
1.1. Más espiritual (n. 68)
1.2. Más evangelizador (n. 69)
1.3. Más comunitario (n. 70)
1.4. Más corresponsable (n. 71)
1.5. Más personalizado (n. 72)
1.6. Cuidar a los evangelizadores (n. 73)
Renovar las grandes tareas eclesiales (n.
74)
2.1. El servicio a la Palabra de Dios (n.
74)
2.2 La Celebración (n. 75)
2.3. La acción caritativa y social (n.
76)
Remodelar algunas estructuras pastorales
(n. 77)
3.1. Abrir la parroquia (n. 78)
3.2. Las Unidades Pastorales o
supraparroquiales (n. 79)
3.3. El equipo pastoral o ministerial (n.
80)
Impulsar asociaciones y movimientos
laicales (n. 81)
3.5. Reavivar y reinsertar los carismas
de la vida religiosa (n. 82)
CONCLUSIÓN (n. 83)
INTRODUCCIÓN
1. La conversión a Jesucristo y a su
Evangelio no es un episodio puntual y pasajero de la vida
cristiana, sino un proceso constante y necesario. Son
innumerables las páginas del Antiguo Testamento en las que
somos invitados reiteradamente a convertirnos a Dios. Jesús
inaugura su ministerio público con el mismo mensaje: «El
Reino de Dios está llegando: convertios y creed en el
Evangelio». La llamada enérgica de Jesús es repetida con
alta intensidad y frecuencia a lo largo de todo el Nuevo
Testamento. Vivir en cristiano consiste en convertirse
continuamente. Este axioma es válido para las personas, las
comunidades y las mismas instituciones de la comunidad del
Señor.
Hay una época del año litúrgico en la que
se vuelve más explícita y apremiante la llamada de Dios a la
conversión: la Cuaresma. En ella, Dios mismo, a través de la
Iglesia, nos ofrece más abundantemente su Palabra, la gracia
del Sacramento de la Reconciliación, la Eucaristía que
consolida nuestro retorno al Señor. En ella, la Iglesia nos
exhorta a orar más y mejor, a practicar la austeridad que
nos hace más sensibles ante la voz de Dios y a desprendernos
más generosamente de nuestros bienes en favor de los
necesitados. La Cuaresma es, pues, «tiempo fuerte» de
conversión.
Conversión y renovación
2. La Escritura utiliza una gran variedad
de términos para designar este rasgo esencial de nuestra
vida cristiana.
Convertirse es retornar a Dios,
purificarse, reconciliarse, cambiar de orientación vital.
Cada una de estas expresiones evoca mejor que las demás
alguno de los múltiples aspectos de la conversión cristiana.
Una de ellas recoge más explícitamente el aspecto que
quisiéramos subrayar en esta Carta Pastoral: en los escritos
del Nuevo Testamento convertirse equivale a renovarse.
En varios pasajes, el apóstol Pablo, en
sintonía con todo el Nuevo Testamento, nos apremia a
renovarnos interiormente despojándonos del «hombre viejo» y
revistiéndonos del «hombre nuevo creado a imagen de Dios
para llevar una vida santa».
Convertirse es, pues, para Pablo,
transformarnos en hombres y mujeres nuevos. El vocabulario
por él utilizado nos aclara que la renovación no consiste en
crear otros creyentes y otras comunidades, sino en hacer que
estos creyentes y estas comunidades sean «otros», es decir,
más impregnados de la pasión por Dios, más tocados por la
debilidad hacia los pobres, más modelados en su conducta por
los valores evangélicos, más auténticos testigos de la fe.
Una renovación a fondo
3. La perspectiva paulina de la
conversión nos resulta altamente iluminadora y actual en un
momento en el que nuestras diócesis están empeñadas en un
proceso de renovación espiritual y de remodelación pastoral.
En efecto, la renovación postulada por
San Pablo no consiste ni en inventar ni en restaurar ni en
retocar la vida cristiana personal o comunitaria. La Iglesia
está ya inventada, aunque necesitamos creatividad, valentía
y paciencia para colaborar con el Espíritu en su renovación.
La Iglesia no necesita ser restaurada según el modelo de
tiempos recientes ya caducados, aunque habrá de redescubrir
y reincorporar valores evangélicos que se han debilitado en
ella. La Iglesia necesita algo más que simples retoques que
dejan prácticamente intactas sus brechas y sus heridas
actuales; habrá de implicarse en una renovación profunda que
le conduzca a aceptar a Jesucristo como único Señor y a
situarse en actitud de servicio evangélico a la comunidad
humana.
Los destinatarios de la Carta Pastoral
4. Al escribiros este mensaje pensamos,
en primer lugar, en el núcleo vivo de nuestras comunidades
que comparten con nosotros la misma fe y el mismo amor y
preocupación activa por la Iglesia. Son nuestros primeros
destinatarios. Quisiéramos ofrecerles alguna claridad en
tiempos de bruma y confortar su esperanza. Tenemos también
ante nuestra mirada a los numerosos practicantes habituales
que celebran con nosotros la Eucaristía dominical y
necesitan ser invitados a una vida cristiana más evangélica,
más activamente corresponsable en la Iglesia y más
interpeladora para la sociedad. Nos dirigimos además a
aquellos bautizados que mantienen una fe siquiera debilitada
y unos vínculos circunstanciales con la comunidad eclesial,
con el ánimo de ayudarles a descubrir la verdad, la belleza,
la bondad y la dicha de ser auténticos cristianos y con el
propósito de advertirles del riesgo de ir perdiendo
progresivamente su fe.
Deseamos asimismo establecer un diálogo
con aquellos increyentes que experimentan con alguna
frecuencia una insatisfacción por su modo de vivir y se
preguntan a sí mismos si eso es todo lo que hay que hacer en
esta vida y todo lo que se puede esperar de ella.
Quisiéramos mostrarles que, gracias a Aquél que murió y
resucitó por nosotros, vivir es mucho más que eso. No
podemos olvidar, en fin, a aquellos otros increyentes
entregados a causas nobles que constituyen para ellos
verdaderas «religiones sin Dios»: la búsqueda de la verdad,
el compromiso por la justicia y la práctica de la
solidaridad. Apreciamos su honestidad y generosidad y
queremos mostrarles «el Dios desconocido» que está en el
fondo de sus mejores inquietudes.
Estructura de la Carta
5. El primer capítulo quiere responder a
la pregunta: ¿«cómo estamos»? Intenta ser una mirada
descriptiva de la situación de nuestras comunidades
eclesiales (parroquiales y no parroquiales) y de los
creyentes que las componen. Esta mirada pretende ser, al
mismo tiempo, analítica y sintética. Por ser analítica,
describirá la variada gama de creyentes que se extiende
desde la adhesión honda a la fe y a la comunidad hasta los
umbrales mismos de la indiferencia religiosa. Por ser
sintética recogerá aquellos rasgos, desafíos, problemas y
deficiencias que afectan globalmente a nuestras comunidades
diocesanas. Vamos a encontrarnos con un panorama que si en
algunos puntos es alentador, resulta en otros muchos
gravemente preocupante.
El segundo capítulo quiere explicar por
qué nos hallamos hoy en esta situación. Retrataremos y
valoraremos el ambiente que nos envuelve, poderoso y
altamente modelador de la mentalidad, la sensibilidad, las
actitudes y los comportamientos de creyentes e increyentes.
Junto a estas causas exteriores anotaremos y valoraremos
algunos factores interiores a la misma Iglesia que han
contribuido también a su actual situación.
El tercer capítulo será, más bien,
interpretativo. Diseñará una lectura creyente de «la noche»
por la que pasan nuestras Iglesias. Al mismo tiempo
destacará los «signos del nuevo día» que empieza a
entreverse en sus sombras. Y esbozará algunos rasgos de la
espiritualidad reclamada por la estructura misma de nuestra
fe y por la coyuntura de nuestro tiempo.
La situación de la sociedad y de la misma
Iglesia están reclamando que adoptemos o consolidemos unas
opciones básicas necesarias para que la comunidad cristiana
y sus miembros mantengamos y aquilatemos, en tiempos de
crisis, nuestra identidad, ofrezcamos el Evangelio de Jesús
y contribuyamos a humanizar nuestro mundo. Identificar y
describir estas opciones constituirá el meollo de un nuevo
capítulo: el cuarto.
De unas opciones básicas asumidas con
coherencia se deriva la elección de unas actividades
prioritarias que sean una parcial y modesta encarnación de
aquellas opciones. No podemos hacerlo todo. Hemos de
concentrarnos en lo fundamental y realizarlo de manera
adecuada. El capítulo final se propone enumerar y exponer
estas prioridades.
I.– RADIOGRAFÍA DE NUESTRAS COMUNIDADES
ECLESIALES
1. Una mirada analítica
6. Renovar las comunidades eclesiales
presupone conocer su situación, su temperatura creyente y
eclesial. Tal situación no es homogénea, sino variada. Una
radiografía elemental de nuestras diócesis refleja niveles
de fe y de vida cristiana muy diferentes. Vamos a
describirlos sucintamente.
1.1. Los creyentes motivados y
comprometidos
Son el núcleo central y más vivo de
nuestras comunidades. Nos conforta su adhesión viva a
Jesucristo, su servicio a la comunidad cristiana y su
generosidad en el compartir. Tienen una sensibilidad
religiosa despierta, que se refleja en una práctica orante
diaria o frecuente. Buscan una mayor formación que les ayude
a vivir una auténtica vida cristiana en la familia, en el
trabajo, en las pruebas de la vida, en el uso de los bienes.
Su fe constituye un auténtico estímulo que les induce a
asumir compromisos de servicio dentro de la comunidad cívica
o de la comunidad eclesial.
Sienten preocupación dolorida ante la
creciente debilidad de la Iglesia, a la que aman mucho. Es
su casa. Experimentan esta debilidad en miembros de su misma
familia y sufren por ello. Se preguntan si en un futuro
próximo el declive de la fe no va a reducir a la Iglesia a
un residuo sin relieve. Quisieran que esta Iglesia fuese más
evangélica, menos clerical, más participativa. A pesar de
ello siguen en la brecha con tenacidad y fidelidad.
Encuentran en la fe y en la oración consuelo y fortaleza.
Ciudadanos de esta sociedad concreta e
impregnados de su sensibilidad, no todos sintonizan siempre
fácilmente con algunas formulaciones doctrinales y morales
de la Iglesia. Pero esta tensión, nacida de su pertenencia a
la comunidad humana y a la comunidad cristiana es bien
asumida. Una actitud hecha de fidelidad y de libertad es su
talante habitual.
Este núcleo ha crecido mucho en los dos
últimos decenios. Son muchos miles; más numerosos los que se
comprometen en tareas eclesiales que los que se implican en
virtud de su fe en la humanización de la sociedad a la que
se sienten enviados por el Señor. Tal vez la tentación mayor
de este primer grupo es la desesperanza ante el rumbo de la
sociedad y el debilitamiento evangélico del conjunto de la
comunidad cristiana. Con frecuencia tienden a acentuar más
los males eclesiales y sociales que a identificar sus
aspectos luminosos. Son un tesoro para la Iglesia, un
consuelo y esperanza para sus pastores.
1.2. Los cristianos practicantes
7. Se mantienen fieles a la práctica
semanal de la Eucaristía. Un buen número responden también a
otras convocatorias: catequesis cuaresmal, celebraciones de
la Penitencia, marchas a Santuarios, Vía Crucis, Asambleas
parroquiales... Colaboran económicamente con la comunidad
cuando se trata de necesidades eclesiales y sociales. Se
muestran bastante sensibles afectiva y activamente a la
miseria del Tercer Mundo. Con todo, se sienten más bien
destinatarios de unos servicios religiosos que miembros
habitualmente activos de la comunidad eclesial.
Es un grupo todavía muy numeroso, pero en
neto y continuo descenso. Los porcentajes en nuestras
diócesis son desiguales, pero progresivamente bajos. Resulta
patente y preocupante la débil presencia de jóvenes y de la
generación entre los 30 y los 50 años.
Bastantes pertenecen a generaciones para
las cuales la Misa dominical entra como una pieza natural
dentro del programa de la semana. La práctica religiosa es
para ellos una valiosa herencia que han recibido. Se han
identificado vitalmente con ella y quieren sinceramente
conservarla, porque «forma parte de su mundo» y es signo
especial de su fe. Otros continúan fieles a esta práctica
cuando muchos de su generación se han ido descolgando por
desidia, por decepción, por enfriamiento de su fe. Sienten
que ésta «les dice algo». Su fidelidad a este Encuentro
cristiano fundamental no es, pues, fruto de la mera
costumbre, sino una opción personal.
Los cristianos practicantes oran,
siquiera de manera simple, vocal y frecuente, sobre todo en
momentos de emergencia. Su espiritualidad, aunque sólida, es
bastante elemental. Tantos años de escucha de la Palabra y
de la predicación han dejado en ellos la herencia de
criterios y actitudes honestas y cristianas. Con todo, la
influencia del ambiente cultural y de las formas de vivir
actuales se deja sentir en el pensamiento, la sensibilidad y
el comportamiento de bastantes. La adhesión mental y
práctica a determinadas pautas morales de la Iglesia no es
tan clara ni tan generalizada sobre todo en el campo de la
ética sexual, familiar y social. Tales incoherencias no
deterioran, sin embargo, en ellos la conciencia, el afecto
confiado y la voluntad de pertenecer a la Iglesia. Se
autodenominan sin vacilaciones «católicos practicantes».
Al ser, con mucho, el más numeroso, este
grupo contribuye decisivamente a la creación de la imagen
social de la comunidad cristiana. Por un lado, al
congregarse cada domingo para la Eucaristía, constituyen el
rostro tal vez más visible y habitual de la Iglesia. Si su
número siguiera descendiendo la misma visibilidad de la
Iglesia quedaría desdibujada. Por otro lado la mediocridad
cristiana de bastantes practicantes difumina sensiblemente
el testimonio evangélico, que es razón de ser de la Iglesia.
1.3. Los practicantes ocasionales
8. Un considerable porcentaje de
bautizados (aproximadamente un tercio según los sondeos
realizados) se desentienden del Encuentro semanal de la
Eucaristía. Su práctica religiosa pública queda reducida a
la celebración litúrgica de momentos especiales de su
existencia por medio del bautismo, la primera comunión, el
matrimonio o los funerales. En unos, el desarraigo de su
parroquia de origen, las exigencias del ocio en los fines de
semana, la «normalización social de la inasistencia» y otros
factores han producido este desenganche. En otros, más
jóvenes, la costumbre de la Misa dominical apenas ha
existido en la historia de su vida. La escasa apetencia
religiosa es uno de los caracteres preocupantes de este
grupo. No por ello se sienten desligados del todo de la
comunidad cristiana. Es más: «quieren que en nuestra
sociedad exista la Iglesia institucional y los valores que
representa». En las encuestas se califican a sí mismos como
«católicos no practicantes». Pero sus lazos reales con la
comunidad son, por lo general, débiles. Poco conectados con
ella, son propensos a compartir en cierta medida con el
ambiente una imagen poco positiva de la comunidad eclesial y
de sus pastores. Sus criterios y comportamientos morales no
parecen distinguirse significativamente de los del conjunto
de la sociedad. Su espiritualidad es, en muchos casos,
bastante pobre.
Tres rasgos de valor incalculable
subyacen sin embargo en estos «creyentes desvanecidos».
Cuando son interpelados acerca de su fe responden
inmediatamente que son creyentes. Hay un «algo» precioso,
que los mantiene ligados a una fe siquiera fragmentada e
imprecisa y que les vincula también a la Iglesia a la que no
quieren dejar de pertenecer. El segundo rasgo es la oración.
Los estudios sociológicos muestran que un buen porcentaje
ora eventual o esporádicamente, a veces intensamente. El
tercer rasgo es la inquietud religiosa que se despierta en
una proporción numérica no desdeñable cuando, con ocasión de
los sacramentos de los hijos, se sienten invitados a
repensar su actitud religiosa. Sin embargo, estos tres
tesoros parecen más bien restos de un naufragio. Los
sociólogos observan que, año tras año, estos «católicos no
practicantes» van pasando a engrosar el grupo de los
indiferentes.
1.4. Los alejados de la vida de la
comunidad
9. Hay todavía un grupo de bautizados
cuyos vínculos con la fe y la Iglesia son más tenues, casi
inexistentes. Muchos de ellos afirman creer en Dios. Pero su
rostro no tiene trazos vigorosos. Es una especie de sol
mortecino. El nombre de Dios no les es ni familiar ni
movilizador. Más que creer en Dios, creen que Dios existe.
Esta creencia no tiene influencia ninguna en su diario
vivir. Algunos tienen de Él una imagen nebulosa y
desdibujada, de rasgos apenas personales. «Tiene que haber
Algo» es su expresión socorrida. Otros están incluso
cercanos al agnosticismo: «creo que existe, pero no estoy
muy seguro». Jesucristo es para ellos un personaje de una
talla mental y moral excepcional pero no están muy
convencidos de que sea el Hijo de Dios. Del Evangelio
aprecian casi exclusivamente sus valores morales de signo
humanista. El conjunto del mensaje cristiano les parece una
construcción mental tejida, a lo largo de los siglos, en
torno al recuerdo de Jesús. La oración no tiene cabida en
sus vidas, salvo en momentos muy críticos y angustiosos.
Se autocalifican cristianos y católicos.
Pero estas expresiones tienen en ellos un sentido casi
exclusivamente sociológico. Tienen conciencia, más o menos
explícita, según su nivel cultural, de pertenecer a esa
tradición occidental que tuvo al cristianismo y a la Iglesia
como su principal matriz y su aliento inspirador. Quieren
seguir perteneciendo a esa tradición cultural que les ha
modelado. Cuando en ocasiones, más bien excepcionales, se
acercan a la Iglesia, pretenden expresar y mantener su
pertenencia a dicha tradición. Son «católicos sin Iglesia,
sin Cristo Salvador y sin Dios Padre».
Han llegado a su situación actual a
través de muchos caminos. El abandono de la práctica les
privó del contacto cercano con testigos vivos de la fe. Un
concepto estrecho de la razón, que no admite como razonable
lo que es misterioso, ha ido vaciando por dentro el edificio
de su fe temprana, como las grandes termitas carcomen la
pulpa de los árboles en un bosque tropical: quedan el tronco
y el ramaje casi vacíos. Una forma de vivir que se mueve en
los espacios de una familia, una profesión y unas relaciones
sociales, que no les suscitan preguntas más radicales, les
asienta en su posición.
2. Una aproximación global
10. Era muy conveniente identificar y
describir a los diferentes grupos de cristianos que forman
parte de nuestras diócesis para no ser imprecisos ni
injustos. Pero la descripción antedicha no nos permite
detectar con suficiente nitidez fenómenos importantes y
generales que están sucediendo tanto en el ámbito de la
Iglesia como en el amplio mundo de la misma Religión.
Aproximarnos a ellos es necesario para tomar de verdad el
pulso a nuestras comunidades. Algúnos son signos
alentadores. Otros, en cambio, resultan muy preocupantes. Es
preciso recoger unos y otros para evitar al mismo tiempo un
optimismo que no quiere ver la realidad en toda su crudeza y
un abatimiento que sólo registra datos sombríos del panorama
eclesial.
2.1. Signos alentadores
2.1.1. En el ámbito estricto de la
Iglesia
11. Existen en todos los rincones de
nuestras Iglesias realidades evangélicas que certifican la
presencia viva y activa del Espíritu Santo. La Palabra de
Dios comienza a ser mejor conocida y más estimada que en
épocas pasadas. A pesar de que no ocupa todavía el puesto
central que se merece, va convirtiéndose efectivamente paso
a paso en «sustento y vigor de la Iglesia». Se multiplican
las sesiones de iniciación a su lectura personal y
comunitaria. Muchos creyentes están descubriendo con alegría
la Palabra del Señor y experimentan su eficacia salvadora.
Devolver la Palabra al pueblo creyente es un viejo deber de
sus pastores.
Algo semejante sucede con la misma
teología. El número de laicos/as que se acercan a servicios
de formación ofrecidos por nuestras Iglesias es notable y
creciente. El deseo de conocer mejor el meollo de nuestra
fe, la inquietud por disipar dudas y malentendidos, la
voluntad de llevar una vida cristiana más coherente y la
preocupación por «formarse mejor para formar mejor» motivan
a los que buscan este servicio eclesial.
Es verdad que bastantes asistentes a la
Eucaristía dominical la encuentran tediosa y repetitiva. Sin
embargo, a pesar del largo camino que nos queda por
recorrer, es indudable que la calidad de su celebración ha
mejorado en muchos lugares. En general, las moniciones, los
cantos, el ritmo, la participación, la proclamación de la
Palabra, la misma preparación han ganado en dignidad y
cuidado.
La solidaridad afectiva y efectiva con
los excluídos y marginados es un signo inequívoco de
humanismo y una piedra de toque imprescindible de nuestra
fe. Todos los indicadores revelan que en este punto la
«temperatura media» de los cristianos es más alta que la del
conjunto de la sociedad. Nuestras Cáritas son vigorosas y
creativas y constituyen uno de los rostros de la Iglesia más
reconocidos por la sociedad. El número de cristianos
implicados en iniciativas de solidaridad, eclesiales y
cívicas, es notable. El desprendimiento económico de la
comunidad cristiana a favor de los necesitados alcanza una
parte muy substanciosa de sus ingresos reales. La aportación
a «Manos Unidas» y otras organizaciones en favor del Tercer
Mundo, es extraordinariamente generosa. Es verdad que los
pobres no están todavía en el centro de nuestras comunidades
en torno al Señor. Es asimismo verdad que están cada día más
cerca.
12. En los veinte últimos años el número
de laicos implicados en tareas de colaboración pastoral se
ha multiplicado. Las puertas para favorecer su formación y
su verdadera corresponsabilidad están cada vez más abiertas.
Notamos, sin embargo con preocupación, que el relevo de las
generaciones de ayer se torna cada día más difícil. La
resistencia al compromiso estable es hoy común en toda la
sociedad. Cada vez cuesta más encontrar gente dispuesta para
formar parte de un comité de empresa, para militar en un
partido político, para presentarse en una candidatura
municipal, para formar parte de un consejo escolar, para
renovar la directiva de un club deportivo. Y, por supuesto,
para comprometerse en tareas y responsabilidades de una
parroquia o de una obra eclesial.
La imagen de nuestra Iglesia es
«directiva y poco participativa». La realidad va cambiando
paso a paso. Casi todas nuestras parroquias tienen algún
órgano colegiado en torno a sus presbíteros: un Consejo de
Pastoral o una Junta parroquial. Casi todas las obras de los
religiosos tienen también sus Consejos. El Consejo Pastoral
Diocesano es una realidad asentada. Es cierto que quedan
todavía reflejos autoritarios y decisiones tomadas en
soledad. Queda un trecho para que arraigue entre nosotros
una «cultura» participativa y corresponsable.
La misma situación de la Iglesia, carente
del respaldo de las instituciones civiles y del «viento a
favor» del ambiente, nos está ayudando a ser más humildes y
menos arrogantes, más transparentes y menos opacos en la
información y comunicación.
En fin, la pacificación de estas tierras,
marcadas por largos enfrentamientos; sacudidas por el
terrorismo; testigos de la vulneración de derechos humanos
individuales y colectivos; surcadas por sensibilidades
políticas muy diferentes; poco trabajadas por el diálogo
entre los partidos..., ha sido preocupación constante y
activa de los responsables eclesiales y de muchos
cristianos. El anhelo de una paz estable y justa es muy
intenso y muy extendido en la comunidad católica.
La intemperie religiosa que padecemos en
la atmósfera cultural de nuestro tiempo ha debilitado sin
duda la fe de muchos. Los horrores de la historia de la
humanidad en este último siglo (el holocausto nazi, los «gulags»
comunistas, las matanzas de Rwanda y Sudán, la extensión
pavorosa del SIDA así como las catástrofes naturales),
golpean nuestra fe con más contundencia que muchos libros de
los filósofos increyentes. Pero en muchos casos esta fe se
ha purificado y ha pasado de ser simplemente heredada a ser
más personal, más purificada y más trabajada.
2.1.2. En el amplio mundo religioso
13. El hombre y la mujer son, por su
propia estructura, «deseo de Dios». Están diseñados para
buscarle a tientas y encontrar su plenitud en Él. Por muy
adversas que sean las circunstancias para que emerja este
deseo, la orientación del ser humano a Dios tiene que
dejarse ver, de manera más o menos patente o latente,
incluso en ese grupo hoy muy numeroso que ni se pregunta ni
se ocupa ni se preocupa de Dios. Podemos, pues, rastrear
esta orientación a través de algunos indicios.
El primero de estos indicios nos lo
ofrece el análisis mismo del deseo humano. En sus
aspiraciones y proyectos, el hombre y la mujer de todos los
tiempos y lugares se manifiesta, incluso sin saberlo, como
un ser limitado dotado de un ansia ilimitada. A la luz de la
fe cristiana, este desnivel entre lo que puede y lo que
quiere, entre lo que busca y lo que encuentra no es, en
absoluto, señal de que somos seres «mal hechos», sino el
hueco en el que se revela la indestructible orientación del
hombre a Dios. Él está, pues, en el horizonte de todo deseo
humano. Cuando deseamos algo o deseamos a alguien estamos,
aún sin saberlo, deseando a Dios.
No es, pues, extraño que este deseo de
Dios se manifieste más o menos explícitamente en muchos de
nuestros contemporáneos increyentes. En algunos de ellos
aparece envuelto en la adhesión generosa a ideales que son
para ellos más importantes que sus propios intereses
personales. La lucha sostenida y pacífica por una sociedad
más justa, la entrega abnegada y constante a los últimos de
la tierra, la dedicación de una vida entera a promover la
salud, la ciencia, la dignidad de la mujer, la habitabilidad
del planeta, revelan la existencia en ellos de unos «valores
absolutos». Tales valores no tienen para ellos rostro
divino. Pero son sagrados. Desde una mirada creyente, tras
ellos está Dios.
Otras personas, formadas en medios en los
que Dios ha sido colocado más o menos «respetuosamente
aparte» y cargadas por ello de dificultades mentales y
vitales para abrirse a la fe, manifiestan un deseo más o
menos patente de Dios, una nostalgia de su existencia, un
querer que exista. Desde hace unos años es notable en varios
países el número de jóvenes mayores y de adultos, apenas
impregnados en su infancia por la propuesta cristiana, bien
integrados en su familia, en su profesión y en su vida
cívica, que se preguntan: «¿esto es todo? ¿No hay nada que
dé un sentido global a mi vida y a mi muerte, al gozar y al
sufrir, a las luchas, victorias y fracasos de la existencia?
¿Viviremos sólo ante nosotros mismos y ante los demás? ¿No
viviremos ante Alguien?» No es desatinado aventurar qué
inquietudes y preguntas semejantes anidan también, siquiera
por temporadas o en momentos existenciales, en muchos de
nuestros conciudadanos.
14. El auge increíble de los llamados
«nuevos movimientos religiosos» ha sorprendido a propios y
extraños. Nos aproximaremos más adelante a este fenómeno.
Digamos ahora que este «revivir de lo religioso», a pesar de
sus carencias, ambigüedades, contaminaciones y distorsiones,
lejos de revelar una descomposición de la Religión, parece
expresar una resistencia y una protesta del corazón humano
ante un clima social y cultural asfixiante, empeñado en
explicar, dominar y parcelar la realidad del mundo y
olvidado de contemplarlo como un todo, de respetarlo y de
preguntarse por su origen y su destino. Los nuevos
movimientos religiosos revelarían la apertura básica de los
humanos a Algo o Alguien que nos desborda.
Hay tres experiencias humanas que
desconciertan al hombre o a la mujer no religiosos y les
pueden abrir a ese Misterio que les desborda. La primera se
hace presente cuando nos sentimos como necesitados de
agradecer algo que no es puro fruto de nuestro esfuerzo ni
don de los demás y no sabemos a quién dirigir nuestro
agradecimiento. Unos padres increyentes que han tenido un
hijo, ¿no sienten la necesidad de dar gracias por este hijo
que, además de fruto de su amor y trabajo de la naturaleza,
es, sobre todo, regalo de Alguien? La segunda es la
experiencia de la culpa. Por más que esfuerzos personales y
corrientes culturales quieran acallarla ignorándola, aparece
vinculada a nuestro proceder como la sombra va unida al
cuerpo. ¿No necesita el ser humano confesar su falta,
saberse perdonado por Alguien, ser aceptado con sus errores
y verse de nuevo restituido en su dignidad perdida? La
tercera es la muerte de los seres queridos. Supone una
ruptura, siquiera corta, con nuestra vida ordinaria hecha de
trabajo, de ocio, de proyectos. Se ve la vida desde otra
posición. Ayuda a apreciar más algunos valores olvidados y a
no afanarse tanto por otros objetivos menos valiosos. Es
momento propicio para enfrentarnos con la pregunta: «¿qué
sentido tiene vivir si todo acaba así?».
Voces significativas y autorizadas,
hondamente preocupadas por la «profunda crisis de sentido
que conmueve a la sociedad contemporánea», se alzan aquí y
allá en el mundo alejado de la Iglesia y muestran su
resistencia a reducir la vida humana a «producir, consumir y
divertirse», cuando precisamente las conquistas humanas han
conseguido «aliviar el sufrimiento, mitigar la dureza del
trabajo, expandir la posibilidad del conocimiento... Hemos
desencantado el mundo para entregarlo a un mecánico
engranaje de causas y efectos, de funciones y utilidades»
sin encarar «el sentido del mundo ni percibir el misterio
que lo trasciende. Durante siglos este misterio ha sido
expresado bajo el nombre de Dios. Hay que plantear la
cuestión de Dios».
2.2. Signos preocupantes
15. A pesar de los indicadores
antedichos, la fe cristiana va debilitándose implacablemente
en todo el occidente europeo. He aquí un hecho unánimemente
reconocido por los observadores. Todos estos países sin
excepción registran un notable debilitamiento. Estamos
pasando en Europa un riguroso invierno religioso y eclesial.
Veamos sus caracteres más salientes:
2.2.1. Una crisis religiosa global
La Religión es, a la vez, un conjunto de
creencias, de normas morales, de prácticas, de símbolos, de
valores, de sentimientos. El alma de todos estos elementos
es la fe. Todos ellos y la fe misma, están hoy gravemente
tocados por la crisis. Ésta es más profunda en los grupos
humanos más alejados de la comunidad eclesial. Pero afecta
también a grupos más próximos, incluso internos a ella.
a) Crisis de creencias
16. Por supuesto, un número muy notable
de católicos asume íntegramente la fe de la Iglesia. Pero
son cada vez más numerosos los creyentes que se van
distanciando respecto de bastantes de sus contenidos. Apunta
la reserva crítica y la sospecha respecto a bastantes
afirmaciones medulares del Mensaje cristiano. La tendencia a
escoger en el «supermercado de la fe» aquellos ingredientes
de mi propio plato combinado es real y creciente. La «fe
heredada» va convirtiéndose para muchos en «fe subjetiva».
Algunos califican este fenómeno como «cisma soterrado».
b) Crisis de las normas morales
17. Existe un grupo notable de católicos
que aceptan «tal cual» todo el mensaje moral de la Iglesia.
Pero, en esta área, el desmarque con respecto a la doctrina
moral propuesta por aquélla es sensiblemente mayor. Tal
desmarque no es una simple desviación de una conducta
práctica que se aparta de las pautas morales. Numerosos
cristianos, incluso practicantes, ponen graves reparos ante
los criterios eclesiales relativos a la moral sexual,
familiar y a la ética de la vida humana. En estos puntos el
discernimiento moral que rige la conducta práctica se
realiza sin atenerse, al menos suficientemente, a la
doctrina eclesial. Es, con todo, sensiblemente más neta su
adhesión, al menos teórica, a la doctrina social de la
Iglesia e incluso a las líneas mayores de su mensaje moral.
c) Crisis de la práctica religiosa
18. He aquí el aspecto más visible de la
crisis. El abandono de la Eucaristía dominical por parte de
muchos es palpable y cuantificable. No es sólo un fenómeno
nuestro. En los sondeos sociológicos conocidos, una mitad de
los católicos se declaran «no practicantes». La práctica
dominical ha descendido en diez puntos a lo largo de los
diez últimos años. Algo análogo sucede, según afirmación
unánime de los analistas, en todos los países del occidente
cristiano europeo.
La edad media de los feligreses que vemos
en nuestras celebraciones eucarísticas es, por lo general,
elevada. La banda de asistencia entre los 15 y los 50 años
es muy estrecha.
Dos sacramentos de la iniciación
cristiana resisten por ahora esta erosión: el Bautismo y la
Primera Eucaristía. Los porcentajes son todavía muy altos,
aunque en algunas zonas comienzan a descender sensiblemente
y los motivos por los que son solicitados no son
exclusivamente religiosos. En muchos casos, ni siquiera son
los principales. A pesar de los notables cuidados pastorales
en torno al Sacramento de la Confirmación, el número de
adolescentes y jóvenes que acceden a él, tras haber conocido
recientemente un período de auge, está descendiendo
sensiblemente. La celebración del sacramento del Matrimonio
se mantiene en un 60%. La práctica individual del Sacramento
de la Penitencia ha sufrido una merma muy notable. La
celebración comunitaria se realiza al ritmo de los tiempos
fuertes del año litúrgico. La Unción individual de los
Enfermos ha descendido notablemente, mientras se han
intensificado y dignificado las celebraciones comunitarias
de este sacramento.
Con noble y justificado interés y éxito
desigual, nuestras Iglesias locales ofrecen encuentros de
preparación que intentan despertar la fe, con frecuencia
adormecida, antes de recibir los sacramentos. Se revelan
manifiestamente insuficientes para el fin que pretenden y
mueven al desaliento a no pocos pastores y responsables.
Al tiempo que la participación litúrgica
languidece, se mantienen y florecen entre nosotros algunas
manifestaciones de piedad y religiosidad populares. Prenden
no sólo en los católicos practicantes sino en muchos no
practicantes, incluso próximos a la indiferencia. El
atractivo religioso de nuestros santuarios, sobre todo
marianos, es evidente, persistente y consolador. Los «Vía
Crucis» del Viernes Santo congregan a creyentes de niveles
muy diversos. Estos fenómenos constituyen un vínculo
precioso, aunque insuficiente, de muchos creyentes de fe
distraída con su Iglesia.
Las Cofradías parecen resurgir. Somos
conscientes de sus múltiples motivaciones, de sus riesgos,
de la necesidad y dificultad de su purificación. Creemos,
con todo, que subsiste en ellas un «algo» de signo religioso
que se resiste a ser adulterado. Atraen a un número notable
de creyentes que no participan en la vida litúrgica de la
comunidad. Pensamos, asimismo, que pueden reflejar la
necesidad de asideros, en tiempos de un cambio tan profundo
y acelerado. Quienes se acercan a ellas parecen buscar
«tierra firme» en determinadas formas de religiosidad
colectiva heredadas de sus mayores. Necesitan atención y
seguimiento.
d) «¿Crisis de Dios?»
19. En los ámbitos más alejados de la fe
de la Iglesia, nos encontramos con bautizados y no
bautizados sumidos en una total indiferencia religiosa. Tal
situación fue ya prevista por el Vaticano II: «Muchedumbres
cada vez más numerosas se alejan prácticamente de la
Religión... Prescindir de ella no constituye, como en épocas
anteriores, algo insólito o individual. No parecen sentir
inquietud religiosa ni advierten por qué han de ocuparse de
la Religión». Entre jóvenes y mayores la indiferencia ha
adquirido en el último decenio amplitud y caracteres muy
graves.
Los indiferentes no son ateos: el ateo
niega a Dios; ellos no se pronuncian ni a favor ni en contra
de Dios. Simplemente se despreocupan de la Religión. No les
interesa. Sumergidos en las ocupaciones, preocupaciones,
satisfacciones y frustraciones de la vida cotidiana, no se
formulan preguntas que pudieran llevarles a los umbrales de
una opción de fe. Ellos «profundizan en la superficie» de la
existencia humana. Las encuestas detectan un 24% de nuestra
juventud que se adhieren a esta respuesta: «paso de Dios; no
me interesa el tema; para mí, Dios no existe».
Los caminos por los que han llegado a
esta estación en la que se han bajado del tren de la fe son
diferentes. Unos se han ido «silenciosamente» por un
abandono progresivo y nada reflexivo. Otros, más jóvenes, no
han tenido apenas una conexión de alguna consistencia con la
tradición creyente. Otros, tras un tiempo de conflicto
interior entre la fe y la increencia, han llegado a la
conclusión de que la fe, lejos de resolver los problemas
importantes de la vida, es un obstáculo para desenvolvernos
espontáneamente en este mundo. Bastantes se han identificado
con una percepción del cristianismo como algo extraño,
caduco y reaccionario. No faltan entre ellos algunos
espíritus muy sensibles a la mediocridad, la infidelidad e
incluso el escándalo de creyentes y pastores.
«La indiferencia no constituye, como
pensábamos en otros tiempos, una situación intermedia entre
el creyente y el ateo, sino la forma más radical de
alejamiento de Dios. Él ha dejado de ser problema: ni ocupa
ni preocupa».
La extensión de la indiferencia ha
conducido a algunos teólogos y analistas a detectar en el
horizonte de Europa la emergencia de una nueva modalidad
humana: «el hombre arreligioso» y a denominar la crisis
religiosa que padecemos como «crisis de Dios» (J.B. Metz).
Con todo, «el hombre y la mujer de hoy son diferentes pero
son humanos». No es que el Emisor no llame ni que el
receptor haya cambiado de onda; es que se encuentra
estropeada la comunicación.
2.2.2. Un proceso de secularización
interna
20. Las crisis antedichas manifiestan y
reflejan una crisis de mayor calado que afecta en alguna
medida a creyentes y pastores: la comunidad cristiana se
está secularizando (mundanizando). Así lo declaró en su día
nuestra Conferencia Episcopal: «La cuestión principal a la
que la Iglesia ha de hacer frente hoy en España no se
encuentra tanto en la sociedad o en la cultura ambiental
cuanto en su propio interior; es un problema de casa y no
sólo de fuera». La Iglesia está llamada a ser secular, pero
no a ser mundana. Ser secular significa ofrecer al mundo su
mensaje y su colaboración humanizadora. Ser mundana
significa acomodarse a los criterios, actitudes y
comportamientos vigentes en la sociedad, desviándose de los
criterios evangélicos. «Si la Iglesia se vuelve idéntica al
mundo... no tiene nada que decirle, sino repetirle
maquinalmente lo que éste ya sabe».
En un cierto grado, esto está sucediendo
en nuestras Iglesias. Tal sucede en la medida en que el
bienestar se nos vuelve más necesario que la espiritualidad,
la fe no es un valor a transmitir con respetuoso empeño en
la familia, la Semana Santa se nos convierte en «vacaciones
de primavera», los sacramentos son ante todo celebraciones
familiares y nuestra fe tiene escasa incidencia en las
opciones económicas y sociales que jalonan nuestra vida.
No queremos en absoluto subestimar las
comunidades reales. Las conocemos y las apreciamos. Son
gente honesta, de buena voluntad, no insensible a Dios ni a
su conciencia. No queremos culpabilizarlas ni desalentarlas
como si su debilidad se debiera primordialmente a su propia
pasividad y no a la poderosa influencia del ambiente.
Sabemos que es difícil «mantener el tipo» en esta sociedad.
Nos duelen las deficiencias que comprobamos, así como nos
alegran los signos de vida. Manifestamos con alegría que en
todas hay cristianos de calidad y en casi todas un núcleo
vivo, espiritual y entregado. Sabemos que es utópico pedir
radicalidad evangélica a colectividades a veces numerosas y
heterogéneas. Pero les debemos sinceridad y verdad. Al
decirla, reconocemos también nuestras deficiencias
personales como creyentes y pastores.
Es preocupante la insuficiente incidencia
de la fe en la existencia cotidiana de bastantes creyentes
incluso practicantes. Su vida individual y familiar, su
comportamiento al dictado de la propia conciencia moral, la
disponibilidad para el servicio, no parecen ser en ellos
«significativamente muy diferentes» por el hecho de su fe.
Una minoría abultada y admirable «marca netamente la
diferencia». Pero, en general, la coherencia entre la fe y
la vida debería ser sensiblemente mayor en el conjunto de la
comunidad creyente.
Hemos afirmado que dentro del gran grupo
de católicos los niveles de vida cristiana son muy diversos.
Pero, ¿no es cierto que, en una proporción considerable, la
experiencia de Dios, la formación teológica, los vínculos
con la Iglesia, la implicación sentida en el culto y el
compromiso eclesial y social, son más bien modestos? ¿Será
posible que los increyentes descubran en el rostro de estas
comunidades la novedad liberadora y salvadora del Evangelio?
Una cierta inapetencia religiosa no es, en alguna medida,
patrimonio exclusivo de los alejados de la fe.
21. Uno de los signos de nuestras
carencias espirituales y evangelizadoras es la gran
dificultad que experimentamos al transmitir la fe a las
jóvenes generaciones. Sería injusto atribuir a tales
carencias la responsabilidad principal de esta impotencia.
Muchos padres cristianos sufren y hacen lo indecible para
comunicar a sus hijos, como saben y pueden, el tesoro de la
fe cristiana. La cultura en la que están inmersos nuestros
niños y jóvenes es casi un paisaje polar para despertar a la
fe y crecer en ella. No podemos, sin embargo, omitir estas
tres observaciones. La primera nos recuerda que el riesgo de
que se interrumpa la cadena de la transmisión de la fe es
hoy real entre nosotros. Supondría un desfallecimiento de la
memoria cristiana en la sociedad. La segunda nos advierte
que, generalmente, los niños y jóvenes sensibles a la fe
proceden de familias sólidamente cristianas. Por desgracia,
no podemos afirmar que todas las familias sólidamente
cristianas tienen la dicha de ver crecer en la fe a sus
hijos. Ni todos los colegios netamente cristianos y
evangelizadores. Ni todas las parroquias que se dedican
arduamente a la pastoral infantil y juvenil. La tercera
observación registra que muchos padres no se empeñan
demasiado en despertar religiosamente a sus hijos ni saben
bien cómo hacerlo, puesto que ellos mismos están envueltos
en un mar de ignorancia religiosa, dudas, ambigüedades e
incoherencias.
La matriz de nuestras comunidades
eclesiales muestra, asimismo, su déficit de vigor en una
menor capacidad de engendrar asociaciones vivas que
enriquezcan la vida cristiana de la comunidad y aporten
oxígeno a la sociedad. Son muchos los grupos de laicos/as
asociados, desde la Acción Católica hasta los llamados
nuevos movimientos eclesiales. Pero es escaso el número de
sus miembros en proporción a la totalidad de los católicos
practicantes. Son grupos que toman muy en serio su fe y
cuidan y acompañan con esmero la de sus miembros. Cada uno
de ellos subraya aspectos fundamentales de la vida
cristiana: bien sea la oración, la formación de sus
adheridos, el servicio a la comunidad cristiana o el
compromiso con la sociedad. Tienen el riesgo de subestimar
otros valores cristianos básicos. No son, por lo general,
grupos enfrentados entre sí. Pero sería necesaria una menor
dispersión, una mayor comunicación y, en algunos de ellos,
un arraigo más sólido, más familiar y más confiado en la
comunidad diocesana.
Es verdad: no son tiempos propicios para
la militancia cívica ni para la militancia eclesial. Pero la
calidad evangélica de la comunidad cristiana es el caldo de
cultivo necesario para que nazcan en su seno grupos vivos y
vivificadores.
Parecido vigor necesita una comunidad
para que en ella puedan surgir vocaciones al ministerio
presbiteral, a la vida consagrada, a las misiones. La
atmósfera de la sociedad que envuelve e impregna a nuestros
jóvenes está muy revuelta para que germinen vocaciones de
esta naturaleza, necesarias para vigorizar la comunidad.
Aunque el Espíritu Santo las suscita donde quiere y cuando
quiere, la tierra de una comunidad enriquecida por una vida
cristiana ferviente es el suelo connatural de estas
vocaciones. ¿No necesita este suelo ser regado y abonado
para alumbrarlas?
2.2.3. Una institución eclesial
debilitada
22. La Iglesia católica ha sido
reconocida durante siglos como una institución sólida que
ofrecía a sus miembros una identidad muy precisa y mostraba
una notable cohesión. En unos tiempos en los que se cuartean
muchas instituciones valoradas en el pasado, también la
Iglesia, como institución, está padeciendo una grave crisis.
Por una parte, el alto crédito que ella y
sus responsables tenían en la sociedad ha bajado muchos
enteros. Algunas posiciones mantenidas por la Jerarquía no
sólo son discutidas y debatidas por una parte muy notable de
la sociedad, sino que suscitan en ocasiones una sensible
agresividad, por ser consideradas como interferencias
indebidas en una sociedad adulta o como intervenciones
dictadas por intereses corporativos empeñados en defender
situaciones de verdadero privilegio. Es verdad que la voz de
la Iglesia es escuchada con respeto cuando expone grandes
principios morales o los aplica a situaciones como la
guerra, el hambre y la miseria de continentes enteros. Es
también cierto que el aprecio real de muchos ciudadanos es
mayor que el aprecio reflejado en muchos Medios de
Comunicación. Pero... son horas bajas las actuales para la
credibilidad de la Iglesia. En los últimos años, la imagen
de la Jerarquía ha sufrido un notable descenso en la escala
de la valoración social.
Las mismas comunidades cristianas y sus
pastores inmediatos han perdido gran parte del relieve que
tenían en nuestras comunidades humanas. La gente cree
conocer el Evangelio que predican y no descubre en él
novedad alguna. La Conferencia Episcopal de España afirma
que la propuesta del Evangelio encuentra hoy menores
dificultades de acogida en personas no bautizadas, que no
tienen conocimiento alguno de él, que en otras bautizadas
para quienes les resulta «sabido y superado».
23. Es cierto, con todo, que gran parte
de nuestra sociedad descubre en el rostro de la Iglesia
algunos rasgos más amables: las acciones de Cáritas, el
testimonio de los misioneros, el compromiso de los
religiosos a favor de los últimos (p.e., los hogares para
víctimas del SIDA). Muchos otros aspectos saludables y
socialmente fructíferos (p.e., la Escuela cristiana), no son
suficientemente reconocidos.
Pero la crisis de la institución eclesial
no es sólo exterior. No consiste únicamente en la percepción
que de ella tiene la sociedad, sino también en las tensiones
internas entre la institución eclesial y la vida de
bastantes de sus miembros. Parecen cancelados, al menos por
ahora, los tiempos en los que ser cristiano se reducía
básicamente a creer confiadamente en el mensaje íntegro de
Dios propuesto por la Iglesia, en atenerse fielmente a todas
sus normas de comportamiento moral, en participar
regularmente en su vida cultual y en colaborar dócilmente en
sus obras apostólicas y sociales. El sentido crítico de
muchos encuentra dificultades en la fe propuesta. La alta
valoración de su autonomía les inmuniza ante ciertas normas
morales. Los mandatos relativos a la celebración dominical y
festiva chocan con una concepción más ancha de la ley y con
la organización del ocio en los fines de semana. Los
compromisos a favor de los necesitados se estrellan contra
las exigencias del individualismo y del confort y contra
jornadas laborales exigentes. En unos tiempos en los que se
ha difuminado un tanto la neta diferencia entre creer y
pertenecer, nos encontramos con la paradoja de creyentes que
declaran no pertenecer a la Iglesia e increyentes que dicen
pertenecer a ella.
Somos una Iglesia evangélica y
apostólicamente debilitada en una sociedad poderosa. Pero
«ni el cristianismo del pasado fue tan sólido como se cree,
ni el actual es tan débil como parece». Pablo nos recuerda
además que «cuando estoy débil, entonces soy fuerte», porque
«la fuerza (de Dios) se realiza en (nuestra) debilidad».
II.– LAS RAÍCES DE NUESTRA ACTUAL
SITUACIÓN
24. ¿Cómo hemos llegado a esta situación?
¿Cuáles son los factores internos y externos a la Iglesia
que han provocado la crisis actual? ¿Qué responsabilidad
tenemos, por acción u omisión, la comunidad cristiana y sus
pastores?
1. Un cambio primordialmente cultural
La reacción espontánea que genera el
panorama descrito en muchos creyentes sensibles y motivados,
suele consistir en un sentimiento de culpabilidad individual
y comunitario. La mediocridad de los cristianos, los
escándalos de personas y grupos eclesiales, la visión corta
de sus pastores, la falta de valentía para renovaciones de
calado serían los principales motivos de nuestra situación
actual. Habríamos convertido en rutina la novedad
transformadora del mensaje del Señor.
Nadie puede negar que la comunidad
cristiana y sus miembros (pastores y fieles) tenemos nuestra
cuota de responsabilidad. El Vaticano II afirmó con vigor:
«En la génesis del ateísmo puede corresponder a los
creyentes una parte no pequeña en cuanto que... por los
defectos de su vida religiosa, moral y social debe decirse
que han velado, más que revelado, el rostro de Dios y de la
religión».
Con todo el mismo Concilio nos orienta
también en otra dirección al decirnos que «la misma
civilización actual... puede dificultar a veces el acceso a
Dios porque está demasiado enredado en las realidades
humanas» y porque «adjudica indebidamente valor absoluto a
algunos bienes humanos que son considerados como dioses».
Hoy existe una convicción compartida en
virtud de la cual razones de orden cultural serían las
causas principales de la actual situación de la fe. Así lo
ve la Conferencia Episcopal de Francia: «La crisis que
atraviesa hoy en día la Iglesia se debe en buena medida a la
repercusión en la Iglesia misma y en la vida de sus
miembros, de un conjunto de cambios sociales y culturales
rápidos y profundos que tienen una dimensión mundial». Los
poderosos resortes de nuestra sociedad han influido
notablemente en la Iglesia. La visión moralista que atribuye
primordialmente la situación de la Iglesia a nuestros
pecados no es, pues, justa ni plenamente acertada.
Por otro lado, esta sociedad moderna y
poderosa a la que pertenece nuestra Iglesia, es una sociedad
en crisis, precisamente por la profundidad y la rapidez de
los cambios sobrevenidos. Ellos constituyen tal vez la más
severa y rápida ruptura cultural que se ha dado en la
historia. No controla sino muy imperfectamente la deriva
hacia la que le empujan sus mismos logros y fuerzas.
Altamente rica en los medios de que dispone es profundamente
pobre al diseñar sus propios fines. Estamos cambiando de
mundo y de sociedad. Un mundo desaparece y otro está
emergiendo, sin que exista ningún modelo preestablecido para
su construcción. La Iglesia se encontraba bien insertada en
el mundo que desaparece y permanece todavía desconcertada en
el que se está alumbrando.
2. Cambios múltiples
25. No tenemos el propósito ni la
competencia para ofrecer una imagen sistemática y completa
de los cambios culturales acaecidos. Menos aún pretendemos
demonizar la cultura de nuestro tiempo que aporta tantos y
tan grandes bienes económicos, sanitarios, formativos,
incluso morales (aunque, lamentablemente, no a toda la
humanidad). Nuestra intención es más modesta. Nos remitimos
a señalar algunos factores que han marcado especialmente
nuestra vida creyente y eclesial.
2.1. Crisis de tradición
Algunos sociólogos sostienen que vivimos
en una sociedad predominante y progresivamente
post-tradicional. No se debilitan solamente algunas
tradiciones, que se vuelven residuales o inexistentes. Es
toda la tradición la que esta cuestionada de raíz. La
revisión crítica de todas las tradiciones realizada con una
mirada no sólo cuidadosa, sino cautelosa e incluso suspicaz
les ha «movido el suelo», hasta el punto de que nuestra
sociedad va perdiendo memoria histórica y volviéndose
«amnésica».
La tradición es necesaria para
vincularnos con el pasado y proyectar el futuro. Da
coherencia a la vida individual y social. Al ser compartida,
ayuda a crear comunidad. Es fuente de moral porque nos
asigna unas obligaciones para con los otros. Posibilita la
comunicación entre los miembros de la comunidad porque les
ofrece un fondo común de creencias, valores y prácticas que
compartir.
Ciertamente hay tradiciones y
tradiciones. No son todas igualmente bienhechoras. Una
tradición muy rigurosa puede fácilmente coartar la libertad
personal y frenar la creatividad y el progreso. Puede
volverse esclerótica y convertirse en un corsé ortopédico
para sus miembros. Cuando tal sucede, la adhesión a la
tradición se vuelve tradicionalismo. Por eso las tradiciones
necesitan ser actualizadas. Pero, en principio, son un
saludable sostén de la humanidad.
No es extraño que la crisis de la
tradición afecte en su misma médula la vida de la Iglesia.
Muchos de nuestros contemporáneos contemplan a la Iglesia
como una institución anquilosada y aferrada a su propio
pasado que habría congelado el mensaje fresco y renovador
del Evangelio. Esta sensibilidad no es ajena a miembros de
la misma Iglesia. La reserva cautelosa ante el contenido de
la tradición que transmite la Iglesia y la tendencia a
sobrevalorar la novedad se alojan también en la vida de
bastantes creyentes.
La Iglesia es memorial viviente del
Acontecimiento salvador de la Muerte y Resurrección del
Señor Nos tocará mostrar con obras que si miramos al pasado,
lo hacemos no para fijarnos nostálgicamente en él, sino para
agradecerlo y extraer de él la fuerza que nos ayude a
construir el futuro que Dios quiere: una humanidad libre,
solidaria, dichosa, abierta a Él.
2.2. Crisis de instituciones
26. Las instituciones encarnan,
conservan, transmiten y actualizan las tradiciones. En
consecuencia están afectadas por una crisis análoga. La
institución familiar, sometida a tantas y tan profundas
transformaciones es uno de los ejemplos más actuales y más
conocidos en nuestros días. La institución escolar está
asimismo surcada por la crisis: la autoridad de los
educadores, y su mismo papel en la formación de los alumnos
están siendo muy cuestionados. Basta observar las cotas de
indisciplina hoy tan frecuentes en muchos centros. La
institución sindical está notablemente debilitada. El
porcentaje de afiliados no rebasa el 30% de la población
laboral. Los sondeos de opinión acerca de la valoración de
las instituciones políticas (gobiernos, partidos, etc.) las
sitúan entre los puestos más bajos de la clasificación. La
adhesión a ellas es precaria; la confianza depositada en
ellas es débil.
Hemos explicado ampliamente en el
capítulo I que la institución eclesial participa
intensamente de este descrédito generalizado. Nos limitamos
aquí a situarlo en un panorama más general y a subrayar la
repercusión de este fenómeno en la salud espiritual y
pastoral de la Iglesia. La institución eclesial es, según
opiniones autorizadas, el valor más erosionado de todo el
sistema cristiano. En consecuencia la misión mediadora de la
Iglesia en la transmisión de la fe y en la formulación de
las pautas éticas derivadas del Evangelio está hoy
seriamente comprometida.
2.3. El individualismo
27. La valoración del individuo es una de
las conquistas más importantes de los tiempos modernos. Un
ser humano no es un número ni una simple pieza de un
conjunto familiar o social. Tiene su singularidad
irrepetible y su derecho a un proyecto propio. Esta
convicción, presente hoy en el ánimo de las personas, ha
favorecido la libertad y la realización de muchos hombres y
mujeres.
Cuando la valoración del individuo no
está compensada y equilibrada por otros factores
importantes, conduce al individualismo. En el límite, para
el individualista las relaciones de grupo «valen» y «sirven»
si, en un balance, resultan gratificadoras para sus
miembros. El individualista no pertenece de verdad a nada ni
a nadie. No ama generosamente a nadie. Ama en la medida en
que los demás refuerzan su satisfacción o su autoestima.
La cultura de la individualidad, si no
quiere caer en un individualismo, ha de ser enriquecida por
la «cultura del vínculo». Ser persona consiste al mismo
tiempo en ser libre y en estar ligado. «Los grupos humanos
no sólo se fundan en la independencia individual, sino en la
dependencia mutua. Ella asegura el valor y el sentido de la
verdadera libertad».
Una tendencia predominante de la cultura
contemporánea empuja en la dirección del individualismo al
afirmar con fuerza «la independencia del individuo por
encima de la tradición y de la colectividad». «Estar bien
consigo mismo» parece haberse convertido en el supremo ideal
de vida para muchos.
En la medida en que la niebla del
individualismo envuelve e impregna a las personas, la
conciencia sentida de estar ligados a Dios, vinculados a una
comunidad, interiormente orientados a ser fieles y
solidarios, invitados con apremio a amar, se vuelve más
«contracultural», más extraña. «Quien no ama no conoce a
Dios». El individualismo puede inducir a lo sumo a formas de
religiosidad que pretenden sobre todo el bienestar
psicológico del individuo. Algunos «nuevos movimientos
religiosos» parecen responder a esta necesidad. No es, pues,
sorprendente, la apatía de tantos conciudadanos a aceptar la
doctrina y la vida cristiana propuestas por la Iglesia.
2.4. La tendencia nihilista de nuestra
cultura
28. Podría parecer contradictorio que en
una «cultura de la satisfacción» cobrara fuerza
simultáneamente la tentación nihilista. Sin embargo, muchos
expertos sagaces la detectan como una de las constantes de
nuestro tiempo.
«Nunca hasta ahora el hombre ha conocido
tanto acerca de sus orígenes; nunca ha sabido tan poco
acerca de su destino». Esta frase de un gran filósofo
retrata acertadamente una carencia de nuestro tiempo.
Conocemos cada vez mejor cómo funcionan las cosas y el mundo
pero, como confesará el mismo Nietzsche, «falta el fin,
falta la respuesta a la pregunta: para qué?» Para él la
realidad que somos y conocemos no tiene valor porque no
tiene sentido: en esto consiste el nihilismo.
Esta situación no es simplemente el
estado anímico de una minoría pensante que «está de vuelta».
Estamos más tocados de lo que parece por él. Cuando nos
acosa continuamente la expresión: «total, ¿para qué
esforzarme, para qué trabajar, para qué ser honesto y
solidario, para qué vivir?»; estamos siendo tentados, en
alguna medida, por el nihilismo. Cuando estas preguntas se
vuelven insistentes en el corazón de un creyente «¿qué otra
cosa le queda sino aprender a vivir solo, sin Dios y sin
moral? Todo da igual; nada vale».
La tendencia nihilista se hace patente
muy particularmente en la llamada «crisis de la mitad de la
vida», cuando el hombre y la mujer, llegados a este
altozano, contemplan su pasado con su carga de logros
precarios, de decepciones, de fatiga y atisban su futuro
lleno de interrogantes y nubarrones desde una voluntad de
vivir debilitada. No se trata de una simple crisis de
eficacia ni de impotencia. Es una crisis de sentido. La
pregunta brota desolada y desoladora: «¿Tiene sentido
empeñarse? ¿Vale la pena ilusionarse con las personas y los
proyectos? ¿No es un absurdo entregar la vida a los
menesteres que me ocupan? ¿No es un voluntarismo ciego,
estéril y fatigante, incapaz de aceptar el principio de la
realidad?»
La cultura presente acentúa y prolonga
esta situación transitoria, que se vuelve crónica en muchos
contemporáneos. Su malestar no queda ahogado por la
respuesta ingeniosa, pero tramposa, de J. Monod: «la
pregunta por el sentido no tiene sentido». Buscan sentidos
parciales que les motivan para vivir. La familia es uno de
los más nobles. Muchas mujeres, por ejemplo, confiesan
querer tener un hijo para tener a alguien a quien entregarse
y evitar el vacío de sentido en su vida. Los ideales
sociales de la lucha por los pobres y contra la pobreza, la
promoción de la mujer o la ecología del planeta, son
instancias de sentido que ofrecen un «para qué» o «para
quién». Otros motivos no son tan nobles: la acumulación del
dinero, la búsqueda obsesiva del placer, la ambición del
poder... Muchos viven enfrascados en estos sentidos
parciales.
Ninguno de éstos encuentra significación
al acontecimiento ineludible de la muerte. Sin un sentido
que englobe también a la muerte podemos, en el mejor de los
casos «ir de victoria en victoria hasta la derrota final».
Bastantes son conscientes de la necesidad de un sentido
global y lo buscan. Algunos lo encuentran en la fe cristiana
que nos recuerda que toda nuestra vida está envuelta en la
mirada de Dios Padre y en un amor que por ser más fuerte que
la necesidad de morir nos asegura una vida plena, perpetua,
comunitaria, dichosa en su Presencia. Pero otros muchos,
recelosos ante la tradición y desconfiados ante todo lo que
no se puede «tocar y pesar» no alcanzan, en esta cultura, a
descubrir en Dios el Sentido total de su existencia. Y
cuando el viajero se pierde en la niebla, tarde o temprano
todo le pesa para seguir caminando. «El hombre es creado
para vivir. Y para morir. Y para VIVIR. Tal es el ritmo de
la existencia cristiana: vivir-morir-VIVIR. Quitad la
tercera pieza y la vida es una atroz decadencia».
2.5. «Producir y consumir»
29. Despojada de su sentido, la vida
humana no tiene otro camino que la búsqueda de ídolos de
recambio a los que reconocer un valor absoluto. El ídolo más
socorrido de nuestro tiempo parece consistir en el binomio
«producir-consumir». El afán obsesivo por producir y el
ansia compulsiva de consumir son, en realidad, dos salidas
diferentes y falsas al vacío de sentido de la vida humana.
«Producir»: Se ha convertido para muchos
en una extenuante manera de llenar la vida. Las horas
dedicadas al trabajo y la intensidad demandada por él
detraen con frecuencia el tiempo necesario para una
convivencia conyugal y familiar de calidad. Reducen el
cultivo de las relaciones de amistad y de las aficiones
personales. Recortan el deseo de complementar nuestra
formación personal. Limitan nuestra dedicación a compromisos
humanitarios.
Un señuelo alimenta esta dedicación
excesiva a la productividad: el económico. «Ganar dinero» es
un imperativo y un signo de éxito social. El dinero es
buscado para asegurarnos unos niveles de confort y un tren
de vida altos. El dinero se convierte así en sucedáneo de
Dios. Cuando es buscado como lo más importante, «metaliza»
nuestro corazón y lo hace insensible a la voz de Dios y al
clamor de los necesitados. La «fiebre del oro» tan
magistralmente retratada en una inmortal película de Charles
Chaplin, acaba arruinando nuestra salud espiritual. Los
ídolos acaban siempre «quemando».
Poderosos intereses económicos se
encargan de nutrir en nosotros la «necesidad» de trabajar
mucho para ganar mucho. El sistema económico vigente
necesita trabajadores denodados y consumidores acendrados.
«Consumir»: La tendencia dominante de
nuestra cultura no parece consistir tanto en producir para
ahorrar cuanto en producir para consumir. No es extraño que
así sea. Cuando se difumina el sentido de nuestra vida, ésta
tiende a convertirse en una sucesión de instantes de placer.
Si la memoria del pasado es flaca y la esperanza de futuro
incierta, sólo queda disfrutar ávidamente del presente.
Estamos a las puertas del consumismo. Ser consumista
consiste en considerar los propios deseos y necesidades como
centro de la preocupación personal y en orientar la vida a
satisfacerlos. Éstas son sus características señaladas: crea
en las personas una verdadera dependencia respecto de muchos
objetos que no son en absoluto necesarios. Genera, pues,
«necesidades innecesarias». El consumista vive obsesionado
por comprar vestidos, vehículos, ropa de deporte, aparatos
musicales y por consumir sesiones de televisión, bebidas,
alimentos, espectáculos, viajes. Para el consumista «el
mundo es una gran manzana, una gran botella, un gran pecho.
Nosotros somos los lactantes, los eternamente expectantes y
los eternamente desilusionados» (E. Fromm).
Es prácticamente imposible que la pasión
por Dios, el seguimiento radical de Jesús, la adhesión firme
a su comunidad, la debilidad para con los pobres «quepan» en
un corazón consumista. Resulta difícil mantener una
auténtica vida cristiana en un ambiente que de mil maneras,
más o menos sutiles, nos invita al consumismo. Una buena
parte de los miembros de nuestras comunidades no somos
ajenos a esta verdadera tentación.
3. Las debilidades e infidelidades de la
comunidad cristiana
30. Sería injusto y poco evangélico
endosar toda la responsabilidad de la actual situación de la
Iglesia a factores culturales como los apuntados en el
apartado inmediatamente anterior. Al igual que los Profetas
recordaban a Israel que su penosa situación se debía no sólo
al poder de los imperios que lo rodeaban, sino también a sus
propios pecados, también la Iglesia debe tener la humildad y
sinceridad de reconocerlos. El Concilio Vaticano II y el
Papa Juan Pablo nos han ofrecido testimonios ejemplares y
alentadores. Nos proponemos identificar algunos factores
internos a la Iglesia misma que nos ayuden a explicar la
situación en la que nos encontramos.
3.1. El descuido de la experiencia de la
fe
Enfrascados en tantas doctrinas y
embarcados en tantas tareas hemos olvidado más de la cuenta
lo verdaderamente fundamental: cuidar la experiencia de la
fe. Los tiempos recios reclaman una fe especialmente viva
que implique no sólo a la mente y a la voluntad, sino
también al corazón y, en consecuencia, al comportamiento. Si
la experiencia no se aviva, la fe languidece y se convierte
en una especie de ideología o en un voluntarismo extenuante.
Dedicamos la Carta Cuaresmal de 2002 a
aproximarnos a la comprensión de la experiencia de la fe, de
sus características, de sus formas, de los factores que la
dificultan, de las condiciones que requiere. Volveremos
todavía a ocuparnos de ella a lo largo de esta Carta. Tal
vez por un recelo hacia lo emotivo y por un miedo infundado
a caer en un espiritualismo insensible al dolor y a la
injusticia hemos descuidado el cultivo esmerado de la
experiencia religiosa.
3.2. La difuminación de los contenidos
nucleares de la fe
31. El desarrollo doctrinal del
cristianismo a través de la reflexión teológica es muy
amplio. Como un árbol muy frondoso oculta sus ramas
fundamentales, tanta doctrina puede desdibujarnos las
convicciones básicas de la fe. Tales convicciones pueden
incluso estar cuarteándose en muchos creyentes, mientras
estamos ocupados en hablarles de temas periféricos o ampliar
sus conocimientos teológicos. Dios Padre, Jesucristo y su
Misterio Pascual, el Espíritu constructor de la Iglesia, el
amor y la misericordia como valores primordiales, el
seguimiento de Jesús vinculados a María, la comunidad
eclesial, la esperanza, el testimonio de la fe y la
dedicación a los pobres constituyen el núcleo fundamental.
Tenemos que preguntarnos si nos hemos dedicado
primordialmente a clarificar y afianzar este núcleo o hemos
rellenado nuestros mensajes y programas con contenidos y
actividades válidas, pero secundarias.
Los cristianos tocados por esta tentación
vivimos, quizás sin formularlo, un conflicto mal resuelto
entre «actualidad cultural» y «lealtad eclesial». Tendemos a
pensar que renovar la Iglesia equivale, sin más, a «ponerla
al día», es decir, en sintonía con la cultura del ambiente.
Somos propensos a confundir acomodación con adaptación.
Acomodarse es sintonizar con la cultura sin cuidarse de no
perder la propia identidad. Adaptarse es actualizarse
manteniendo tal identidad. El misterio de la Encarnación
urge a la Iglesia a adaptarse a la cultura ambiental tras un
discernimiento por el que, no sin ayuda del Espíritu,
distinga con sumo cuidado, larga reflexión y mucha
paciencia, aquello que es conforme al Evangelio y a la
dignidad del ser humano de aquello que es deshumanizador e
incompatible con el Evangelio. Y puesto que todas las
culturas llevan dentro de sí rasgos de uno y otro género, a
la Iglesia le tocará siempre vivir al mismo tiempo en
sintonía y en contradicción con la cultura en la que vive.
3.3. La crisis del seguimiento
32. Instalados en la «cultura de la
satisfacción» (Galbraith) muchos de nosotros experimentamos
especiales dificultades para enrolarnos en el seguimiento de
Jesús. Tal vez experimentamos un cierto atractivo y afecto y
una admiración de su talla moral y su mensaje, pero estos
sentimientos no cuajan en las actitudes más hondas del
seguimiento, que desvelaremos más adelante. Es verdad que
siempre seremos «aprendices de seguidores». Pero es
necesario ponerse a serlo. No muchos cristianos nos
atrevemos. Las exigencias que plantea el seguimiento de
Jesús nos desbordan siempre; nos sitúan ante un ideal nunca
plenamente realizable. Podemos y debemos avanzar siempre con
la ayuda del Espíritu. No hemos de olvidar que «sólo
proponiéndose lo imposible se logra todo lo posible» (Unamuno).
Conocemos bien las dificultades de las
grandes colectividades para asumir caminos como éste. Pero
si fuera notablemente mayor el número de auténticos
seguidores, nuestras mismas comunidades tendrían «otro
color»: no dejarían esta impresión de atonía y mediocridad
que desanima y disuade a los buscadores.
3.4. El predominio de la ética sobre la
fe viva
33. Desde siempre el hueco dejado por un
déficit de experiencia creyente suele ser rellenado con el
empeño ético. No se niega la fe, pero se marginan algunos
aspectos importantes de la misma, entre ellas la
contemplación y la oración.
El cristianismo tiene una dimensión ética
que no se puede orillar. El «hombre nuevo» no puede
envilecer ningún aspecto importante de su vida con una
conducta incoherente. Pero el cristianismo es básica y
medularmente fe, no ética.
La ética social rellena en ocasiones el
vacío de una auténtica experiencia creyente. Convencidos de
que «creer es comprometerse» muchos creyentes han entrado en
las aguas de un compromiso social incluso admirable, pero
insuficientemente regado por la oración y por la motivación
cristiana. El resultado ha sido en demasiadas ocasiones el
debilitamiento y hasta la pérdida de la fe. Una mística sin
compromiso es de dudosa identidad cristiana. Pero un
compromiso sin mística acaba convirtiéndose en puro
altruismo o quemándose por el cansancio o la decepción.
«Todo comenzó en mística y acabó en política», decía Ch.
Péguy refiriéndose a una generación de cristianos que habían
perdido su fe en el empeño social.
Cuando es la ética sexual la que suple el
déficit de la experiencia creyente, se convierte en una
normativa desprovista de su impulso motivador. La ética
sexual sin el aliento de una experiencia de la fe suele
derivar fácilmente hacia la rigidez o la laxitud.
Un cristianismo predominantemente ético
no puede encender la vida de los cristianos ni atraer a la
fe a los que no creen o dudan. ¿No pecan nuestras
predicaciones de ser excesivamente éticas, aunque lo sean de
modo muy genérico? ¿No necesitan hoy los creyentes más ánimo
que chaparrones éticos? Los filósofos griegos distinguían
bien el impulso ético del ánimo vital subyacente a él.
Habían comprobado que sin ánimo no hay ética. Sin «moral» no
hay moralidad.
3.5. La tendencia a la fragmentación
34. Cambios sociales y debilidades
eclesiales favorecen la fragmentación. La cultura
postmoderna es la «cultura del fragmento». Esta cultura
produce su impacto también en los creyentes, particularmente
en los jóvenes. Permanecen afortunadamente en pie la
aceptación de los contenidos centrales de la fe, la adhesión
a la persona de Jesús y a los valores morales del Evangelio
y el sentimiento de pertenecer a la Iglesia. Pero la
legítima pluralidad hacia posiciones doctrinales u opciones
pastorales tan diversas que oscurecen y debilitan la
necesaria cohesión de la comunidad católica producen dentro
y fuera de la comunidad cristiana una impresión de confusión
y desconcierto.
3.6. Reacciones inadecuadas ante el
impacto cultural
35. La interpelación que dirige la
cultura contemporánea a los creyentes suscita en la
comunidad cristiana actitudes muy diversas, algunas de las
cuales pueden constituir un severo contratestimonio.
La primera consiste en confundir y suplir
«la radicalidad evangélica con el rigorismo». Ambas
actitudes son, en realidad muy diferentes. En cierta medida
el rigorismo es la caricatura de la radicalidad. El
rigorismo procede de caracteres más propensos al deber que
al amor y se aloja en personas apegadas a la ley y tendentes
a la intolerancia. En la radicalidad evangélica el precepto
exterior, al ser asumido desde una profunda vivencia
creyente, se convierte en un movimiento espontáneo de
nuestra sensibilidad cristiana. Si fuésemos evangélicamente
más radicales, no necesitaríamos ser tan rigurosos. El
rigorismo disuade; la radicalidad atrae. El rigorismo
produce fatiga y desolación interior. La radicalidad genera
crecimiento y riqueza interior. Jesús fue radical, no
rigorista.
La segunda reacción no puede resistir el
rechazo frontal que despierta la presentación íntegra del
mensaje cristiano en el entorno cultural dominante. Pretende
entonces omitir o encubrir los aspectos más paradójicos de
la existencia cristiana y resaltar únicamente los aspectos
del cristianismo más asumibles por la mentalidad del
ambiente. En el límite extremo, convierte la fe en un puro
humanismo. Para abrazarlo, un hombre o mujer de hoy no se
hacen cristianos.
La búsqueda de condiciones sociales o
legales especialmente favorables a la comunidad cristiana.-
Es justo que la Iglesia exija para sus miembros las mismas
condiciones de libertad que el conjunto de ciudadanos y
denuncie las trabas injustas que se oponen al despliegue de
su vida y actividades. En cualquier caso es evangélicamente
más saludable ser discriminado negativamente que ser
privilegiado por los poderes sociales o políticos. «La
Iglesia no pone su esperanza en privilegios otorgados por el
poder civil. Más aún: renunciará al ejercicio de ciertos
derechos legítimamente adquiridos tan pronto como conste que
su uso puede empañar la pureza de su testimonio o cuando las
condiciones de vida exijan otras disposiciones».
La «baja moral» ante los cambios
acaecidos.- La percepción global que albergan la mayoría de
los cristianos respecto de la situación de nuestra Iglesia
es preferentemente pesimista. Una parte notable de nuestra
gente cree que la Iglesia no va bien. Su experiencia
personal, la opinión recogida en su entorno, la imagen
recibida a través de la mayoría de los medios de
comunicación le confirman en esa percepción. El presente es
crudo; el futuro es sombrío. El pesimismo prevalece. La
autoestima colectiva decrece.
Un grupo cuya autoestima colectiva es
baja, emite, aun sin quererlo, mensajes subliminales que
resultan más disuasorios que persuasivos. Sus miembros
ofrecen acomplejadamente su fe, se vuelven propensos a
excusarse de sus debilidades, y tentados de mostrar escasa
adhesión a su comunidad. La tentación de Tomás se actualiza
en ellos. No se atreven a decir que son cristianos a secas.
Son «cristianos críticos», «cristianos dialécticos»,
«cristianos erasmistas», «cristianos en tensión con la
Iglesia». Hace falta tener mucha moral para acercarse
siquiera a un grupo que posee esta moral.
Los historiadores encuentran una de las
explicaciones de la sorprendente difusión del cristianismo
durante los primeros siglos precisamente en su «moral
colectiva alta», en claro contraste con un mundo
greco-romano muy vasto y poderoso pero tocado por el
pesimismo. «Una de las causas más importantes del éxito de
la primera evangelización cristiana es que mientras los
paganos habían perdido la confianza en sí mismos el
cristianismo aparecía a los ojos de todos como una fe por la
que merecía la pena vivir porque era también una fe por la
que merecía la pena morir».
III.– LECTURA CREYENTE DE NUESTRA
SITUACIÓN ECLESIAL
36. Describir una situación e identificar
sus causas es necesario, pero insuficiente. Los hechos
humanos no son simplemente como los hechos físicos que se
explican describiendo sus causas y enumerando sus efectos.
Necesitan ser interpretados. Es preciso descubrir su
significación.
Al contemplar ante vosotros la realidad
de nuestras diócesis, debemos y queremos interpretarlas
guiados por la luz de la fe. Queremos descubrir, ante todo,
qué nos enseña Dios a través de nuestra situación y qué nos
pide que hagamos ante ella. El Concilio Vaticano II nos
recuerda el deber de «escrutar a fondo los signos de los
tiempos e interpretarlos a la luz del Evangelio». Es
evidente para nuestra fe que el Espíritu quiere decir algo a
su Iglesia en estas circunstancias. Queremos escucharle con
suma atención y responderle con activa docilidad.
A) Algunas claves de lectura
1. Una prueba dolorosa
La situación descrita y explicada nos
produce sufrimiento porque retrata el fuerte declive de las
comunidades cristianas en toda Europa occidental y entre
nosotros. Es duro comprobar la apatía religiosa de muchos
creyentes, el rechazo de numerosos increyentes y los
problemas que unos y otros tienen con la Iglesia. Es difícil
asimilar que la fe católica ha pasado de ser un hecho
sociológicamente compartido y culturalmente protegido a una
situación nueva en la que ser creyentes es, en muchos
ambientes, un hecho «contracultural» que hemos de vivir a
«contracorriente». Es costoso comprobar que la Iglesia
«busca su lugar en una sociedad secularizada y pluralista y
no acaba de encontrarlo. Tiene dificultades para acertar con
la palabra adecuada a su mensaje y con el tono indicado para
decirlo. Antes de encontrarlos deberá realizar una travesía
en el desierto y vivir la crisis en profundidad» porque su
interlocutor (el hombre y la mujer de nuestro tiempo) ha
cambiado no en su estructura más profunda, pero sí en su
sensibilidad, sus criterios, sus actitudes, su escala de
valores. Es penoso comprobar que nadie sabe con claridad qué
es lo que tenemos que hacer ni exactamente cómo se genera,
en las actuales circunstancias socioculturales, un
cristiano. Es incómodo dejar viejos caminos e incómodo
buscar nuevas rutas evangelizadoras. Es triste «ir muriendo»
en muchos ambientes.
La llamada de Dios contenida en este
sufrimiento consiste en percibir en su seno la Cruz del
Señor y adoptar ante ella la actitud propia de los
creyentes. Ésta es hoy una de las cruces con la que los
cristianos nos identificamos con el Señor y actualizamos su
Pasión. Es preciso reconocerla como tal, llevarla con
paciente mansedumbre y recordar que, porque va vinculada al
Redentor, participa de su fuerza salvadora. Es preciso, al
mismo tiempo, reconocer que el único Inocente que llevó su
Cruz es el Señor. A nosotros se nos pide asumir con humildad
y con paz la parte que nos corresponde de responsabilidad y
de pecado en la situación existente.
2. Un desafío colosal
37. Por primera vez en la historia a
partir del s. iv la Iglesia católica y las demás Iglesias
cristianas viven en muchas regiones de Europa una situación
de minoría cada vez más próxima a la diáspora al estilo de
las minorías judías presentes por doquiera en el mundo
gentil. Con riesgo de desdibujarse en una sociedad que va
dejando de ser cristiana. Con la posibilidad y misión de
mantener, purificar y ofrecer su fe. Algunos analistas
apuntan que el rápido avance de la increencia y de la
desafección religiosa en nuestra tierra pone en cuestión la
propia pervivencia y persistencia de estas Iglesias como
realidad públicamente relevante en el futuro. No sucedería
por primera vez en la historia que Iglesias florecientes
hubieran quedado marginadas, casi en situación residual. El
caso de Asia Menor y del Norte de África serían reveladores.
Jesús ha prometido que su Iglesia será
perenne hasta el final de los tiempos. Es cierto que esta
promesa del Señor no incluye necesariamente el vigor de
nuestra Iglesia ni su presencia sociológicamente sólida
entre nosotros. Pero es también verdad que «el futuro de la
Iglesia y del cristianismo depende primariamente de Dios y
no del hombre. Dios puede, por tanto, confundir las mejores
y más fundadas predicciones, como ha sucedido frecuentemente
en la historia» (Van der Pol). Lo innegable es que en
nuestra tierra el vigor evangélico y la influencia
apostólica y humanizadora de la Iglesia se está debilitando
sensiblemente.
Dos valores de importancia vital se están
jugando en el presente de cara a un futuro ya próximo.
Digámoslo en forma de pregunta: ¿será significativa la fe
cristiana de mañana en la sociedad europea en la que estamos
cada vez más plenamente inmersos? ¿Será creíble nuestra
Iglesia como forma colectiva y visible de existencia de tal
modo que pueda efectivamente ser mediación acreditada de la
fe en Jesucristo? De la respuesta a estas dos preguntas
dependerá que en el futuro próximo seamos «un resto» o un
«residuo». Un resto en el sentido bíblico es un brote de
vida con promesa de futuro florecimiento. Un residuo es un
pálido recuerdo de un pasado más vigoroso. Según teólogos
valiosos el que pueda prosperar una u otra alternativa
dependerá de que el Espíritu suscite, con nuestra
colaboración, una nueva manera histórica de ser cristiano,
que encarnando todos sus elementos esenciales, sintonice con
ese hombre y mujer diferentes que ha generado nuestra
cultura. «Lo que está desapareciendo no es el cristianismo,
sino una forma histórica de ser cristianos». Asistir y
participar en su alumbramiento será nuestra tarea y nuestra
dicha.
3. «Derribados, pero no abatidos»
38. Las amenazas y riesgos del presente
pueden ser entendidas, bien como desestabilizadoras, bien
como ocasión y punto de partida de una renovación. No existe
un determinismo que conduzca a nuestras Iglesias a una
situación residual. Nada justifica nuestra desesperanza. Ni
antes estábamos tan bien ni ahora estamos tan mal. Los
tiempos actuales no son menos favorables para el anuncio del
Evangelio que los tiempos de nuestra historia pasada. Esta
fase de nuestra historia, con todo lo crítico, inhóspito y
poco permeable que lleva consigo, es para nosotros un tiempo
de gracia y de conversión. Juan Pablo II nos ha dicho: «La
historia presente no está cerrada en sí misma, sino abierta
al Reino de Dios. No se justifican, por tanto, ni la
desesperación, ni el pesimismo ni la pasividad». Nos
resistimos con fundamento a pensar que tantos seres humanos
puedan instalarse de forma permanente en la trivialidad. En
algún momento pueden llegar a descubrir que los sucedáneos
del consumo y la diversión que se les ofrecen como el
contenido más valioso de su vida no tienen capacidad para
colmar sus más profundos anhelos.
Determinados indicadores que hemos ido
apuntando en los capítulos precedentes nos orientan en esa
dirección. Bastantes otros permiten e insinúan una doble
lectura. El descrédito de la institución eclesial nos
preocupa, pero puede conducirnos a un amor a la Iglesia más
purificado de adhesiones casi absolutas. La severa
disminución de los sacerdotes es un gran mal, pero acelera
por contrapartida la formación y promoción del laicado y
«cura» a nuestra Iglesia del clericalismo. La apatía
religiosa de los creyentes puede desanimar a muchos, pero
puede motivar en otros creyentes una entrega más auténtica
al Evangelio. La extensión de la increencia nos aflige, pero
puede conducirnos a purificar la imagen que tenemos de Dios.
Las dificultades de la evangelización nos frustran, pero
pueden estimularnos a encontrar experiencias humanas
significativas para nuestros interlocutores (p.e., la
experiencia del amor o de la solidaridad) y a afinar nuestra
pedagogía para propiciar su encuentro con el Dios que está
al fondo de dichas experiencias. La misma experiencia de
despojo y de impotencia que sentimos en la Iglesia puede
abatirnos, pero puede también llevarnos a poner nuestro
apoyo existencial básico sólo en Él, a comprender mejor que
sólo Dios salva y a respetar sus caminos misteriosos para
acercarse a los humanos. En suma, nuestra experiencia humana
de desvalimiento puede y debe ser el espacio en el que, por
el Espíritu, acontezca una experiencia de Dios.
En tiempos como los nuestros resuenan y
confortan especialmente palabras como éstas del Apóstol:
«Nos acosan por todas partes, pero no estamos abatidos; nos
encontramos en apuros, pero no desesperados; somos
perseguidos, pero no quedamos a merced del peligro; nos
derriban, pero no llegan a rematarnos. Por todas partes
vamos llevando en el cuerpo la muerte de Jesús... para que
en vosotros en cambio, actúe la vida». O aquellas otras:
«¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación, la
angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el
peligro, la espada?... Dios que nos ama hará que salgamos
victoriosos de todas estas pruebas. Y estoy seguro de que ni
muerte, ni vida, ni ángeles ni otras fuerzas sobrehumanas,
ni lo presente, ni lo futuro ni poder de cualquier clase, ni
lo de arriba, ni lo de abajo ni cualquiera otra criatura
podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo
Jesús, Señor nuestro».
4. La Religión pervive
39. Hoy por hoy la Iglesia vive momentos
de apretura. Pero –lo apuntábamos más atrás– la Religión
pervive y adquiere renovado vigor. Durante mucho tiempo los
teóricos de la Religión han dado por sentado que la
secularización o emancipación de la economía, el saber, la
política, la vida social de la tutela y el control de la
Iglesia iba a traer irremisiblemente la desaparición de las
religiones como fenómeno de relieve social. Nunca examinaron
con rigor su propia convicción. La experiencia ha venido a
desmentirla. Los expertos afirman sólidamente que la
Religión va a pervivir en el mundo secularizado en varias
formas diferentes. Las antiguas tradiciones religiosas entre
ellas el cristianismo seguirán convocando grandes multitudes
de fieles. Todo un mundo de «nuevos movimientos religiosos»
está mostrando una vitalidad increíble, aunque surcada por
muchas ambigüedades y adulteraciones. Están alimentadas al
mismo tiempo por una innegable necesidad religiosa (un vacío
de Dios) y por otras motivaciones como la inseguridad
provocada por los cambios sociales, la voluntad de huir del
anonimato y de la masificación, el temor de mucha gente a
perder su identidad personal, la resistencia ante el
individualismo.
Los especialistas añaden que, en vez de
la anunciada desaparición social de las Religiones, se está
operando en el ámbito de la cultura moderna una
transformación profunda, una verdadera mutación religiosa.
Estaríamos en una fase de tránsito de la secularización a
las «religiones de lo sagrado». Pero lo sagrado venerado por
estas «religiones» no es el Dios trascendente, anterior y
superior al hombre que irrumpe en él y le conduce a un
reconocimiento admirativo y fascinado y a un cambio de
«centro de gravedad» en su vida. Lo sagrado es simplemente
ese fondo interior de la persona que está más adentro que
las ocupaciones profesionales, las preocupaciones
económicas, los cuidados de la salud, la actividad exterior,
lo medible y lo palpable. Es ese espacio interior en el que
el hombre o la mujer toma conciencia de su yo, de su
dignidad y gusto por la belleza y la contemplación. Es esa
zona intocable, inviolable, íntimamente íntima. Esa
intimidad es sagrada. Buscarla y cultivarla es practicar «la
religión de lo sagrado». La revista Esprit (1997) la llama
«religión sin Dios». Podemos preguntarnos si hay Religión
donde no hay Otro al que dirigirse, adorar, entregarse.
Podemos por tanto considerar que este desplazamiento de lo
sagrado desde Dios hasta la intimidad humana es una
descomposición de la Religión, e incluso una idolatría. Los
expertos son más comedidos. En la experiencia religiosa Dios
es al mismo tiempo trascendente e inmanente. En otras
palabras: es Alguien distinto de mí a quien me entrego y es
al mismo tiempo «más íntimo que mi propia intimidad» (San
Agustín). Los grandes místicos han vivido simultáneamente
estas dos dimensiones. En una cultura alérgica a la imagen
de un Dios que irrumpe desde fuera y recorta la autonomía
del hombre, la repulsa a vivir atrapado por las urgencias
del diario quehacer y la aceptación del propio misterio
interior podría suponer un paso hacia la Religión. Tal vez
profundizando en esa dirección podrían acceder a abrirse al
Dios Transcendente.
5. El Espíritu actúa en el mundo y guía a
la Iglesia
40. La deriva de nuestra sociedad hacia
la desafección religiosa y la creciente debilidad de nuestra
fe puede y suele despertar en nosotros un movimiento
espontáneo de responsabilidad desmedida y, por ello mismo,
nerviosa. Llevados por este movimiento podemos dedicarnos a
multiplicar un tanto frenéticamente nuestros planes y
tareas. La hiper-responsabilidad conduce a la hiper-actividad
y a la impaciencia. Debajo de esta reacción subyace un
déficit de nuestra fe. Parecemos olvidar que el Protagonista
de la salvación y el Guía de la Iglesia es el Espíritu Santo
que, con la discreción propia de Dios, está activamente
presente entre los hilos de la historia y los entresijos de
la Iglesia y contempla al mundo y a la comunidad cristiana
con una mirada mucho mas larga y más serena que la nuestra.
Es verdad que la historia humana está
escrita por dos libertades: la de Dios y la de los hombres.
Es cierto que el mundo y la misma Iglesia están trabajados
por fuerzas capaces de hacerle perder verdadera humanidad y
sensibilidad religiosa. Pero es igualmente cierto que, por
la Muerte y Resurrección del Señor la suerte de la historia
está echada. Dios Padre no ha desistido de su voluntad
salvadora universal y eficaz. Por caminos que no conocemos
ni serían probablemente los que nosotros elegiríamos si
estuvieran sólo en nuestras manos, Él continúa actualizando
su salvación. Es necesario que esta convicción de nuestra fe
se convierta en persuasión profunda, sentida, capaz de
pacificar nuestras alarmas excesivas y de devolvernos la
alegría de ser lo que somos.
El Espíritu Santo conduce a su Iglesia,
espacio y camino para la salvación. Él nos precede. «No
somos conquistadores ni salvadores, sino sus colaboradores».
Él cumple en la Iglesia su triple misión: universalizar,
actualizar, interiorizar. Universaliza a la Iglesia,
liberándola de visiones estrechas que le confinen en sí
misma, la preocupen en exceso por su propia conservación y
la hagan insensible a las necesidades y expectativas del
mundo. Actualiza en la Iglesia la perpetua novedad de
Jesucristo. «Sin el Espíritu Santo Cristo pertenece al
pasado; la Escritura es letra muerta; la Iglesia, simple
organización; la autoridad, pura dominación; la acción
evangelizadora, pura propaganda; la liturgia, mera evocación
mágica y la moral evangélica, una ética para esclavos. Pero
en el Espíritu, Cristo Resucitado está vivo y operante, el
Evangelio es fuerza que da vida, la Iglesia significa la
comunión trinitaria, la autoridad es un servicio liberador,
la misión un Pentecostés continuado, la liturgia es memorial
y anticipación de la salvación» (I. Hazim). El Espíritu, en
fin interioriza: hace que la persona de Jesucristo, el
mensaje de la fe y los valores evangélicos (la pobreza, la
oración, la caridad) se nos hagan familiares y connaturales.
Reconocer al Espíritu, descubrir los
signos de su presencia y colaborar con Él con docilidad,
fidelidad y humildad es mucho más saludable que agobiarnos y
responsabilizarnos en exceso.
6. Tiempo de conversión
41. Analizar a la luz de la fe la
situación en nuestras Iglesias y las posiciones de nuestra
sociedad ante la Religión está reclamando de la comunidad
cristiana una actitud básica: la conversión. Renovación y
conversión son dos expresiones que se remiten mutuamente.
Como a las Iglesias del Apocalipsis, el Espíritu nos llama
enérgicamente a la conversión. También nuestras comunidades
y sus responsables somos invitados a preguntarnos si «hemos
dejado enfriar el amor primero» o nos merecemos la
interpelación de Jesucristo, el Testigo fiel y veraz: «Eres
sólo tibio: ni caliente ni frío». ¿Nos sentimos retratados
en estas enérgicas expresiones?
Pasar de la mediocridad al fervor y hasta
a un cierto entusiasmo es para muchos de nosotros una
asignatura pendiente. Ante todo y sobre todo, hemos de
convertirnos no a la sociedad, a los tiempos modernos, a la
verdad, a la justicia, al bien. Ni siquiera a los pobres.
Hemos de convertirnos a Dios. No hay verdadera conversión
cristiana sin un Encuentro personal y comunitario con Dios,
cuyo rostro resplandece en su plenitud en Jesucristo. La
conversión no es una simple reforma de costumbres y
actitudes. Es un «volverse a Dios». Ésta es la relación
fundamental que ha de restañarse en nosotros. Si ella se
regenera y se refuerza, todas las demás se consolidarán. «El
que sube a este Dios, baja a este mundo».
La atmósfera de nuestro tiempo frena en
nosotros el movimiento de la conversión. «La gran tentación
del futuro que viene –decía Teillard de Chardin- consistirá
en encontrar el mundo de la ciencia, de la técnica y del
arte más vivo, más atractivo y más fascinante que el Dios de
la Escritura». A esta conversión nos está llamando
incesantemente el Espíritu en la coyuntura presente
anticipándose al movimiento de nuestro corazón. Porque es el
mismo Dios quien nos convierte. Pablo nos lo recuerda con
precisión: «dejaos reconciliar por Dios». Pascal pone en
boca de Jesucristo unas palabras significativas dirigidas a
cada uno de nosotros: «Tú no me buscarías si yo no te
hubiera encontrado previamente». La Misericordia de Dios
Padre precede y acompaña siempre el proceso de nuestra
conversión.
Vueltos al Dios de Jesucristo, nos
volveremos a la comunidad cristiana y la asumiremos tal cual
es, para contribuir a que sea tal como Dios la quiere. Nos
volveremos a la sociedad para amarla como la ama el Señor,
reconocer sus valores y ofrecerle también el humilde y
sincero servicio de nuestra colaboración y nuestra crítica.
Nos volveremos especialmente a los pobres. La solidaridad
con ellos es hoy una de las formas de decir «Dios».
Deseamos ardientemente que la celebración
de la Penitencia, sacramento de la Conversión, tenga en la
Cuaresma que iniciamos, un especial relieve y profundidad y
una esmerada preparación. La confesión íntegra de nuestros
pecados y la absolución individual preceptuadas por la
Iglesia asegurarán y reforzarán la sinceridad de nuestra
conversión.
B) Una espiritualidad para nuestra época
42. La lectura creyente de la realidad de
nuestras comunidades en medio de esta sociedad sugiere una
espiritualidad adecuada a la presente coyuntura. Vamos a
remitirnos a destacar algunos de sus rasgos.
1. Una espiritualidad de la confianza, no
del optimismo
La radiografía del presente y las
perspectivas de futuro no invitan al optimismo. No tenemos
ninguna garantía revelada de que las cosas irán mejor dentro
de 25 ó 40 años. Pero sí tenemos motivos para ahondar
nuestra confianza en Dios domesticando nuestras ansiedades
del presente y nuestros miedos del futuro.
La confianza es un actitud vital básica
profundamente arraigada en el ser humano. Sin embargo,
asistimos en nuestra sociedad a un debilitamiento de la
confianza espontánea. La gente quiere «amarrar futuro» y,
para ello, se fía más de sus esfuerzos que de la ayuda de
los demás. Cuanto más programado va siendo nuestro mundo,
más difícil va resultando la confianza.
El amor irrevocable de Dios Padre, la
energía de la Resurrección del Señor y la actividad
incesante del Espíritu en la historia son cimientos sólidos
para confiar no sólo a la misericordia de Dios nuestro
pasado, sino a su providencia nuestro futuro individual y
comunitario.
Los tiempos presentes llevan dentro de sí
una llamada especial del Señor a una acendrada confianza en
Él. La meditación orante del Salmo 71 nos ayuda entre otras
muchas a confortar nuestra esperanza. Podemos recitarlo en
primera persona del singular y del plural «a ti Señor me
acojo, sé para mí roca de cobijo y fortaleza protectora...
en tus manos encomiendo mi espíritu... yo confío en el
Señor... mi destino está en tus manos... tú me mostraste tu
amor en el momento del peligro... Sed fuertes y cobrad ánimo
los que confiáis en el Señor».
2. Una espiritualidad de la fidelidad, no
del éxito
43. En tiempos no tan lejanos veíamos
cómo las piedras se convertían en hijos de Abrahán. Hoy
contemplamos cómo muchos hijos de Abrahán se convierten en
piedras. La dureza del corazón ante Dios es un fenómeno de
todos los tiempos. Jesús la comprobó intensamente en su vida
pública. Fue quedándose poco a poco casi solo. Su
experiencia humana fue comprendiendo cada vez mejor que el
Padre le pedía fidelidad, no éxito inmediato.
Hemos de sembrar mucho para recoger poco.
Hemos de pedir la gracia y el gozo de la fidelidad en un
tiempo de escasa fecundidad. Nos sentimos retratados en las
palabras de Simón Pedro: «Hemos estado toda la noche
faenando sin pescar nada; pero, puesto que tú lo dices,
echaré las redes». También nosotros, en su nombre, seguimos
trabajando a pie de obra, conscientes de que se nos pide
ante todo, fidelidad. Es decir «un amor que resiste al
desgaste del tiempo» (Rovira Belloso).
3. Una espiritualidad de la
responsabilidad, no del culpabilismo
44. No podemos cruzarnos de brazos ante
lo que buenamente podamos hacer. Vivir y testificar el
Evangelio es no sólo importante; es lo más importante. Pero
hemos de asumir que no somos responsables del bien que no
podemos hacer ni del mal que no podemos evitar. En
consecuencia hemos de eludir el culpabilismo. No tenemos
nosotros toda la culpa, ni mucho menos, del debilitamiento
de nuestras comunidades, ni de la apatía religiosa de
muchos, ni del éxodo de los jóvenes. Hemos explicado
ampliamente que la causa fundamental de la
descristianización reside en la cultura ambiental y
dominante. Ella es una corriente poderosa ante la que
podemos poco. Configura el modo de pensar, de sentir y de
comportarse de las personas y los grupos. Les dicta sus
valores.
El culpabilismo es peligroso. Es una
pócima que produce amargura interior. La tentación de
escupirla sobre los demás (los padres, la escuela, el
ambiente, los medios de comunicación, la Jerarquía), se
vuelve casi imperiosa.
Bueno será que soseguemos esta
culpabilidad con el salmo 130: «Señor mi corazón no es
ambicioso ni mis ojos altaneros. No persigo grandezas que
superan mi capacidad, sino que aplaco y sosiego mis deseos
como un niño en brazos de su madre. Espere Israel en el
Señor ahora y siempre».
4. Una espiritualidad de la esperanza, no
de la nostalgia
45. Las familias venidas a menos suelen
sentir la tentación de la nostalgia de los tiempos de
esplendor. También en nuestras comunidades hay nostalgia del
pasado. La sintió Israel en los días de exilio y apretura:
«Junto a los ríos de Babilonia nos sentábamos a llorar
acordándonos de Sión; en los álamos de las orillas
colgábamos nuestras cítaras... ¿Cómo cantar al Señor una
canción en tierra extranjera?» La nostalgia produce tristeza
y ésta genera pasividad. Necesitamos intactas todas nuestras
fuerzas para vivir y testificar nuestra fe.
La esperanza parte de la convicción de
que todas las cosas están llamadas a ser «más en el Señor».
De este modo procura despertar en las personas, en los
grupos, en las situaciones ese dinamismo de superación que
llevan dentro de sí como un brote de la Resurrección del
Señor injertado en ellos. La esperanza nos arranca de esa
nostálgica y melancólica reflexión sobre el pasado personal
y comunitario y nos orienta a construir con realismo el
futuro posible y a preparar el futuro definitivo.
Tres nos parecen los mensajes y
testimonios que la sociedad necesita recibir especialmente
de nosotros: que Dios es el único Absoluto; que la dignidad
de todo hombre es intangible; que hay motivos para la
esperanza.
5. Una espiritualidad de la paciencia, no
de la prisa
46. Los procesos de conversión personales
y comunitarios, propios y ajenos, son lentos y laboriosos.
Las contrariedades de la vida cristiana y apostólica nos
exasperan con alguna frecuencia. Las prisas suelen
interrumpir prematuramente los procesos, en vez de
madurarlos. La paciencia espiritual y pastoral, hija de la
virtud de la esperanza, nos es necesaria. «Ved cómo el
labrador aguarda el fruto precioso de la tierra esperando
con paciencia las lluvias tempranas y tardías. Pues
vosotros, lo mismo: tened paciencia y buen ánimo, porque la
venida del Señor está próxima».
La paciencia cristiana no es en absoluto
indiferente a lo que está mal. No se resigna a dejarlo tal
cual, si tiene oportunidad de cambiarlo. Soporta con
mansedumbre heridas que sufre en su persona por querer
enderezar las cosas. Intenta una y otra vez mejorarlas sin
desmayar en el empeño. Está preparado para esperar. Es una
paciencia orante y activa.
6. Una espiritualidad del aprecio de lo
pequeño, no de la ambición de lo grande
47. El aprecio por lo pequeño no es en la
espiritualidad cristiana un «premio de consolación» para
cuando no podemos alcanzar «lo grande». Lo pequeño y los
pequeños tienen nobleza evangélica. Así en el Evangelio las
personas pobres y los medios pobres tienen una especial
connaturalidad con el Reino de Dios y con sus leyes. «Yo te
alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has
escondido estas cosas a los sabios y prudentes y se las has
dado a conocer a los sencillos».
La presente situación nos ha despojado de
la ilusión de llevar a cabo muchas grandes realizaciones en
la vida y en la acción de nuestras comunidades. Es una
ocasión propicia para que redescubramos el valor de muchas
realidades pequeñas que nunca debimos subestimar: la
adhesión de la gente a su fe y a la práctica, la fidelidad
del núcleo pastoral de una parroquia, la manera serena de
asumir la enfermedad, el redespertar religioso de algunos
padres con ocasión de la catequesis familiar. «Lo pequeño es
hermoso» dice un refrán inglés que encierra mucha sabiduría.
7. Una espiritualidad de la sintonía, no
de la distancia
48. Dios, siempre próximo a los humanos,
se nos ha hecho definitivamente cercano en Jesucristo. Ha
querido compartir «desde dentro» la dignidad y la
servidumbre de ser hombre. La comunidad cristiana está
llamada a prolongar esta cercanía del Señor en la historia.
No debe, por tanto, mantener una reserva distante y
recelosa, sino una profunda empatía con la sociedad. Su
misión consiste, como la de Pablo, en «hacerse todo para
todos a fin de ganar siquiera a algunos».
Cuando un mundo cambia tanto y produce
verdaderos estragos en la comunidad provoca fácilmente
reflejos defensivos y distantes hacia él. La situación de
diáspora lleva siempre consigo una sensación de «no estar
del todo en casa», de extrañeza. Cuando en ese mundo se
segregan criterios, costumbres, leyes, escritos, programas
televisivos que contrarían intensamente nuestra sensibilidad
cristiana, la extrañeza puede convertirse en distancia
crónica y fría, que congela notablemente nuestra
comunicación.
Una Iglesia que está muy cómoda en
cualquier sociedad es una Iglesia instalada, que no sabe o
no quiere ofrecer a la sociedad el servicio que le debe:
ser, en muchos puntos, un polo dialéctico de corrientes
hegemónicas y de poderes sociales, políticos, económicos
dominantes, poniéndose del lado de los débiles. Es una
Iglesia muda, complaciente, acomodaticia.
Pero una Iglesia que no se sintiera
verdaderamente parte de la sociedad en la que está inscrita,
que no respetara su legítima autonomía, que adoptara ante
ella una actitud arrogante e incomprensiva, que confundiera
la claridad de la doctrina con el tono frío y duro propio de
la distancia estaría descuidando un aspecto muy importante
de su misión: ser «señal e instrumento de la unidad de los
hombres entre sí». La Iglesia pertenece sólo a su Señor. Y a
Él sirve no sirviéndose a sí misma sino sirviendo al mundo,
es decir, ofreciéndole la fe y colaborando en su
humanización. La comunión dialéctica con el mundo pertenece
al estatuto teológico de la Iglesia.
8. Una espiritualidad de la sanación, no
de la condena
49. Podría parecer que «la cultura de la
satisfacción» no admite heridos. Son, sin embargo muy
numerosos. Muchos porque, para vergüenza del Primer Mundo,
no llegan, en el Tercer Mundo, ni siquiera al nivel de
satisfacción de sus necesidades y deseos más elementales.
Otros muchos porque viven «las miserias de la abundancia» (Mounier)
y ésta no es capaz de cubrir todos los flancos de la
existencia humana: la enfermedad, la muerte, el desamor de
aquellos a los que amamos, la angustia por los hijos que se
tuercen, la zozobra de los inmigrantes por su suerte
incierta y azarosa, el dolor de las víctimas, la prisión de
seres queridos. Los humanos no somos en realidad esos seres
satisfechos, capaces de resolver todos nuestros problemas.
En nuestra más profunda verdad somos más precarios y
desvalidos de lo que parecemos y aparentamos. Para los
psicólogos somos seres fundamentalmente carentes; de tal
carencia nace el deseo humano. Para los teólogos la
precariedad inherente a la condición humana es signo de la
contingencia de toda criatura.
Una humanidad así necesita más compasión
que condena. Jesús dice a Nicodemo: «Dios no envió a su Hijo
al mundo para condenarlo, sino para salvarlo por medio de
él». Hoy el ejercicio de la misericordia no es ni menos
importante ni menos necesario que en tiempos de mayor
miseria material. Algunas dolencias han desaparecido o se
han mitigado para una parte de la humanidad, no para todos.
Pero han aparecido nuevas dolencias. Somos una comunidad de
heridos. La Iglesia ha recibido el encargo de prolongar en
la historia la misión de Jesús, el Buen Samaritano. «Sus
heridas nos han curado». Los cristianos participamos al
mismo tiempo de las heridas de los humanos y de la misión
sanante de Jesús. También nosotros podemos sanar, incluso a
través de nuestras propias heridas. Seamos más compasivos
que críticos. Seamos más misericordiosos que censores.
Seamos humildes para confesar nuestros pecados y para acoger
a los pecadores.
Una reflexión alumbrada entre nosotros
ilumina y completa las claves espirituales requeridas para
renovar nuestras comunidades. Nos invita a remodelarlas y
renovarlas:
Explorando los signos de la presencia
del Espíritu en el mundo.
Sabedores de las dificultades y
posibilidades.
Con realismo y esperanza.
Buscando luz y fuerza en la oración.
Sin añoranzas del pasado.
Conscientes de nuestras inercias.
Apoyándonos en lo positivo que
poseemos.
Superando el individualismo.
Evitando el pesimismo.
Por el camino de las pequeñas
experiencias.
Compartiendo búsquedas mediante la
reflexión pastoral.
Anticipándonos a las situaciones y
necesidades previsibles.
Realizando una prospección pastoral
del futuro.
Sin dejar para mañana lo que se puede
hacer hoy.
En la esperanza activa del Reino,
desde las pequeñas realidades como el grano de mostaza y
desde la cercanía y solidaridad con los últimos.
IV.– LAS CLAVES DE UNA VERDADERA
RENOVACIÓN
50. Nuestras comunidades necesitan mucho
más que unos ajustes o retoques periféricos. El Señor nos
está llamando a una renovación profunda. «Si alguien vive en
Cristo es una nueva criatura; lo viejo ha pasado y ha
aparecido algo nuevo». Desde ahora nos toca preparar «unos
cielos nuevos y una nueva tierra en la que habite la
justicia».
Una renovación de esta envergadura está
reclamando no una reducción, pero sí una concentración del
cristianismo. Hemos de consagrar nuestro esfuerzo en lo
esencial, en lo «fundamental cristiano». Hemos de ir al
núcleo, al corazón de nuestra fe.
En este núcleo encontraremos las claves
que orienten la renovación eclesial. Tales claves no son
únicamente dictadas por la situación presente. Pertenecen al
meollo mismo de la vida y misión de la Iglesia. Pero los
tiempos y circunstancias actuales nos urgen a marcar en cada
una de ellas acentos especiales.
1. Una fe ungida por la experiencia
51. La fe heredada es un tesoro que nunca
podemos agradecer suficientemente. Hoy esta fe necesita con
mayor apremio ser interiorizada, personalizada, pasada por
el corazón, impregnada por la experiencia creyente. Los
creyentes hemos de ser más testigos que repetidores.
Nosotros mismos necesitamos ser más pastores que gestores.
No queremos suplir con la organización y el esfuerzo lo que
sólo puede nacer de la sintonía vital con el Espíritu y de
la adhesión sincera a la Iglesia.
1.1. Necesaria
Tal necesidad nace de la entraña misma
del cristianismo que, antes de ser un conjunto de creencias,
un determinado comportamiento moral, un culto comunitario,
es fe viva, es decir tocada por la experiencia. Nace
asimismo de la vocación evangelizadora de la Iglesia. «A la
crisis de Dios sólo responderemos con la pasión por Dios» (Metz).
Sobre el vacío de la experiencia de Dios sólo se edifican
estructuras vacías. Sin ella no hay auténticos cristianos. Y
sin cristianos no hay enviados.
La necesidad de la experiencia de fe se
acentúa en esta época en la que tantos creyentes están
viviéndola no sólo con escasos apoyos eclesiales, sino en un
clima social desfavorable. Las ciencias humanas certifican
que la imagen peyorativa que la sociedad se forja sobre un
grupo repercute, como una lluvia ácida sobre la «moral
colectiva» de éste. Si las convicciones no están
«confirmadas» por la experiencia acaban rebajándose la
estima por ella y el aprecio por el grupo que las profesa.
En cambio cuando la experiencia es consistente el hombre
«mantiene como inestimable tesoro algo que se ha convertido
para él en fuente de vida, de sentido y de belleza y que
otorga nuevo brillo al mundo y a la humanidad».
1.2. Qué experiencia
52. Hemos dedicado nuestra Carta Pastoral
colectiva de 2002 a esclarecer la entraña de la experiencia
de la fe. Hoy subrayamos, ante quienes la minimizan como
sentimiento periférico de personas inestables propensas a la
sugestión, que la experiencia de la fe no es asunto de
sentimientos, sino del corazón. Precisamente por esto
implica no sólo el asentimiento de nuestra mente sino que
compromete los afectos, los valores, la voluntad.
Muchos creyentes tienen un concepto
«extraordinario» de la experiencia de la fe. No se trata en
la inmensa mayoría de los mortales de fenómenos místicos de
alta intensidad. Consiste en una afinidad connatural con el
mundo de la fe, que sabe descubrir en la hondura de los
acontecimientos cotidianos de nuestra existencia, leídos a
la luz de la Escritura, la presencia discreta de Dios.
La experiencia de la fe es, pues,
experiencia de Dios. Él se manifiesta, siempre en penumbra,
en el corazón de nuestras experiencias humanas: en la vida
familiar y laboral, en los acontecimientos alentadores y
preocupantes, en la enfermedad y en la curación, en el
estudio y la reflexión, en los gestos de solidaridad, en la
celebración de nuestra fe. Es preciso afinar la vista y el
oído de la fe para descubrir su presencia. La fidelidad a
Dios y la apertura humilde de nuestro corazón a Él aquilatan
esta experiencia.
1.3. Iniciar y reiniciar
53. ¿No es el déficit de experiencia de
la fe una debilidad casi endémica de nuestras comunidades?
Para reavivarla se vuelve urgente reforzar y actualizar una
praxis eclesial que durante muchos siglos ha forjado
generaciones y generaciones de creyentes: la iniciación
cristiana. No sólo la necesitan los alejados que buscan o
los practicantes ocasionales. También muchos practicantes
habituales habríamos de someternos a una reiniciación a la
fe y a la vida cristiana. Ciertas convicciones y actitudes
muy básicas que damos por supuestas no están tan asentadas
como parece. El edificio acabará cuarteándose si no le
inyectamos cargas importantes en los mismos cimientos.
Una verdadera iniciación es algo mucho
más rico que un simple adoctrinamiento mental. Iniciar es
despertar a la experiencia de la fe y desde ella enriquecer
sus contenidos, orientar la vida moral, familiarizar con la
Palabra de Dios y con los grandes símbolos de la liturgia,
cultivar el sentido comunitario, abrir la sensibilidad para
servir a la sociedad.
No serán probablemente demasiados los que
se decidan a someterse a un proceso semejante. Nos resulta
extraño y doloroso que así sea cuando tantos y tantas se
apuntan hoy a largas y exigentes sesiones de gimnasio, de
adelgazamiento, de cursillos o actividades de aprendizaje
diversos. No desistamos. Llegaremos hasta donde podamos.
Debe preocuparnos más la calidad del proceso que el número
de participantes.
1.4. Aprender a orar
54. Dentro del itinerario de la
iniciación, aprender a orar es decisivo para la experiencia
y práctica de la fe. La oración hace que Dios sea para
nosotros «real», no un ser intermedio entre la realidad y la
imaginación. Es lugar privilegiado para discernir acerca de
nuestra vida a la luz de la fe y descubrir muchas veces
entre sombras, lo que Dios pide de nosotros. Sin orar
asiduamente el cristiano languidece y el apóstol desiste.
Los sacerdotes hemos invitado reiteradamente a orar. No
hemos puesto el mismo acento para enseñar a orar. El
Espíritu Santo está suscitando hoy en nuestras Iglesias esta
demanda. Queremos escucharla y secundarla.
2. Una fe trabajada por el seguimiento
55. En los tiempos que corren «sería un
contrasentido contentarse con una vida mediocre, vivida
según una ética de mínimos y una religiosidad superficial».
Lamentablemente la llamada de Jesús al seguimiento ha sido
entendida durante siglos como exclusiva para personas
consagradas. Hoy están disipadas las reticencias de algunos
exegetas que estimaban que Jesús habría reducido dicha
llamada al núcleo íntimo y estable de sus seguidores
inmediatos. Las afirmaciones de la teología son inequívocas:
la llamada al seguimiento es universal. El Concilio Vaticano
II confirmó plenamente esta afirmación. «Todos los
cristianos de cualquier estado o condición están llamados a
la plenitud de la vida cristiana y a la perfección en el
amor. Esta santidad favorece también en la sociedad terrena
un estilo de vida más humana. Alcanzarán dicha perfección
siguiendo las huellas de Cristo, haciéndose conformes a su
imagen y siendo obedientes en todo a la voluntad del Padre».
Así como «Jesús es el Señor» es la fórmula breve de la fe
pascual, «seguir a Jesús» es la fórmula breve del
comportamiento cristiano. Consiste en asumir como propias
las opciones, los valores, las actitudes y los
comportamientos de Jesús y actualizarlos en nuestra concreta
situación de vida.
Seguir a Jesús es haber sido seducido por
Él. Es depositar en Él una ilimitada confianza. Es sentirse
envuelto en un amor incondicional hacia el Señor. Es
identificarse con su escala de valores. Es decidirse a
compartir su misión. Es adherirse a la comunidad de
seguidores. Las capas afectiva, valorativa y decisoria de
nuestra persona quedan centradas en la persona de Jesús, en
el proyecto de Jesús y en la comunidad de Jesús.
Lejos de sentirse atrapado por Jesús, el
seguidor vive una inexplicable experiencia de libertad y una
inefable alegría. Jesús no promete a sus seguidores éxitos
ni logros espectaculares. Sólo les promete libertad y
alegría. Una libertad que no es indolora pues supone saber
posponer, cuando es necesario, los bienes, las relaciones,
los proyectos, las ambiciones, las pasiones, las
aspiraciones, la propia familia. Tal desprendimiento produce
sufrimiento pero no arrebata la alegría, una alegría
incomparable con ninguna otra. Dicen que la alegría es un
bien escaso. La alegría no es un bien escaso para los que
siguen a Jesús. Quienes son escasos son los seguidores.
56. El seguimiento no es sólo un
requerimiento del Señor. Es también una condición para
ofrecer el Evangelio de manera creíble. La fuerza
interpeladora de una comunidad cristiana que en su mayoría
siguiera sinceramente a Jesús sería incalculable. La
multiplicación de comunidades más reducidas, pero
radicalmente evangélicas, dentro de la gran comunidad, daría
otro color a ésta y suscitaría sorpresa, admiración y
atractivo en bastantes alejados. La presencia capilar de una
muchedumbre de cristianos verdaderamente seguidores
sembrados en todos los entresijos de la sociedad haría
pensar a muchos. Nuestra Iglesia se juega mucho en la
calidad y cantidad de los seguidores.
El seguimiento de Jesucristo postulado en
los Evangelios es tan radical que puede parecer utópico e
irreal para nuestro tiempo. Indudablemente las condiciones
de vida de Occidente no son clima propicio para practicarlo.
Ésta es la razón principal que explica lo que algunos
sociólogos han llamado «cristianismo ligth» como forma
generalizada y corriente de la vida cristiana: un híbrido
entre la adhesión a Jesucristo y otras lealtades
incompatibles con ella. La biología nos enseña que los
híbridos son infecundos. Tendríamos que preguntarnos si la
Iglesia ha perdido fuerza interpeladora por exigir demasiado
o demasiado poco. Tal vez tengamos muchos la querencia a
exigir demasiado en algunos aspectos y demasiado poco en
otros.
El seguimiento es exigente, pero supone
la fragilidad y es compatible con ella. Jesús dice: «para
los hombres es imposible, pero para Dios nada hay
imposible». Incluso admite que asumamos gradualmente sus
requerimientos. Pero no es compatible con las «rebajas», la
incoherencia crónica, la ambigüedad, y la doble vida.
3. Una fe vivida en comunidad
3.1. ¿Colectividad o comunidad?
57. «Hacer de la Iglesia la casa y la
escuela de la comunión» es un hermoso desafío lanzado por el
Papa en el inicio del nuevo milenio. El desafío es
pertinente. No partimos de cero, pero nos queda una larga
travesía.
Para una mirada sociológica, no es lo
mismo colectividad que comunidad. En la colectividad
(pensemos p.e., en una asociación de comerciantes o
profesionales) los lazos entre los miembros provienen de la
convergencia de intereses de los asociados. Los vínculos
personales entre ellos son, en consecuencia, tenues y
efímeros. Las relaciones internas, por lo general, no son
cálidas ni gratuitas. Las exteriores son corporativas
(defienden los intereses del grupo) no solidarias (abiertas
al bien común). En cambio los miembros de una comunidad
(imaginemos, p.e. una familia) tienen mucho en común: lazos
de sangre, idéntico origen, historia, valores compartidos.
Por eso los lazos de una comunidad sana son fuertes y
sólidos y en su seno están vivas la comunicación y la
solidaridad.
3.2. La comunidad es necesaria para vivir
la fe
58. Nuestras parroquias y otras
agrupaciones análogas suelen situarse con frecuencia en el
espacio que va de la colectividad a la comunidad. Tienen en
grados muy diferentes según los casos, caracteres que les
acercan a los dos polos descritos. Puesto que nuestra
vocación es formar comunidad, todo empeño por cultivar los
caracteres comunitarios va bien encaminado. Nuestras
agrupaciones eclesiales están llamadas a ser en la realidad
lo que son en el proyecto salvador del Señor. Es pues
necesario mantener decididamente este empeño.
No se trata, sin embargo simplemente de
una necesidad teológica, sino también sociológica: para
vivir con integridad la vida cristiana y mantener incluso la
fe católica hoy, en tiempos de intemperie, es cada vez más
necesario pertenecer efectivamente a la comunidad. Hablando
de la parroquia la Conferencia Episcopal Italiana decía
recientemente que en un contexto social que favorece la
dispersión y la sequedad de las relaciones, es vocación de
las parroquias «practicar la acogida sin exclusiones, vivir
relaciones de proximidad, cultivar vínculos concretos de
conocimiento y amor, celebrar la Eucaristía y hacerse cargo
de los habitantes del lugar, sintiéndose enviados a ellos».
Un creyente con escaso o nulo apoyo de la
comunidad eclesial vivirá a lo sumo, una vida eclesial
lánguida, si es que no tiene contados los días de su fe.
Necesita un clima familiar y cálido que le resulte
alternativo con respecto a muchos ambientes fríos, duros y
competitivos de la sociedad. Necesita alimentar su sentido
de pertenencia a la comunidad, cuando tantos factores le
inducen a la desafección y a la distancia. Tal vez una de
las causas que más influyen en el enfriamiento religioso de
muchos sea la carencia de lazos estrechos y ricos con su
comunidad. Ser acogidos correcta y educadamente no les es
suficiente. Quienes nos reunimos en la Eucaristía no estamos
allí por ser simplemente conciudadanos, sino por y para ser
hermanos.
3.3. A imagen y semejanza de las
comunidades del NT
59. Toda comunidad cristiana tiene bien
reflejado su «código genético» en el NT, sobre todo en el
libro de los Hechos de los Apóstoles. Estos son los rasgos
más marcados de las primeras comunidades. Tienen viva
conciencia de que el Espíritu está presente en ellas.
Reunirse para escuchar y celebrar la Palabra, la Eucaristía
y la oración común entra como pieza ineludible en el
programa de su vida. Muestran un vivo sentido de fraternidad
en virtud de la cual practican una generosa comunicación de
sus bienes. Se dedican activamente a la mutua edificación.
Entre sus miembros están abolidas las barreras sociales y
culturales. Están igualmente excluidas las relaciones de
dominio y de violencia. Se sienten diferentes del resto de
la sociedad, aunque pertenecientes a ella y servidores. No
obstante adoptan una actitud de resistencia cuando así lo
pide la fidelidad al Evangelio. Su presencia causa sorpresa,
admiración y agresividad. No son comunidades sin pecado:
subsisten la ambición, los protagonismos, las rivalidades,
los deslices sexuales. Pero hay en ellos una fuerza que les
induce a mantener su identidad, a vivir como comunidad
alternativa y a ofrecer su testimonio a la sociedad.
3.4. Comunidades y comunidad
60. A través de los siglos, los creyentes
hemos intentado encarnar de mil maneras diferentes el ideal
comunitario presentado en el Nuevo Testamento. Hoy nos toca
enraizar las comunidades cristianas en un mundo diferente
con fidelidad a los orígenes y con creatividad para
adaptarnos a los nuevos tiempos. La renovación de las
comunidades entraña transformación e incluso conversión.
En toda comunidad habrán de tener
especial relieve la conciencia viva de la presencia de Jesús
en la Palabra, en la Eucaristía, en los pobres, en la misma
comunidad y en el presbítero que hace presente en ella a
Cristo Pastor. La oración, la celebración de los
sacramentos, la comunicación de bienes y servicios, la
reconciliación, la misión evangelizadora compartida y el
amor servicial y crítico a la sociedad no son, en absoluto,
opcionales.
Encarnar todos estos caracteres es menos
difícil en una comunidad de talla humana que en una
macroparroquia o en una diócesis entera. Los grandes números
modifican cualitativamente los grupos. Pero la Iglesia no es
un archipiélago de pequeñas comunidades. Todas están
articuladas entre sí por un vínculo inestimable que viene de
la misma Trinidad: la comunión. Cada una es una célula de
Iglesia, pero no es la Iglesia universal, ni la Iglesia
diocesana. Sin éstas la fe personal o la del pequeño grupo
iría empobreciéndose y deformándose hasta quedar reducida a
algo parecido a las ruinas de un edificio. La fe de la
Iglesia es espejo de contraste en el que puedo percibir las
limitaciones y vacíos de mi propia fe. Sin la «Iglesia
mayor» (diócesis, Iglesia universal) faltaría a las pequeñas
comunidades el oxígeno de una ancha comunión, los
testimonios de vida cristiana provenientes de todos los
rincones diocesanos y universales, la reflexión teológica y
las experiencias pastorales de otros lugares, el sentimiento
de pertenencia a una familia extendida por todo el mundo, la
guía de sus pastores. Cuanto más se aísla una pequeña
comunidad, más pronto se muere. Una comunidad, una
parroquia, un arciprestazgo, una unidad pastoral que «sólo
perteneciera a Jesús y a sí misma» tendría los días
contados.
3.5. Hacia una mayor y mejor comunicación
61. Es preciso hilvanar estas reflexiones
en un momento en que «la Iglesia mayor» está pasando por uno
de los momentos más delicados de su historia reciente. La
crudeza de gran parte de la opinión pública sobre todo
respecto de la jerarquía eclesiástica y la crisis de la
confianza espontánea entre una parte sensible de la
comunidad cristiana y sus pastores son preocupantes no sólo,
ni principalmente, porque hacen sufrir y afligirse a muchas
personas y grupos, sino porque debilitan la eficiencia del
signo de la Iglesia. Si el signo se oscurece para los
indiferentes, su reencuentro con la fe se torna todavía más
difícil. Si se nubla también para muchos creyentes, una fe
empobrecida y una comunión debilitada se vuelven
inevitables.
Tenemos ante nuestros ojos un quehacer
tan importante como difícil y delicado: restañar las heridas
de las relaciones eclesiales internas e iluminar el rostro
de la Iglesia con la luz de la verdad y la humildad, la
valentía profética y la autocrítica, la palabra neta y el
diálogo sincero, la exquisita sensibilidad por todos los
problemas humanos y la aclaración objetiva de sus
implicaciones morales, la comprensión compasiva derivada de
nuestra condición de señales de la misericordia de Dios y la
claridad doctrinal sólidamente arraigada en la fe, la
paciente mansedumbre ante la agresividad y la entereza ante
la defensa de la verdadera dignidad del ser humano, que es
incluso más originaria que su misma libertad.
También aquí encontramos una tarea por
realizar en el interior de las comunidades. El amor a la
Iglesia, no sólo en el nivel de la pequeña comunidad
eucarística o parroquial, sino también en el plano de la
comunidad diocesana y universal, requiere hoy un refuerzo
muy considerable. La lejanía inevitable de «la Iglesia
grande» dificulta su conocimiento real y la relación
familiar y cálida con ella. En el hueco de esta lejanía se
nos desliza fácilmente la imagen desfavorable del ambiente
secular. La «experiencia» es suplantada por la «imagen».
Hemos de promover encuentros directos que transmitan mejor a
los creyentes el latido real de nuestras Iglesias. La
información que ofrezcamos sobre proyectos y realidades
evangélicas admirables es necesaria incluso para neutralizar
los efectos desmoralizadores producidos por una imagen
social persistentemente cultivada por muchos medios de
comunicación. Los cristianos tienen derecho a saber
directamente de su Iglesia. Todos tenemos experiencia de que
los encuentros reducidos o multitudinarios (una marcha a un
santuario, una convocatoria para pedir la paz) tienen la
virtud de reforzar la fe de muchos.
4. Una fe urgida a la evangelización
4.1. Nueva evangelización
62. «La evangelización es el ofrecimiento
libre de la Buena Noticia de Jesucristo a un medio humano
que o bien no ha recibido aún el mensaje o lo ha recibido de
manera substancialmente insuficiente» (Rovira Belloso). Esta
aproximación sigue siendo válida para nosotros si tenemos en
cuenta que una parte notable de las generaciones que
componen hoy el tejido de la población europea occidental no
ha recibido el mensaje sino en una medida muy precaria y
parcial. Algunas franjas importantes apenas lo están
recibiendo. Aprecian determinados valores humanos como la
libertad, la dignidad de la persona y la solidaridad que
históricamente han sido aportados por el cristianismo pero
niegan todo crédito a la fe que promovió estos valores.
Consciente de estas graves carencias,
Juan Pablo II alumbró la intuición y algunas líneas del
proyecto de una «nueva evangelización». Él mismo lo
identificó como «el anuncio de la fe en aquellos países de
tradición cristiana en los que la fe no es ya una realidad
viva y operante». «A un nuevo paganismo es preciso responder
con una nueva evangelización» (discurso a los obispos del
Lazio).
4.2. Los motivos del impulso
evangelizador
63. El mensaje del Evangelio es
ciertamente humanizador y saludable para todos. Pero no es
éste el motivo decisivo de su anuncio. La evangelización no
busca primariamente «recuperar el terreno perdido», sino
responder fielmente a esta convicción: «Dios quiere darse a
conocer a través de nosotros, que formamos su Iglesia».
Evangelizar es decir sí a este deseo y colaborar con Él.
El deseo de Dios se corresponde con los
deseos y necesidades más profundos de los hombres y mujeres
de todos los tiempos; también de los nuestros. Tales deseos
se ocultan debajo de una cultura que ha colocado al ser
humano con su razón autónoma y su libertad emancipada en el
centro de su atención y de su estima casi «adoradora». Pero
no pueden ocultarse del todo. Por las rendijas de este mundo
cerrado, apuntan las preguntas: ¿es verdad que el sentido de
nuestra vida está en nuestras manos? Y, si perteneciéramos a
Otro y Él fuera el secreto y la fuente de nuestra razón, de
nuestra libertad y de nuestra felicidad? ¿Todo se reduce a
nuestros proyectos, realizaciones y evasiones?
Deseo salvador de Dios y deseo soterrado
del hombre interpelan a la Iglesia diciéndole: «Sé lo que
eres: signo del amor y la solicitud de Dios por todos los
seres humanos. Un signo está hecho para significar. Muestra
con tu misma forma de existencia que el hombre ha venido a
este mundo para escuchar a Dios y responderle mediante la
adoración, la fraternidad entre los creyentes y la
solidaridad con la suerte del mundo y con la suerte de los
pobres. Que tu palabra de anuncio sea confirmación y
complemento de tu vida». ¿Puede una comunidad cristiana no
sentirse llamada a la conversión con un requerimiento como
éste?
4.3. Los interlocutores de hoy
64. Si el amor salvador de Dios se
extiende a todos ¿quiénes somos nosotros para marginar a
nadie de nuestra propuesta evangelizadora? Ni siquiera a ese
alto porcentaje de jóvenes y mayores que «viven
perifericamente», dominados por la urgencia de la producción
y la búsqueda de la satisfacción. Tampoco a aquellos que por
unas razones u otras, se han instalado en la indiferencia
total. Ni ha reducido Dios su voluntad salvadora ni estos
hermanos son tan diferentes que su apertura radical a Dios
haya quedado cancelada.
Pero es deber nuestro concentrar
preferentemente nuestro esfuerzo en aquellas personas y
grupos más al alcance de las actuales energías de nuestras
Iglesias. Enumerémoslos:
Los que están en proceso de búsqueda
religiosa. En algunos, la búsqueda es explícita. Pero son
mucho más numerosos que aquéllos que hoy se acercan a la
Iglesia en demanda de luz y orientación para encontrar a
Dios. ¿No podrían los sacramentos de sus hijos ser ocasión
para que quienes están en esta situación tuvieran la
oportunidad de dar forma a su inquietud y encontraran un
inicio de respuesta? En otros, la búsqueda es implícita: son
aquéllos que se adhieren con toda seriedad a valores éticos
como «absolutos sin rostro divino». Están menos lejos de lo
que parece.
Los cristianos practicantes, ya señalados
como necesitados de una reevange-lización.
Los cristianos de los nuevos movimientos
eclesiales y de las pequeñas comunidades que se esfuerzan
sinceramente por vivir una existencia convertida al
Evangelio. Somos sus pastores. Habremos de ayudarles a
enriquecer su fe educando su adhesión a la Iglesia diocesana
y universal y procurando que no falte en ellos ninguno de
los valores que constituyen una experiencia cristiana
substancialmente integra. Algunos necesitarán incorporar más
decididamente el compromiso transformador. Otros habrán de
cuidar más la interioridad y la oración o la formación.
Todos tienen mucho que recibir de su Iglesia y mucho que
aportar a ella.
El núcleo vivo y motivado que colabora en
nuestras comunidades parroquiales, colegiales o realidades
análogas. Deberemos cuidar exquisitamente su experiencia
cristiana completa y animar su compromiso eclesial.
El núcleo de cristianos netos y sólidos
inmersos en compromisos cívicos como la sanidad, la escuela,
la cultura, el ocio, el compromiso sindical y político.
Necesitan y desean un alimento consistente para vivir su fe
y su compromiso cristiano en espacios delicados, importantes
y bastante inhóspitos para un testimonio cristiano.
4.4. Cómo evangelizar
65. Si la cultura actual ha modificado de
manera tan notable la sensibilidad mental y vital de
nuestros conciudadanos y sus actitudes ante la fe, quienes
tenemos la misión de proponérsela habremos de ser
conscientes de los cambios acaecidos. El destinatario es, en
un grado importante «un hombre y una mujer distintos».
Intuimos estos cambios. Necesitamos tiempo para actualizar
la propuesta a estos nuevos destinatarios. Necesitamos
paciencia para aguantar la oscuridad y esperar «como el
centinela la aurora», que nazca el alba, pero con una espera
activa y buscadora.
Las pautas que en el Decreto sobre las
Misiones (Ad gentes) ofreció el Concilio Vaticano II y
renovó el Papa en la encíclica Redemptoris missio, son hoy
más actuales que nunca para nosotros, precisamente porque
estamos más próximos que en el pasado a un «estado de
misión»: presencia en todos los ambientes; diálogo con los
interlocutores; colaboración en toda causa justa y noble;
testimonio cristiano de vida; anuncio explícito de
Jesucristo.
Precisamente porque, en medio de tantos
cambios, el fondo del corazón humano no cambia
substancialmente y es manantial de preguntas y deseos que
apuntan a Dios, habremos de centrar nuestra atención
evangelizadora en esas preguntas de fondo. Y en aquellos
medios en los que, por las ocupaciones, preocupaciones y
diversiones de la vida, no brotan estas preguntas, tendremos
que procurar despertarlas, provocándolas discretamente. Hay
en la vida de las personas momentos más propicios, «rupturas
de nivel» en los cuales es menos difícil este despertar.
Juan Pablo II calificó la nueva
evangelización con tres apelativos: «nuevo ardor, nuevos
métodos, nueva expresión». Nos permitimos comentar y
prolongar estos apelativos. El ardor nace de una comunidad
convertida que redescubre la fe y la ofrece con entusiasmo.
Los métodos no consisten tanto en los medios técnicos
contemporáneos cuanto en la propuesta humilde de un
Evangelio cuya fuerza no reside en las circunstancias
favorables, sino en el poder del amor salvador de Dios. La
nueva expresión reclama algo más que poner al día nuestro
vocabulario: es anunciar la Buena Nueva en un lenguaje que
exprese al mismo tiempo nuestra experiencia de Dios y
nuestra sintonía sincera, aunque crítica, con el mundo
presente.
4.5. Con los pobres al fondo
66. El mundo moderno se desentiende en
gran medida de los pobres. La Iglesia no puede caer en este
tremendo olvido. Nuestra misión evangelizadora nos empuja a
despertar y alimentar una saludable «mala conciencia» en la
sociedad y en las mismas comunidades cristianas.
El Sínodo de 1974 afirmó que «la acción a
favor de la justicia no es solamente causa de credibilidad
de la Iglesia sino parte integrante de la evangelización».
«Sin solidaridad de la Iglesia con los que sufren, sean los
que sean, el Evangelio resulta tan incomprensible como
increíble» (E. Schillebeeckx). Tendríamos que mutilar
severamente el Evangelio para «purificarlo» de su debilidad
para con los pobres de toda condición.
Por eso la acción sociocaritativa de la
Iglesia constituye, junto con el servicio a la Palabra y a
la celebración de la Eucaristía uno de los tres grandes
capítulos de la acción de la Iglesia. «El anuncio del
Evangelio es la primera forma de la caridad. Pero... sin el
testimonio de la caridad... corre el peligro de ser
incomprendido o de quedarse en el mar de palabras al que la
actual sociedad de la comunicación nos somete cada día». En
la Iglesia los pobres han de ser tratados como auténticos
iguales. Hemos de ir transformándonos cada vez más en esa
comunidad en la que los marginados y olvidados de la
sociedad civil vean reconocida su dignidad de hijos de Dios
y miembros del Cuerpo de Cristo. De nuestra dedicación a
ellos depende en gran medida la renovación de la Iglesia.
Porque no son sólo destinatarios de nuestro servicio. Son
también intermediarios de la salvación de Dios.
V.– APUNTES PARA CONCRETAR NUESTRAS
OPCIONES
67. ¿Cómo dar cuerpo a las opciones del
capítulo anterior de manera que las sugerencias para la
acción pastoral resulten actuales (es decir, adaptadas a
nuestra situación) y posibles (proporcionadas a nuestras
fuerzas)?
No podemos sino indicar algunos apuntes.
No conocemos en esta hora toda la hoja de ruta. Somos como
conductores en itinerario nocturno y enrevesado, obligados a
utilizar sobre todo las luces cortas. Sin embargo, no
queremos mirar sólo el presente. Nos preocupa también el
futuro de la Iglesia y especialmente el porvenir de nuestras
diócesis. No añoramos en absoluto una Iglesia poderosa. Pero
queremos una Iglesia que mantenga el sabor y el vigor
evangélicos para que siga siendo significativa en la
sociedad del futuro. Abiertos siempre a la sorpresa del
Espíritu Santo, deseamos dar desde ahora algunos pasos
modestos que colaboren con Él en este noble quehacer.
1. Un estilo pastoral renovado
68. Preparar el futuro desde la situación
presente entraña la necesidad de renovar nuestro estilo
pastoral, que está llamado a ser más espiritual, más
comunitario, más evangelizador, más corresponsable, más
personalizado y más centrado en la formación del núcleo
pastoral de nuestras comunidades.
1.1. Más espiritual
Un estilo más espiritual comporta, al
menos, estos requisitos. En primer lugar, la convicción
humilde y confiada de que «sólo Dios salva». Nosotros somos
sólo servidores. «Hemos hecho únicamente lo que teníamos que
hacer». Él suscita la búsqueda, convierte, enseña por
dentro, llama al compromiso. Descansar en Dios de nuestros
afanes y trabajos apostólicos confiándoselos a Él es signo
de haber asimilado esta convicción. Éste es un punto capital
de la espiritualidad del apóstol. Lo es más cuando, como en
nuestras circunstancias, los frutos pastorales son menos
tangibles y la sensación de ineficacia es más recurrente. Es
necesario que los responsables presbíteros, religiosos o
laicos estemos iniciados en la rica, estimuladora y exigente
espiritualidad apostólica. Ella ha de ser uno de los
capítulos de la formación del núcleo de colaboradores
ministeriales.
Tales convicciones postulan como una
actividad fundamental, ejercitada en privado y en común, la
oración apostólica. Pablo nos la enseñó prácticamente en sus
Cartas. «Es una oración ligada al apostolado y en él
encuentra su origen y alimento... Prepara, acompaña e
incluso releva a la acción apostólica cuando ésta no es
posible» (Lyonnet).
1.2. Más evangelizador
69. Un estilo más evangelizador nos es
reclamado hoy por la situación de fe de muchos bautizados,
que pertenecen estrictamente al grupo de los que apenas han
recibido la Buena Noticia o la han recibido de manera
substancialmente insuficiente. No resulta, pues, correcto ni
provechoso distinguir las actividades pastorales de la vida
ordinaria de las tareas propiamente evangelizadoras. Las
mismas actividades (desde una entrevista con los novios
hasta una homilía), pueden realizarse en clave
evangelizadora o en clave de pastoral de conservación. Lo
decisivo es la clave. En el primer caso, reconocemos
prácticamente que los interlocutores necesitan profundizar
en su conversión a la fe. En el segundo, lo damos por
supuesta..., o quizá por imposible. Siendo la clave lo
decisivo, es preciso añadir que una comunidad que no
introdujera en su proyecto pastoral algunas iniciativas
destinadas a los más lejanos de la fe, mostraría una
carencia de creatividad y de vigor. La fuerza expansiva de
la fe es signo de su vitalidad.
1.3. Más comunitario
70. Un estilo más comunitario postularía
hoy de nosotros, entre otras muchas condiciones, una mayor
atención a la diversidad de dones y carismas que el Espíritu
siembra en la comunidad para el ejercicio de los distintos
servicios y ministerios. Nos orientaría hacia un mayor
desarrollo ministerial de las mismas comunidades.
Concretamente, a plantearnos un impulso del diaconado
permanente en nuestras diócesis y reconocer y promover
algunos ministerios laicales. Así lo hizo la Iglesia
primitiva conducida por el Espíritu. Así lo aconseja el Papa
en Novo millennio ineunte, n. 46. Ya Christifideles laici,
n. 23 decía: «Los pastores han de reconocer y promover los
ministerios, oficios y funciones de los fieles laicos, que
tienen su fundamento sacramental en el Bautismo y la
Confirmación y, para muchos de ellos, además en el
matrimonio».
Resulta pertinente recordar aquí los
caracteres de un verdadero ministerio laical. Son servicios
que cubren áreas importantes de la vida de la Iglesia (la
catequesis, la pastoral familiar o sanitaria, la acción
socio-caritativa, etc). Reclaman una dedicación estable y un
nivel notable de responsabilidad asumida. Requieren un
reconocimiento por parte de la Iglesia. Es muy coherente que
tal reconocimiento se dé públicamente ante la comunidad en
una celebración.
Las diócesis tendríamos que determinar
con precisión cuáles son los servicios que deberían ser
públicamente reconocidos como ministerios. Tendríamos
asimismo que designar a las personas aptas para
desempeñarlos y ofrecerles la formación adecuada.
Reconocer y dar así publicidad a los
ministerios enriquece a la Iglesia entera como signo
sacramental que se expresa más plenamente en la variedad de
sus funciones. Contribuye a asegurar la calidad y
estabilidad de muchos servicios eclesiales necesarios.
Modifica además la imagen incorrecta de una Iglesia que es
percibida como compuesta por «emisores» (los sacerdotes) y
«receptores» (los laicos). «En la Iglesia, que es el cuerpo
de Cristo, cada uno ejercemos distintas funciones. Uno
centra todo su interés en el estudio de la sabiduría de Dios
y la doctrina de la palabra, perseverando día y noche en la
meditación de la ley divina: es el ojo del cuerpo. Otro se
ocupa del servicio a los hermanos y a los indigentes: es la
mano de este santo cuerpo. Otro es ávido oyente de la
Palabra de Dios: es el oído del cuerpo. Otro se muestra
incansable en visitar a los postrados en cama, en buscar a
los atribulados y en sacar de apuros a quien se encuentra en
alguna necesidad: podemos indudablemente llamarle pie del
cuerpo de la Iglesia» (Orígenes).
1.4. Más corresponsable
71. El Concilio Vaticano II (Ad gentes) y
la reflexión posterior de la Iglesia (Christifideles laici),
están postulando que los adultos laicos en la Iglesia sean
«laicos adultos». La sensibilidad social valora asimismo la
auténtica participación de los miembros en la vida de su
comunidad.
Esta orientación básica entraña
consecuencias pastorales importantes. Nos está pidiendo que
los colaboradores se conviertan en corresponsables. Un mero
colaborador participa sólo en la ejecución de los proyectos.
Un miembro corresponsable participa en la gestación, madura
la decisión y colabora en la realización de lo proyectado.
Precisamente por ello se siente solidario a la hora de
hacerse cargo de los resultados del proyecto realizado y no
declina su responsabilidad personal sobre los hombros de los
coordinadores. Animado por este espíritu, Novo millennio
ineunte, n. 40 nos convoca a «una acción misionera que no
podrá ser delegada sobre unos pocos "especialistas" sino que
ha de acabar implicando la responsabilidad de todos los
miembros del Pueblo de Dios».
La corresponsabilidad ejercida refluye
favorablemente sobre la identidad cristiana y eclesial de
quienes la ejercen. Les hace vivir más intensamente su
condición de sujetos evangelizadores. Acentúa en ellos la
conciencia de ser partícipes, junto a otros laicos,
religiosos y presbíteros, de la única misión evangelizadora
de la Iglesia.
No comprenderíamos adecuadamente la
corresponsabilidad si la redujéramos a una praxis postulada
únicamente por las tareas de la edificación interna de la
comunidad eclesial. También los cristianos implicados en
virtud de su fe en la construcción y renovación de la
comunidad cívica en la familia, en la profesión, en el área
cultural, sindical y política, han de sentirse
corresponsables no sólo con aquéllos y aquéllas con los que
trabajan al servicio de causas humanizadoras, sino también
con la comunidad cristiana a la que pertenecen y por la que
son enviados a promover el Reino de Dios. De su Iglesia han
de recibir no consignas que interfieran su legítima
autonomía, pero sí criterios y servicios que rieguen y
motiven su compromiso cristiano. A su Iglesia han de ofrecer
la óptica desde la que ven a la sociedad y a la misma
comunidad eclesial. Ésta necesita sus indicaciones y
sugerencias para que acierte a situarse más adecuadamente en
el mundo y cumpla mejor su misión.
1.5. Más personalizado
72. La psicología del hombre y la mujer
contemporáneos y las especiales circunstancias de la
evangelización nos conducen a imprimir a nuestra acción
pastoral un fuerte sello de atención a cada una de las
personas. Estamos llamados a realizar una «pastoral de
artesanía». Hoy menos que nunca pueden tallarse «cristianos
en serie». Por supuesto son necesarias las prestaciones
pastorales colectivas; pero al menos para un número notable
no son suficientes. Los que están en búsqueda, la pareja de
novios, los matrimonios, cualquier creyente al que queremos
invitar a que asuma un compromiso, requieren atención
individualizada. No son tiempos de cosechas abundantes. Hoy
«sumamos de uno en uno».
El ministerio del acompañamiento personal
a los creyentes, practicado al estilo de la época hasta
tiempos recientes, vuelve a adquirir hoy un relieve
extraordinario y puede resultar decisivo incluso para el
encuentro de bastantes con la fe. Escuchar con sosiego a las
personas, reservar tiempo para su acogida, conectar con la
gente en momentos especialmente densos de su existencia
(nacimiento de un hijo, momentos de especial alegría o
sufrimiento, opciones vitales importantes, enfermedad o
muerte), es responder a una aspiración y necesidad de muchos
a los cuales esta sociedad que parece tenerlo todo, no tiene
tiempo de escuchar. Pero es, sobre todo, estar en sintonía
con el amor de Dios, que se ocupa individualmente de cada
uno de sus hijos llamándolos por su nombre y con el espíritu
del Buen Pastor que conoce (es decir, profesa familiar
intimidad), a cada una de sus ovejas.
Este ministerio, hasta hace poco casi
solamente en manos de los sacerdotes, no es, en absoluto,
exclusivamente presbiteral. Es preciso descubrirlo en laicos
y laicas. Hay hombres y mujeres que tienen aptitudes
especiales porque intuyen bien, empatizan fácilmente y
tienen sensibilidad espiritual y sensatez. Es preciso,
además, preparar a estos acompañantes para cumplir tal
ministerio. Y evitar que su servicio pastoral se vaya
transmutando progresivamente en un acompañamiento puramente
psicológico.
1.6. Cuidar a los evangelizadores
73. Con el núcleo de los colaboradores
más inmediatos en la acción pastoral, los responsables
podemos caer en una omisión de bulto: pensar que, dada su
solidez y su responsabilidad, no necesitan de nosotros una
especial atención personal. La calidad espiritual y
apostólica del núcleo evangelizador de nuestras comunidades
es decisiva. Esta calidad requiere servicios de formación,
de espiritualidad, de talante comunitario, de destrezas
necesarias para la pastoral que realizan. Requiere además un
acompañamiento individualizado. Requiere asimismo
interesarnos por su situación personal, tener el detalle de
mostrarles que apreciamos su trabajo, expresarles nuestra
confianza comunicándonos con familiaridad.
Bastantes colaboradores leales se han
«quemado» al comprobar que sólo son colaboradores y que sus
propuestas o iniciativas son descartadas autoritaria e
indelicadamente. Otros se han «deshidratado» porque no les
hemos ofrecido el agua de la espiritualidad, de la
formación, del seguimiento personal. Algunos se han
desencantado porque, al no percibir en nosotros signos de
interés real por sus personas, han llegado a la conclusión
de que también la Iglesia valora a las personas solo en
función de su utilidad.
Tenemos en estas personas y grupos una
mina de gran valor. Agradezcámosla a Dios cuidándola con
esmero.
2. Renovar las grandes tareas eclesiales
74. El servicio a la Palabra de Dios, la
celebración y la acción caritativa son los grandes capítulos
de la acción eclesial. Para renovar las comunidades es
preciso renovar cada una de estas tareas mayores que están
llamadas a realizar.
Un criterio debe inspirar aquí nuestro
empeño renovador: es preciso subrayar aquello que,
debidamente actualizado, es central y común, sin demorarnos
en acentuar aspectos que, aún siendo legítimos, no
pertenecen al núcleo esencial de la fe, de la celebración,
de la práctica de la caridad.
2.1. El servicio a la Palabra de Dios
La atracción hacia la Palabra de Dios,
suscitada por el Espíritu Santo, está reclamando y generando
en nuestras Iglesias numerosos grupos de lectura creyente de
la Biblia. Es visible el fruto espiritual que estos grupos
reciben. Descubrir la Palabra de Dios es «hacernos
contemporáneos a ella para que ella se haga contemporánea a
nosotros» (card. Ratzinger). La alegría y la fortaleza que
este descubrimiento produce es patente y esperanzadora.
Deseamos vivamente que estos grupos se multipliquen y vayan
generando una piel fresca en la piel un tanto reseca de
nuestras comunidades.
El servicio a la Palabra de Dios ha de
actualizarse también en la predicación. Muchos oyentes más
bien la soportan que la desean. No la escucharán con interés
sino en la medida en que ésta conecte no sólo con sus
problemas diarios sino con sus aspiraciones y carencias más
profundas, como son, entre otras, la necesidad de sentido y
la soledad. «Cuando tenemos un por qué y un para qué,
soportamos mejor el cómo» (V. Frankl).
Es muy difícil el arte de predicar así.
Lo reconoce el Vaticano II cuando afirma que «resulta
bastantes veces muy difícil en la situación actual de
nuestro mundo». Tendríamos que prepararnos cuidadosamente
los predicadores para asimilar una óptica diferente: aquélla
que «va al fondo» del hombre y aquélla que no supone
gratuitamente la solidez de la fe de los oyentes.
Los cristianos que se nutren de la
Palabra de Dios están, como los capilares de la sangre, en
todos los medios de nuestra sociedad. Si la «presión
sanguínea» de su fe es alta, surgirán ocasiones para que la
propongan y ofrezcan neta, discreta y respetuosamente a
personas alejadas.
El estilo narrativo parece el más
indicado para esta comunicación. «La asimilación de la fe
depende, en no pequeña medida, de los procesos
interpersonales de identificación que se dan a través de las
relaciones con personas concretas que tratan de llevar
sinceramente el cristianismo a su vida diaria y están
dispuestas a hablar de ello con los demás y a darles
testimonio» (Mette). Grandes testigos de la fe nos han
dejado a lo largo de la historia textos inmortales que
continúan enriqueciendo nuestra experiencia cristiana. La
importancia que nuestros contemporáneos reconocen a la
experiencia es un terreno favorable para esta forma de
transmisión. Pero sólo se puede narrar la experiencia de fe
con agradecimiento y modestia. El destinatario principal de
esta narración es Dios mismo. Las «Confesiones» de San
Agustín, en las que relata su itinerario espiritual y su
experiencia de la fe, están dirigidas a Dios. Es preciso
asimismo que esta narración sea real y sincera: sólo hemos
de decir lo que hemos recibido. Las «narraciones edificantes
con moraleja» adulteran nuestro relato y dejan entrever a
los interlocutores sagaces cierta sensación de
inautenticidad y de proselitismo.
Una gran mayoría de nuestros niños, que
viven en un ambiente familiar y escolar próximo al
paganismo, reciben de la mano de los catequistas la primera
evangelización. Este trabajo ímprobo se desenvuelve entre
muchas dificultades que ponen a prueba la abnegación de los
catequistas. La catequesis familiar bien conducida y
orientada parece resultar una motivación añadida para los
niños y una delicada y fructífera interpelación a la fe
adormecida y descuidada de los padres.
2.2. La Celebración
75. El servicio de la Palabra de Dios y
la acción caritativa convergen en la celebración litúrgica,
sobre todo en la Eucaristía. En ella se proclama la palabra
y se motiva el compromiso. El Concilio lo ha dicho con una
frase densa y feliz: «La liturgia es la cumbre a la que
tiende la acción de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente
de donde mana toda su fuerza». La celebración dominical de
la Eucaristía es el encuentro privilegiado en el que la
comunidad cristiana accede a esta fuente y a esta cumbre.
Asistimos hoy, en nuestra sociedad, a una
transformación del sentido mismo del domingo, que se está
convirtiendo en tiempo exclusivo para el ocio y en momento
vital en el que se concentran actividades, marchas y
celebraciones cívicas que ocupan el lugar en otros tiempos
consagrado a la Eucaristía. Aún en medio de esta dificultad,
los cristianos no podemos prescindir de la celebración del
domingo. Para nosotros no puede convertirse en un día
profano. Somos herederos de aquellos cristianos que hasta en
medio de las persecuciones no podían pasar sin la Eucaristía
y respondían a sus perseguidores: «No podemos subsistir sin
el domingo». Relatos análogos nos han llegado de los campos
de concentración en los que los cristianos alimentaban su fe
y su perseverancia por la participación clandestina en la
Eucaristía. «Entre las numerosas actividades que desarrolla
una parroquia, ninguna es tan vital y formativa para la
comunidad como la celebración dominical del día del Señor y
de su Eucaristía».
El domingo es para los cristianos «día
del Señor, día de la Iglesia y día del hombre». Es el día
del Señor porque actualiza su Pascua. Es el día de la
Iglesia porque ésta se reúne para significar, reforzar y
expresar públicamente su conciencia comunitaria. Es el día
del hombre porque es fiesta que nos libera del yugo del
trabajo y hace renacer la alegría y la esperanza.
La celebración eucarística del domingo
está llamada a ser confesión gozosa de la fe en el
Resucitado, escucha viva de la Palabra, profesión
responsable del Credo, plegaria sincera a Dios, comunión con
Cristo, ofrenda al Padre, asamblea fraterna e impulso para
la misión.
Preparemos esmeradamente la Eucaristía
dominical. La celebración del «Año de la Eucaristía»
proclamado por el Papa, constituye un estímulo añadido.
Cuidemos el espacio y la estética. Procuremos el equilibrio
entre la Palabra y el Sacramento y entre el canto y el
silencio. Demos relieve a los símbolos. Tengamos a la vista,
en la homilía y en el conjunto de la celebración, a los
creyentes distraídos que necesitan sacudir su apatía.
Cuidemos el domingo y él nos cuidará a nosotros.
2.3. La acción caritativa y social
76. Existe un vínculo indisoluble entre
la celebración y el servicio, puesto que el Dios Salvador
que viene a nosotros en Jesucristo se ha identificado él
mismo con los pobres y pequeños. El reto de las comunidades
consiste en no separar la oración y la caridad; la
meditación del Evangelio y la participación en las causas
humanizadoras; la práctica sacramental y el servicio a los
pobres.
La sociedad de nuestro tiempo tiene
muchos medios para «neutralizar» la Palabra de Dios e
incluso amordazarla cuando le moleste. Es más vulnerable al
testimonio humilde, constante, comprometido, de la caridad
practicada especialmente con los excluidos. «Sólo el amor es
digno de fe» (Von Balthasar). Practicarlo con los últimos es
una manera de decir «Dios» en este mundo.
Si la motivación primaria de la acción
caritativa de la Iglesia es teológica (Dios se ha
identificado en Jesús con los más pobres) será preciso que
nuestras Cáritas y tantas otras obras de cuño social
llevadas por los religiosos, cuiden la identidad y la
motivación cristiana de todos sus responsables y
colaboradores. Estas obras no deben ser preferentemente el
espacio de los que, sintiéndose débiles en su fe, quieren
hacer algo por los demás. Dedicarse a la acción caritativa
tiene el mismo rango eclesial que servir a la Palabra o
promover la dignidad de la Celebración. En consecuencia, el
motivo primario ha de ser teologal. Y la formación
cristiana, exigente.
3. Remodelar algunas estructuras
pastorales
77. El movimiento de conversión al que
somos llamados con apremio en este tiempo de Cuaresma no se
remite sólo a nuestra vida espiritual y a nuestras actitudes
pastorales. Alcanza también de lleno a la estructura y
funcionamiento de nuestras mismas instituciones eclesiales.
En ellas han de reflejarse y tornarse más operativas las
opciones espirituales y pastorales realizadas. Una
renovación que se limitara a mejorar los proyectos
pastorales y a afinar las actitudes espirituales y
apostólicas de las personas y grupos creyentes, sería un
paso real, pero no suficiente. La renovación necesita
encarnarse también en las estructuras. Proyectos y actitudes
están reclamando nuevas formas de organización. Si no las
alumbráramos estaríamos creando sufrimiento y parálisis.
Las transformaciones necesarias son, sin
duda, más amplias e incluso más profundas que las que hoy
nosotros podemos abordar. Nos fijamos en aquéllas que, con
realismo, nos parecen posibles e incluso están realizándose,
de manera en parte análoga y en parte diversa, en todas
nuestras diócesis.
3.1. Abrir la parroquia
78. Esta célula de la diócesis, destinada
a convocar y congregar a todos los bautizados de su
demarcación y enviada por la Iglesia a todos los ciudadanos
que viven en ella, es aún hoy una estructura pastoral
sumamente apta y relevante. En ella reciben de ordinario los
feligreses, al menos la primera iniciación a la fe. Para
ellos se celebra al menos cada domingo la Eucaristía. Buena
parte de sus recursos humanos y materiales se dedican a
responder a los necesitados de la feligresía. La parroquia
se ocupa y preocupa asimismo de la vida humana y cristiana
de las familias.
Inscrita en una porción de la sociedad,
es figura privilegiada de la cercanía de la Diócesis y de la
Iglesia a los creyentes e increyentes de esta porción. Es
«la Iglesia misma que vive en medio de las casas de sus
hijos e hijas». Esta misma cercanía la hace muy apta para
acoger cordialmente y favorecer, sin excluir a nadie,
relaciones de familiaridad y proximidad entre sus miembros,
al menos entre los más vinculados. Tiene las antenas
levantadas para registrar lo que sucede en su entorno, para
detectar las necesidades y sufrimientos de la gente y para
establecer diálogo y colaboración con grupos e iniciativas
cívicas próximas a ella. Si antes el territorio vivía a la
sombra del campanario, hoy la parroquia se siente urgida a
situarse en los diversos «territorios» de la vida de las
personas. Si no existieran las parroquias y centros
eclesiales análogos, la Diócesis, su vida religiosa, sería
inmensamente más pobre.
Pero la parroquia es hoy tan necesaria
como insuficiente. Se ha acabado el tiempo de la parroquia
auto-suficiente. Las parroquias, incluso las más nutridas,
no son hoy capaces de ofrecer por sí solas toda la variedad
de servicios y estímulos para nutrir la fe y la eclesialidad
de los practicantes, alimentar su compromiso cívico y
alumbrar iniciativas misioneras. Por la movilidad
característica del actual modo de vivir, los límites
parroquiales se desdibujan. Este fenómeno hace más necesaria
la acción concertada de las parroquias. La autarquía
parroquial es no sólo un fenómeno que contradice a la
comunión corresponsable de las parroquias entre sí, sino que
compromete su eficacia pastoral.
La evangelización requiere una auténtica
articulación de parroquias y centros análogos que vaya más
allá de una buena vecindad y de puntuales ayudas mutuas. Tal
articulación no pretende laminar las parroquias ni los
centros no parroquiales, sino potenciarlos al hacerlos
converger. Complementándose mutuamente responden a su
naturaleza y a su misión mucho mejor que pretendiendo ser
autosuficientes. Siempre quedará al cargo de la parroquia
originaria al menos un núcleo de tareas básicas: la
catequesis infantil, la celebración de la Eucaristía, de los
demás sacramentos y de las exequias, la relación con los
enfermos y los ancianos, las responsabilidades en el decoro
del templo y las dependencias pastorales, el contacto con
las familias, las devociones específicas.
3.2. Las Unidades Pastorales o
supraparroquiales
79. Precisamente para responder a estas
insuficiencias de la parroquia, mejorar la calidad
evangelizadora y aprovechar al máximo nuestros mermados
recursos pastorales, nuestras diócesis se han embarcado en
la creación de Unidades Pastorales supraparroquiales que
articulen entre sí en una unidad mayor varias parroquias,
centros eclesiales de pastoral, colegios, obras de
religiosos y asociaciones apostólicas. Tenemos todavía
muchos puntos oscuros respecto a la concreta plasmación
futura de estas Unidades Pastorales. A medida que avancen
simultáneamente la reflexión teórica y la experiencia
práctica, iremos esclareciendo las preguntas y quizás
modificando nuestras praxis.
Una Unidad Pastoral no es un simple
conglomerado de parroquias yuxtapuestas a las que hoy
atienden pastoralmente uno o dos presbíteros porque la
penuria de los sacerdotes así lo requiere. Es un conjunto
articulado de parroquias y otros centros eclesiales que se
integran entre sí para complementarse y realizar unidas lo
que no pueden realizar por separado. Y para hacerlo con un
estilo nuevo: espiritual, comunitario, evangelizador,
corresponsable, personalizado, preocupado de la preparación
de los evangelizadores. Tiene un territorio definido, un
presbítero coordinador, un equipo pastoral, un proyecto.
Las Unidades Pastorales no suplantan a
los Arciprestazgos, que siguen cumpliendo las funciones que
les asigna la legislación de la Iglesia (cfr. can. 533 ss.).
Tales funciones no llegan hoy a cubrir las insuficiencias de
las parroquias ni a optimizar la eficacia pastoral que pueda
extraer de ellas una organización menos extensa y más
cercana, como la Unidad Pastoral.
Las Unidades Pastorales reclaman una
adaptación flexible tanto a los responsables pastorales de
las parroquias y de otros centros como a los feligreses. A
estos les resulta laborioso apearse de su fuerte sentimiento
de pertenencia exclusiva a «su parroquia», asumir también la
movilidad a la que les obligan en ocasiones los cambios
introducidos y pasar de su condición de simples
destinatarios de los ministerios pastorales a activos
colaboradores. Algunos presbíteros desconfían de la suerte
futura de estas nuevas estructuras. A algunos otros les
cuesta compartir con otros la responsabilidad de «su»
parroquia, entrar en la disciplina de un equipo. Son
resistencias comprensibles y superables.
3.3. El equipo pastoral o ministerial
80. Es pieza clave en la estructura y el
funcionamiento de la Unidad Pastoral. El obispo transmite a
un grupo de creyentes presididos por un presbítero el
encargo de ofrecer a toda la Unidad Pastoral los servicios
necesarios para su vida y misión. El equipo se compone de
presbíteros, laicos y religiosos que asumen, según su
condición y sus carismas, diversos ministerios para
construir la comunidad e impulsar la misión. Está presidido
por un presbítero, habilitado por el sacramento del Orden
para representar a Cristo Pastor y, por tanto, para ser
coordinador de los servicios de la Palabra, el Culto y la
Caridad.
Los miembros del Equipo no son sólo ni
primariamente un equipo de trabajo, sino, en alguna forma
real, una pequeña comunidad. Puesto que no es un simple
grupo de trabajo, una de las finalidades del equipo es el
crecimiento integral (humano, espiritual, ministerial) de
todos. Quien comparte sólo tarea acabará «quemándose» o, al
menos, desalentándose.
Como tal grupo comunitario, el equipo se
reúne periódicamente en torno al Señor para orar. Celebra
encuentros de programación y de evaluación de su trabajo y
del de sus colaboradores. Comparte la fiesta y el dolor, los
logros y los fracasos en el trabajo común. Cada uno de sus
miembros es corresponsable de la totalidad, aunque tenga su
área precisa de responsabilidad propia.
Las relaciones mutuas entre los miembros
del equipo son un factor muy relevante. Aquí suele residir
con frecuencia el vigor y la cohesión o el caballo de
batalla de los equipos pastorales. Son muy importantes la
libertad de comunicación y la manera de afrontar y gestionar
los ineludibles conflictos.
La misión del presbítero coordinador es
capital. A él corresponde especialmente ser el eje de la
comunión y procurar que todos sean reconocidos y se sientan
miembros apreciados y valorados en el equipo. Lejos de
realizar un seguimiento minucioso de las tareas encomendadas
a cada uno de los componentes del equipo, ha de saber
confiar en ellos, sin dejarse llevar por un movimiento
espontáneo de responsabilidad desmedida que pretende tenerlo
«todo bajo control». Las funciones asumidas por los miembros
del equipo no deben tampoco confinarle en los trabajos de
coordinación ni separarlo del trato directo con los
feligreses y sus problemas. El consejo personal y el cultivo
de nuevas vocaciones para diversos ministerios (sin olvidar
las vocaciones al presbiterado y a la vida consagrada) han
de ocupar una parte notable de su tiempo y de su corazón de
pastor.
3.4. Impulsar asociaciones y movimientos
laicales
81. La comunicación de la Iglesia con el
mundo ha de realizarse sobre todo por medio del laicado. Una
actitud positiva de diálogo con el mundo ayuda a evitar la
tentación de colocar a la misma Iglesia en el centro de
nuestra atención, mostrándonos más preocupados por la
organización de nuestros grupos y comunidades que por el
anuncio del Evangelio a todos los hombres y mujeres de
nuestro tiempo. Una Iglesia enviada por su Señor al mundo
necesita reconocer y subrayar el peso específico del
laicado. Considerar al laicado como principal agente de
evangelización misionera, exige prestar la debida atención a
la llamada «pastoral de ambientes». Ella expresa de manera
óptima la vocación de presencia transformadora de los
cristianos laicos en la sociedad.
Hoy muchas de nuestras parroquias y
unidades pastorales no son capaces de ofrecer de una manera
completa la formación que necesita un cristiano para actuar
apostólicamente en su ambiente profesional o cívico, ni
pueden tampoco acompañar suficientemente a quienes viven un
compromiso de fe encarnado en la acción transformadora de la
sociedad. Hacen falta asociaciones, movimientos, que de una
manera estable y bien organizada ofrezcan la ayuda necesaria
para el crecimiento de los hombres y mujeres laicos en el
área personal, familiar, profesional y social de su vocación
cristiana.
Lo expresábamos en nuestra Carta
Cuaresmal de 1996: sin asociaciones no podremos tener nunca
en nuestras Iglesias un laicado debidamente formado y
apostólicamente operante. «En ellas han de encontrar los
cristianos espacios de acogida y libertad para poder nutrir
su fe, ganar en profundidad y coherencia en el seguimiento
de Jesús, contrastar su praxis a la luz del Evangelio,
crecer en espíritu comunitario y renovar su servicio a la
misión evangelizadora, alentar con especial interés la
presencia y el compromiso de sus miembros en la vida social
para contribuir a la construcción de una sociedad mas justa
y solidaria, en definitiva, más conforme con el reino de
Dios». Las diversas formas de apostolado asociado y
organizado constituyen una expresión y un testimonio de
primer orden de la experiencia comunitaria de fe y de su
dimensión evangelizadora. La multiplicación de iniciativas
de apostolado laical de diverso signo es un regalo del
Espíritu a las Iglesias particulares, para un mejor servicio
a la evangelización.
Las asociaciones y movimientos laicales
han de cuidar no sólo su inserción viva en la sociedad, sino
también la calidad de sus vínculos eclesiales. La relación
fraterna y la colaboración entre las asociaciones es un
postulado elemental, no siempre fácil. El arraigo en la
diócesis en la que están implantadas ha de ser cordial y
confiado. Adaptar sus programas al Proyecto de pastoral la
Iglesia local y participar activamente en los Encuentros
diocesanos son dos señales muy valiosas de eclesialidad.
3.5. Reavivar y reinsertar los carismas
de la vida religiosa
82. También la vida religiosa se siente
hoy interpelada por los profundos cambios culturales y
sociales que experimentamos. Muchas Congregaciones están
compartiendo un «proceso común de retorno a la experiencia
fundacional de la comunidad, con el fin de reidentificarse y
recuperar el objetivo primero, la primera intuición
carismática. De este modo, la comunidad puede encontrar
nuevas energías y ofrecer con radicalidad respuestas nuevas
a los problemas actuales y a sus causa» (Arbukle).
Esos procesos de renovación, requeridos
por su misión en la Iglesia y en el mundo y promovidos
incluso desde la debilidad, por la escasez de nuevas
vocaciones religiosas, enriquecen la vida comunitaria de
nuestras Iglesias y actualizan su potencial evangelizador.
Hoy destacamos particularmente algunos aspectos.
La vida fraterna renovada en las
comunidades religiosas es un valioso activo de experiencia
comunitaria y evangelizadora en la vida de la Iglesia.
Trabajar, como ya lo están haciendo en muchas comunidades,
por renovar la vida en común puede ser punto de referencia
para el movimiento comunitario que el Espíritu está
suscitando en el Pueblo de Dios. Al mismo tiempo, en una
sociedad tentada de individualismo, es una realidad del
Reino interpeladora incluso para los no creyentes.
Los pobreza evangélica de religiosas y
religiosos, vivida con radicalidad, nos ayuda a todos a
descubrir el valor y la alegría de una vida austera,
sencilla, fraterna y servicial, especialmente sensible a la
justicia social y a la solidaridad. Sobre todo las
congregaciones que atienden a los pobres, a enfermos o
ancianos, dan un testimonio de amor gratuito y abnegado
hacia quienes son poco valorados en la sociedad. Ayudan a la
comunidad cristiana a reconocerlos como «los primeros».
Fieles al carisma fundacional, al escuchar la interpelación
de los pobres de nuestros días impulsan una Iglesia más
pobre y más cercana a los pobres. Esa vida decididamente
comprometida en el servicio y la defensa de los más
abandonados resulta especialmente significativa para toda la
sociedad.
Las comunidades de vida religiosa
dedicadas especialmente a la oración aportan a la actividad
apostólica de la Iglesia un valioso refuerzo y una constante
llamada a trascender la perspectiva inmediata de nuestros
proyectos y la confianza excesiva en nuestros esfuerzos,
abriéndonos a contemplar los planes de Dios en la
experiencia gratuita de sus dones. Son para nuestras
Iglesias memoria viva de que «la oración es el alma de todo
apostolado». Recordamos lo que ya subrayamos en una carta
pastoral anterior: «Por otra parte, ¡cuánto podéis aportar
hoy las comunidades contemplativas a la evangelización, si
sabéis unir a vuestro testimonio de vida consagrada a la
oración y la alabanza a Dios, la acogida sencilla y cordial
a quienes se os acercan buscando "a tientas" al verdadero
Dios».
Los institutos religiosos dedicados a la
enseñanza, se esfuerzan por formar con padres, educadores y
alumnos una comunidad educativa en clima de
corresponsabilidad y de relaciones mutuas verdaderamente
fraternas. Tal comunidad constituye una importante
plataforma de compromiso, a la vez eclesial y cívico, en el
mundo de la cultura. El trabajo de colaboración entre
distintas congregaciones y con las Iglesias locales, así
como la asociación del laicado en proyectos educativos de
futuro, contribuyen a mantener la identidad de la escuela
cristiana como espacio de evangelización por el diálogo de
la fe con la cultura y sensibilidad de nuestro tiempo.
Sabemos bien que el carisma religioso es,
en su variedad multiforme, un gran regalo del Espíritu Santo
a la Iglesia. Queremos respetar este regalo en lo que es,
sin forzarle a ser lo que no es. Queremos, al mismo tiempo,
injertarlo en el tronco de nuestras Iglesias diversas,
necesitado de revitalización.
CONCLUSIÓN
83. En este día del Miércoles de Ceniza
iniciamos el itinerario de nuestra conversión cuaresmal. La
misma Carta Pastoral ha seguido los pasos de la conversión.
En el primer capítulo nos hemos preguntado cómo estamos.
Hemos descubierto aspectos luminosos, pero también sombríos.
En el segundo capítulo hemos vuelto a preguntarnos por qué
estamos así y comprobado que estamos modelados por una
cultura que ha debilitado al sujeto eclesial. Hemos
identificado algunas de nuestras heridas. En el tercero nos
hemos planteado la cuestión: ¿qué nos dice Dios en esta
situación? Hemos percibido una llamada a convertir nuestras
personas, nuestras comunidades, nuestras instituciones,
nuestras actitudes ante el mundo, ante la misma Iglesia,
ante Dios. En el cuarto capítulo nos hemos interrogado: ¿qué
hacer en esta encrucijada? Hemos formulado unas opciones que
orienten nuestras decisiones concretas. En el quinto nos
hemos cuestionado cómo hacerlo y esbozado algunos apuntes
prácticos.
Ahora nos toca a vosotros y a nosotros
plasmar esta conversión sobre el papel en una conversión en
la realidad. La Iglesia entera viene en nuestra ayuda. La
Palabra que ella nos brinda abundantemente en la Cuaresma
nos iluminará y nos reblandecerá ante Dios. La Eucaristía
diaria durante las seis semanas del itinerario penitencial,
irá fortificando nuestra decisión de dar un paso firme en el
camino de la conversión. El Sacramento de la Reconciliación
al que nos acercaremos con humildad y confianza, pero
también con propósito de cambio, irá madurando nuestro
retorno a Dios, al Evangelio, a la comunidad, a la sociedad,
a los pobres.
No olvidaremos, en fin, ninguna de las
tres especiales recomendaciones de la Iglesia para este
tiempo de gracia. Queremos orar porque sin oración la
conversión no pasa de ser una veleidad. Nos proponemos
llevar una vida sobria, conscientes de que la sobriedad
ayuda a que emerja en nosotros el deseo de Dios.
Practicaremos la misericordia con los pobres y débiles de
nuestra sociedad y de otros lugares del mundo porque ser
sensibles a los hombres nos humaniza y, sobre todo, porque
quien ha recibido la Misericordia de Dios a manos llenas no
tiene vergüenza si no la practica generosamente.
María, Madre del Señor y Virgen
Inmaculada, acompañó, iluminó y confortó a la primera
comunidad cristiana con su testimonio y su palabra. Deseamos
que nos acompañe igualmente en nuestro itinerario de
conversión y renovación cuaresmal. Así llegaremos a la
Pascua bien dispuestos a «morir y resucitar con Él».
9 de febrero de 2005 - Miércoles de
Ceniza
† Fernando, Arzobispo de Pamplona y
Obispo de Tudela
† Ricardo, Obispo de Bilbao
† Juan María, Obispo de San Sebastián
† Miguel, Obispo de Vitoria
† Carmelo, Obispo Auxiliar de Bilbao