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Por J. M. Escámez, o.p.
"La insuficiencia del hombre revela su trascendencia, contagiando su vida de una esperanza irremediable o de una desesperación atroz".
Así lo han dicho y así parece que tiene que ser. El hombre en sí, la persona humana en su recinto privado, se encuentra en el centro de dos vertientes que le pueden arrastrar: una, por fuerza de levitación, a las alturas; y otra, por fuerza de gravitación, a lo abismático.
Estas dos vertientes son la esperanza y la desesperación. Y se dan esas dos vertientes porque el hombre, cada uno de los seres que andan por el mundo presos de su propio ser, posible pensante, es para sí mismo misterio. Y misterio que se puede presentir, pero no develar; que se puede vislumbrar, pero no esclarecer.
Los intentos de cada uno por subir, por dejarse elevar por esa fuerza levitante de la esperanza, quedan muchas veces, tal vez la mayoría, frenados por eso que llamamos fracaso. Fracaso en el acto y fracaso en los intentos de la voluntad que, cansina y agotada, se cruza de brazos, como peregrino agotado, a los pies de un poste, y queda a merced del esfuerzo neutro, pasivo, que lo conduce a la desesperación.
¿Por qué?... Ya está indicado. Porque somos misterio presentido y no develado, y muchas veces queremos lo imposible. Pero este misterio que somos cada uno para sí mismo y todos para los demás, sí puede, ya lo está alumbrado. Y lo está porque las posibilidades más hondas del hombre, sus ansias de divinidad han sido realizadas.
Pero... ¿no quedaría el hombre preso de su misterio cuando intentase realizar esas ansias? ¿No le ha pasado esto una vez y otra? ¿No será absurdo todo eso, sus ocurrencias, sus ansias, sus intentos?
No, no lo es. Todo lo contrario, y en eso precisamente estriba su misterio: que pudiéndolo ser, cuando lo ha intentado, cuando quiso levitarse, lo hizo con una esperanza desesperada que le llevó a la vertiente contraria, lo abismó en sí, en su misterio, que se le presentó como nada.
Sin embargo, esa posibilidad que tiene el hombre y que todos sentimos, sin cesar, porque sin cesar queremos ser algo más, tal vez como dioses, ya no es sólo posibilidad, es realidad. Realidad en Dios hecho hombre, para que el hombre sea Dios. |