|
|
Por Ana María Primo Yúfera, o.p.
«Mi rostro no podrás verlo, porque no puede verme el hombre sin morir», dijo Yahvé a Moisés, ante sus reiteradas insistencias.
Contemplar el rostro del Señor es el ansia incontenible del alma. Paso tras paso, se suceden los sentimientos de búsqueda, de fidelidad, de anhelo, de esperanza, de dolor por la espera, y de alegría por el presentimiento del encuentro; deseo vivo y real de intimidad. Todo ello es la expresión de un solo sentimiento: el amor, que posee todas las propiedades, conoce la variedad de riquezas y tiene todas las características. El salmista exclamaba: «...¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios?... Mi carne te desea como tierra reseca...»
Moisés ansiaba la visión como cl salmista, pero sólo le fue dado ver «su espalda», el rastro de su presencia, la huella de su paso. Como las mariposas nocturnas que pululan en torno a una llama, tan sólo pueden acceder a ella en viajes de ida y vuelta. Acercarse demasiado es no regresar, convertirse en luz, haciéndose combustible, un mismo fuego, dejando de ser para tomar la propiedad esencial del que le hizo presa.
Bellamente nos lo dice San Juan de la Cruz refiriéndose al alma: « Y se hace tal unión cuando Dios hace al alma esta sobrenatural merced, que todas las cosas de Dios y el alma son una, en transformación participante; y el alma más parece Dios que alma, y aún es Dios por participación».
«Señor rezaba el P. Teilhard de Chardin introdúceme en lo más profundo de las entrañas de tu Corazón. Y una vez que ya me tengas ahí, abrázame, purifícame, inflámame, sublímame, hasta la más completa aniquilación de mí mismo». Y se preguntaba: «¿Qué hay en el sufrimiento que me vincula tan profundamente a Ti?... Cuando Tú me has tendido unos lazos, he experimentado una alegría más estremecida que si me hubieras ofrecido unas alas».
Los «lazos» que Dios nos tiende son convertidos en alas por el amor. Cuando nos muestre, no su espalda, sino su Faz, tranquila y serenamente ofrecida a nuestros ojos, es entonces cuando descubriremos, por debajo de la historia que nosotros hayamos escrito, la historia que ha ido escribiendo Dios, recto, aunque parezcan torcidos algunos renglones. Una historia de dolor muchas veces, pero confiemos en su tacto y miramiento, que no permite que el corazón del hombre sea afligido por encima de sus fuerzas. La confianza de Dios en el hombre es el motivo de que le envíe la tribulación. Sabe Él muy bien que hay cosas que sólo se revelan mediante su ausencia: la salud, la luz, el amor, la madre, Dios mismo. Cuando los perdemos, caemos más en la cuenta de su insustituible valor. Por eso el dolor abre brechas por las que nos asomamos a un mundo nunca presentido.
El dolor nos despoja de todo en lucha terrible. Lucha, porque el corazón, con tal de no quedarse solo, se llena hasta del vacío de todas las cosas, que es la manera más ridícula de tenerlo ocupado. Por eso sólo Dios puede hacer esa delicada operación de ir desmochando, una a una, todas las ramas.
El dolor fecundo acaba vaciándonos de todo lo que en nosotros era mentira, arranca de nuestros ojos las sombras que enturbian la visión de Dios. Todas las bienaventuranzas están redactadas en futuro. Precisamente para lograrlas se encarga Dios de poner al alma en camino de un nuevo dolor y así la aparta de las falsas seguridades, de las cómodas instalaciones; la sitúa en una fe más desnuda, que será como un gesto de tensión de todo el ser humano para aferrarse a la mano que Dios le tiende al otro lado del abismo. Fe, que es echarse en ese abismo, para dejarse coger de Él.
También en una esperanza más limpia. Esperar en Dios es contar con Alguien que es infinitamente fiel. La esperanza, lo mismo que la fe, es la respuesta del hijo y su «amén» al Padre que le lleva en sus brazos, que le sostiene y le protege. Toda la pedagogía de Dios se orienta a que el hombre prescinda de todo sostén, para apoyarse exclusivamente en Él. Las pruebas, los fracasos, tienen este sentido pedagógico. Dios se sirve de ellos para purificar de toda escoria la fe y la esperanza del hombre. Cuando todo falla, puede brotar la auténtica confianza en Dios, libre ya de toda apoyatura. Apoyarse en Él es participar de su estabilidad, de su firmeza, de su calma, de su equilibrio, de su seguridad. El salmista le llama muchas veces: «ROCA, FORTALEZA, ESCUDO, BALUARTE».
El dolor, además, nos sitúa en una caridad más casta; porque no es fácil sufrir bien, sin gloriarnos o sin abatirnos, sin envidiar o humillar a los demás, sin quejarnos, creciendo en fuerzas y en suavidad a la vez, sin hacernos duros o intransigentes, sin amargura o decepción, sino haciendo que nuestro interior se renueve y purifique, mientras el exterior se desmorona. Quizá sea un problema de sencillez. ¡Tenemos tanta tendencia a lo intrincado, lo decorativo, lo teatral, aun a expensas de la verdad, de la sublime sencillez de lo verdadero!... Buscamos, a veces, tácticas, laberintos, consultas, rodeos, para buscar la voluntad de Dios cumplirla es, en definitiva, amar mientras el corazón sigue seco, sin hacer lo que debería hacer siempre: suspirar Abba... Padre.
Un padre se goza de ser útil a sus hijos, de que éstos sigan necesitándolo. Por eso Dios ha depositado en nuestras almas una semilla llamada a florecer en confianza y abandono, en la tierra abonada del conocimiento hondo de la propia indigencia. «Sobre el corazón de Dios dice Cabodevilla representará siempre un argumento más poderoso nuestra confianza que nuestra inocencia». Nuestra confianza se basa en la seguridad del cariño del Padre que nos envuelve, mientras que nuestra justa desazón brota de lo que esta compañía tiene aun de ausencia, o de presencia no experimentada.
«No os contristéis como los que no tienen esperanza», dice S. Pablo. ¿Qué sería de nuestro amor, si la esperanza no fuese su sostén, su guía y espuela? «Alegraos en la esperanza», nos vuelve a recomendar. Porque la esperanza es un camino que va de la gracia a la gloria, de la alegría, por un presentimiento feliz, a la alegría por una posesión bienaventurada. Suspirar por esta ALEGRIA con mayúsculas es la esencia de esta otra alegría terrena.
A los Romanos les habla San Pablo de «el don de la esperanza», porque le esperamos a Él y porque Él es quien nos da fuerzas para esperar y quien nos alcanzará aquello que esperamos, a través de un proceso más o menos largo: ruina del cuerpo, soledad creciente del corazón, llamada cada día más imperiosa del Señor. Cada dolor es como un andamio para llegar a Él, su anuncio, su mensajero. Todas nuestras experiencias de soledad van preparándonos para aquella hora, de la que dijo Pascal: «...se muere uno siempre solo...»
Asistir a este acontecimiento, a esta visita del Señor, es comprobar que la muerte no es un acontecimiento impensado, sino la manifestación TOTAL de Alguien que siempre estaba presente. Es el momento decisivo; el Señor viene a buscar lo que es suyo. Dice Isaías: «Cambiaré su ceniza en corona, su traje de luto en perfume de fiesta, su abatimiento en cánticos». Y más recientemente, se ha dicho: «La muerte es explosión de felicidad, que mata más por su alegría que por su poder destructor. Separación de alma y cuerpo, que la ocasiona más el éxtasis hacia la vida que empieza, que el apagamiento de la que se va». No sabemos cómo será después, un segundo más tarde, al otro lado, el primer grito de triunfo, el primer abrazo, la mirada primera, tan jubilosa, tan agradecida, que dirija al Padre, el alma que ha soltado ya las amarras. Sabemos, sí, que «el mismo Dios será con ellos y enjugará las lágrimas de sus ojos, y la muerte no existirá más, ni habrá duelo, ni gritos, ni trabajo, porque todo esto es ya pasado... » el Apocalipsis así lo certifica.
La vida entera no es sino la espera de aquel día, una súplica cuajada de anhelos. ¿El precio? Es cosa del Señor. |